Chapter 1
Llevamos saliendo nueve meses. Lo conocí en un restaurante francés, él se acercó a mí con la excusa de que me veía muy solo. El novio que tenía en ese entonces me había dejado plantado y no podía darme el lujo de desperdiciar mi tiempo y dinero.
Aquel ojiazul comenzó a hablar sin parar, no le preste mucha atención. Mi mirada permaneció perdida por un largo rato. Hasta que mencionó que lo habían dejado plantado al igual que a mí. Él y yo teníamos algo en común; parejas ausentes, nos entendiamos bastante bien, abrirme con él no fue un problema.
—¿Cómo te llamas?
—Kirkland —contesté cordialmente.
Hizo un puchero como un puto infante, cosa que realmente no me desagrado del todo, podía dejarlo pasar.
—Quiero saber tu nombre completo —dijo poniendo una cara de idiota que me hizo ponerme nervioso.
—Arthur kirkland —contesté dudando si debería darle mi nombre a un extraño.
—Tu nombre es tan hermoso como tú —dijo coquetamente.
Mis mejillas se iluminaron, solo un poco, hace tiempo que nadie me halagaba. Tal vez por eso cometí la imprudencia de derramarle el poco vino que quedaba en mi copa.
—Deja de bromear.
Esperaba que se enojara y se fuera o me golpeara o por lo menos me insultara, sin embargo no lo hizo, sorprendentemente comenzó a reír ruidosamente. Fue una suerte que no nos echaran del restaurante.
—Eres tan adorable y cariñoso —dijo sarcástico.
Se intentó secar con un pañuelo, hasta que se resignó a aceptar que su camisa estaría arruinada de por vida.
—¿Y tú?
—Sí, yo también soy cariñoso y adorable.
—No, idiota eso no, ¿Cómo te llamas?
—Al... —dudó un momento —Alejandro Frederick —contesto nervioso.
De inmediato sonaron las alarmas de que algo no estaba bien. Lo miré con duda, como intentando decifrar lo que escondía.
—Que extraño nombre. ¿Eres hispano?
—No realmente, pero ya sabes como son los padres —nada en él parecía natural, movía nerviosamente las manos y las gotas de sudor recorrieron su frente, como si estuviera en un horno.
Dejé de prestar atención a esos pequeños detalles, me contó más sobre él y yo hice lo mismo, acordamos salir o ir a lugares como amigos, en verdad nos caímos bien. Pasaron más días. La atracción entre nosostros era más que obvia, no tardamos mucho en volvernos pareja.
Yo ya no necesitaba más a Francis. Lo corte rápidamente y sin mucho drama. Alejandro aseguró que hizo lo mismo. Y le creí, no tenía porque desconfiar de él. Eramos tal para cual.
Todo iba de maravilla. Nunca creí encontrar a mi otra mitad, hasta ahora.
Pero como todo cuento, debe llegar el final y yo tenía que volver a la realidad. En ese entonces, Alejandro pasaba a verme de vez en cuando, era un tipo bastante ocupado que sólo podía pasar conmigo poco tiempo por su trabajo. Aún así eramos felices.
La puerta se abrió. En seguida supe que se trataba de él. Mi familia no tenía llaves de mi casa, ni tampoco me visitaba.
—Perdón por pasar así pero necesito usar tu baño.
Doy un suspiro.
—Pasa.
Deja sus llaves, cartera y teléfono sobre la mesa.
Observo fijamente su celular, nunca se lo he revisado, ni siquiera me ha nacido la curiosidad por hacerlo, la confianza entre los dos es fundamental, meter mis narices donde no me incumbe sería una gran falta de respeto. Por segundos que parecían horas me debatía si debía echar un vistazo o no. Hace poco una amiga había descubierto una infidelidad gracias a que revisó el celular de su pareja mientres este dormía. Ese no sería su caso, nada perdía por intentar, ¿o sí?, tal vez se sentiría un poco culpable despues de no hallar nada. Le contaría sobre sobre esto a Alejandro y ambos estallaríamos en carcajadas. Así que con más confianza y menos culpa, desbloqueó el celular fácilmente, leo los mensajes que se envía con sus amigos y hablan de puras estupideces que me causan risa, estoy a punto de cerrar la aplicación y dejarlo hasta que veo el nombre de una mujer.
Mi corazón da un salto nervioso. Pero me digo que solo son ideas mías. No porque haya una mujer significa algo malo.
SANDRA MÓNICA.
Se metió al chat y lo primero que vio fue una serie de discusiones. Un mensaje en específico llamó mi atención:
Alfred ¿ya casi no pasas tiempo con tus hijos que sucede contigo amor
.
¿Alfred?, ¿hijos?.
Oí el ruido de la palanca del baño, cerré todo lo que vi y dejé el celular donde estaba.
Sentía pequeñas punzadas en mi corazón acelerado y lleno de miedo por pensar en lo peor, debe haber una explicación, debe haberla.
—Perdón por hacerte esperar pero en serio no me aguantaba.
—No importa —dije sonriendo, esa fue la sonrisa más forzada que he hecho.
