Chapter 1
Aclaro que esto no esta relacionado con el original mundo de Cadverse.
Cada noche dejo la ventana abierta esperando tu llegada. Se que llegaras tarde como el mal educado que eres. Pero aun así te esperaré todo lo que haga falta porque te quiero, pequeño y monstruoso invasor, no puedo apodarte de otra manera pues cuando pienso en ti me hace cuestionarme sobre lo que eres, sobre lo que significas y sobre lo que significarás en el futuro.
Finalmente llego a la conclusión de que eres mi amado invasor, por el hecho de que invades mi castillo sin autorización de nadie. Si alguien te viera podrían el grito en el cielo y tú cabeza rodaría pues quebrantarías una de las más importantes leyes de picas: no acercarse a la reina.
Aunque bueno mi castillo no es lo único que invades sino también mis pensamientos, te apoderas de cada parte esencial de mí. Y en mis preciados sueños apareces por lo cual puedo asegurar que duermo bien. ¡Oh, Alfred!, ¿qué me has hecho? No me acostumbro a la idea de estar como idiota babeando por ti, no quiero depender de tu presencia para estar satisfecho, odio eso.
—¿Ya terminaste de fantaseando conmigo? —suenas como de costumbre arrogante. Y en tu rostro aparece una sonrisa galana y encantadora.
Está ahí, tan guapo como siempre, con su ropa simple y de segunda mano. Una camisa de rayas cafés claro junto a unos pantalones ajustados igualmente cafés pero más oscuros.
—No te creas tanto. Puede que esté fantaseando con alguien más —se cruzó de brazos y cerró los ojos fingiendo estar indignado.
Alfred un pobre pueblerino sin padres ni algún otro tutor, se jugaba la vida robando. Pero no era cualquier ratero, él era uno de los mejores. No se conformaba con robar a los de clase media, el iba por la suma mayor. Al no tener nada que perder se arriesgaba demasiado. Bueno eso era antes de conocer a la “reina” que como cualquier princesa de cuento, estaba todo el día encerrada o en este caso encerrado. Alfred dejó los peligros aun lado cuando se dió cuenta de que tenía algo que perder. Sus metas, planes y sueños cambiaron cuando conoció a Arthur. Él ya no deseaba dinero solo quería liberar a la reina de su prisión. El reino era una prisión que los condenaba a ambos a estar separados. Alfred rezaba a pesar de no ser creyente, rezaba para que no encontrarán pronto al rey. Necesitaba tiempo para sacar a Arthur de ese lugar.
—Solo quieres ponerme celoso —fue su respuesta altanera.
—¡Claro que no, de verdad pienso en alguien!
Alfred se me acercó para abrazarme posesivamente al tiempo que besaba mis manos. Un gran sonrojo invadió mis mejillas, él se comportaba como un príncipe y vaya que yo deseaba que así fuera. Alfred era el indicado para mí, al menos eso creo, porque lo que siento por él no le he llegado a sentir con nadie. Nadie puede compararse a él, dudo que pueda querer a alguien que no sea este tarado. Se que nadie se tomaría el tiempo de escuchar sobre mis aburridas historias de hadas, lo más seguro es que cualquiera me llamaría infantil o diría algo como “¿En serio eres la reina?”
—Te gusta verme celoso ¿no es así? —su aliento chocó contra la oreja del inglés. Seductor, coqueto, encantador, ese era Alfred, el Alfred superficial que quería verle la cara a cualquiera pero no a Arthur a él no lograba engañarlo.
—Por supuesto que me gusta verte hacer berrinches, mi niño —habló con confianza a pesar de no sentirla.
Cada vez que estaba con Alfred se ponía nervioso y no le ayudaba para nada que su corazón se agitara de manera descontrolada, además de que su cabeza se llenaba de tantas dudas estúpidas como por ejemplo: ¿Cómo se verá mi cabello?, ¿Se notan mucho mis ojeras?, ¿Me veré bien? ¿Dónde puse mi puto espejo?
No tengo el control sobre mí, él que se apodera de todo mi sentido común.
—Me amas aceptalo de una vez —se acercó para rozar los labios del menor. Fue un ligero contacto pero que hacía suspirar a ambos. A través de los besos podían decir cuánto se aman. Aunque Arthur no estaba muy seguro, no dudaba de sus sentimientos hacia el americano, dudaba de que verdaderamente Alfred lo amara. Después de todo no se conocían lo suficiente, apenas llevaban dos años como pareja. Y Alfred no le contaba mucho de su vida. Le frustraba demasiado el no saber casi nada sobre su amante le parecía injusto que Alfred tuviera la oportunidad de conocerlo y él no.
—Te quiero, ¿eso cuenta? —bromeó sonriendo.
—No, no cuenta —tomó entre sus manos la cara del británico. Se acercó tanto para que sus labios se rozaran de forma lenta, tortuosa y placentera. Sus cuerpos se fueron arrimando, buscaban más contacto. Y la ropa se los impedía. Sin embargo no podría hacerlo ahí, no era el momento ni el lugar. Se separaron con delicadeza, ¿por qué no podían quedarse juntos por siempre?, ¡Ellos también merecían ser felices!
—Alfred te tienes que ir ya. No tardaran los guardias en venir y comprobar que estoy sano y salvo como cada noche —el corazón le pesaba. Le dolía tener que separarse. Cuanto daría por pasar el resto de su vida junto a su amado.
