Palabras Cualquiera

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Summary

Soy una persona cualquiera que tuvo la suerte o desdicha de tener una enfermedad mental. He pasado por un largo proceso de sanación y, desde el inicio y hasta ahora, he usado las letras como mi catarsis. Esta vez quiero compartir con ustedes algunos de mis más profundos sentimientos, aquellos que escribí cuando quería hablar y no tenía con quién. Tal vez mi proceso les ayude; tal vez encuentren la compañía que en algún momento yo anhele. Solo deseo que mis palabras lleguen al corazón de quien lo necesite y guíen al que se siente solo.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Nuevos pasos. A la luz de la luna.

¿Cómo puedo comenzar este escrito? No tengo palabras en la boca pero mi cuerpo está inundado de emociones. Describirlas es un reto puesto que crecí, al igual que muchos, pensando que estaba mal expresarme. Al inicio te enseñan esto como si de un principio predilecto se tratara, y lo hacen por simple evitación a los problemas, como no saben resolverlo, ni la manera de ayudarte, la mejor manera de no sentir culpa es evadir el conflicto. De esta forma, nos anestesiamos emocionalmente, y para algunos resulta conveniente; evitar el dolor siempre es más fácil. Pero no considero que sea lo más adecuado, sobre todo cuando el adormecimiento apaga incluso nuestras emociones positivas.

Perdónenme si divago, mi personalidad no ayuda en ese aspecto. Puedo estar hablando de un tema y de repente cambiar a otro muy distinto, pero siempre intento retomar el punto inicial. Más o menos eso es lo que me pasa en la vida. Sentía que mi vida corría en un constante camino negativo y, a veces, divagaba en momentos de felicidad. Pero incluso si divagaba o daba vueltas, el acantilado al que caminaba era el mismo. El detalle era que mi anestesia emocional me cegó al punto de no poder ver el precipicio que estaba a solo unos metros frente a mí.

Mientras más me acercaba al final del camino, más me asfixiaba el aire. Mi pecho se oprimía, provocando un dolor similar al de una hoja consumiéndose en el fuego. Pero yo era igual que el cuento de la rana que murió en agua hirviendo. ¿No conocen esa historia? Era un pobre animal que se metió en el agua de temperatura ideal, se sentía gratificante, pero la temperatura del agua aumentó hasta que comenzó a hervir y la mató. ¿Por qué no salió de ahí si estaba muriendo? La respuesta es que el aumento de temperatura fue tan gradual y constante que ella no lo notó. Al contrario, se acostumbró a él y no lo vio como algo anormal, sino como un proceso natural. Yo era igual.

Al principio no había señales que me dieran advertencia. No noté el momento en que el dolor comenzó a aumentar gradualmente y como la rana que no notó que el agua la estaba quemando, yo no noté que caminaba hacia el vacío. Y así como la rana probablemente tenía quemaduras en la piel pero las normalizó en su ignorancia, yo lloraba en las noches “sin razón”. Estaba ciega y no conocía mi inminente destino. Mi cerebro no podía procesar lo que mis ojos se negaron a ver, pero eso no significaba que no pudiera sentir la asfixia y el miedo.

No ver el camino no significaba que no lo estuviera recorriendo; desconocer la fúnebre meta no me eximía del cansancio que se acumulaba con cada paso.

Al final, mi cuerpo sobrepasó mi límite y se rompió.

Se desmoronó en pedazos y las lágrimas empaparon la venda que me puse en los ojos, cuando me la quité y me vi a mi misma, ya era tarde pues todo estaba hecho un desastre. ¿Ahora qué hago? Estoy tan rota que me avergüenzo de mí misma y lo más escalofriante es que nadie me enseñó a repararlo. Mucho menos me enseñaron a pedir ayuda. Para empezar, ni siquiera sabía si era normal. ¿Los otros también se rompen en pedazos cual vidrio que cae al suelo?¿Cómo sabré si los demás no me apuntan con el dedo?

Ahora entiendo que todos somos como vidrio, todos somos seres humanos después de todo, romperse nos puede pasar a todos y no es algo que debería avergonzarte; justamente porque somos frágiles necesitamos una red debajo de nosotros, una red que incluso puede salvarte la vida. Construirla necesita tiempo, constancia y confianza, pero por sobre todas las cosas, comunicación. Aún así, eso no lo sabía antes y si bien no era mi culpa, yo no era consciente de nada.