Algo dentro de mí me decía que sí le preguntaba lo negaría todo, seguí como si nada, hasta que el día se nos hizo noche.
—Quédate por favor.
—De verdad no puedo Arthur, tengo que ir a casa.
—Vente a vivir conmigo —rogué una vez más. Solo que en esta ocasión no lo decía en serio. Quería ver su reacción.
—Lo siento no puedo hacer eso.
Aparentaba calma, aunque agachaba la cabeza. En su tono pudo detectar cierta molestia. Así actuaba cuando lo acorralaban. Antes no lo había notado, que curioso, la manera de ver a los demás cambia bastante cuando te enteras de algo que no está bien.
Esa misma noche lo seguí. Viajó durante dos horas hasta detenerse delante de una casa grande y bastante hogareña.Tocó la puerta y fue recibido por los labios de una amorosa mujer, esbelta, cabello negro, ojos hermosamente verdes.
Cuatro pequeños niños lo esperaban. Gritaron emocionados al verlo.
Quedé ahí con el corazón roto y con la cabeza llena de miles de preguntas, cada una más dolorosa que otra.
Más tarde me enteré de que su nombre verdadero era Alfred Frederick Jones.
Desde entonces no quise volver a saber nada de él.
Me llamó varias veces, no conteste. Envió mensajes que ni siquiera revisé, tocó varias a mi puerta al punto en que un día terminó por romperla.
—¡Arthur! —gritó preocupado.
—Grandísimo imbécil ¿sabes cuánto costó esa puerta?
—¡Arthur, gracias a Dios! ¡¿estas bien?! —gritó abrazándome.
Lo aparte con fuerza. Su tacto ya no era agradable. Me ahogaba en náuseas y en un coraje incontrolable.
—¡No me toques!
—¿Pasa algo?, ¿Acaso hice algo que te molestara? —parecía confundido.
Mentir se le daba perfecto. Esos ojitos parecían ser honestos.
Que impostor.
—Primero no me toques, segundo siéntate, charlemos un poco.
Fingiendo una sonrisa que se vio muy cínica. Hizo lo que le pedí.
—No quiero seguir contigo.
—¿A qué te refieres? —preguntó dolido.
—Que estoy terminando contigo.
—¡No puedes hacer eso! —gritó golpeando la mesa.
—¡Claro que puedo!. Y otra cosa, no vuelvas a golpear de esa forma la mesa. Me costó bastante.
—Arthur... —su voz sonaba rota.
—¡Ahora vete y no vuelvas Alfred! — grité a todo pulmón intentando contener el llanto, las lágrimas se acumularon, luche por no dejarlas salir. —Tu linda familia te espera.
—¿Cómo...— lo interrumpí.
—Solo lo sé y ahora has el favor de irte.
—Puedo explicarte —su voz a cada sílaba se quebraba. Ya no era capaz de simular calma.
—No necesito más explicaciones —mi voz también comenzaba a romperse.
Los dos nos estábamos partiendo en miles de pedazos que jamás podremos volver a juntar.
—Yo me enamoré de ti desde el primer momento en que te vi, te amo más que a mi vida, más que a la vida de mi familia —comenzaron a salir lágrimas de sus ojos. Cada palabra me parecía aberrante.
«Pero que hipócrita» Alfred no tenía derecho a llorar.
—No te creo. Además como te atreves a decir eso. ¡Esos niños te adoran! Y tu mujer, esa dulce mujer te ha entregado todo, Alfred. Se ve que su vida entera te la ha dedicado a tí y a tus hijos. Así que no me vengas con que me quieres más a mí. Porque incluso si fuera verdad seguiría siendo repugnante.
—Es verdad. —Insistió ignorando todo lo demás.
—¿Cómo tu nombre?.
—Yo estoy casado y si te lo decía jamás me corresponderías.
—Alfred ya déjate de estupideces, es obvio que jamás te hubiera correspondido, sabes la mierda que me haces sentir, me mentiste, me engañaste, me hiciste quedar como tu amante. Eso no es justo para nadie. Tu mujer, yo, tus hijos; todos nosotros vamos a pagarlo caro por tu egoísmo. Yo le robé el tiempo de su padre a esos niños. Ellos siempre tendrán presente esas ausencias.
—Me divorciare y así podremos continuar con esta relación —decía desesperado.
—Cuanta idiotez junta —lo saqué de mi casa y lo amenacé con llamar a la policía si volvía. También le cobré el dinero para pagar la puerta. Esperaría el depósito.
Un año después me cambié de casa en una ciudad lejana. Al tercer año me fui del país. Ya nada me ataba a los Estados Unidos. Volví a Inglaterra dónde pasé el resto de mi vida.
No volví a saber nada de él.
Aquel Alejandro nunca existió.
Alfred siempre me mintió y nunca pude superarlo.
FIN
Amo a todas esas personitas que se tomaron el tiempo de leer esto. Lo he corregido pero vaya que me costó muchísimo. Que horrores cometí xD pero ya están subsanados. Gracias por su atención, besitos. Skd djdjjdjekek