IV. Dioses, Monstruos y Chiflados
¿Crees en dios?
Demasiados fanáticos religiosos fueran cristianos o católicos hacían esa pregunta. Y aunque no los hubieran exceso en Seúl, Corea, siempre evitaba la pregunta; las primeras veces que respondí con negación me agredieron verbal o físicamente.
¿Por qué creer en un dios que jamás has visto? Cuando la ignorancia estaba en su auge, la lluvia, las tormentas, las sequías, las muertes, las enfermedades, las estaciones, prácticamente todo se lo acreditaban a una entidad mayor solo por el mero hecho de que no hallaban una explicación lógica con bases.
Pero este ya no era esa clase de mundo. Ahora, por orgullo y por mi bien, tendría que evitar a los idiotas religiosos. Se preguntarán, ¿qué cambió?
Los dioses.
Hace un año el clima, en pocas palabras, se volvió alocado. Habían tormentas con mayor frecuencia, el invierno era más duro y la primavera y el verano más agradables. Los culpables eran las tempranas encarnaciones, como les llamaron en principio y popularmente. Zeus renació en un sin hogar de Manchester, Inglaterra, así como Perséfone renació en una activista ambiental americana. Salió en las noticias cuando lo vi. Sus identidades se delataron cuando ambos tuvieron que enfrentarse a "monstruos", sí, esos de los cuentos, cómics o manhwas. Al cabo y al mismo tiempo se percataron que ambos desprendían cantidades absurdas de una nueva energía, a la cual los otakus se adelantaron al resto en nombramiento al llamarle maná, que provocaba que quienes se encontrarán a sus alrededores terminarán despertando con habilidades inhumanas o cayendo en una camilla en un hospital; a todos les afectaba de igual manera aquellas energías.
Mi caso fue uno pero en secundario. Mi tío materno reencarnó como un notorio Tengu de la mitología Japonesa. Él no lo supo hasta que mi madre colapso en medio de la preparación de la cena junto a él y comenzó a convulsionar. Desde entonces ella permanece conectada a un aparato y mi tío se 'esclaviza' como un funcionario de la Asociación de Despertados con tal de pagar las facturas del hospital, mantenernos y... y también enviarme a una academia.
Y aquí estaba.
Rejas imponentes de barrotes gruesos bien pulidos, el edificio principal tan magno como un museo nacional capital, estandartes azules y jóvenes de entre trece y dieciocho años de edad cruzando la entrada con despreocupación, arrogancia o nerviosismo. Todo ello lo llevaba observando a través de una ventana polarizada al 80% desde que llegamos hace diez minutos.
—Joven maestro, en media hora dan la inauguración a las nuevas clases —recordó con evidentes de temblores físicos fruto de sus nervios. Chong-Seo siempre fue así en mi presencia, que era cuando lo veía. Era el chófer de mi tío, quien se hallaba ausente sin extrañeza—. Lamento que el maestro no estuviera aquí como prometió. Él...
Disco rayado.
Me extendió una pequeña caja de cartón alargada sencilla sin demasiadas ornamentaciones o patrones plasmados. La agarré con ligereza y me despedí.
—Gracias por tener la amabilidad de traerme, Chong-Seo. Tenga cuidado de regreso —le dije cortante, víctima de mis sentimientos encontrados.
Abrí la puerta y puse un pie afuera. No olvidaba nada, todo lo traía ya en la mochila a mi espalda y tenía puesto el uniforme planchado por la servidumbre del funcionario Yamagawa. Seguí mi camino tomando la primera reacción de las tres que se optaba por usar en este lugar, despreocupación. No podía mostrarme débil ni alegre, la debilidad la tuvo mi padre al marcharse y la felicidad mi madre al no fijarse mejor en mi tío.
Me habían arrojado a una jauría de monstruos con pieles de humanos.
Seguro los más listos o competitivos ya analizaba desde la entrada a los demás.
