Capitulo 1
Mi vida era perfecta, bueno, tal vez no perfecta, pero ¿De qué podía quejarme?, tenía lo más importante, el amor de mi familia.
Claro que, como cualquier familia normal a veces discutíamos y quien casi siempre iniciaba las peleas era mi hermana de 10 años Rebeca.
A Rebeca le gustaba molestar a mi otra hermana de 7 años Martina, tomaba mis cosas y las de mi mamá sin permiso, mi mamá siempre se enojaba con ella y la regañaba pero al parecer a Rebeca no le importaba. Mi mamá nunca le pegó, pero mi papá sí, Rebeca le tenía miedo a mi papá. A mi no me gustaba que le pegara, aunque tal vez se lo merecía, cuando eso pasaba Rebeca iba conmigo y yo la consolaba. La quería mucho, aunque causara problemas, yo deseaba que ella y mi mamá se llevaran mejor, pero para eso las dos tenían que poner de su parte, Rebeca tenía que ser más obediente y mi mamá tenía que intentar entenderla.
A pesar de todo, quería a mi familia, a Rebeca la veía como mi hija, mi niña, me sentía responsable de ella, a Martina también la quería mucho, pero el vínculo entre Rebeca y yo era diferente, era especial, mi familia era lo más importante.
Yo estaba conforme con mi vida, era feliz con lo que tenía y con las personas que tenía a mi alrededor, no es que tuviera muchos amigos en la escuela, iba a la secundaria, me llevaba bien con todos, o al menos eso creía yo, la única persona que consideraba "amigo" era Alexander, eso era suficiente para mí, sé que normalmente las personas de mi edad no están conformes con sus vidas pero... yo de verdad era muy feliz y alegre con mi familia y mi único amigo... hasta que un día... esa felicidad se terminó...
Era de noche, Rebeca y yo salimos a la farmacia, a mi mamá no le gustaba dejarnos salir y mucho menos de noche, pero ese día ella se sentía mal así que Rebeca y yo le insistimos para que nos dejara salir por la medicina que necesitaba, mi papá todavía no regresaba de trabajar, eran las 8:00pm. papá regresaba a las 9:00pm. faltaba una hora para que regresara y yo no quería que mamá tuviera que esperar una hora para poder tomar medicina, le dolía el cuerpo y se sentía desganada.
No es como si la farmacia estuviera a la vuelta de la esquina, pero tampoco es que estuviera a cinco calles de distancia, para llegar teníamos que salir de casa, caminar por nuestra calle, llegar a la esquina, dar vuelta a la izquiera, seguir derecho, cruzar una calle, seguir derecho y en la siguiente esquina dar vuelta otra vez a la izquierda, solo debíamos cruzar una calle, en resumen, solo eran tres cuadras.
Mi mamá no quería que saliéramos, ella decía que podía esperar a mi papá, pero después de insistir por un rato y teniendo en cuenta lo mal que se sentía terminó accediendo.
Rebeca y yo salimos, no sabía por qué, pero no había nadie en la calle, las luces de algunas casas estaban prendidas, pero no había nadie afuera, lo cual era un poco raro, eran las 8:00, a esa hora normalmente había gente en la calle, pero Rebeca y yo no le dimos mucha importancia.
Llegamos a la farmacia solo para darnos cuenta de que estaba cerrada, eso también era raro, se suponía que cerraba a las 10:00pm. pero no pensé mucho en eso, tal vez el dueño tuvo que irse temprano esta vez así que solo regresamos a nuestra casa.
Íbamos camino de regreso cuando escuché como si alguien estuviera atrás de nosotras, pude ver de reojo que era alguien vestido de negro, nos seguía a una cierta distancia tal vez pensando que así no nos daríamos cuenta, primero no me pareció sospechoso, tal vez solo era alguien que iba en la misma dirección, no volteé pero al fijarme mejor noté que tenía un pasamontañas cubriendo toda su cara y con algo en la mano, no pude identificar si era hombre o mujer.
—Rebeca, ve a la casa, no mires atrás, en un rato te alcanzo— le dije a mi hermana cuando llegamos a la esquina.
—¿Qué?, ¿por qué?, ¿qué pasa?, ¿y tú?— me dijo asustada.
—No te preocupes, no pasa nada, yo me voy a encontrar con alguien, tú ve a la casa— le contesté dándole las llaves.
