Capítulo 1, Comienza El Camino de la Magia.
Capítulo 1, Comienza El Camino de la Magia.
El niño se encontró sumergido en un mundo de sensaciones desconocidas. A pesar de la oscuridad que cubría sus ojos, el bosque cobraba vida a través de sus otros sentidos. Podía sentir la humedad fresca del aire, que llevaba consigo el aroma a tierra húmeda y follaje. El suelo bajo sus manos era una mezcla de tierra suave y hojas caídas, que se deshacían al tacto. Los sonidos del bosque eran una sinfonía constante: el murmullo del viento jugueteando con las hojas, el distante y suave sonido de un arroyo serpenteando, y el ocasional canto de un pájaro oculto en la densidad del follaje. El crujir de las ramas bajo sus pies y el roce de su ropa contra la vegetación se convertían en sus indicadores de movimiento y espacio.
Cada bocanada de aire llevaba consigo una historia, mezclando el olor de la vegetación con el ocasional perfume dulce de flores silvestres, apenas perceptibles pero presentes. El bosque, aunque invisible a sus ojos, se revelaba a él a través de estos detalles, creando un mapa mental de su entorno que era tan vívido como cualquier imagen.
Mientras avanzaba, sus manos exploraban el mundo frente a él, tocando la corteza áspera de los árboles y sintiendo el cambio en el terreno bajo sus pies. A pesar de su ceguera, Tristán comenzaba a percibir la majestuosidad y el misterio del Bosque Lamia, un lugar donde cada susurro del viento y cada cambio en el aire contaban una historia oculta.
Entre los densos árboles del Bosque Lamia, el niño se encontraba solo, desorientado y sumido en la completa oscuridad. El susurro del viento entre las hojas y el crujir de las ramas bajo sus pies eran los únicos sonidos que lograba percibir. Atrapado en la penumbra, sus manos se aferraban a la corteza de un árbol, tratando desesperadamente de encontrar algo que le guiara en medio de la negrura que envolvía sus ojos.
El miedo se había adueñado de su corazón, una sensación profunda que no solo provenía de la incertidumbre de no recordar quién era, sino también del temor abrumador tras haber perdido la vista. En la penumbra del bosque, se sentía abandonado, y la aguda necesidad de saciar el hambre y la sed lo corroían por dentro. Cada paso que daba parecía sumergirlo aún más en la maleza, alejándolo cada vez más de cualquier esperanza de encontrar ayuda.
El eco lejano del arroyo lo llamaba, pero su incapacidad para ver lo mantenía detenido, inseguro de cada movimiento. Sus dedos temblorosos exploraban el terreno, buscando algo, cualquier pista que pudiera darle una pizca de orientación en medio de aquel laberinto natural. El susurro del agua le provocaba una sed abrasadora, y la sensación de su estómago vacío era un recordatorio constante de su vulnerabilidad en aquel entorno desconocido.
Con cada respiración entrecortada y cada latido de su corazón, el niño anhelaba un rayo de esperanza. Una voz lejana, un eco de compasión, cualquier cosa que lo sacara de aquel oscuro laberinto. Sin embargo, en medio de la quietud del bosque, solo quedaba su propia respiración entrecortada y el eco distante del arroyo, cantando una melodía de tentación y agonía.
El cuerpo del niño finalmente cedió ante la agotadora fatiga. Con la última reserva de energía gastada, se desplomó en un rincón perdido del Bosque Lamia. La falta de comida y agua había debilitado su cuerpo más allá de sus límites, y su mente, nublada por la desesperación, luchaba por encontrar un camino hacia la esperanza. Incapaz de ver, su desorientación era absoluta.
En medio de su debilidad, un peligro se deslizaba entre las sombras del bosque. Un aullido escalofriante resonó en la distancia, anunciando la presencia del lobo demoníaco. Sus pasos pesados y el olor a sangre y ferocidad se aproximaban lentamente hacia donde el niño yacía indefenso.