—Dame un beso más y juro que me iré.
«Me pides imposibles. Preferiría coserme la boca antes que dejarte ir de mi lado.» Esa cursilería le hubiese dicho si se econtraran en otra situación porque decírselo ahora sería una tontería. Pedirle que se quede es mandarlo directamente a las manos de la muerte. Así que lo besa, lo besa con ganas de fundirse en él, lo besa con amor, lo besa con deleite, lo besa como si fuera el último beso.
—Te esperaré mañana.
—Volveré. Como todas las noches, cariño —se despidió dándole un casto beso. Salió por donde vino; la ventana. Había grandes árboles cerca del cuarto de Arthur por donde bajaba y subía.
Los guardias tocaron la puerta por educación. No quería aparecer en momentos íntimos de la reina.
—Pasen —habló con autoridad e indiferencia.
—Con su permiso — se introdujeron buscando alguna amenaza o algo sospechoso que pudiera afectar a la reina —todo parece en orden. Con su permiso nos retiramos —hicieron una reverencia.
—Adelante descansen —ordenó.
Después de que volvieran a dejarlo solo, suspiró con cansancio. Era difícil mantener la faceta de “reina” mandona y engreída. Ya extrañaba a Alfred. Ese pueblerino que llegó a conocer cuando le tocó la responsabilidad interactuar con su gente para conocer mejor los deseos y necesidades de sus habitantes. Fue un flechazo para los dos, se enamoraron al instante. Arthur creyó que eso era imposible y que solo pasaba en las novelas de escritores mediocres o que se fuman mucha hierba como para imaginar que algo así pudiera suceder. Pero comenzó a creer en aquellos cuentos en cuanto sus ojos se toparon con una azul cielo tan atrayente y con un brillo especial. Fue una extraña conexión. Sin esperarlo ni desearlo ya se querían. Desde entonces se dedicaron a estar juntos.
Arthur esperó cada noche a Alfred pero este no volvió. Aun así no perdió las esperanzas y siguió esperando. Mientras su corazón siguiera latiendo tendría la esperanza de volver a ver a su amado cruzando esa ventana.
—Donde quieras que estés mi corazón seguirá latiendo por ti —sus palabras iban dirigidas al cielo ya que pensaba que tal vez así sus frases pudieran llegar hasta su amado.
Pasaron los años y al fin lograron encontrar al rey de picas. Fue grande su decepción al saber que sería un hombre de cabello largo, rubio y con un elevado ego. Su nombre era Francis, desde el principio se llevaron mal, Arthur había notado la chispa de ambición en la mirada azulina de aquel sujeto.
Francis no estaba allí por el reino, estaba ahí para llenarse de las riquezas.
Él no podía quejarse después de todo, el destino no se podía cambiar. Pronto sería la coronación en donde ante todo el reino darían a conocer al nuevo Rey. Aquel al que estaría atado el resto de su vida.
Suspiró con frustración. Últimamente no podía parar de hacerlo, su alma se sentía demasiado pesada.
Aún como un tonto esperaba que Alfred vinera a recatarlo de su prisión y se fueran lejos, muy lejos donde vivirían felices por siempre.
—¡Su alteza, estamos en grandes problemas!
—Eso espero —le molestaba que interrumpieran su tiempo de pensar —de lo contrario haré que te corten la cabeza por entrar a invadir sin mi permiso mi habitación.
El hombre se puso pálido pero reaccionó en poco tiempo.
—¡Es importantísimo!, ¡El rey ha sido decapitado!
Abrió los ojos con sorpresa y algo de terror.
—¿¡Que!?
—¡Nos invadirán!
—¿¡Cómo es posible!?, ¡Hemos mantenido buenas relaciones con los demás reinos!, ¿Quién nos ha traicionado?
—No ha sido ningún reino.
Arthur guardó silencio por un momento.
—Espera... ¿qué?
—Un... un tipo llamado Alfaro no sé qué llegó con un enorme ejército sacado de quién sabe dónde. Y amenazó con acabar con todo si no le entregábamos lo más valioso de este reino.
—¿Qué es lo que quiere?, ¿oro?, ¿plata?, ¿enormes sumas de dinero?
—No, él lo quiere a usted.
Arthur pareció dejar de respirar. Sonrió. Ya tenia claro de quién se trataba.
—Me entregaré.
—¡Pero mi reina!
—Le entregaré lo que desde un principio le perteneció.
Se levantó de su cama, abrió las puertas de golpe. Y caminó decidido hacia la entrada. Ordenó que abrieran las enormes puertas de la entrada y ahí lo vió. Ese pueblerino le sonreía abiertamente. Se veía más guapo que nunca, su piel blanca se había tornado morena. Su cuerpo dejó de ser tan blando, ahora a simple vista se podían ver los músculos marcados.
El alivio que lo invadió casi hizo que desafalleciera ahí mismo, sus piernas temblaron y el nudo en la garganta que llevaba mucho tiempo guardando por fin fue deshaciendose.
—Al fin estás aquí Alfred—susurró para sí mismo.
UF al fin termine. Al principio quería hacer una historia pero mejor lo deje en un one-shot :3
Gracias por leer y perdón por dar tanta azúcar(? Y me disculpo por la falta de ortografías :’v.
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Lo vuelvo a subir porque quise corregir varios errores. Eso haré con la mayoría de mis historias. Cualquier error avísenme de favor.