Capítulo 1
«No existe el dinero limpio o el dinero negro. Solo existe el dinero». LUCKY LUCIANO
Long Island, Nueva York
Taehyung
Vivía en una casa bastante pintoresca. La puerta de entrada era roja y, de ella, colgaba un llamador dorado. El suelo parecía un tablero de ajedrez blanco y negro. Había una reluciente escalera de madera barnizada y una lámpara de araña que brillaba cuando le daba la luz.
Pese a todo esto, siempre me pregunté qué pasaría si tirara de una de las esquinas del papel de la pared. ¿Sangraría? Si el mundo fuese transparente como el cristal, los suelos de mármol se inundarían con el suave ploc de las gotas.
Tenía las pupilas clavadas en la televisión que se encontraba en una de las esquinas de la cocina, y, apenas estaba siendo capaz de procesar la voz de la presentadora del telediario, cuando sus labios de color rojo rubí pronunciaron la palabra asesino; el vocablo se quedó resonando en mi cabeza.
Comencé a girar el anillo que llevaba en el dedo corazón a la vez que se me formaba un nudo en la garganta. Aunque mi hogar, mi vida, estuviesen construidos sobre pilares de dinero negro, siempre había podido presumir de haberme mantenido al margen. Es decir, hasta principios de este año; ahora tenía las manos manchadas de sangre y la culpa no me abandonaba ni mientras dormía.
Cada vez que los sirvientes entraban y salían por las puertas batientes para preparar el almuerzo, llegaban a mis oídos las voces provenientes del vestíbulo. La risa estridente de una mujer, el timbre alegre de mi primo Chanyeol y una voz que reconocí vagamente esa misma mañana al salir de la iglesia. Hablaba en un tono bajo, suave e indiferente. Se me erizó el pelo de la nuca. Sabía que esa voz pertenecía a mi futuro cuñado. En parte, esa era la (única) razón por la que me estaba escondiendo en la cocina, aunque no pensase admitirlo jamás.
—No frunzas el ceño, mi dulce Kim, con lo guapo que eres —me dijo mamma en cuanto entró por la puerta, acompañada del ruido de las conversaciones de nuestros invitados. Me moví incómodo bajo el peso de sus palabras. Por razones obvias, hacía tiempo que no escuchaba ese apodo. Me había hartado un poco de que me llamaran así, especialmente cuando me di cuenta de que era el niño de sus ojos por las peores razones del mundo: resultaba agradable a la vista, me quedaba calladito cuando debía estarlo y era educado cuando no. Me había quedado atascado en las expectativas que todo el mundo tenía de mí, como si fueran ropa infantil que ya no me quedaba bien. Durante años me había sentido como un pájaro bonito encerrado en una jaula, hasta que todo aquello me sobrepasó... y me escapé.
—Taehyung, no sé para qué ves eso —continuó mi madre mientras removía una salsa que se estaba cocinando en el fuego —. Todo ese sinsentido es deprimente.
Mamma estaba casada con Kim Seungho, el importantísimo jefe de una de las mayores organizaciones del crimen organizado de Estados Unidos. A veces, me preguntaba si su ingenuidad era negación o si de verdad prefería sentarse a ver los días de nuestras vidas a preocuparse por los asuntos de papà.
—Es que no tengo claro a quién votar en estas elecciones —le contesté en tono distraído. La mujer negó con la cabeza, incapaz de creer lo que acababa de escuchar. Supongo que resultaba bastante raro que el hijo de un jefe de la mafia se preocupase por los entresijos legales del Gobierno.
—Tu padre no está muy contento contigo —añadió, y me miró a través de sus pestañas negras, con los labios fruncidos dibujando una expresión de «te has metido en un buen lío».
—¿Cuándo está papà contento conmigo últimamente?
—¿Qué esperabas después de lo que hiciste?
