01
—Baekhyun... —una voz suave lo llama entre sueños—. Baekhyun, ¿me vas a acompañar?
La molesta insistencia de su madre perfora el silencio de la habitación, interrumpiendo el profundo descanso que tanto necesitaba después de diecinueve horas de vuelo, con escalas incluidas, desde Seúl hasta Los Ángeles.
—Si no, puedes ir otro día... —añade ella con su tono característico, medio dulce, medio fastidioso.
—Ya voy... —murmura al abrir los ojos. La ve marcharse por el pasillo sin cerrar la puerta, y suspira. Se sienta en la cama con esfuerzo; el cansancio aún pesa en cada músculo, pero se levanta. Sabe que su madre se alegrará de verlo acompañarla, aunque sea un rato.
El agua de la ducha cae tibia, pero no logra despejarlo del todo. Mientras se enjuaga el rostro, piensa que quizá fue una mala idea pasar las vacaciones con ella. Tres meses en California parecían una buena excusa para reconectarse, pero la distancia entre ambos no se mide solo en kilómetros.
Su madre había cruzado el mundo cuando el divorcio los separó. Su padre ganó la custodia y ella, en cambio, una nueva vida al otro lado del océano.
Aun así, nunca dejaron de verse. Ella viajaba a Corea por su cumpleaños o lo recibía en Los Ángeles durante el verano. Siempre se esforzó por ser una buena madre, aunque los años y las horas de vuelo se interpusieran entre ellos.
—¡Abrígate bien! —le grita desde el pasillo, la voz acercándose como una ráfaga—. ¡Te dejé ropa por si quieres!
Baekhyun sonríe apenas. No necesita verla para imaginarla corriendo de un lado a otro, con una taza de café en la mano y el teléfono pegado al oído.
No responde. Trajo su propia ropa, pero no pensó en el clima; el invierno ya asoma en California a principios de Octubre, y el aire fresco es delicioso. De todos modos, si algo sobra en esa casa, es ropa. Su madre trabaja como diseñadora en una de las empresas más prestigiosas del país, y la moda parece brotarle de los dedos.
Sale del baño y se viste con calma. Peina su cabello, se pasa una toalla por el cuello y observa su reflejo. Es bonito al natural y lo sabe bien. Frente al espejo, decide que el buen gusto también puede ser un legado.
—Ya estoy... —murmura, saliendo de la habitación.
Baja las escaleras y casi tropieza con unas cajas llenas de tela y prendas nuevas. Rueda los ojos ante el caos habitual de su madre y se encamina a la cocina.
—Estoy listo —dice, apoyándose en el marco de la puerta—. ¿Hace mucho frío?
Ella levanta la vista mientras sirve comida al perro, que sigue acurrucado en su cama.
—Quince grados. No es tanto, más tarde sube un poco. Es Los Ángeles —responde con una sonrisa—. ¿Dormiste bien? Si quieres, puedes venir otro día; estarás aquí tres meses.
Busca entusiasmo en su voz, pero no lo encuentra. Baekhyun siempre ha preferido venir en verano, cuando el sol calienta las playas y el cielo se ve más azul que en cualquier otro lugar.
—Dormí, pero no descansé —responde él, apoyando los codos sobre la barra—. Además, tengo ganas de ver a Olivia.
El brillo en sus ojos se apaga cuando ve la expresión de su madre.
—¿Qué pasa?
Ella guarda la bolsa del alimento del perro en silencio antes de responder:
—Olivia se fue a Nueva York. Hace un año ya. Ahora tengo un nuevo jefe... Chanyeol Park. Es buen tipo, somos amigos, así que no te preocupes.
Baekhyun deja escapar un suspiro. Olivia era casi una tía para él, una presencia cálida en cada visita. No dice nada más. Mira el reloj. Faltan pocos minutos para las ocho, y aunque preferiría quedarse, decide acompañarla. Ya está despierto; no tiene sentido volver a la cama.
—Vámonos —dice al levantarse. Se agacha y acaricia al perro—. Cuídate, Lacy.