En ese momento era como un niño que rompió la reliquia familiar. ¿Qué hago? Mi cuerpo se sentía falto de sangre al punto de ponerse azul, no podía respirar y mi mente se estaba bloqueando. No me enseñaron que aún si cometía una equivocación podía confiar en alguien que en lugar de regañarme me ayudaría a buscar soluciones. Eso era lo ideal, pero lo ideal muchas veces no sucede en la realidad.

¿Cómo lo afrontó mi pequeño niño asustado? Escondió toda la evidencia de aquel jarrón rotó y fingió que nada pasó. Mi cuerpo estaba hecho pedazos al igual que mi mente y mi corazón, pero la gente rara vez lo notaba, ellos miraban mi sonrisa deslumbrante y mi desempeño envidiable, eso era suficiente para que pensaran que mi vida giraba sin problemas. Solo los ojos agudos notaban que algo estaba mal, se daban cuenta que la imagen era falsa y detrás de ella había una persona desgastada y colapsada, el problema es que incluso esa gente no sabía cómo ayudar.

¿Por qué? Porque nadie nos prepara para estas cosas, así como nadie nos enseña a ser padres, nadie nos enseña a ayudar a otros en una situación como esa. Somos ignorantes y aunque intentamos extender nuestra mano, pocas veces logramos alcanzar el objetivo.

Entonces, y por pura suerte, conocí a un alma que afortunadamente sabía más que yo, esa alma tenía un brillo amarillo y empatizaba con los demás, ahora que lo pienso talvez paso por lo mismo que yo y por eso sabía que necesitaba ayuda, así como la forma en que podía ayudar. O tal vez tenía un interés genuino y por eso tomó cursos de capacitación para atender a personas con urgencias psicológicas como yo. Como sea que fuere, me dijo que no tenía que sufrir sola, hay gente que puede ayudarme.

Ahora sé que hay gente que estudia específicamente para atender este tipo de emergencias, así como hay doctores dispuestos a curar un hueso roto, hay psicólogos y psiquiatras capacitados para atender a las personas rotas. En su momento me sorprendió, eso quiere decir que puedo ir a que me ayuden a arreglar estas piezas rotas, pueden enseñarme a resanar y enmendar para que la reliquia familiar se vea integra de nuevo.

Ahora me pregunto, ¿qué hacen los que no lo saben? Yo tuve suerte de encontrarme aquella alma brillante que mostró luz a mis ojos, pero los demás, ¿tienen la misma suerte de encontrar a alguien que los guíe? o lo que es aún peor, ¿qué pasa con la gente que no se quitó la venda de los ojos y siguió caminando hasta el acantilado?

Imaginarlo me parte el corazón, me imagino tirada de rodillas a pocos pasos del precipicio donde casi caigo, mis ojos se empañan de lágrimas de pensar cuántos cuerpos hay ahí abajo de gente que no pudo ver su final. Yo estaba ahí, con la ropa hecha jirones, el alma destrozada, la mente en caos y la cara sucia. Pero al menos estaba ahí. La ropa se cambia, lo roto se enmienda, el caos se estabiliza y la suciedad se limpia, pero la gente que cayó al precipicio ya no tendrá la oportunidad de limpiar el desastre, la gente que murió ahí nunca se dará cuenta que al quitarte la venda podían caminar al lado opuesto, recorrer nuevos paso donde hay paisajes cuya belleza te dejan atónito.

Por eso, ahora quiero decirte que si estás en este camino, si tu cuerpo se asfixia, tus extremidades tiemblan y tu cerebro conoce el dolor de estar quemándose en agua hirviendo. ¡Detente! Deja que tus lágrimas corran y permitan que esa venda en los ojos se afloje y se caiga. Permítete romperte, permítete detener tu paso, y grita, grita hasta que tú garganta raspé y así la gente escuchará. Tengo la certeza que siempre hay alguien dispuesto a ayudarte, tal vez encuentres gente que minimice el problema, que te diga que estar así no es nada, pero eso no es verdad, yo te lo digo, sé que duele y también sé que se puede reparar.