Ya habían pasado seis meses, pero juro que lo sacaba a colación todos los días. Era un tiburón y había olido la sangre. Para ser sincero, creo que disfrutaba de que hubiese cometido un error porque así, por fin, tenía algo con lo que castigarme.
—¿Por qué no has venido a conocer a Jeon al acabar la misa? —Y me señaló con el cucharón—. No me trago el cuento ese de que se te olvidó y nos estabas esperando inocentemente en el coche.
Yo me crucé de brazos.
—Es tan simple como que no quería ir. Ese hombre es... un maleducado.
—Taehyung —comenzó en tono de regañina—, ni siquiera lo conoces.
—Mamma, no hace falta conocer a alguien con su reputación para saber cómo es.
—Oh, Madonna, salvami — murmuró.
—Y no va a ser capaz de entender a Jimin —añadí en tono seco. A mi madre casi se le escapó la risa en un resoplido.
—Ni él ni la mayoría de la gente sería capaz de comprender a tu hermano, figlia mia.
El jardinero podía..., pero no iba a contarle eso a mi mamma porque, si lo hacía, el muchacho terminaría el día en el fondo del río Hudson.
A principios de esa misma semana, papà había anunciado que Jimin iba a casarse con Jeon Jungkook, el don de una de las cinco familias de la mafia de Nueva York. Las heridas de los pecados que había cometido en el pasado todavía no se habían cerrado del todo, pero, al añadir esta noticia a la lista, sentí como si me las hubieran vuelto a abrir. Yo era el hijo doncel mayor y, por eso, era mi responsabilidad casarme primero. Pero, debido al error que cometí, habían lanzado a mi hermano a los pies de los caballos (y a los de un hombre con una nefasta reputación). En este mundo era bien sabido que, cuando alguien se labraba una fama así, solo se podía hacer una cosa: alejarse todo lo que fuese posible de esa persona.
—Además, Jungkook es un perfecto caballero. Si lo hubieses conocido esta mañana después de la misa, como se suponía que tenías que hacer, te habrías dado cuenta.
En lugar de eso, salí por las puertas de la iglesia entre zancadas y me metí directamente en el coche, antes de que pudiesen acorralarme para conocer a mi futuro cuñado. Prácticamente, me había convertido en una vergüenza para mi padre, así que me sorprendió que se diese cuenta siquiera de mi ausencia. Además, estaba seguro de que el papel de «caballero» de Jeon Jungkook no era más que una cortina de humo.
Cuando su papà murió cinco años atrás, él pasó a ocupar el cargo de don a la edad de veintinueve años, convirtiéndose en el más joven de la mafia. Para entonces, ya había conseguido hacerse famoso en el inframundo. Era un estafador, igual que su padre, tenía más sangre en las manos que todos los presos de las cárceles del estado de Nueva York juntos, y no se arrepentía de nada. Por lo menos, así me lo imaginaba yo, como una persona sin remordimientos. Si hubiese sentido un mínimo de culpabilidad, los presentadores del telediario no habrían estado un año entero informando todas las mañanas de la muerte de una persona con el apellido Zanetti (la familia con la que Jungkook entró en guerra por haber asesinado a su papà). En mi opinión, con esa actitud iría directamente al infierno.
—Ya lo conocía, mamma.
La mujer levantó una ceja.
—Ah, ¿sí?
—Bueno, no.
Entonces se le ensombreció el gesto.
—Pero cruzamos miradas — insistí—. Y con eso me bastó para saber que no va a traerle nada bueno a Jimin.
Su respuesta fue poner los ojos en blanco y decir:
—Ridicolo.
Fulminar a alguien y cruzar una mirada era lo mismo... ¿No? Fue un accidente, de verdad. Yo estaba bajando las escaleras de la iglesia cuando mis pupilas descubrieron la reunión a la que debería estar asistiendo. Jimin estaba entre papà y mamma y, delante de ellos, se encontraba Jeon Jungkook (en este mundo, esa era la típica forma en la que se conocen los novios).
