Prólogo
No te metas con lo que no entiendes.
(Cédric)
Sonaron las once campanadas en la Catedral de la Guardia Cerúlea; en los alrededores, no se escuchaba más que el leve goteo de una lluvia que recién cesaba y el chirrido de bisagras que anunciaba el cierre de algunos negocios locales.
El joven Cédric quería terminar su ronda de trabajo nocturno; era conocido por su agilidad para realizar encargos y mensajería a tiempo preciso. Siempre se centraba en su labor y solo pensaba en su paga al terminar cada envío. Nadie pensaría que aquella noche haría algo inusual; nadie creería un testimonio de haber visto a Cédric husmeando en uno de sus paquetes, pero su cliente aquel día le sembró la semilla de la curiosidad.
—Entrega este paquete en las puertas de la catedral—le instruyó el cliente.
—¿Quién me pagará? ¿Tú o quien sea que me reciba allí? —dijo el joven Cédric con voz ligeramente temblorosa.
—No, nadie allí puede verte; solo deja el paquete y lárgate. Te pagaré por adelantado por las molestias—. Pasó un brazo por su espalda, se oyó un leve sonido y un pequeño fulgor de color amarillo.
—Toma, hay incluso más de lo que te prometí.
—¿¡Eres de esos!? —exclamó el joven mensajero en voz baja asombrado. Inmediatamente notó la mirada fulminante de su cliente y casi que por instinto se llevó las manos a la boca y se disculpó.
—Haz tu trabajo, niño; no debe ser difícil ni diferente a lo que estás habituado. Este paquete es muy importante para mí; tiene un valor más allá de tu peso en tyrios.
El chico se aclaró la garganta, amarró fuertemente el paquete a su gyrospark y decidió salir por patas de aquel callejón.
¿Creó dinero en un instante usando magia? Era un resplandor amarillo destacándose detrás de él, no era azul, sino un fulgor totalmente distinto.
De camino a la catedral, no paraba de hacerse preguntas sobre aquello que presenció. Le ordenaron dejar el paquete después de la medianoche; apenas habían sonado las once campanadas. Tenía tiempo para aprovechar el pago por adelantado y rentar un cuarto de una de esas casas de placer que tanto le gustaba. Pero no era lujurioso; se jactaba de visitar muchos burdeles, pero en realidad solo visitaba aquel pequeño bar donde trabajaba Nina, la chica que le ponía mariposas en el estómago.
¡Ah! Nunca me acostumbraré al olor de este lugar. Me repugna el constante hedor a lejía. Por suerte, ella y su fuerte olor a rosas cerúleas me enamoran cada día más.
—Nina, mi bella y reluciente Nina—. Canturreaba él mientras atravesaba las puertas de latón del bar, mirando hacia la barra buscando a la chica de vestimenta roja carmesí.
—¡Un poco de silencio, niño! Algunos tenemos resaca desde este minuto—. Le gritó un cliente del bar sentado al fondo. —Si buscas a esa perra de Nina está allá atrás, limpiando los baños, con esa maldita lejía.
—Va-vale.
Cédric era un simple mensajero, no un luchador de la calle ni miembro de esas famosas pandillas de Ephemera. Prefería evitar los conflictos y guardar su integridad física; al fin y al cabo, lo único que resaltaba en su físico era su cara de ángel que tanto le gustaba a Nina.
—¿Oye bonita, estás aquí? -Susurró mientras caminaba por el pasillo hacia los baños.
—¡Ah, Cédric, hola, estoy en el de las damas, puedes pasar!
—No me creerás cuando te diga cuánto me pagaron por el trabajo de esta noche. Te daré una pista, en unos minutos estaremos bebiendo de ese Prwoldrink lujoso que tanto nos gusta.
—¿Y quién sería tan tonto para darle dinero por adelantado al torpe Cédric?
—Nina, no seas así, sabes que hacerme mandar rosas de cristal a tu madre no era buena idea; el vidrio y mi gyrospark no se llevan bien.
—¡Ja!, sí claro, ni el vidrio de las rosas, ni las hojas de abedul, ni el mármol del señor Yorn.
Cédric se sonrojó avergonzado y decidió aceptar el regaño.
—Y bueno, dime qué llevas esta vez—. Preguntó Nina después del breve silencio de Cédric.
