Renacimiento en el Ring.

Summary

Tras un trágico accidente, un joven se encuentra reencarnado como adolescente en el Japón de 1985. Desorientado en su nueva vida, su realidad da un giro inesperado al asistir a una emocionante pelea de boxeo, donde descubre estar en el mundo de su manga favorito, "Hajime no Ippo".

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1, Un Despertar Inusual

El implacable sol otra vez interrumpe mi sueño. "¡Ah, desaparece, maldito sol!" En ese instante, se quedó helado al darse cuenta de que la voz que escuchó no era la suya, sino la de un chico más joven. Abrió los ojos, atónito, y descubrió que ya no estaba en el hospital. Se encontraba en una habitación de aspecto retro. Se levantó y se miró en el espejo; su rostro había cambiado, ahora era el de un adolescente de unos trece años. "¿Pero qué está pasando aquí?" En ese momento, una voz femenina resonó: "Kazuki, date prisa o llegarás tarde a clases". Inicialmente, ignoró la voz, aún en shock. Pero luego, la voz, ahora enfadada, gritó con más fuerza: "¡Kazuki, si no te levantas ya, iré a sacarte yo misma de la cama!


¿Qué está sucediendo? Esto no es mi cuerpo. Ahora parezco ser alguien de alrededor de un metro sesenta... con cabello negro y una figura delgada. Antes era un estudiante universitario, de casi dos metros de altura. Recuerdo claramente... hubo un incendio y quedé gravemente herido. No sobreviví. ¿He reencarnado? Increíble, parece algo sacado de los fanfics que siempre leo. Y luego, un recuerdo fugaz de mis padres me asalta. ¿Qué les habrá ocurrido? ¿Sabrán de mi muerte, si es que realmente he muerto? Deben estar angustiados.


"Sentado solo en el borde de la cama, mis dedos acariciaban distraídamente la textura desconocida de la colcha. Las preguntas inundaban mi mente, creando un torbellino de emociones que no podía calmar. "¿Quién soy ahora?", me preguntaba, sintiendo una punzada de dolor por la vida que había dejado atrás. Recordé mis últimos momentos en el hospital, la desesperación, la aceptación... y ahora, esto. ¿Era esta una segunda oportunidad o una cruel broma del destino?


Mis pensamientos se desviaron hacia mi familia. "¿Estarán bien?", me pregunté, sintiendo una oleada de culpa y tristeza. ¿Sabrían de mi muerte? ¿O seguirían esperando mi regreso? El recuerdo de sus rostros, las sonrisas que nunca volvería a ver, me llenaron de una profunda melancolía. Cerré los ojos, intentando contener las lágrimas. "Tienes que ser fuerte", me dije a mí mismo, pero la voz que escuché en mi cabeza sonaba tan joven, tan ajena.


El reflejo en el espejo me devolvió la mirada, ojos llenos de confusión y miedo. ¿Cómo podría enfrentarme a un mundo que no era el mío, en un cuerpo que no reconocía? "¿Y si todo esto es solo un sueño?", pensé. Pero la realidad era innegable, tan tangible y detallada, imposible de ser solo una ilusión. Suspiré profundamente, sintiendo el peso de esta nueva vida en mis hombros. No tenía respuestas, solo un mar de incertidumbre.


Espero que Jaime esté con ellos. Jaime era mi hermano menor; le gustaba pelear. Siempre decía: "Seré un boxeador y ganaré dinero con mis puños". Maldito idiota, los dejaré en tus puños. Una lágrima de impotencia por no saber de ellos cayó por mi mejilla. Luego abrieron la puerta y entró una mujer de alrededor de cuarenta años, visiblemente enfadada. Me dijo: "Me obligaste a venir", con enojo en su voz. Sin embargo, al ver mis lágrimas, la mujer que me observaba desde la puerta, con una mezcla de enojo y preocupación, parecía llevar el peso del mundo en sus hombros. Sus ojos, aunque endurecidos por los años y la tristeza, reflejaban un amor incondicional que me desconcertaba y, al mismo tiempo, me ofrecía un consuelo inesperado.


"Eres muy parecido a él...", dijo de repente, su voz teñida de nostalgia. "Tu padre tenía la misma mirada cuando estaba preocupado". Se acercó y se sentó a mi lado en la cama, su mano encontró la mía, apretándola suavemente. "Sé que no ha sido fácil para ti, Kazuki. Desde que tu padre... bueno, desde que nos dejó, he visto cómo luchas por mantener esa sonrisa en tu rostro. Pero no tienes que fingir por mi causa".