El lobo, de dimensiones colosales y ojos destellantes, se cernía sobre él, capaz de percibir el miedo impregnado en el aire. Sus fauces se entreabrieron en un gruñido gutural, mostrando filosos colmillos que relucían con la luz difusa del bosque. Para el lobo, el niño era presa fácil, un ser vulnerable sin capacidad aparente de defenderse.
El niño, consumido por el agotamiento y sumido en la oscuridad de su mente, apenas podía registrar la proximidad del depredador. Su corazón latía con fuerza, una mezcla de temor y resignación se apoderaba de sus pensamientos.
Con el lobo demoníaco cada vez más cerca, el niño yacía en el suelo, indefenso, sin memoria y sin una forma clara de defenderse. En su desesperación silenciosa, solo podía esperar, confiando en algún milagro que lo salvara de ser la presa del depredador que se abalanzaba sobre él.
El lobo demoníaco atacó, pero se detuvo en seco ante la inesperada manifestación de un pétalo de hielo. El pequeño fragmento flotaba frente al niño, desafiando la lógica y deteniendo al depredador en su avance feroz. En un instante, el pétalo de hielo se expandió, cubriendo al lobo en una capa gélida que se extendía por su cuerpo, congelándolo en su lugar hasta convertirlo en una estatua de hielo macizo.
Mientras tanto, el niño se encontraba desmayado, ajeno a lo que ocurría a su alrededor. Todo este sorprendente evento fue presenciado por una extraña mujer, quien observaba con ojos asombrados la escena que se desarrollaba ante ella.
Punto de vista de María Koori.
El Bosque Lamia se levanta como un laberinto de verdor infinito, un reino enmarañado donde la magia y la naturaleza entrelazan un baile eterno. Los árboles centenarios se alzan majestuosos, con ramas entrelazadas que crean un dosel filtrando la luz solar, envolviendo todo en un manto de sombras y misterio.
Este laberinto natural alberga una diversidad de criaturas mágicas, desde seres luminosos que danzan entre los árboles hasta bestias colosales que acechan en las profundidades más oscuras. La neblina perpetua que cubre sus dominios añade un aire de enigma y maravilla a su aura, ocultando secretos en cada rincón y velando sus senderos bajo una capa de encanto y peligro.
El Gremio Lamia Scale asume la responsabilidad de proteger a los pueblos circundantes de las criaturas mágicas que ocasionalmente escapan del Bosque Lamia. Estos seres, muchas veces desorientados o furiosos, pueden poner en peligro la armonía de las comunidades humanas.
Recibí la misión de la maestra del gremio para capturar a un lobo demoníaco que había escapado y se sumergió en las profundidades del bosque. Este lobo había atacado a los habitantes del pueblo más de una vez. Mi misión era localizarlo y eliminarlo. Aunque me dijeron que sería una tarea rápida, ya han pasado dos días y el lobo sigue siendo escurridizo. Es frustrante, sobre todo porque se suponía que esta misión no tomaría más de medio día, pero aquí estoy, sin rastro del maldito lobo.
De repente, escucho un aullido a la distancia y una sonrisa ilumina mi rostro, finalmente parece que lo he encontrado.
Entonces, usando toda mi velocidad para evitar que el lobo escapara, me encontré con una escena aterradora: un niño malherido y el lobo intentando atacarlo. Estaba a punto de intervenir con mi magia de hielo para salvar al chico cuando algo sorprendente sucedió. Un pequeño pétalo emergió del cuerpo del niño y flotó entre él y el lobo. Increíblemente, el lobo detuvo su ataque, como si percibiera algún peligro proveniente de ese pétalo.
El lobo parecía tener razón, ya que en cuestión de segundos, el pétalo se expandió y congeló al lobo, transformándolo en una estatua de hielo. Quedé impresionada por el control inesperado que aquel chico tenía sobre la magia.
Me acerqué al niño, pero yacía desmayado y gravemente herido. Era un cuadro desgarrador.
“¿Por qué un niño tan pequeño se encontraba en un lugar tan peligroso como el Bosque Lamia?“.