Seguro, no, los sentía, sentía sus no muy amistosas miradas encima mío.
El camino a la plaza ubicada en medio de los territorios de la academia no fue longevo. Pude llegar gracias al gran y obvio público de jóvenes que iba en la misma dirección.
Surgió un divertido recuerdo. Tuve la necesidad de burlarme internamente por quienes todavía permanecían en la entrada descargando su decena de equipajes.
Me detuve de golpe al divisar una espalda a medio metro delante de mí mientras todavía traía de una mano sobre mi espalda mi mochila. Pronto me vi rodeado por personas que miraban en la misma dirección, un estrado en cuyos lados se hallaban de pie diez adultos con ropas distintivas, la mayoría con serias expresiones.
Una mujer, cuya edad mato a sangre fría el cliché de hombre viejo con barba tupida, pareciendo la directora, subió al estrado con cabello rosado atado en un bollo elegante atravesado por dos palillos negros. Al ver al casi centenar de nuevos ingresados reunidos en la plaza a espaldas del edificio principal y de frente a medias a un bosque ligero abrió sus labios.
—Den lo mejor de sí mismos, novicios —murmuró en alto, no causa de su voz alzada sino de poner un dedo a un costado de su cuello. Parecía magia. Sólo eso dijo antes de bajar del estrado y caminar directamente al ala oeste.
Uno de los diez parados en fila acudió en su reemplazo con torpeza. Dijo algo que solo el entendió. Termino por pedir un micrófono con urgencia pero termino siendo ayudado por otro mago que uso el mismo truco que la directora.
Me dolían las piernas.
El hombre a la entrada de su mediana edad y con cabellos casi ausentes habló— P-perdón por eso, chicos. La directora suele ser directa y breve, pero no la confundan con alguien desagradable.
»Como sabrán, este lugar, la academia Pandora se ha dedicado a entrenar con severidad, eficiencia y seguridad a jóvenes despertado desde hace un año. Nosotros...
Siguió hablando por lo que quedaba de doceava hora del día, veinte minutos. El entumecimiento atacaba mis piernas. El calvo hombre menciono la inesperada llegada de los encarnados mitológicos, que no superaban los casi tres centenares en todo el mundo, las fisuras espaciales de las que salían monstruos o de los lugares ya infestados por estos mismos sin explicación alguna, del descubrimiento e investigación de artefactos y del glorioso propósito de haber convertido un parque en construcción en esta academia de manera rápida y apresurada. Si tan sólo dijeran que las ansias eran por codicia y no por la intención de proteger.
Para cuando el discurso terminó, todo uniforme estudiantil presente en la plaza se vio añadido por un pequeño escudo simbólico en el lado derecho del torso. Tomé el dobladillo de mi chaqueta y me encontré con una simbologia analógica de Merlín. Me habían asignado a magia.
No me sorprendía.
Las pruebas de admisión se realizaban en la época de inscripción anual en el centro de despertados de Seúl. Realice la mía con Cheong-Seo acompañándome. En la sala de sensibilidad de energías pillé a mi tío en el cuarto desde donde se observaban y analizaba tanto el proceso como el resultado. Tardaron más que con el resto de adolescentes en dar un análisis preciso. Seguro se habría descompuesto el medidor. Al salir oí por poco inentendiblemente la cantidad de maná que poseía.
Mientras salía del lugar, de la plaza, divise uniformes con escudos iguales o distintos. Hasta donde se sabía, habían cinco clases principales, quince sub-clases y tres clases únicas descubiertas hasta ahora. Las sub-clases servían como un afinador de tus pros. Las clases únicas eran, como lo decía su denominador, algo que sobresalía y quedaba entre los despertado y los encarnados, aunque más lejanos de los segundos que de los primeros.