Estas últimas generaciones tienen más conciencia de la salud mental y por eso ahora se visibiliza el problema, no es que antes no existiera, es que nadie le tomaba importancia. Al igual que la homosexualidad, misma de la que se ha tenido registro desde hace siglos; no es ni moda ni es anormal, pero no era visible sino hasta generaciones actuales. Con esta situación pasa algo similar, antes no se permitían quitarse la venda y nadie llevaba el conteo de los muertos bajo el acantilado, ahora, en cambio, hay cada vez más gente que como yo, está ahí gritando: “¡Abre los ojos!” “Escucha a tu cuerpo” “No camines al acantilado”. Cada uno está aportando una pizca hasta hacer el cambio.

Así que no tengas miedo, no la ves pero hay mucha gente ahí esperando a que te detengas y decidas empezar a dar pasos en una nueva dirección. Además, estoy segura que habrá cada vez más gente capaz de brindar ayuda, ese es mi deseo, que la gente allane nuevos caminos para que todos puedan caminar con seguridad, dignidad y disfrutando de la vista y la esperanza de un futuro brillante.

El hombre investigó hasta el cansancio para inventar nuevas formas de iluminar sus noches, lo que era una carta que llegaba en meses es un mensaje que se recibe al instante, viajar al otro lado del mundo en su momento era impensable y hoy infinidad de vuelos salen casi inadvertidos; la realidad es que el ser humano tiende a buscar salidas viables, quiere ganar sus peleas. Hoy se enfrenta a un enemigo invisible pero real y estoy segura que encontrará soluciones.

Sin embargo, la información del tema aún no se maneja al nivel que debería hacerlo, en el futuro tal vez la situación cambie pero por ahora, muchas veces el miedo abruma. Te puede abrumar y me abrumó. Alguien que puede sentir esto, por ejemplo, es aquel que sabe que puede acercarse a un profesional de la salud mental pero tiene miedo de hacerlo por vergüenza.

En su momento yo también tenia miedo, esa alma de color amarillo se acerco a mi, me dijo que ahí había alguien capaz de ayudarme y me señalo el camino, pero era yo quien debía recorrer el sendero hasta ahí. Cuando volteé en la dirección señalada, buscando a la persona que sabía lo que me pasaba, efectivamente, alcancé a ver una persona a la distancia, pero el camino hasta ella se veía totalmente oscuro, como todo a mi alrededor.

Miedo. Incertidumbre. Vacilación.

Me pare e intente caminar hasta esa persona pero tenía miedo, avanzaba hasta estar cerca de ella pero en múltiples veces regresaba justo antes de alcanzar el objetivo, regresaba a mi punto de partida porque ese era el lugar que conocía y porque ahí me sentía a salvo. Ahí no me juzgaban ni había cambios. En mi vida esto se reflejó en las más de 10 veces que tome el transporte y camine hasta afuera de las clínicas donde podrían ofrecerme ayuda, me recuerdo parada frente a las entradas de esos lugares pero ninguna de esas veces fui capaz de entrar, tenía vergüenza de mostrar que el vidrio se desmoronó al punto de volverse arena.

Fue ingenuo de mi parte, esas personas se dedican a atender y ayudar personas cuyos cuerpos se desmoronaron hasta ser polvo, ¿por qué razón me juzgarían? Al contrario, están esperando que toques sus puertas y felices de explicarte que aunque llevará tiempo, es posible ayudarte. Actualmente soy de esas personas que están ahí paradas señalando la dirección donde está la gente que puede ayudarte, por eso estoy segura que no hay que tener vergüenza, sin embargo, pasé por ello y por eso conozco esa sensación, esa es la razón por la que le doy mi sonrisa de orgullo a quién, aún si es de manera inconsciente, persiste en la búsqueda de salvación. Me enorgullece ver a otros luchando para alcanzar algo mejor.

Yo tuve que tocar fondo hasta darme cuenta que no era cosa de “querer” ayuda, sino “necesitar” la misma. Ahora lo entiendo, y por eso es mi deseo que otros se percaten de esta misma realidad sin tener que convertirse en polvo. Y aun así, mi impotencia es grande. El desearlo no lo hará universal.

Pero confío en que un día sucederá, confío en que las cosas cambiarán. Pido por favor al menos conservar está tonta esperanza, una certeza que a veces parece ingenua pero que nunca dejaré de lado, aquella que me hace creer que este acantilado algún día dejará de cobrarse muertos. La que me hace tener fe en que un día la gente entenderá que quien llora no quiere llamar la atención en una vana comedia, solamente te está pidiendo de la manera más instintiva posible, que necesita ayuda.

Y al menos ahora, yo quiero estar ahí para apoyar, incluso si es solamente con mis palabras.