Era un territorio al que pocas personas se aventuraban, salvo algunos magos de Clase S y magos oscuros.
Mientras observaba al niño desmayado, María no pudo evitar sentir una ola de compasión mezclada con curiosidad. ¿Quién era este chico que apareció de la nada, con una habilidad mágica tan inusual y potente? Se preguntaba qué serie de eventos lo habrían llevado a este bosque, solo y vulnerable. Mientras su mente divagaba, recordaba sus primeros días en Lamia Scale, la sensación de ser nueva, perdida y luchando por encontrar su lugar. Esa empatía la impulsó a tomar una decisión.
“No puedo dejarlo aquí“, pensó.
“Este chico necesita ayuda, y tal vez, solo tal vez, yo pueda ser quien le brinde esa ayuda.”
Después de tomar la decisión de llevar al niño al gremio, María lo levantó con cuidado en sus brazos. Mientras lo hacía, él comenzó a despertar, aunque claramente se encontraba en un estado semiconsciente.
Con voz débil y confundida, el niño murmuró: “¿Quién... quién eres?”
“Soy María Koori, del gremio Lamia Scale”, respondió ella en voz baja, intentando no abrumarlo. “Te encontré aquí, en el bosque. Estás a salvo ahora.”
El niño intentó enfocar su mente, pero sus pensamientos parecían dispersos y nebulosos. “¿Por qué... por qué me ayudas?” Su voz era apenas un susurro, y María podía sentir su lucha por mantenerse despierto.
“Estás herido y necesitas ayuda, eso es lo que importa”, dijo María con ternura. “En Lamia Scale, ayudamos a quienes lo necesitan. No tienes que preocuparte por nada ahora.”
El niño procesó las palabras con dificultad, su respiración se hacía más lenta y pesada. “¿Puedo... confiar en ti?“, logró decir, su voz cargada de vulnerabilidad.
María lo miró con una mezcla de preocupación y afecto. “Sí, puedes confiar en mí. Te cuidaré“, le aseguró.
Justo después de sus palabras, el niño, abrumado por el esfuerzo y su condición, se desmayó nuevamente en los brazos de María. Ella lo ajustó con cuidado, preparándose para llevarlo a Lamia Scale.
Punto de vista de Jura.
Desde mi posición, observé cómo María Koori irrumpía en la sala con un niño entre sus brazos, su rostro reflejando una mezcla de urgencia y angustia. Inmediatamente, me preocupé por la situación y me acerqué rápidamente a ella.
“¿Qué ocurre, María dono?” pregunté, intentando mantener la calma a pesar de la evidente premura.
Con voz desesperada, María respondió casi sin aliento: “¡Necesitamos a Maximus! ¡Este niño requiere atención médica inmediata!”
La gravedad de sus palabras resonó en mí. Sin perder un segundo, me dirigí al lugar donde solía encontrarse Maximus, conocido tanto por sus habilidades mágicas como por su afición a la bebida. Mientras corría, una mezcla de preocupación y duda me invadía. ¿Estaría en condiciones de ayudar?
Al llegar al laboratorio de Maximus Flare, el olor a alcohol fue lo primero que noté, mezclándose con el aroma de hierbas y remedios. Encontré a Maximus inclinado sobre su mesa de trabajo, una botella medio vacía a su lado, indicativo de sus hábitos habituales.
“Maximus, necesitamos tu ayuda. Un niño está gravemente herido”, dije con urgencia, esperando que estuviera lo suficientemente lúcido para entender la situación.
Maximus levantó la vista, sus ojos tardando un momento en enfocar. A pesar de su evidente estado de ebriedad, algo en su expresión cambió al oír mis palabras. Con un esfuerzo visible, se enderezó y asintió.
“Sí, por supuesto. Vamos”, dijo, su voz mostrando un atisbo de la seriedad y competencia que solía caracterizarlo en momentos de necesidad. A pesar de su condición, Maximus se apresuró junto a mí en busca de María y el niño herido.
Punto de vista del niño.