En ese momento, una oleada de emociones me inundó. Esta mujer, mi "madre" en este mundo, estaba lidiando con su propio dolor y, aun así, se preocupaba profundamente por mí, o más bien, por el Kazuki que ella conocía. Me encontré devolviendo el apretón de su mano, una acción impulsiva que pareció sorprendernos a ambos.


"Gracias, mamá", logré decir, y su rostro se suavizó con una sonrisa triste. "Siempre estaré aquí para ti, pase lo que pase. Eso es lo que hacen las madres", respondió. Por un momento, el vínculo entre nosotros se sintió real y tangible, y una parte de mí anhelaba aceptar ese cariño y consuelo que me ofrecía.


Ella se levantó, limpiando una lágrima furtiva de su mejilla. "Ahora, baja a desayunar antes de que se enfríe la comida", dijo, intentando recuperar su tono más firme. La observé mientras se dirigía hacia la puerta, sintiendo una mezcla de gratitud y confusión. Esta relación, aunque basada en una realidad que no era la mía, había empezado a significar algo para mí.


Mientras me preparaba para ir a desayunar, una serie de fotografías en la cómoda captó mi atención. Me acerqué lentamente, cada paso resonando en la habitación como un eco de mi confusión. Las fotografías mostraban a una familia feliz: un hombre que asumí era el padre en este mundo, una mujer de sonrisa amable y un joven que, indudablemente, era la versión más joven del Kazuki al que había reemplazado.


Una de las fotos en particular llamó mi atención. Era una imagen de la mujer y el joven Kazuki, sonriendo ampliamente frente a un pastel de cumpleaños. La escritura en el pastel decía "Feliz Cumpleaños, Yumiko y Kazuki". Mi mirada se detuvo en ese nombre, Yumiko. Esa debía ser ella, la mujer que me había llamado Kazuki, mi "madre" en esta nueva vida.


Más tarde, me encontraba sentado en la mesa del comedor, aún luchando por asimilar los recientes acontecimientos. Mi "madre", ajena a mis pensamientos, preparaba el desayuno en la cocina. Me sorprendió descubrir el año en el calendario colgado en la pared: 1985. Era como si hubiera viajado en el tiempo, pero no solo eso, estaba en un cuerpo diferente, en un país diferente. Mis ojos se desviaron hacia la ventana. Mientras observaba el panorama desde la ventana, los detalles del barrio comenzaron a revelarse. Las calles estaban flanqueadas por tiendas y casas con un estilo claramente antiguo. En la distancia, se podía ver un grupo de jóvenes reunidos alrededor de una máquina de arcade, sus risas y exclamaciones llenaban el aire con una energía juvenil y despreocupada. Sus modas eran un claro reflejo de la época: chaquetas bomber, jeans ajustados y peinados voluminosos. El zumbido de una televisión antigua en una casa vecina captó mi atención. A través de una ventana abierta, pude ver un programa de variedades popular de aquel entonces, con presentadores vistiendo trajes coloridos y peinados exagerados, un estilo típico de la televisión japonesa de mediados de los 80. Los automóviles que pasaban por la calle eran modelos que ya no se veían en las calles del siglo XXI, con sus diseños cuadrados y colores apagados.


Incluso los olores eran distintos; el aroma de la comida tradicional japonesa saliendo de los pequeños restaurantes de la zona se mezclaba con el olor a gasolina y a la contaminación típica de esa década. Todo esto creaba una atmósfera que me hacía sentir aún más desplazado, como un intruso en un tiempo que no era el mío. Lo más curioso era que podía leer las letras japonesas en los letreros de las tiendas.


Más tarde, con paso firme, me dirigí a la escuela, guiado por un instinto inexplicable que parecía saber exactamente a dónde ir.


La mañana estaba fresca y clara cuando salí de la casa para dirigirme a la escuela. El aire tenía un ligero mordisco de otoño, y los árboles a lo largo de la calle estaban comenzando a mostrar tonos de naranja y rojo. Cada paso que daba resonaba en las tranquilas calles del barrio, un eco suave en la quietud matutina.


A medida que avanzaba, observaba las casas alineadas en la calle. Eran estructuras de estilo tradicional japonés, con techos inclinados y puertas correderas de papel de arroz. Los jardines estaban meticulosamente cuidados, con pequeños arbustos y árboles bonsái que adornaban los frentes. Había una armonía en el diseño y la disposición que me era extraña pero a la vez tranquilizadora.


