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EL RUIDO DE TU SILENCIO [LIBRO 6]

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Summary

Bienvenid@s a la secuela de "El sonido de tu risa". Eric y Roxanne son dos corazones atormentados que cada vez que se dicen un "te quiero" saltan chispas que iluminan más que la aurora boreal. Se quieren, pero a causa de sus pasados y sus respectivas cicatrices, van a tener afrontar millones de obstáculos que surgen en sus vidas. Súmergete en esta historia que está llena de miedos, pasiones, dramas, orgullos que necesitan una bajadita de humos, amistades leales (o no tanto), mamás solteras valientes, chicos que necesitan ayuda pero no saben cómo pedirla y mucho, mucho amor.

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Complete
Chapters
60
Rating
5.0 6 reviews
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18+

1. No me entra en la cabeza (Roxanne)

Nada ha sido fácil, ni lo es, ni lo será

Desde ese día que salí por la puerta de su casa, con el alma partida y una vida creciendo dentro de mí, todo ha ido cuesta arriba. Lo que pensé que sería difícil, ha terminado siendo más que complejo.

Abrir la peluquería ha sido un desafío, las obras empezaron y no acabaron hasta hace unos días. Ha sido una de aquellas situaciones en las que no veía el final. Ahora solo me queda esperar la licencia y ya podré abrir de una puñetera vez. Ah, que no sé qué seré capaz de hacer, porque mi embarazo ahora está más avanzado.

El embarazo ha sido.... maravillosamente malo. He temido por la vida de mi bebé en todo momento, pero el más duro fue cuando quise saber qué era. El ginecólogo llamó a un psicólogo, cosa que no entendí, hasta que el psicólogo empezó a preguntarme si era consciente de que lo podía perder en cualquier momento.

Os juro que no me falta consciencia sobre el tema, lo tengo en la cabeza a todas horas, me ataca en sueños y lo tengo en mi mente como un recordatorio constante. Pero, hay algo dentro de mí, no sé el qué exactamente, que me dice que este bebé estará bien.

Quizás sean solo mis ganas y soy una de esas chicas que no ve más allá de la realidad, me da igual.

Se supone que este es mi momento y yo lo quiero vivir.

Total, a pesar de lo que todo el mundo pueda pensar, lo que hizo el ginecólogo no me parece una praxis insensible. Sé que es realista, puede que incluso más que yo, y que, debido a mi historial clínico, era lo más sensato, pero fue un momento rompedor y todavía tengo pesadillas con eso.

Según el psicólogo lo llevaría mejor si no sabía qué era, por si lo perdía, y… como ya estaba bastante jodida por su marcha, le hice caso.

Estaba sola mientras alguien me decía que podía ser que mi bebé no naciera. No había nadie conmigo en parte porque quise, ya que mis amigos se han ofrecido un millón de veces a acompañarme. Creo que estos momentos, los momentos en que le oyes el corazón por primera vez, deben estar los padres.

Y en este caso estuve yo.

Así que ahora me planto en la semana veinticuatro de embarazo, no sé si llevo un niño o una niña o qué, pero sea lo que sea, es mi bebé.

Reconozco que quizás saberlo me habría ido bien para que no me cogiera desprevenida, aunque mis amigos están regalándome todo unisex y creo que podré cubrir los primeros meses bastante bien. Además, si es una niña, tengo mil cosas de Norah y Lena, y si es un niño, Jan será el proveedor de ropa número uno.

—Y bueno.... —Marta sonríe tirándose en la litera a mi lado— ¿Tienes pensados los nombres?

Mmmm.... sí y no.

Ponerle el nombre es algo que me hubiera hecho ilusión hacerlo con él... Pero, él no está, ni se le espera.

Al menos mi abdomen no le espera porque ya está bastante hinchado. No es enorme, como el de Raquel ni como el de Alba en su día, pero está hinchado y mi embarazo empieza a ser muy evidente.

Y me gusta que se note porque... es mi bebé.

—Sí, bueno.... Pensé en ponerles nombres rumanos, obviamente.

Ella salta de emoción y rebota. No sé qué le pasa, pero desde el primer momento ha estado muy ilusionada con mi embarazo.