—No lo sé, es de esos paquetes misteriosos que me dan raras veces—. Le respondió mientras en su cabeza pensaba si contarle o no a Nina sobre la magia amarilla de aquel intrigoso cliente.
—Ah, vale. Oye Ced, sé que es tu reputación y todo eso pero... ¿Nunca has intentado ver qué hay dentro de esos paquetes?
—Nina, sabes que no es ético; no me concierne saberlo—. Respondió, pero sabiendo que le tentaba un montón este paquete en específico; si tenía que ver con magia, podría ser interesante.
—Venga Ced, déjame echarle un vistazo; sabes que soy muy curiosa.
—No, Nina, ya te dije que no. Me estás poniendo de los nervios.
—¡Cobarde! Bueno, que más da. Por cierto, lo siento, Ced; hoy no voy a poder terminar temprano aquí. El señor Yorn me ha pedido que organice la bodega luego de los baños si quiero dormir en casa hoy.
—Bueno, pues mañana será. Guárdame de esos dulces que te robas de la bodega; no seas tacaña. —Le dió la espalda a Nina y le hizo una seña con la mano, tamborileando los dedos en el aire.
Agh, hoy quería una de esas noches deliciosas con Nina antes de ir a dormir. Bueno, ya casi es medianoche; más me vale acercarme a la catedral desde ya.
A Cédric le gustaba disfrutar de esos paseos nocturnos en su gyrospark mientras hacía envíos, pero esa noche le intrigaba aquel paquete a su espalda. Él siempre soñó con ser practicante del Hermetismo mágico o la alquimia; se imaginaba impresionando a Nina con el primer truco que aprendiese. Lamentablemente, sus padres nunca pudieron pagar sus estudios en la catedral; vaya, casi nadie puede pagarlo. Es como si no quisieran que nadie estudie allí. De un momento a otro, dejó de lado su ética y decidió detenerse bajo un árbol cerca de la catedral para echarle un vistazo al paquete antes de entregarlo. No sabía qué provecho sacaría de solo mirarlo, pero seguía adelante, abriendo aquella caja rectangular de madera.
Estoy temblando, pero no sé si es por el frío de la noche o porque estoy nervioso, o ambas.
—¿Un libro? Pero si ni letras tiene, solo garabatos extraños y dibujos incoherentes—. Hojeó páginas al azar buscando cualquier cosa que se pudiera leer o mínimamente entender, pero no tuvo éxito, salvo al girar el libro y ver la contraportada. —¿Qué es esto? ¿Una "Q"? Eso creo; entonces diría... Q-u-a-r-t-i-o-m.
De pronto, sonaron las campanas de la catedral, anunciando la medianoche. Cédric elevó su mirada arriba, hacia los vitrales y algo le llamó la atención, pero no en el sagrado edificio, sino más arriba en el cielo; una tenue luz amarilla aparecía al mismo tiempo que se oían las puertas de la catedral abrirse.
—Maldición, ahora debo esperar a que cierren las puertas otra vez para dejar el paquete. ¿Pero qué? —Volvió a mirar arriba y la luz había desaparecido.
Sorprendido pero temeroso, decidió escabullirse entre las columnas laterales a las puertas de la catedral y dejar el paquete lo más cerca posible.
Mientras pasaba cautelosamente de columna en columna, el corazón se le aceleraba más. Era un trabajo simple, pero al torpe Cédric no le gustaba la presión.
Dejó el paquete a un costado de las puertas y, nervioso como un cachorro mojado, se dio la vuelta rápidamente en dirección a su vehículo.
—¡Hey! ¿Fuiste tú el que mencionó su nombre? —Alguien le agarró un hombro con tremendísima fuerza, como si le quisieran arrancar el brazo entero con una mano.
—¡Agh! ¿¡Qué pasa!? ¡Suéltame! ¿¡Quién eres!? —Dijo Cédric, casi sollozando de dolor.
—Él no merece tu tiempo, Karim; termínalo ya y agarra el libro—. Susurró una voz anciana detrás de Cédric.
Un calor enorme se apoderó de su espalda; sentía un peso sobre sus hombros que no era capaz de comprender. De pronto, los globos de sus ojos se tornaron rojos a la voz de quien sea detrás de él cuando oyó decir:
-¡QUARTAEM!