El camino a la escuela estaba bordeado de tiendas que apenas comenzaban a abrir. Los comerciantes sacaban sus carteles y preparaban sus escaparates, y el aroma del pan recién horneado se escapaba de una panadería cercana, mezclándose con el olor a tinta fresca de un quiosco de periódicos.


Mientras me acercaba a la escuela, el bullicio de los estudiantes llenaba el aire. Grupos de chicos y chicas en uniformes escolares charlaban y reían, llenando la escena con una energía juvenil y despreocupada. Algunos montaban bicicletas, otros caminaban en grupos, todos compartiendo la emoción y las ansiedades de un nuevo día escolar.


Al entrar en los terrenos de la escuela, me encuentro con un letrero que decía "Escuela Sendagaya", el edificio principal se alzaba imponente ante mí: un edificio grande de ladrillo rojo con ventanas grandes y una entrada amplia. Los cerezos en el patio estaban en plena floración, sus pétalos rosados flotando suavemente en la brisa, creando un contraste pintoresco con el austero edificio escolar. Era un escenario que, aunque hermoso, me recordaba constantemente que estaba en un lugar y tiempo que no me pertenecían.


Al llegar a la escuela, noté que nadie me dirigía la palabra. Parecía que en esta vida tampoco sería el chico popular. Mirando a mis compañeros, una chica en particular captó mi atención. Su rostro me resultaba extrañamente familiar, pero no podía ubicar dónde la había visto antes.


La maestra llegó y comenzó a pasar lista. Cuando dijo "Kazuki Oda", respondí con un "presente" algo incierto. La lista continuó hasta llegar a ella, la chica misteriosa: "Mari Īmura". Ella también respondió, y su nombre resonó en mi mente. ¿Por qué me resultaban tan familiares su rostro y su nombre? Era una locura. No tenía sentido. No podía conocer a nadie en 1985; en mi vida anterior ni siquiera había nacido.


Al terminar la clase, observé a Mari Īmura en el aula, me di cuenta de que estaba profundamente inmersa en la lectura de un libro sobre boxeo. La cubierta mostraba a dos púgiles en pleno combate, y ella lo examinaba con una mezcla de curiosidad y concentración. "¿Boxeo?", pensé, sorprendido por su elección de lectura, que parecía fuera de lo común para una chica de su edad.


Con curiosidad, me acerqué para entablar una conversación. "Eso parece interesante", comenté, señalando el libro. Mari levantó la vista y me miró con una expresión pensativa. "Sí, lo es", respondió. "Estoy tratando de entender por qué a Hiroshi Tanaka le apasiona tanto este deporte. Siempre habla del boxeo con tanta emoción, y quería ver qué es lo que lo atrae".


Su respuesta me intrigó. Era una razón inusual para leer sobre un deporte, especialmente uno tan intenso como el boxeo. "¿Y has encontrado la respuesta?", pregunté, interesado en su perspectiva.


Mari reflexionó un momento antes de responder. "Creo que para Hiroshi y otros como él, el boxeo es más que un deporte. Es una forma de expresión, una manera de enfrentar desafíos y superar límites personales. Hay algo en la lucha, la estrategia y la resistencia que lo cautiva".


Mientras Mari y yo continuábamos conversando sobre la complejidad del boxeo y lo que podría significar para personas como Hiroshi Tanaka, una voz femenina nos interrumpió. "Mari, ¿vienes? Vamos a ir a comer algo", llamó una chica desde la puerta del aula. Era Akane Suzuki, conocida por ser una de las estudiantes más sociables de la clase.


Mari cerró suavemente el libro y me miró. "Parece que es hora del almuerzo", dijo con una sonrisa amable. "Gracias por la charla, fue interesante". Con esas palabras, se levantó y guardó el libro en su mochila.


"Claro, fue un placer hablar contigo", respondí, sintiéndome gratamente sorprendido por la profundidad de nuestra conversación. Observé cómo se dirigía hacia Akane, que la esperaba con una sonrisa amistosa. Las dos salieron del aula juntas, hablando animadamente.


Después de que Mari saliera del aula con Akane, me quedé solo por un momento, sumergido en mis pensamientos. A pesar de nuestra interesante conversación, no podía sacudirme la sensación de familiaridad que Mari Īmura evocaba en mí. "¿Por qué me resulta tan conocida?", me preguntaba, pero no lograba encontrar una respuesta. Algo sobre ella resonaba conmigo de una manera que no podía explicar, como un eco de un recuerdo perdido.


