Albondigas
Anthony fue recibido con una foto apenas entró a su casa.
—¿Quién es ella? — preguntó Angela, su esposa, furiosa.
La foto era de un hermoso parque, repleto de flores coloridas y arboles magníficos. En medio de ese parque caminaban un hombre y una mujer. El hombre era Anthony y la mujer no era Angela. Anthony no se mostró sorprendido ante la existencia de esa foto y no le tomó mucho tiempo el formar una respuesta.
—Su nombre es Allison, era una vieja amiga, me la encontré cuando iba a almorzar hace una semana. Caminamos y charlamos un rato. De ahí no la he vuelto a ver.
—¿Entonces no es tu amante?
—Claro que no, yo sería incapaz de hacerte algo como eso. Te amo.
Angela suspiró aliviada, esta era la última vez que se dejaba llevar por las voces de su cabeza. Primero debía tener todas las pruebas en la mesa antes de saltar a conclusiones. Guardó la pistola en la parte trasera de sus pantalones.
—¿Qué hay para cenar?
El solo pensar en la cena hizo que la piel de Angela se tornara más blanca que el papel.
—¿Qué te parece si comemos afuera?
—¿Y ese plato?
Encima de la mesa, detrás de Angela, reposaba un plato de tallarines rojos con albóndigas.
—Tallarines con albóndigas. Mis favoritos. Que sabroso.
Anthony se sentó y tomó una albóndiga con su tenedor.
—¡No! — exclamó Angela. Eso no pudo evitar que se comiera la albóndiga.
—¿Se puede saber que pasa contigo?
—Prométeme que no te vas a enfadar cuando te lo cuente.
Anthony suspiró. Si quería tener respuestas tenía que seguirle la corriente a su esposa.
—Está bien lo prometo.
—¿Por dónde empezar? Te daré la versión resumida, ya es muy tarde: Maté a la tal Allison, molí su carne y la convertí en albóndigas y las cociné solo para ti. Pensé que sería una estupenda venganza por engañarme… ¿Por qué sigues comiendo?
Todas las albóndigas y la mitad de los fideos habían desaparecido del plato.
—Esto no es carne humana.
—¿Cómo lo sabes? ¿Las has probado? — preguntó Angela levantando una ceja.
—No, pero reconozco una buena carne de res cuando la pruebo. Y esta es de las mejores. ¿Tú no mataste a nadie, verdad Angela?
—Bueno… yo.
—No, no lo hiciste — dijo con una sonrisa —. Tú serías incapaz de matar a alguien.
—Si sería capaz — se quejó Angela enrojecida y con las mejillas hinchadas.
—Lo único que has matado han sido moscas y al jardín.
—Nada ha crecido en esas tierras áridas. Voy a tener que usar medidas más drásticas.
Anthony le dio un beso en la frente a su esposa. Angela pensó: Que bueno que no vio el jardín. En el jardín reposaba una tumba poco profunda de un metro sesenta y ocho, con una pequeña lapida hecha con palitos de paleta que decía: “Puta”. Angela pensó que el cuerpo serviría como abono.
Después de comer vieron un poco de televisión y se fueron a dormir. Angela se acurrucó cerca de su marido. Ese hombre era suyo y nadie se lo iba a arrebatar. Ninguno de los dos se dio cuenta que alguien los estaba observando.
A la mañana siguiente, Angela fue la primera en despertar. Era la única en la cama. Lo primero que vio fueron dos cosas que la horrorizaron: Su marido colgado del ventilador, le faltaba una pierna, y el cañón de una pistola apuntándole en la cara. El arma flotaba sola, poco a poco el espíritu vengativo de Allison comenzó a tomar forma. Tenía la boca amarillenta. Angela la había envenenado poniendo veneno para ratas en su café.
—Pensé en darte un balazo en la cabeza, pero me acabas de dar una mejor idea. Levántate.
Angela obedeció. El fantasma la condujo al comedor donde reposaba un plato cubierto por una gran bandeja. Angela se sentó y Allison retiró la bandeja.
—Bon Apetite.
La pierna peluda de su marido estaba encima del plato de vajilla fina, junto con los cubiertos nuevos.
—Pensé que esta era una situación especial. Ahora come.
—¿Podrías pasarme la sal? – preguntó Angela mientras pinchaba la pierna con el cuchillo. Estaba tierna.
El fantasma le pasó la sal. Cuando Angela se dispuso a echarle un poco la tapa se cayó y una montaña se sal se rebalsó en la carne.
-Buen provecho – le entregó una cuchara sin dejar de apuntarle con el arma.
FIN.