Desperté sobre algo suave. ¿Había dejado de estar en el bosque? Me pregunté con desconcierto. La falta de vista me sumía en una profunda desorientación. Traté de moverme, pero un dolor agudo inundó mi cuerpo, desatando un grito involuntario. “¡Ahhhhhhhh!“, resonó en el lugar, brotando desde lo más hondo de mi ser.
El eco de mi grito pareció alertar a alguien, pues pronto escuché pasos aproximándose hacia donde me encontraba.
Una voz masculina resonó suavemente cerca de mí. “Quédate tranquilo, estás a salvo”, dijo con calma. “Te recomiendo que no te muevas. Has estado mucho tiempo vagando en el Bosque Lamia”.
Una voz femenina se sumó a la conversación. “Te encontré al borde de la muerte en el bosque, a punto de ser comido por un lobo demoníaco”, dijo con preocupación en su tono. “¿Qué hacías en ese lugar?”
El niño quedó pensando, desconcertado. ¿Por qué estaba ahí? ¿Qué estaba haciendo? “No sé... ¡No sé!“, gritó con desesperación. No recordaba absolutamente nada.
La mujer, notando mi arrebato, se acercó a mí y me rodeó con sus brazos. A pesar de mi confusión, algo en ese gesto me atrajo, me cautivó de una manera inexplicable. Era la primera vez, desde que tengo recuerdos, que me sentí así, abrazado, contenido por el calor de alguien más. Sus palabras, “Tranquilo, tranquilo, estás bien”, resonaban en mi mente, llevando consigo una dulzura que nunca antes había experimentado.
El abrazo de la mujer, inesperado pero necesario, me inundó con emociones que desconocía. Un nudo en mi garganta se disipaba lentamente, y mis lágrimas, compañeras silenciosas de mi desesperación, cedieron ante un atisbo de alivio. Susurraba palabras de consuelo, cada una como un bálsamo para mi alma atribulada. ¿Por qué este gesto simple pero lleno de compasión tenía tal efecto en mí? No lo entendía, pero por primera vez desde que me encontré vagando en la oscuridad, un destello de calma se abrió paso entre mi confusión y miedo.
Esa sensación de seguridad era como un faro en medio de la tormenta, y, por un instante, me permití sumergirme en la calidez reconfortante que ofrecía el abrazo de la mujer. Era un instante de paz en medio del caos, un respiro en un mar de incertidumbre. Sin embargo, mi mente seguía atormentada por la frustración de no recordar nada, de no saber quién era ni cómo había llegado a ese lugar.
Sus palabras seguían resonando, como un eco tranquilizador que intentaba calmar las tormentas internas. A pesar de la oscuridad que rodeaba mi memoria, ese abrazo se convertía en un rayo de esperanza, en un indicio de que quizás, solo quizás, había algo más allá de mi desconcierto, algo que podía reconfortarme, algo en lo que podía confiar.
Punto de vista de María Koori.
El niño se quedó dormido entre mis brazos, preferí dejarlo descansar. Más tarde, Maximus me informó que el chico había perdido por completo la vista y no es posible que la recupere. Aquella noticia me rompió el corazón. Imaginar a alguien sin la memoria de su pasado y además sin la capacidad de ver era desgarrador. No podía comenzar a entender cómo lidiar con esa situación.
Mientras reflexionaba sobre ello, me vino a la mente la posibilidad de que el chico tampoco recordara su nombre. Cuando despierte, tendré que preguntarle. Pensar en la incertidumbre y la confusión que debe estar enfrentando me angustiaba profundamente. Era una situación difícil de abordar y comprender. Estaba decidida a ayudarlo y buscar orientación de Ooba Babasaama, la maestra de Lamia Scale, cuando regresara al gremio. Sería fundamental encontrar la manera de apoyar al niño en este difícil momento.
Un día después.
María se acercó al niño, cuya mirada vacía revelaba su ceguera, pero también una peculiar profundidad intrigante. A pesar de su ceguera, su mirada, aunque sin dirección visible, parece sostener una profundidad inusual. “Hola, ¿Cómo te sientes?” preguntó con una voz suave, tratando de transmitir calidez y tranquilidad.