Sacudiendo la cabeza, decidí que era mejor no obsesionarme con eso por ahora. "Quizás con el tiempo, entienda por qué", pensé. Mirando hacia la ventana, noté que la hora del almuerzo ya estaba en pleno apogeo. "Mejor saldré antes de que termine", me dije a mí mismo, levantándome de mi asiento. Al salir del aula, me sumergí en el bullicio de los estudiantes, aún con Mari y nuestra conversación rondando en mi mente.


Durante la hora del almuerzo, me encontré solo, separado de los demás. Parecía que no tenía ningún vínculo con mis compañeros de clase. Pero, honestamente, eso era lo de menos. Tenía cosas más importantes en las que pensar. Después de todo, había viajado en el tiempo hasta Japón en 1985. Lamentablemente, no poseía una memoria sobrehumana que recordara cada evento importante del futuro; de lo contrario, podría haberme hecho rico, como los protagonistas de esos fanfics, novelas japonesas y chinas que leí en mi vida anterior. Invertiría en alguna empresa desconocida y, ¡bam!, sería millonario. Pero esos libros que leía son bastante irreales ahora que lo pienso. ¿Quién recordaría todos los detalles históricos importantes? No pude evitar soltar un suspiro profundo, ahhhh.


En ese momento, se me acercó un adulto, leí la credencial que tenía puesta en su pecho, "director Ren Kanzaki". "Kazuki, pareces bastante ensimismado últimamente", dijo el director Ren, su tono era amable pero llevaba un matiz de preocupación. "¿Hay algo que te preocupe en casa o en la escuela?".


Su pregunta me tomó por sorpresa. En mi estado de desconcierto, me encontraba constantemente en guardia, pero había algo en la forma en que el director Ren me miraba que transmitía genuina preocupación y calidez. "Estoy bien, gracias, director Ren", respondí, intentando sonar más seguro de lo que me sentía.


El director Ren se acercó y bajó la voz. "Desde que tu padre falleció, he estado manteniendo un ojo en ti. Éramos buenos amigos y me preocupaba cómo te afectaría su pérdida. Quiero que sepas que, más allá de mi rol aquí, estoy disponible si necesitas hablar, como alguien que respetaba mucho a tu padre y que ahora se preocupa por ti".


Esa revelación me dejó pensativo. "¿Amigos con mi padre?", me pregunté, asombrado por esta conexión inesperada entre el director Ren y el verdadero Kazuki. A pesar de mi situación, sentí una oleada de agradecimiento hacia él.


"Gracias, director Ren, lo aprecio mucho", dije con sinceridad. El director Ren sonrió y puso una mano reconfortante en mi hombro. "Y, fuera de la escuela, no hay necesidad de ser tan formal. Puedes llamarme simplemente Ren", propuso con una sonrisa amistosa. "Oh, Kazuki, casi lo olvido, cuando terminen las clases, ven a verme a mi oficina. Te llevaré a un lugar genial", dijo mientras revolvía mi pelo desordenado con su mano. Le respondí con un formal "Entendido, director".


Después de la hora del almuerzo, regresamos al aula. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar que mi mirada se desviara una y otra vez hacia esa chica, Mari Īmura. Su presencia me desconcertaba, y no podía dejar de preguntarme por qué me resultaba tan familiar. ¿Sería una figura importante en el futuro? ¿Había hecho algo notable que la llevó a aparecer en las noticias? La sensación de conocerla era ineludible, pero no podía atar los cabos.


Perdido en mis pensamientos, no me di cuenta de que la profesora me estaba hablando. "¡Señor Oda, señor Kazuki Oda! ¿Le estoy hablando a la pared? Al parecer, ver a la señorita Īmura es más importante que mi clase", exclamó con un tono de voz que atrajo la atención de todos. De repente, el salón entero estalló en risas a mi costa, y sentí cómo mi rostro se teñía de rojo por la vergüenza. Era evidente que todos interpretarían mi distracción como si estuviera secretamente enamorado de Mari.


Mari, claramente incómoda y algo avergonzada por el centro de atención indeseado, mantuvo la compostura. Shizune, una de sus amigas, no pudo evitar reírse, pero pronto su expresión cambió a una de empatía. "No entiendo por qué la profesora tuvo que señalarlo de esa manera. Podría haberlo manejado de forma más discreta", comentó Mari en voz baja. Shizune asintió en acuerdo: "Sí, fue un poco excesivo contigo".