Yo, como parte y en iguales condiciones que la multitud en la que me encontraba, no sabía a dónde me encaminaba concretamente. Nuestro equipaje, que fue dejado en la sala circular con una cúpula transparente como techo, ya no se hallaba en presencia. Extrañamente sentí la necesidad de quedarme el el mismo lugar al igual que unos pocos mientras el resto vagaba aquí y allá entre los cuatro pasillos. Parecía que si tenías mala mano para recordar cosas obviamente te perderías innumerables veces en la academia; era aterradoramente magna.
Y era solo el edificio principal.
Un diminuto punto de luz amarilla floto en el aire frente a mí. Se acerco a saltos perceptibles en dirección a mi rostro. Quise dar un paso atrás pero para cuando barajaba la posibilidad pude notar un rostro minúsculo en el pequeño cuerpo al parecer consciente. La sorpresa de los recién ingresados fue evidente, al igual que la mía.
Sólo había oído de ellas por videos. No todo lo que cruzaba una abertura era con intenciones asesinas, las Lightcrowler eran un ejemplo de ello; pacíficas, amistosas pero tímidas y sobretodo simbioticas.
Busqué a tientas algo entre mis bolsillos sacando un pequeño sobre de maní. Lo abrí y saque uno extendiendolo hacia el Lightcrowler. En respuesta, lo tomó y emitió un pitido juguetón para después dar media vueltas y saltar en el aire. La seguí. Para cuando mire por encima de mi hombro me encontré con que otros iban a la misma velocidad que yo mientras el resto nos imitaron, de los cuales una minoría entró en pánico por no tener comida a la mano.
Entre los ecos de mis pasos y otros siete más en mi entorno, la comezón trasera de mis rodillas y mis dedos llevando constantemente maní a mis labios pude divisar mejor el largo pasillo. Ningún color era intenso, siempre en blanco y gris, pero se rompía la regla con un azul. Pronto el entorno evolucionó a uno más oscuro.
Oí un grito abrupto al que le siguió una caída pesada. Seis habíamos pasado del marco en el que terminaban la exposición de pinturas mitológicas fueran copias, originales o hechas este mismo año. Cuando me di media vuelta me encontré con que un muro por poco transparente había empujado violentamente al séptimo del grupo, quien, a diferencia del resto, no llevaba consigo un Lightcrowler. Nos miró asustado y con una pizca de vergüenza antes de levantarse torpemente y salir corriendo en dirección por donde vino.
Seguro era de la clase Guerrero.
Los clase mago no eran precisamente los más famosos puesto que para ello debías tener una inteligencia por encima del promedio, siendo por ello que éramos tan pocos en el nuevo año. Los guerreros requerían fuerza, velocidad y, en casos excepcionales, honor. Con los arqueros lo era la agudeza y el sigilo al igual que similar con los asesinos, con los soportes no tenía ni la menor idea.
—Yo de ustedes no me reiría, incluso magos han caído en su misma desgracia —comentó una voz femenina con algo de burla inversa.
—¿Uh? —interrogue con confusión dando media vuelta.
—Park Casey, tu senior. Ya que ustedes son los nuevos ingresados y yo su experimentada, deberé guiarlos y aconsejarlos. Vamos, no se pongan tan serios —incitó con un sonrisa torpe dándole un codazo amistoso a una chica de unos quince años con una mata de cabello azabache—. Podremos ser magos pero no por eso debemos ser amargados —bromeó con rima solo provocando la risa de uno de los presentes.
»Síganme.
Chasqueó los dedos.
Silencio.
Una pared apareció a sus espaldas. Otra detrás mío. Las que estaban a nuestros laterales desaparecieron en movimientos fluidos y con poco ruido bruto. Parecía un laberinto con vida. Los cambios siguieron sucediendo como un cubo de rubic, con muros ascendiendo o desplazándose, todo hasta que frente y a nuestros lados apareció una sala del tamaño de la plaza.
—Eres tú, ¿no? La creadora del laberinto de Minos —sospeché y acerté.