El trayecto por Sunset Boulevard es lento y monótono. Las luces del amanecer aún parpadean sobre los techos, y el tráfico de la ciudad despierta con pereza. Su madre no parece tener prisa. Trabaja entre amigos, y su posición la protege de los regaños por llegar tarde. Baekhyun también lo sabe, y eso lo tranquiliza.
—Voy corriendo, ahora sí —dice ella al estacionar la camioneta. El reloj marca las ocho y media—. Ya sabes dónde estoy. Cierra bien, y si alguien pregunta, di que eres mi hijo. Han cambiado a muchos empleados últimamente.
Toma su café y baja con la energía que la caracteriza: prisa y elegancia, en partes iguales.
Baekhyun la observa alejarse con una mezcla de cariño y resignación. Su madre siempre ha sido así: brillante, impaciente, viviendo en un mundo donde el caos y la belleza se mezclan sin tocarse.
Suspira y se queda unos minutos dentro de la camioneta, revisando su teléfono. Responde mensajes de su padre y de algunos amigos que, como cada año, le piden fotos o preguntan cómo va el viaje. Nada nuevo. Pero se siente bien saber que alguien pregunta por él.
Cuando por fin baja, una ráfaga de aire frío lo recibe. Cierra con rapidez la puerta, se frota las manos y apura el paso hacia el edificio. Dentro, el calor artificial y el murmullo de las voces le devuelven un poco de calma. Algunos empleados lo reconocen y le sonríen desde lejos; él responde con un gesto amable.
Busca el elevador. Parece que lo han cambiado de lugar desde la última vez. Pulsa el botón, y cuando las puertas se abren, entra y selecciona el piso cuarenta.
Está revisando su celular cuando una mano detiene el cierre del ascensor. Levanta la mirada.
Un hombre entra. Alto, traje oscuro, perfume caro. Se coloca a su lado, en silencio. Baekhyun se aparta un poco, incómodo. No lo ha visto antes.
El hombre presiona el botón del último piso, donde solía estar la oficina de Olivia. El ascensor comienza a subir con lentitud, marcando cada número con un leve pitido.
En el décimo piso, las puertas se abren. Una mujer entra apresurada, y su rostro se ilumina en cuanto lo ve.
—¡Baekhyun! —exclama, abrazándolo con fuerza—. ¡Cuánto tiempo! Tu madre no me dijo que venías. Si lo hubiera sabido, te habría traído tus chocolates favoritos...
Baekhyun sonríe, ligeramente sonrojado. Elizabeth siempre ha sido igual: alegre, efusiva, y un poco exagerada.
—¡Director Park! —dice de pronto, sorprendida al notar al hombre en el elevador—. ¡Discúlpeme, Chanyeol! No lo había visto. Es que... me emocioné al verlo.
—No se preocupe, señorita Elizabeth —responde él con una sonrisa amable. Luego mira a Baekhyun—. ¿Y tú quién eres? No pareces empleado de aquí.
Elizabeth ríe antes de no dejarlo responder.
—Ay, claro que no. Es el hijo de Minji, vino desde Corea a pasar unos meses con ella, ¿verdad, Baekhyun?
—Sí... mucho gusto —responde con educación.
—Mucho gusto. Minji es amiga mía —añade Chanyeol—. Puedes venir cuando quieras.
El elevador se detiene. Elizabeth sale corriendo, no sin antes despedirse con un gesto efusivo.
El silencio vuelve. Solo el zumbido del ascensor llena el espacio. Baekhyun se apoya en la barra metálica del fondo y observa el reflejo del hombre en el espejo.
—No sabía que Minji tenía un hijo —dice Chanyeol con una sonrisa ladeada—. Me siento ofendido y traicionado.
Baekhyun suelta una risa breve.
—Tendré que hablar con ella y reconsiderar nuestra amistad —añade el hombre con un tono entre serio y burlón.
Baekhyun suelta otra pequeña risa.
Cuando el hombre se gira, sus miradas se encuentran por primera vez. Baekhyun parpadea, sorprendido por la intensidad de sus ojos, por el rostro elegante y sereno que tiene delante. Iba a decir algo, pero el sonido metálico del ascensor interrumpe el momento.