El niño se volvió hacia donde provenía la voz de María. Aunque incapaz de ver, su reacción indicaba que reconocía su presencia. “Me siento... mejor”, dijo con una voz débil, pero clara.
María se sentó a su lado, su presencia irradiaba una serenidad amable. “Me alegra escuchar eso”, dijo con empatía. “Soy María Koori, un placer conocerte, estás en Lamia Scale, un lugar donde cuidamos unos de otros”.
El niño asintió levemente, mostrando una mezcla de agradecimiento y confusión en su expresión. “Gracias por... salvarme. No recuerdo nada”, admitió con cierta frustración en su tono.
“No te preocupes. Estamos aquí para ayudarte”, respondió María con comprensión. “Estamos trabajando para descubrir quién eres y cómo podemos ayudarte. Mientras tanto, estás seguro aquí“.
El niño sonrió débilmente, agradecido por las palabras de María. A pesar de su situación desconcertante, se sentía reconfortado por el cuidado que recibía en ese lugar desconocido.
María se acercó al niño, deseando brindarle alguna comodidad en medio de su desconcierto. “¿Recuerdas tu nombre?” preguntó con suavidad, pero el niño bajó la cabeza, mostrando una expresión de tristeza mientras admitía que no recordaba absolutamente nada. Esta confesión conmovió a María, quien, en un intento de levantar un poco su ánimo, decidió tomar cartas en el asunto. Con una voz cálida y amable, le propuso algo: “Entonces, ¿qué te parece si te doy un nombre por ahora?“.
El niño, sorprendido por la propuesta y con una pequeña pero significativa sonrisa que apenas se vislumbraba en su rostro, asintió levemente. Era un momento sencillo, pero lleno de ternura. La mirada de María reflejaba una compasión profunda mientras reflexionaba sobre la importancia de este acto. Elegir un nombre era una manera de ofrecerle al niño una nueva identidad temporal, una forma de sostenerlo en un mundo donde su pasado se desvanecía en la neblina de su memoria.
Con delicadeza, María se sumergió en sus pensamientos, considerando con cuidado qué nombre sería adecuado para este chico que buscaba un nuevo comienzo. Cada letra, cada sonido, representaba una oportunidad de reconstruir algo perdido. Finalmente, decidió: “Entonces, a partir de hoy, te llamaré Tristán”. La resonancia de la palabra llenó el espacio, y aunque era un nombre recién otorgado, llevaba consigo la esperanza de un futuro y la promesa de un camino por descubrir.
“Ahora que tienes un nombre, Tristán, me gustaría hacerte una pregunta y una propuesta”, expresó María con curiosidad marcada en su voz. “¿Eres un mago? ¿Sabes cómo usar magia?“, indagó, sintiendo la inquietud crecer en su interior. Quería saber si aquel pétalo de hielo que lo había salvado del lobo demoníaco fue algo que Tristán utilizó de manera consciente.
Tristán, desconcertado, admitió: “No sé nada de magia.”
“Ya veo”, respondió María. Tras un momento de reflexión, se dirigió a Tristán con una propuesta: “¿Estarías dispuesto a considerarme tu maestra?” Antes de que pudiera responder, decidió explicar su propuesta. “Esa noche, cuando el lobo te atacó, utilizaste magia de hielo y fue muy poderosa. Y tras escucharte, parece que lo hiciste sin darte cuenta”.
Tristán se sorprendió al enterarse de que había utilizado magia. “Yo... ¿ocupé magia de verdad?“, preguntó con asombro. María asintió, confirmando sus palabras.
Al darse cuenta de que Tristán, ciego, no podía ver su asentimiento con la cabeza, María sintió una punzada de incomodidad. Aun así, decidió seguir adelante y afirmó: “Sí, utilizaste magia. Para ser más específica, fue magia de hielo, y ese tipo de magia es mi especialidad. Sería un honor para mí guiarte en el camino de la magia. ¿Qué opinas?”