Los matrimonios concertados eran el pan nuestro de cada día en la Cosa Nostra. Como toda aquella situación me molestaba bastante, mis ojos se entrecerraron ligeramente al observar a mi futuro cuñado, al instante descubrí que él ya me estaba observando. Y así es como lo asesiné con la mirada (¿ves? Un accidente). Lo que ocurrió es que difícilmente podría haberle dado la misma explicación a aquel hombre, y, si hubiese sonreído, habría parecido condescendiente, así que simplemente... seguí fulminándolo con la mirada y esperé que no me matara por ello.
Durante un instante, Jungkook me observó con dureza para dejarme claro que aquello no le había gustado y, tras un segundo de intenso contacto visual, devolvió su atención a mi papà, como si yo solo fuese una hoja arrastrada por el viento. Entonces solté un suspiro y fui a esconderme en el coche. Era imposible que fuese a presentarme después de aquel intercambio de miradas. Tendría que limitarme a evitarlo para siempre.
—Deja de preocuparte tanto y confía en tu padre.
Yo le contesté con un «mmm» porque ya había escuchado sin querer a mi primo Chanyeol decir que la razón de aquella unión era colaborar en algún negocio de armas, punto. Mi hermano solo era un peón en algún acuerdo comercial ilegal a gran escala. Muy romántico. Pese a eso, todos sabíamos que este día tenía que llegar. Yo no albergaba ninguna esperanza de casarme por amor, y Jimin tampoco. El problema era que él creía haberse enamorado ya. Del jardinero.
—Taehyung, ve a ver si tu hermano está listo para almorzar.
—Anoche me dijo que no iba a venir.
—¡Sí que viene! —espetó mamma y, a continuación, comenzó a farfullar en italiano. Reticente, me aparté de la encimera y me dispuse a salir de la cocina.
La voz de la presentadora me persiguió mientras atravesaba la puerta batiente y, como si de un aviso se tratase, la palabra asesino volvió a salir de sus labios rojos. On an Evening in Roma sonaba en el viejo tocadiscos cuando me dirigía hacia las escaleras y escudriñaba a los invitados que se encontraban en el vestíbulo. Vi a la hermana de mi papà y a su marido, a unos cuantos primos y a mi hermano, Wonho, que estaba lanzando una intensa mirada asesina en la misma dirección en la que se encontraba Jungkook. Estaba apoyado en la pared, con las manos metidas en los bolsillos del traje negro y solo. Tenía novia, pero no era italiana, así que casi nunca la invitaban a casa. Mamma la despreciaba solo por salir con su hijo. Quería a mi hermano, pero era un inconsciente, impulsivo y vivía según la máxima: «Si no me gusta algo, le pego dos tiros, coño». En ese momento, parecía que quería disparar a Jeon Jungkook. Había pasado algo entre los dos, y no podía ser nada bueno.
De pronto, mis ojos repararon en una mujer despampanante con... un estilo interesante. Se encontraba junto a un hombre, quien di por hecho que sería su abuelo hasta que vi como deslizaba su mano hasta el trasero de ella. La mujer se limitó a fruncir los labios en señal de molestia. Llevaba un chal de visón (en ¡julio!) encima de un fino vestido verde aceituna y unas botas hasta la rodilla. Una larga melena negra le caía sobre el cuerpo en unas ondas suaves y, viendo las pestañas postizas y los enormes aros que tenía por pendientes, parecía salida de un anuncio de los setenta. Además, por si no estuviese interpretando su papel lo bastante bien, hizo una pompa de chicle rosa y la explotó mientras me lanzaba una mirada suspicaz, como si mi forma de vestir fuese la que se había quedado anticuada hacía cuatro décadas.
Si cabía la posibilidad de que dos polos opuestos se pudiesen encontrar en la misma habitación, claramente seríamos ella y yo en ese instante.