—Aquí debes bajarte —dice Chanyeol, apartándose para dejarlo pasar—. Dile a tu madre que más tarde pasaré a verla.
Baekhyun asiente y sale del elevador a pasitos apresurados. Escucha el sonido metálico de las puertas cerrándose tras él, como un punto final que marca el fin de un encuentro extraño. Suspira y comienza a caminar por el pasillo en busca de la oficina de su madre. Algunos empleados lo saludan con entusiasmo; otros apenas levantan la mirada. No le sorprende.
—Ya estoy... —murmura, abriendo la puerta sin tocar.
Su madre, concentrada en una llamada, ni siquiera lo nota. La voz firme, casi fría, resuena en la habitación mientras discute cifras y decisiones que suenan demasiado importantes como para interrumpirlas. Baekhyun camina con cuidado hasta uno de los sillones del rincón y se deja caer en él, cruzando las piernas, resignado a esperar.
Durante varios minutos, escucha cómo su madre alterna entre órdenes y súplicas profesionales. La conversación termina al fin con un seco "te llamo luego". Ella suspira, se sienta frente al escritorio y empieza a trabajar sin siquiera mirarlo, moviendo los dedos sobre la tableta de dibujo con rapidez.
—Mamá... —Baekhyun recuesta la cabeza contra el respaldo del sofá y suspira—. Tengo hambre. Dame dinero, vi una panadería a unas calles de aquí.
—Baekhyun, las calles aquí no son calles... son manzanas. —Su madre se levanta y revisa unas telas sobre los maniquíes del fondo—. Además, está frío.
—Pero tengo hambre —protesta con tono infantil, estirando las piernas—. No hubiera venido.
—¿A dónde? —pregunta ella sin volverse.
—A California... —responde con dramatismo, frunciendo los labios.
Ella se detiene un segundo, lo observa de reojo y sonríe con un suspiro. Sabe que no lo dice en serio. Le encanta venir, aunque siempre prefiere hacerlo en verano, cuando el aire no muerde la piel.
—Vete entonces —lo provoca, divertida.
Baekhyun no contesta, así que ella sonríe satisfecha: otra pequeña victoria maternal.
—En media hora desayunamos —anuncia mientras se sienta de nuevo—. Hay una mini reunión, trajeron comida.
—Mamá, no quiero ir a eso. —Baekhyun se levanta, recoge algunas telas del suelo y las deja sobre la mesa—. No quiero parecer un arrimado.
—Baekhyun, nunca vienes —responde ella con un suspiro cansado, girando los ojos—. No eres un arrimado.
Veinticinco minutos después, Baekhyun está sentado en una larga mesa junto a su madre. A su alrededor, empleados charlan, ríen y se interrumpen entre sí. El ambiente es relajado, cálido, un poco caótico.
Él, en cambio, se limita a jugar con sus manos, ajeno al bullicio. Por un momento, su mente viaja al ascensor. Vuelve a ver aquella figura alta, el rostro serio y elegante de Chanyeol. Hacía tiempo que no veía a alguien tan atractivo. Intenta adivinar su edad, pero no logra decidirse. Sea cual sea, no cambia lo obvio: era guapo, demasiado guapo.
Las puertas se abren y Baekhyun levanta la vista. Solo es la amiga fastidiosa de su madre, que viene con su sonrisa estridente a ocupar el asiento junto a él. Él le devuelve el gesto por simple educación, aunque se arrepiente enseguida: la mujer comienza a hablar sin pausa.
A los pocos minutos, las puertas vuelven a abrirse.
Y esta vez sí es él.
Chanyeol entra, alto y seguro, con una carpeta en una mano y una expresión de ligera impaciencia. Sus ojos recorren la mesa buscando un lugar vacío, hasta que lo encuentra justo frente a Baekhyun.
—¿No ha llegado la comida que pedí? —pregunta con voz grave, captando la atención de todos—. Qué desastre.
—No han de tardar —responde Minji, la madre de Baekhyun, con naturalidad—. No estés jodiendo, Chanyeol.
