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El departamento que había alquilado era al puro estilo colonial, nomás que hediondo y desorganizado, en el quinto piso con balcón y barandales de metal, ahí residía en un complejo de departamentos entre dos calles que intersectaban, y tomaba el autobús que me acercaba a la floristería en la que trabajaba.
En la planta baja del edificio había una cafetería donde servían café negro bien amargo, pero era gratis, y el agua también, y se podía rellenar, pero al café no, y la gratuidad solo aplicaba a la primera taza del día, por lo que, si yo o cualquier otro infeliz quería una segunda taza debíamos pagar, sin embargo, para alguien como yo que apenas encontraba un sitio donde hospedarse y su dinero se le iba en beber, una taza de café negro amargo gratis al día no caía mal y no podía quejarme.
Un día salí a la calle. Caminé hacia el estacionamiento de un multifamiliar donde el camión de helados de una mujer llamada Fiodora se encontraba encadenado.
—¡Hey! ¿Vainilla o chocolate? —preguntó Fiodora asomando la cabeza por la ventanilla.
Fiodora era cristiana, pálida, delgada, un poco santurrona, pero tolerante, también llevaba un vestido negro y un mandil blanco con celeste. Tenía un rostro simpático. Su cabello era corto y negro, muy negro como sus pupilas.
—Vainilla —ella se dio la vuelta al dispensador— ¿Perros o gatos?
—¿Qué? no estoy interesada en una mascota si a eso te refieres.
—No, no, no. Creí que te referías a asociación de ideas.
Fiodora regresó a la ventanilla entregándome el helado. Tomé el cucurucho con la diestra mientras que con la izquierda sacaba el dinero de mi bolsillo.
—Gracias —dijo guardando el pago en la caja registradora—. Bonito suéter.
Era celeste.
—Bonito gorro.
Era horrible.
—Es horrible.
—No creo que sea tan malo —llevé un poco de helado a mi boca—. Yo lo usaría si trabajara aquí.
—Por supuesto —respondió mientras iba al frente del camión, apagó la música y regresó a la ventanilla—. ¿A qué hora sales hoy?
—A las cinco.
—¿Te veré en la tarde?
—A lo mejor.
—¡Hola! —exclamó un colegial por detrás.
—¡Hey! —respondió ella.
—De chocolate, por favor.
—Vale.
Fiodora se dio la vuelta.
—Adiós, Fio.
—Chau —dijo ella sin mirarme—. Ve con Dios.
—Lo haré.