—¡Oh, venga! ¡Suéltalos ya!

—Mihaela si es una niña y Dragos si es un niño.

Me duele decir sus nombres. El dolor no sé si proviene de mis recuerdos o del simple miedo de que mi bebé pueda desaparecer en cualquier momento.

Tengo que admitirlo, ya hace unas semanas que estoy asustada de todo.

—Tía, son súper bonitos.

Lo sé, en cierto modo son los únicos nombres rumanos, aparte de Anka, que me traen buenos recuerdos del país donde crecí.

Ella me mira y a mí se me escapa una sonrisa triste. No puedo evitarlo, hace semanas que se ha ido, y cada maldito minuto es un suplicio.

A pesar de que le odio con todas mis fuerzas, le echo de menos. Me acostumbré a dormir con él, a abrazarle, y ahora no tengo a nadie a quien abrazar. La segunda noche, tras estar frustrada, irritada y sin parar de llorar, me levanté de la cama para coger una almohada de la litera de al lado.

A este punto de patetismo he llegado y me da una rabia descomunal. Es mi única oportunidad de ser mamá y no puedo saborear el momento porque tengo el alma hecha trizas.

No es justo.

Me da rabia quererle, me da rabia echarle de menos, me da rabia y, a la vez miedo, no superarle nunca.

Y tiene toda la pinta, toda la puñetera pinta.

Hace unas dos semanas me acojoné. Estaba tumbada en mi cama, mirando una serie en el perfil de Netflix que me facilitó Alba y noté algo en el estómago. Era muy sutil, como un burbujeo. No sabía lo que era, no era doloroso, pero era la primera vez que lo sentía y toda una secuencia de imágenes escalofriantes pasaron por mi mente a toda pastilla.

Llamé a Marta sollozando, asustada de perder a mi bebé. Ella llegó corriendo junto con Marc, listos para llamar a una ambulancia, preparados para lo peor, como yo.

Eran patadas, mi bebé estaba pataleando y fue maravilloso.

Y aterrador, porque ahora le siento mucho más y, simplemente, no puedo perderle.

Vivir un momento así es devastador, porque estaba sola aún estar rodeada de amigos, y tengo que mentalizarme para estarlo.

No lo superaré, lo sé.

—Rox.... —jadea Marta— Sé que es feo de decir, pero deberías parar de pensar en él.

Soy muy consciente de lo que debería hacer, pero también soy consciente de mis limitaciones y ahora mismo estoy muerta de miedo y únicamente me centro en mantener el corazón de mi bebé latiendo.

El resto de cosas (que también podríamos decir mierdas que pasan en mi vida) son secundarias.

—Debería hacer un montón de cosas que no hago, Marta. —digo cogiendo una mandarina de la caja que me trajo Marc— Debería ir a la peluquería y revisar que todo esté listo para mañana, debería mirar ayudas económicas, ¡debería estar... —arranco la piel de la mandarina a tirones— siendo feliz! ¡Y no lo soy!

Ella hace una mueca y me aprieta el brazo con cariño, para infundirme ánimo.

—¡Hey! ¡Basta de ser pesimista! —me riñe soplando un mechón de su flequillo demasiado largo— Bita y Raquel ya están allí, revisando que todo esté bien, el tema de la ayuda económica, Hamza ya está en ello. ¡Todo irá bien!

Lo sé, lo sé, mis amigos se han volcado en mí de forma incondicional. De verdad que no puedo quejarme, pero... no es lo mismo. Hay momentos en los que su ausencia me resulta imposible.

La mayoría de momentos, para qué mentirnos.

Yo no quería tener un bebé en el orfanato. Aprecio un montón que Marc me deje quedarme aquí, si no, con mi situación financiera actual estaría en la calle, pero no es sitio para criar un bebé recién nacido.

Espero que la situación de mi cuenta bancaria haya cambiado para cuando nazca, porque si no me dará un ataque de nervios.

—Lo sé. —digo tratando de estirar el jersey que se me pega a la tripa— Es sólo que… Joder, yo debería ser más feliz ahora, ¿no?

—Los embarazos nos vuelven locas, Rox. No te comas la cabeza.