Él suelta una risa baja y pone los ojos en blanco. El tono entre ambos deja ver una confianza evidente. Baekhyun lo nota. Lo confirma.
—Tú cállate —replica él, fingiendo estar ofendido—. Estoy molesto contigo. ¿Cómo puedes llamarte mi amiga si nunca me dijiste que tenías un hijo?
Minji abre los ojos sorprendida y mira a Baekhyun, como pidiendo disculpas con la mirada. No lo negó, pero el comentario la incomoda.
—No le hagas caso —dice, intentando sonar relajada.
—Está bien, no pasa nada —responde Baekhyun con una media sonrisa—. Yo también digo que no tengo mamá.
Varios ríen con incomodidad, pero Minji solo lo mira, divertida. Así son ellos: una familia que se molesta para decirse que se quiere.
Entonces ella se aclara la garganta, alzando la voz:
—Para los que no sabían... —empieza—, tengo un hijo, y es este. Se llama Baekhyun. Dieciocho años y hermoso, claramente, como su madre.
—¿Dieciocho? —pregunta una mujer de acento mexicano—. Es muy joven todavía. Aún no eres mayor de edad aquí, mijo.
Baekhyun sonríe con timidez. No entiende del todo lo último, pero no pregunta. Siente las miradas sobre él, incluso la de Chanyeol, fija, tranquila, observadora.
—¿Y ya pensaste qué vas a estudiar? —pregunta un hombre más adelante—. Tengo un hijo de tu edad, pero no quiero presionarlo... mi esposo dice que debo dejarlo decidir.
Baekhyun parpadea sorprendido. "¿Esposo?" No por prejuicio, sino por curiosidad. En Corea no es común escuchar eso. Sonríe y asiente, sin añadir nada.
—Yo le digo que sea diseñador —interviene Minji, riendo—. O al menos modelo.
Baekhyun frunce el ceño y mira a Chanyeol justo cuando él lo observa también. Esta vez no aparta la mirada.
—Yo digo que estaría bien —comenta Chanyeol, con tono ligero, pero con los ojos fijos en él—. Tiene una cara muy simétrica y bonita. Delicada. —hace una breve pausa—. Y su cuerpo parece el correcto.
Baekhyun inclina la cabeza, sorprendido. Siente el calor subirle a las mejillas, y aunque intenta disimularlo, no puede evitarlo. El corazón le da un salto absurdo.
—¿Cuerpo correcto? ¡Por favor! —ríe Minji, dándole un codazo a su hijo—. Esos flacuchos no llegan al nivel de mi Baekhyun. Él tiene de dónde agarrar.
—¡Mamá! —Baekhyun ríe, entre avergonzado y resignado—. Por favor, ya.
Pero ella no se detiene. Le encanta verlo sonrojado.
—Tiene una piel de leche, tan suave... —añade con un puchero—. Extraño cuando era bebé y no me respondía así.
—Ja, ja —responde él con sarcasmo, escondiéndose detrás de su vaso.
—Solo espero —dice ella, suavizando la voz— que quien se lo lleve algún día lo ame más que yo. Aunque eso es imposible, porque soy su madre.
Baekhyun sonríe. No sabe si de ternura o de vergüenza.
La comida por fin llega, abundante y colorida. Con la confianza que le da la mesa, Baekhyun prueba de todo, picando de aquí y allá. Poco a poco el ruido vuelve, las conversaciones se cruzan, y él aprovecha para mirar el teléfono. Sus amigos en Seúl subieron historias juntos, y por un momento siente una punzada de nostalgia.
—Oye, Baekhyun —lo llama una voz grave.
Levanta la mirada. Chanyeol está frente a él, sosteniendo una caja abierta.
—¿Quieres uno? —pregunta, mostrando los brownies.
Baekhyun parpadea.
—Ah... sí, gracias.
Extiende la mano y, sin querer, roza los dedos del mayor. Se queda inmóvil apenas un segundo, pero suficiente para sentir cómo el pulso se le acelera. Hace como si nada, toma un pedazo y da un pequeño mordisco.