Aunque parecía estar bastante preocupada me hizo caso, cruzó la calle y siguió caminando hacia nuestra casa, solo tenía que seguir derecho y dar vuelta a la derecha en la esquina y luego llegar a casa, yo me desviaba del camino, no sabía si separarnos era lo mejor o si era lo más estúpido que podía hacer, pero nadie está realmente preparado para enfrentar una situación así y eso fue lo único que se me ocurrió pues ahora la persona que nos seguía tendría que decidir por quién ir.
Al separarnos me di cuenta de que la persona que nos seguía iba por mi hermana, comenzó a correr hacia ella y vi que lo que tenía en la mano era una navaja.
—¡Corre!— le grité a mi hermana.
Rebeca volteó, vio al hombre y en seguida ella también comenzó a correr asustada, yo estaba más lejos de ellos, corrí lo más rápido que pude pero ese hombre la alcanzó primero, la jaló del cabello y la estaba llevando hacia una camioneta negra que estaba en la esquina, en la calle que Rebeca ya había cruzado, la estaba arrastrando de regreso y eso era ventaja para mí, tal vez lograría alcanzarlos pues estaban yendo en mi dirección.
—¡Ayúdame, por favor ayúdame!— gritó Rebeca mientras forcejeaba con esa persona intentando soltarse.
Aunque yo seguía un poco lejos de ellos podía notar la angustia y la desesperación en los ojos y voz de mi hermanita, no sé cómo le hice pero por suerte los alcancé a tiempo, antes de que llegaran a la camioneta.
Para mi suerte encontré un palo de madera tirado en el suelo, lo tomé y comencé a golpear a esa persona. Ahora identificaba por su contextura física que era un hombre, logré que soltara a mi hermana.
—¡Corre!, ¡corre lo más rápido que puedas!— grité a mi hermana mientras seguía golpeando a ese hombre para ganar tiempo.
—¿Y tú?— me preguntó ella.
—Yo voy a estar bien, no te preocupes ¡corre!— le contesté.
Ella me obedeció y corrió, después otros dos hombres también vestidos de negro y con pasamontañas bajaron de la camioneta, fue entonces cuando dejé de golpear al primer hombre, también fue ahí cuando me di cuenta de la gravedad de la situación, eran tres hombres contra dos niñas, para nuestra mala suerte la calle estaba desierta, ni siquiera pasaban carros, además, cuando Rebeca gritaba por ayuda se apagaron las luces de las casas, nadie iba a salir a ayudarnos, era ingenuo pensar que estaríamos bien pero no podía rendirme. Me quedé ahí, parada, sorprendida y asustada por la situación.
—¿Y ahora?, ¿Qué hacemos Adrián?— preguntó uno de los hombres que había bajado de la camioneta.
—¡Vayan por esa niña!— les gritó Adrián.
Ambos hombres corrieron en la misma dirección que Rebeca, yo no entendía por qué querían a mi hermana, por qué insistían en llevársela, pero no iba a dejar que algo le pasara.
Estaba a punto de correr para alcanzarlos cuando Adrián me detuvo, me jaló del cabello y acercó la navaja a mi cuello.
—No sé qué seas de esa niña pero este no es tu problema, solo la queremos a ella, si decides irte en este momento prometo que no te pasará nada— dijo.
—¿Por qué quieren a esa niña?— pregunté como si se tratara de una persona cualquiera ya que al parecer él no sabía que se trataba de mi hermana y no sé por qué me pareció mejor ocultarlo.
—Eso no es asunto tuyo, no te metas en lo que no te importa, te juro que si te vas ahora no habrá problema contigo, por favor vete— respondió.
—Claro que es asunto mío, no voy a dejar que le hagan daño a esa niña— dije ahora sabiendo por sus palabras y tono de voz que él no quería lastimarme, pero lo haría si lo consideraba necesario.
Con el palo que aún tenía en mi mano le pegué en la cabeza, eso hizo que me soltara y que por accidente me hiciera una cortada en el pecho, aunque la herida no era profunda me dolía mucho, pero primero tenía que salvar a mi hermana así que tomé la navaja que Adrián había dejado caer al piso y corrí para alcanzar a esos dos hombres.