Claro…

No quiero ser mala, pero ella está ahora mismo en mi cuarto haciendo la maruja y tratando de animarme porque su chico o su marido, si alguna vez por todas dan el paso, está cuidando a su niño.

Yo no tendré eso.

Es cierto que tampoco lo necesito, yo no necesito a nadie, pero los momentos como este se sienten como puñaladas.

—Ya…

El pitido de mi teléfono me salva la vida porque me interrumpe de decirle a Marta que, a veces, la soledad se me come junto con el miedo.

Es Alba.

—¡Hey! —saluda animadamente.

Todo el mundo tiene el ánimo por las nubes y el mío está en menos diez, pero bueno. Es mi negocio, debería preocuparme más por ello.

Debería…

A día de hoy, un montón de mis jodidas frases empiezan con un debería.

—Hey, dime.

—Verás, he estado mirando y… Creo que no puedes hacer una fiesta de inauguración sin comida, Rox.

Pongo los ojos en blanco porque este es un tema que ya hemos debatido un montón de veces esta semana.

No hay pasta, no hay comida, así de claro.

Hace unas tres semanas que no trabajo, o sea, no hay ingresos y… si no hay ingresos, no puedo comprar comida para la inauguración. Es bastante fácil, ¿verdad?

—Bita, ya hemos hablado del tema. —insisto.

—Si es por lo de la comida, Bita tiene razón. —dice Marta todavía tirada en mi cama.

—¿Y cómo lo pago? —me quejo a las dos a la vez— Me parece a mí que todo el mundo aquí ha olvidado que soy pobre.

Marta pone los ojos en blanco y mueve los dedos de la mano abriéndolos y cerrándolos como si fueran una boca.

—¡Pero escúchame, cabezona! —se queja Bita— ¡Que yo puedo hacer algo! ¡Marta también! ¡Raquel también y tema apañado!

Yo debería hacer eso, yo debería hacer cuatro cosas de comida si tuviera mi propia casa para hacerlo.

Pero no es así… Siento que vivo de prestado, joder.

Cierro los ojos con fuerza y me masajeo las sienes. Con el embarazo avanzando, han ido apareciendo migrañas.

Y dejadme deciros que son unas perras muy dolorosas y molestas.

—Alba, en serio, sé que tienes la cabeza dura, pero… joder…

—Ni Alba, ni leches. —gruñe— Dime una cosa, ¿lo harías si tuvieras dinero? ¿pondrías comida?

Claro que sí, pondría mayordomos repartiendo… bombones, pero no Ferrero, porque los Ferrero están prohibidos a todo lo relacionado conmigo, y no lo digo por el precio, que conste, que también es otro debate serio.

Es por lo que me recuerda.

Así que sí, bombones de lo que sea, menos Ferrero.

Mucho menos Rafaello.

—Sabes que sí. —admito.

—Pues ya está. Se acabó el tema.

Me quedo con el sonido de línea, Alba me ha colgado el teléfono porque, al final, va a hacer lo que dé la gana.

No sé si enfadarme o hacerle la ola, de verdad.

—Te ha colgado y va hacer lo que le quiera, ¿verdad? —pregunta Marta desde mi cama pelando otra mandarina.

Asiento con la cabeza y me quedo mirando por la ventana de esta habitación.

Estoy en la ruina por un negocio que ha tardado mucho más de lo que pensaba en poder abrir.

Estoy en la ruina porque no tengo ingresos.

Por no tener, no tengo ni casa. Vivo en un centro de menores porque el hombre que lo dirige es un pedazo de pan.

El único regalo que le he podido comprar a mi bebé ha sido un chupete que pone I’m mommy’s baby.

Mi cuenta bancaria es un chiste ahora mismo. No sé cómo lo haré como la peluquería no arranque pronto.

Me va a dar algo feo…

Siempre pensé que podría con todo, siempre soy de las que ve el vaso medio lleno, pero… joder, no puedo levantar cabeza. Tengo un montón de problemas, no me los acabaría y no son de los que tienen solución con un vaso de Martini, pero el más punzante, el que más que corroe por dentro, es que me siento en la ruina ya no por todo lo que acabo de exponer, es porque he perdido la esperanza.