El sabor dulce le llena la boca, pero el toque amargo del cacao le sabe a otra cosa: a nervios.
El resto del almuerzo transcurre tranquilo. La gente se dispersa poco a poco, y solo quedan unas cuantas personas en el salón, charlando en voz baja. Baekhyun se queda cerca de su madre, escuchando, aunque su atención se distrae con frecuencia hacia un punto fijo: Chanyeol.
—Ya casi es Halloween —comenta el hombre casado, rompiendo el silencio—. ¿Qué haremos este año?
—Junmyeon, todavía falta un mes —dice la madre de Baekhyun mientras se levanta para servirse más café—. Pero podríamos hacer algo en mi casa. Iba a comentarlo, ya saben, cuando se fueran los demás.
—Claro, podríamos hacerlo en tu casa —responde Chanyeol con su voz profunda—. Pero recuerda que tienes visitas, y no sabemos si él esté de acuerdo. —Lo mira de reojo, y Baekhyun solo sonríe, halagado de que lo tome en cuenta.
Minji ríe mientras vuelve a sentarse. De todas formas, Baekhyun sabe que su opinión no cuenta del todo. Al final, no es su casa, ni siquiera podría llamarla "hogar". Apenas pasa unas cuantas semanas ahí cada año.
—Entonces, ¿qué dices, Baekhyun? —Chanyeol lo mira directo a los ojos, con esa calma que lo pone nervioso—. ¿Nos dejas invadir tu casa en Halloween?
Baekhyun ríe por lo bajo, sin dar una respuesta clara. Pero la sonrisa basta: todos entienden que es un sí. Le emociona la idea, sobre todo porque le encanta esa forma tan alegre y exagerada en la que los americanos celebran Halloween.
Y, claro, también porque eso significaba ver de nuevo a Chanyeol.
Charlaron un rato más, hasta que cada quien regresó a su trabajo. Las horas pasaron lentas, tediosas para Baekhyun, que se dedicaba a observar a su madre dibujar y retocar diseños sin parar.
Tres horas después, seguía tirado en el sofá, mirando el techo. Sentía el zumbido de la calefacción, el tecleo constante, el reloj marcando cada minuto igual al anterior.
—Baekhyun —la voz de su madre rompe el silencio—. ¿Podrías hacerme un favor? —lo mira con una sonrisa culpable desde su escritorio.
Baekhyun se endereza un poco, suspira.
—Depende del favor.
—Lleva estos papeles con Chanyeol, por favor. —Empieza a colocar unas hojas dentro de una carpeta con su habitual prisa elegante.
Solo con escuchar el nombre, Baekhyun se levanta al instante, nervioso, pero tratando de disimularlo. Se acerca a ella, extiende las manos para tomar la carpeta y, de paso, acomoda su cabello de forma casi inconsciente frente al reflejo de una ventana.
—Ya sabes cómo llegar —dice Minji—, pero no te entretengas.
Baekhyun asiente y sale al pasillo con la carpeta contra el pecho. Entra al elevador, selecciona el último piso y aprovecha el ascenso para revisar su reflejo en la puerta metálica. Se pasa una mano por el pelo, se estira la camisa, se acomoda el cuello. Quiere verse bien.
Cuando suena el pitido, da un pequeño salto. Las puertas se abren y el aire frío del pasillo lo recibe. Camina decidido, hasta que la voz aguda de una mujer lo detiene.
—¿Quién eres tú? —pregunta la secretaria, recargada en el escritorio con un gesto altivo—. No pareces de aquí, niño.
Baekhyun frunce el ceño.
—Vengo a ver a Chanyeol. Déjeme pasar.
La mujer suelta una risa sarcástica.
—¿A ver al señor Park? Claro, y yo soy su esposa. —Cruza los brazos—. Lárgate antes de que llame a seguridad.
Baekhyun se queda mudo, incrédulo.
—¿Perdón?
—Ya escuchaste, niño. Toma tus papeles y—
—Evelyn. —La voz de Chanyeol corta el aire como una orden. La secretaria se sobresalta. Él está parado detrás de ellos, con el ceño fruncido—. ¿Qué estás haciendo?