Ya tenía una mano en la barandilla y estaba a punto de ponerme a salvo cuando escuché la voz de mi padre detrás de mí.
—Taehyung, ven aquí.
Me dio un vuelco el estómago y cerré los ojos en señal de derrota, aunque solo vacilé un segundo: por el tono que había usado, no cabía negociación. Las manos me empezaron a sudar mientras me dirigía hacia Jungkook y mi papà. En cuanto llegué a su lado, me agarró del brazo y me dedicó una sonrisa, aunque su mirada no expresaba ninguna alegría. Mi padre ya había cumplido cincuenta y cinco años, pero, con las mechitas plateadas que le teñían el pelo negro, aparentaba tener diez menos. Siempre iba en traje y nunca llevaba una arruga, sin embargo, aquella imagen de caballero no era más que una fachada. Descubrí cómo se había ganado la reputación con siete años, a través de la puerta entreabierta de su despacho.
—Taehyung, este es Jeon Jungkook. Jungkook, él es Taehyung, mi hijo doncel mayor.
Ya había repetido esta misma coreografía cien veces, no era más que otro día, otro hombre. Aun así, en esta ocasión me quedé sin respiración. Si levantaba la vista y lo miraba, sería como si estuviesen a punto de tirarme por la borda a un mar infestado de tiburones.
«No es más que un hombre», me recordé a mí mismo. El hombre con la peor reputación de todo el estado de Nueva York, sin duda.
«¿Por qué tuve que echarle esa mirada asesina?».
Tomé una bocanada de aire para armarme de valor y levanté un poco la cabeza porque el ala de mi sombrero me impedía verle la cara. Una agradable ola de reconocimiento me recorrió la espalda en cuanto mis ojos se encontraron con su mirada penetrante. Tenía las pupilas de color marrón claro, como el whisky solo con hielo, y las pestañas negras y espesas. Estas le conferían a su expresión un toque taciturno y hacían que diese la sensación de que estaba mirando directamente al sol, pero, en lugar de eso, me estaba observando a mí, y con el mismo gesto que pondría si acabasen de presentarle a alguien del servicio en vez de a la persona a la que un día llamaría «cuñado».
Yo era unos centímetros más alto que Jimin y, pese a llevar tacones, no le llegaba ni a la altura de la barbilla. Sentía la terrible necesidad de apartar la mirada y clavarla en su corbata negra, a la altura de mis ojos, pero me pareció que si lo hacía sería como si le dejase ganar, así que se la sostuve. Usé el mismo tono educado con el que hablaba siempre que estaba en público.
—Encantado de...
—Ya nos conocíamos.
«¿Que nosotros qué?».
Su voz indiferente me recorrió la espalda, y sentí una extraña excitación. Apenas había dicho un par de palabras, pero en ese momento fue como si estuviese en territorio Jeon en lugar de Kim. Parecía como si, estuviese donde estuviese, todo lo que se encontrase a menos de dos metros de él fuese reclamado por su familia.
Papà frunció el ceño.
—¿Dónde habéis tenido ocasión de conoceros?
Tragué saliva. Un toque peligroso y divertido apareció en los ojos de Jungkook.
—Antes, en la iglesia. ¿No te acuerdas, Taehyung?
Los latidos de mi corazón armaron un estrépito al colisionar. ¿Por qué había pronunciado mi nombre como si estuviese más que familiarizado con él?
Mi padre, que estaba junto a mí, se puso tieso como una vela, y yo ya sabía por qué: creía que había hecho algo inapropiado con aquel hombre, que era justo lo que este había querido sugerir con su tono. Al instante, una ola de calor me encendió las mejillas. ¿Bastaba con que hubiese cometido un error hacía seis meses para que papà pensase que me había lanzado a los brazos del prometido de mi hermano?