No toda encarnación era precisamente mitológica. Entre ellas circulaban las mitad mitológicas, y ejemplos de ellos eran Aquiles, Buda, Rey Arturo. Pero ella destacaba no por combate, sino por su monstruosa habilidad para cambiar el entorno a su antojo y hacer de él un laberinto... e incluso invocar al legendario monstruo que rondaba en él. Dédalo.
—Aquí y ahora soy Park Casey, por más recuerdos o habilidades que tenga del Dédalo original —respondió con desgana y un atisbo de irritabilidad.
Al menos no era el único con traumas o problemas familiares aquí. El sentimiento pasó de uno solitario a reconfortante.
El ambiente cambió de aires, por iniciativa de la senior, con tal de no incomodar al resto de los novicios.
—Escojan la habitación qué quieran, todas son iguales después de todo. —Siguió su camino confiando en que la siguiéramos obediente mente mientras dábamos miradas curiosas y emocionadas a nuestro alrededor como niños en una dulceria—. Todos deben acostarse para antes de las diez de la noche y despertarse no tan tempranamente para ir a clases a las ocho.
Demasiado considerado, pero no tanto considerando que ahora viviríamos aquí hasta graduarnos.
—Mañana el profesor Gwydion, quien a cargo de nuestra clase general como magos, les dará una bienvenida apropiada.
Y siguió derecho con parte de los novicios.
Miré por encima de mi hombro encontrándome con una pared igual al resto. El camino por el que ingresamos ya no existía.
Debería agradecer que Dédalo, digo, Casey no sea un ranker divergente. Sería un dolor en el trasero para mi tío.
Todo el lugar era, observado con dedicación, el interior de una gran torre. Veinte pisos de alto y seis habitaciones en cada una con puertas enumeradas en plateado. Desde afuera de la academia lucia como un edificio residencial sencillo.
Magia de bolsillo con mecanismos de movilidad de Dédalo. Supe lo segundo cuando las habitaciones se desplazaban como un puzzle con dos espacios vacíos hasta que está llegó con seguridad a la primera. La puerta de la habitación se abrió dejando salir a un estudiante de segundo año como si nada.
Ojalá que sea imposible abrir la puerta hasta llegar a lo seguro o la clase de magia duraría más contra monstruos de rango cuatro.
El Lightcrowler volvió a mi campo de visión. Diosaltos más emocionados y soltaba imperceptibles ruidos similares a los de un bebé feliz en los brazos de su progenitor. En un momento volvió a hacer de guía y me arrastró a lo que que parecía ser mi habitación.
—¡Esta ocupado! —gritó con irritabilidad una voz del otro lado.
El Lightcrowler reprodujo un sonido de risas inconstantes provocándome una pizca de irritabilidad. Me disculpé y probé con otra encontrando la vacía. Era espaciosa. Constaba de lo necesario sin llegar a la excentricidad.
Un paso y la oscuridad que antes no estaba me rodeo como una gruesa cobija a media noche. Excepto porque ya parecía ser de noche ahora y no estaba rodeado sino por lo que parecía ser un campo de entrenamiento.
Una luz se encendió. Volteé y se apago al instante. Sucedió con otra, reproduciendo ese sonido de encendido pesado. Caí en el mismo unas dos veces más hasta que capte a tiempo una. El suelo no crujía ni emitía sonido alguno ante sus pisadas en retroceso, solo podía oír y sentir su corazón desbocadose.
—Ojalá que sea una bienvenida típica.
Lo deseaba. En verdad que deseaba que lo fuera.
Podría parecer un frívolo adolescente de 17 años sin ánimos de hacer amistades, pero era solo un muro emocional que amenazaba con flaquear ante el monstruo que tenía frente a mí. Retorciendo sus alas son manos en sus extremos y soltando graznidos mientras murmuraba algo, mayoría de as veces repetía una frase.
—Richard Wagner debe estarse retorciendo en su tumba al ver que las valquirias no son como él las pintó.