Cuando por fortuna logré llegar a ellos herí a uno en el brazo mientras el otro me miraba sorprendido, tal vez pensaron que iba a ser fácil secuestrar a Rebeca y gracias al cielo logré alcanzarlos cuando estaban a punto de dar la vuelta en una esquina hacia la calle en la que estaba mi casa, otra cosa a nuestro favor fue que Rebeca corre muy rápido y dio vuelta en la esquina antes que ellos, ahora solo debía entrar a la casa y todo estaría bien.
Adrián nos alcanzó, el hombre al que herí me golpeó en la cara y caí al piso, luego me pateó varias veces.
—Ve por la niña, nosotros aquí te esperamos— le dijo Adrián al otro hombre, al que estaba parado observando mientras otro me pateaba. Me dio miedo pensar que en unos momentos ese hombre regresaría con mi hermana y se la llevarían.
—Ya basta Raúl, ella no tiene nada que ver— dijo Adrián al hombre que me pateaba.
—¿No ves lo que me hizo?, esto le pasa por meterse— respondió Raúl con enojo, aunque también dejó de patearme.
Después de unos momentos el hombre que había ido a buscar a mi hermana regresó pero sin ella, yo decía en mi mente “¿Rebeca logró llegar a la casa?, ¿Se escondió en algún lugar?”, aunque en realidad eso no importaba si ella estaba a salvo.
—No la encontré, desapareció— dijo ese hombre.
—¿Que hacemos?— preguntó Adrián.
—¿Y si nos llevamos a esta niña en lugar de la otra?— contestó Raúl refiriéndose a mí.
—Pero nos pidieron a la otra niña— dijo Adrián con tono de preocupación, “¿Quién los habrá mandado por Rebeca?” me preguntaba a mi misma en mi mente.
—No importa, vamos a llevarnos a esta niña para que no nos regañen y otro día volvemos por la que se escapó— dijo Raúl intentando convencer a Adrián y yo estaba de acuerdo con él, si tenían que llevarse a alguna de las dos prefería mil veces que fuera yo y no Rebeca.
Adrián terminó aceptando, me levantaron del piso y me llevaban hacia la camioneta, yo comencé a forcejear con ellos, pero no grité, si gritaba tal vez mi hermana volvería por mí y no podía arriesgarme a eso, si tenían que llevarme a mí para que ella estuviera bien, valía la pena, claro que no me iba a rendir, me esforzaría para salvarnos a las dos, pero su vida era más importante que la mía, ella era mi prioridad.
Llegamos a la camioneta, ya ahí me ataron de manos, me amordazaron y me pusieron una venda en los ojos,
—¿Y?, ¿Ahora te arrepientes de haberte metido?, yo te di la oportunidad de huir pero no me hiciste caso— me dijo Adrián.
—No, no me arrepiento de lo que hice— contesté.
No sé cuánto tiempo estuve ahí, para mí fue una eternidad. Cuando la camioneta por fin se detuvo me jalaron del brazo para bajarme, no podía ver nada, no sabía dónde estábamos, primero escuché el ruido de una reja abriéndose, dimos unos pasos, subí dos pequeños escalones, luego escuché el ruido de una puerta, después caminamos un poco, otra puerta se abrió, me aventaron al piso y después azotaron la puerta, yo quería saber dónde estaba, intenté desesperadamente quitarme la venda de los ojos pero no pude ya que me habían atado las manos a la espalda, me dolía todo el cuerpo, cómo deseaba que todo fuera solo un sueño. Comencé a llorar hasta que me quedé dormida.
Luego me despertaron unos gritos, no pude identificar lo que decía porque me estaba despertando pero parecía que alguien se acercaba a la habitación en la que me encontraba.
—¿Cómo se les pudo escapar una niña?, son unos idiotas, no sirven para nada— dijo un hombre, no gritando pero sí alzando un poco la voz, parecía muy enojado, no le presté mucha atención a la voz porque estaba asustada, se abrió la puerta y hubo un pequeño silencio —¿Ángela?— dijo ese hombre un poco sorprendido, fue entonces cuando reconocí la voz pero no quería aceptar que fuera él.
Escuchaba sus pasos acercandose a mí, me quitó la venda de los ojos y la mordaza, me sorprendí al verlo, no lo podía creer, ¿Cómo era posible?, ¿Por qué él?.