Tristán quedó sorprendido por la propuesta de María y su emoción inicial era palpable. Sin embargo, unos instantes después, su ánimo cambió y bajó la cabeza con tristeza. María, al notar el cambio, preguntó: “¿Qué pasa, Tristán?“.
Con la cabeza aún baja, Tristán respondió: “Aprender magia sería un sueño, algo que consideraría imposible para alguien como yo... Pero, soy ciego, ¿cómo podré aprender si no puedo ver tus métodos de entrenamiento?”
María revolvió su cabello y dijo: “Tristán, ¿sabías que el poder de la magia no tiene límites? Con ella, los límites de lo imposible simplemente desaparecen. Como tu mentora, te llevaré a través de un mundo de entrenamientos que desafiarán tu percepción, te mostrarán cómo ver más allá de lo evidente. Yo, María Koori, soy una maga de Lamia Scale, y te aseguro que, si estás dispuesto, juntos podemos conquistar desafíos inimaginables.”
Una risa se escapó de sus labios antes de continuar. María inclinó su cabeza hacia Tristán con una chispeante sonrisa, intentando establecer una conexión más cercana. “Tristán, ¿te cuento un secreto?” dijo en voz baja, como si estuviera compartiendo una confidencia. “Entre tú y yo, aquí dentro de Lamia Scale, algunos dicen que soy la maga más poderosa del gremio. ¡Incluso más que Jura! Pero, ¿sabes qué? ¡Eso debe quedar entre nosotros! A los más fuertes a veces les gusta pasar desapercibidos, ¿no crees?” bromeó con un guiño, esperando aliviar cualquier tensión que pudiera estar sintiendo el joven.
“De todos modos,” continuó, cambiando ligeramente su tono con un brillo juguetón en sus ojos, “no hay que subestimar a Jura. Aunque yo tenga un poco más de fuerza, él es como una roca, firme y resistente. Y, claro, no se lo digas, pero tiene su encanto pensar que tenemos una especie de rivalidad, aunque sea en secreto”. Hizo una pausa y agregó, con complicidad, “Ahhh, me estoy desviando del tema. ¿Quieres ser mi alumno y descubrir todo lo que la magia tiene reservado para ti?”
Tristán quedó intrigado, ya que no sabía quién era Jura, aunque decidió enfocarse en la emocionante oferta que tenía delante: convertirse en mago, aprender sobre la magia y vislumbrar un mundo completamente nuevo.
“Maestra María, sus palabras me han dado esperanza”, expresó Tristán con una voz solemne y decidida, manifestando claramente su deseo de aprender. “Aprender magia, quizás también podría aprender a ver con la magia... eso sería increíble. Y si la magia puede hacer lo imposible, tal vez sea mi oportunidad para recuperar mi pasado. Por favor, enséñeme a ser un mago.”
Sus palabras resonaron con una mezcla de anhelo y determinación. Para él, esa era una oportunidad no solo para adentrarse en el mundo de la magia, sino también para encontrar respuestas a las incógnitas que envolvían su pasado perdido. Sus ojos, aunque ciegos, irradiaban una chispa de esperanza y entusiasmo por lo que el futuro podía depararle.
María sonrió ampliamente al escuchar la decisión de Tristán. “Como mi alumno, estás en el camino para convertirte en el mago más fuerte del futuro”, le dijo con emoción. “Y tu primera tarea como mi discípulo será unirte oficialmente a Lamia Scale y conocer a la maestra y a los integrantes del gremio”.
Su sonrisa reflejaba una mezcla de orgullo y expectativas por el viaje que estaban a punto de comenzar juntos. Para Tristán, este paso no solo representaba unirse a un gremio, sino también adentrarse en un mundo nuevo y emocionante lleno de posibilidades. Con una sensación de determinación renovada, asintió, listo para embarcarse en este nuevo capítulo de su vida como aprendiz de la maga más poderosa de Lamia Scale.
Final del capítulo 1.