Pestañeé con aprensión. ¿Lo había hecho por una miradita fulminante y fugaz que ni siquiera se podía definir como hostil? Aquel hombre había dado con mi talón de Aquiles y estaba jugando conmigo. La frustración se aferró a mi pecho. No podía empeorar la situación mostrándome en desacuerdo con un don al que, en este momento, mi padre creería más que a mí. Así que forcé la voz para poner el tono más despreocupado que pude.
—Sí, papà, nos hemos conocido antes. Es que se me olvidó la chaqueta dentro de la iglesia y me encontré con él al entrar a por ella.
Cuando me di cuenta del error, ya era demasiado tarde. Estábamos en julio. No llevaba chaqueta. Y Jungkook lo sabía. Entonces el don sacó una mano del bolsillo, se acarició el labio inferior con el dedo pulgar y sacudió ligeramente la cabeza. Parecía impresionado de que le hubiese seguido el juego, aunque también aparentaba estar casi decepcionado conmigo por haberlo hecho tan mal.
Este hombre no me gustaba... Nada de nada. Un rumor helado corrió por mis venas cuando mi padre nos observó con cara de que no le convencía mucho lo que acababa de escuchar.
—Bueno, pues muy bien —contestó al final papà, y me dio unos golpecitos en el brazo—. Eso está muy bien. Estoy seguro de que Jungkook quiere preguntarte algunas cosas sobre Jimin. Tú eres el que mejor lo conoce.
En ese momento, mis pulmones se relajaron y volví a respirar.
—Claro que sí, papà.
Antes preferiría tragarme un puñado de barro.
Acto seguido, la puerta de entrada se abrió, y por ella entró Heechul, el hermano de mi madre y consigliere de mi padre, con su mujer, así que papà se despidió de nosotros y se fue a darles la bienvenida, dejándome a mí con aquel hombre cuya presencia empezaba a quemarme.
Entonces bajó la mirada para observarme. Yo alcé la vista para hacer lo mismo. El hombre mostró una media sonrisa, y yo me di cuenta de que le estaba haciendo gracia. Las mejillas me ardían del enfado. Hace un tiempo, habría musitado algo amable y me habría marchado, pero eso era antes. Ahora no era capaz de mantener una expresión amable mientras le sostenía la mirada a Jungkook.
—No nos conocíamos —le dije en tono tajante. Él levantó una ceja con aire desenfadado.
—¿Estás seguro? Me ha dado la impresión de que tenías una idea muy formada sobre mí.
El corazón me latió tan rápido que no podía ser sano. No sabía qué decir porque, en realidad, llevaba razón, aunque con aquel encuentro no estaba consiguiendo para nada probar que no era la persona que yo me había imaginado durante todo este tiempo.
A continuación, se alisó la corbata con aire distraído.
—¿Sabes a dónde te llevan las suposiciones?
—¿A la tumba? —suspiré. A continuación, bajó la mirada hasta mis labios.
—Chico listo.
Aquellas palabras las pronunció de una forma suave y profunda, y una parte de mí que me era ajena sintió que había hecho algo bien.
Mi respiración se volvió superficial cuando comenzó a andar para marcharse, pero se detuvo a mi lado. Su brazo rozó el mío y me quemó como si una llama me hubiese lamido suavemente la piel.
Acto seguido, me acarició un lado del cuello con la voz.
—Encantado de conocerte, Taehyung.
Pronunció mi nombre como debería haberlo hecho la vez anterior: sin ningún tipo de insinuación. Igual que si yo fuese algo que tachar de su lista antes de irse.
Me quedé ahí de pie, mirando hacia delante, mientras le devolvía una sonrisa ausente a un par de familiares.
Así que ese era mi futuro cuñado. El hombre con el que se iba a casar mi hermano. Puede que fuese una persona horrible, pero parte de mi culpa salió por la misma puerta por la que acababa de entrar otra persona. Porque, de pronto, me alegré de que le hubiese tocado a el y no a mí.