—Ah... señor Park —titubea la mujer, fingiendo sorpresa—. Creí que era alguien que se había colado. Estaba a punto de llamar a los guardias...
Chanyeol suspira, claramente harto.
—Ya entiendo —dice sin mucho interés, pero su mirada se suaviza cuando se vuelve hacia Baekhyun—. Ven, vamos adentro.
Pasa un brazo por detrás de su espalda, apenas tocándole el hombro para guiarlo hacia su oficina. Ese gesto, simple, logra que el corazón de Baekhyun se acelere.
—Discúlpame por eso —dice Chanyeol cuando cierran la puerta—. Evelyn olvida que no trabaja en seguridad.
Baekhyun no puede responder. Le tiemblan las manos y siente la voz atorada en la garganta. Chanyeol se sienta en su enorme sillón de cuero, mientras Baekhyun se queda de pie, sin saber qué hacer.
—¿Y bien? —dice el mayor, señalando la silla frente al escritorio.
Baekhyun reacciona, parpadea rápido y se sienta, torpe.
—Ah, sí... Minji me mandó a darle esto. —Le entrega la carpeta con ambas manos.
—¿Minji? —Chanyeol levanta una ceja mientras toma los papeles—. ¿No le dices mamá, entonces?
—A veces —responde Baekhyun encogiéndose de hombros. Duda un momento, pero la curiosidad le gana—. ¿Cuántos años tiene?
Chanyeol lo mira, sorprendido, y luego ríe con voz grave.
—¿Me veo tan viejo como para que me hables de usted?
—La educación es básica —replica Baekhyun, intentando sonar confiado. Se inclina apenas hacia adelante, apoyando los brazos en el escritorio—. Y, bueno... sí es mayor que yo, ¿no?
Chanyeol se queda observándolo unos segundos. La luz del ventanal cae justo sobre el rostro de Baekhyun, resaltando su piel tersa, sus labios rosados, su expresión nerviosa.
—Tengo treinta —responde al fin, volviendo la vista a los papeles—. ¿Entonces sí me veo viejo?
—No, no... —Baekhyun se apura a negar—. Se ve muy bien. Quiero decir... se ve de su edad. Supongo. —Baja la voz al final.
Chanyeol suelta una risa divertida y se levanta. Va hacia una estantería, toma un libro, lo abre sobre el escritorio y empieza a revisar los documentos.
Baekhyun sigue ahí, sin moverse. No capta la indirecta.
Chanyeol lo nota, sonríe con cierta paciencia.
—Bueno, Baekhyun, me alegra verte por aquí, pero tengo que seguir trabajando —dice con amabilidad—. Aunque, si quieres quedarte, no hay problema.
—No, no, está bien —responde apurado, levantándose tan rápido que casi tropieza. Su cara está roja, y eso lo hace sentir aún más ridículo—. Adiós, Chanyeol.
Da unos pasos hacia la puerta, pero antes de salir, se gira.
—Te veo luego. —Rompe la formalidad con una sonrisa tímida y sale antes de que el mayor pueda responder.
Al pasar junto a Evelyn, le lanza una mueca triunfante antes de meterse al elevador.
Una vez dentro, suspira.
Le sudan las manos, el corazón le late rápido, y no puede creer lo torpe que se comportó. Intentar coquetear con el amigo (y jefe) de su mamá... ¿en qué estaba pensando?
Cuando llega al piso de Minji, la encuentra de pie, revisando unas telas.
—Ya estás aquí —dice ella al verlo entrar—. ¿Por qué tardaste tanto? ¿Te perdiste o qué?
Baekhyun solo se deja caer en el sofá, exhausto.
—No —responde, mirando el techo—. Solo... tuve un pequeño contratiempo.
No dice más. Se queda en silencio, con el teléfono en las manos y la mente en otro lugar. O, más bien, en otro hombre.
Hasta que por fin cae la tarde, y la idea de volver a casa le resulta más dulce que nunca.
[Errores ortográficos o palabras comidas, por favor avísenme]