No volverá, lo sé.

Y… si no hay esperanza ¿qué me queda?

—Rox, de verdad, me preocupas. —murmura Marta detrás de mí.

—No te preocupes tanto, que me haré un chalet porque te tendré que teñir cada semana de las canas que te saldrán. —le sigo el juego y una piel de mandarina pasa rozando mi brazo.

Me apoyo en la ventana para mirar hacia fuera.

Ojalá ahora viera entrar su todoterreno blanco, ojalá le viera aparecer con una caja de Ferrreros con un post-it pegado encima en rumano. Ojalá alguien siguiera susurrándome en rumano por las noches antes de dormir. Ojalá… todo.

Pero no.

No me arrepiento de mi decisión, nunca lo haré, aunque que se fuera me duele hasta cuando respiro.

Un burbujeo que ya empieza a ser familiar me hace bajar la mirada hacia mi abdomen hinchado.

—Está pataleando. —digo con la mirada puesta en mi tripa y mi alma en este ser que crece y crece.

—Lo mismo tiene complejo de canguro y no lo sabes. —bromea.

Pongo los ojos en blanco y mi mano en mi estómago.

Yo sé que es cosa de brujas, o tal vez mi jodida obsesión, pero este crío patalea cada vez que pienso en su maldito padre.

Patada.

No te pases, que él se fue y yo me quedé, ¿eh?

Patada.

Pues cuando seas mayor le llamas y te quejas, pero yo no tengo la culpa, ¿estamos?

Patada, patada, patada.

—Oye, oye, menudo festival ahí dentro. —me quejo.

—Es porque nota que estás nerviosa, ¿quieres que veamos una serie o algo?

Os juro que lo intenta. Animarme ha sido alguna especie de objetivo que se ha marcado.

La puerta de la habitación se abre y no me hace falta girarme para saber quién es. En esta casa solo hay una persona que no llama a la puerta, y es Marc.

—¡Mamá! —grita Jan— ¡Mamá!

Cierro los ojos con fuerza porque no deseo otra cosa que tener esto dentro unos años.

Menos mal que no me ven porque estoy de cara a la ventana, si no, ya les tendría aquí preguntando qué va mal.

Y la pregunta no es qué va mal, sería más acertado preguntar qué va bien. Y ahora mismo no sé qué va bien, porque necesito llegar a la semana treinta para estar tranquila.

Nada más, lo juro, me lo pueden quitar todo. Puede cerrar la jodida fábrica de Ferrero y Loubotin subir sus precios quinientos euros el par, que me da igual. Lo único que quiero es esto.

—¿Qué, cariño? ¿Qué?

—Hola, siento interrumpiros, pero os lo tengo que dejar un rato, que llega un nuevo interno. —dice Marc.

Genial, ironizo mentalmente.

Y no lo digo por Jan, lo digo porque un nuevo interno quiere decir otro crío o asustado o rebotado.

—¿Necesitas ayuda? —pregunta Marta.

—No, no te preocupes. —oigo que dice Marc.

—Sí, papá, ¿keres ayua?

Esto.

Estas farfulladas llamando a papá, sea quien sea el niño, me matan lentamente. Se trata de una amargura que empieza en el estómago y me sube por la garganta hasta que tengo arcadas. Después, toda esa amargura me impregna le lengua de ácido y tengo que apretar los dientes para no soltar todo el veneno que me circula por la sangre.

Te odio, Albino.

Con todo mi ser.

Porque yo seré bruja y todo lo que queráis llamarme, pero el albino me hizo algo. Si no, no lo entiendo. No entiendo cómo, a pesar de todo, le sigo queriendo.

No me entra en la cabeza.

Patada, patada, patada.

—Shhhtt… —arrullo pasándome las manos por la tripa— No pasa nada.

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1. 1. No me entra en la cabeza (Roxanne)
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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

2

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ay me encantan los pensamientos de Rox. ya Norah nació, nuestro Eric está fuera de escena y hay una comitiva apoyando a Rox, los amo y más a ella por ser valiente a pesar de su temor latente. queremos que llegue la semana 30

3 years
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me encanto la historia🥰

3 years
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