Decidida a abordar la situación, Mari planeó hablar con la maestra después de clases.


Con el sonido de la campana final, las clases llegaron a su fin. Había estado contemplando la idea de explicarle a Mari Īmura el porqué de mi atención constante hacia ella, pero sinceramente, no se me ocurría ninguna excusa convincente. Mientras dudaba, me di cuenta de que ella ya había salido del aula junto a la maestra.


Entonces recordé lo que el director Ren me había dicho antes. "Debería ir a buscarlo después de clase", pensé. Aunque todavía me sentía desorientado en este nuevo mundo, tener a alguien conocido como Ren podría ayudarme a entender mejor mi situación actual y, con suerte, arrojar algo de luz sobre los misterios que me rodeaban.


Mientras caminaba solo por los pasillos de la escuela, hacia la oficina del director Ren, los eventos del día giraban en mi mente. La interacción con Mari, el regaño de la maestra, las risas de mis compañeros... todo ello resonaba en mi interior, mezclándose con emociones que aún no lograba entender completamente.


Sentía una mezcla de nostalgia, confusión y una extraña sensación de pérdida. "Esto no es mi vida", pensaba una y otra vez. Recordaba fragmentos de mi existencia anterior: la universidad, mi familia, mis amigos... Y ahora, aquí estaba, en un cuerpo y una vida que no me pertenecían, en un mundo que parecía sacado directamente de un manga.


La pregunta de "¿por qué yo?" era constante en mi mente. ¿Por qué había sido reencarnado aquí, en este lugar y tiempo específicos? ¿Había alguna razón detrás de todo esto, o era simplemente un giro aleatorio del destino? La incertidumbre de no saber la respuesta me pesaba.


Miré por la ventana hacia el patio de la escuela, donde los estudiantes se retiraban de la escuela. Ellos parecían tan seguros en su entorno, tan enraizados en sus vidas. "¿Alguna vez me sentiré así?", me pregunté. La sensación de ser un extraño en esta vida era abrumadora.


Respiré hondo, intentando calmar la tormenta de pensamientos y sentimientos. "Necesito encontrar mi camino en este mundo", decidí. Tal vez hablar con el director Ren, alguien que parecía tener una conexión con el Kazuki original, podría ofrecerme alguna pista sobre cómo navegar en esta nueva realidad.


Con ese pensamiento en mente, continué mi camino hacia la oficina del director, listo para enfrentar lo que viniera, aún con la esperanza de encontrar respuestas.


Después de buscar infructuosamente durante unos quince minutos, finalmente me encontré frente a una oficina cuya puerta llevaba el letrero: "Director Ren Kanzaki". Al entrar, me recibió con una sonrisa llena de energía y afecto. "¿Estás listo, mocoso?", me preguntó.


Confundido, le devolví la mirada. "¿Listo para qué?", pregunté, aún tratando de comprender la situación. Ren parecía sorprendido por mi pregunta. "¿Olvidaste la fecha?", replicó. "Hoy es el día de la pelea. Dicen que será la última defensa del campeón y luego renunciará al título".


Murmuré "¿Una pelea? ¿Un campeonato? ¿Renuncia?".


Ren respondió: "Claro, el campeón es demasiado fuerte y hoy, si defiende su título por cuarta vez, va a ir a desafiar el Pacífico; en otras palabras, la OPBF".


El anuncio de Ren me dejó aún más desconcertado. "¿Demasiado fuerte? ¿OPBF?", murmuré, intentando poner en orden los fragmentos de información.


Ren asintió con entusiasmo. "Exactamente. El campeón actual es una verdadera leyenda en el ring. Si logra defender su título por cuarta vez hoy, tiene planes de desafiar a los mejores de la OPBF, la Federación de Boxeo del Pacífico Oriental y Asia. Es un paso enorme para cualquier boxeador, un salto hacia la fama internacional".


Su explicación me hizo recordar las historias de boxeo que había leído en mi vida anterior, historias llenas de pasión, desafíos y triunfos. La emoción en la voz de Ren era contagiosa, y por un momento, olvidé mi confusión y me vi envuelto en la anticipación del evento.


"Entonces, ¿vamos a ver la pelea?", pregunté, sintiendo una chispa de emoción. Ren sonrió aún más ampliamente. "Por supuesto, esa es la sorpresa. Será una noche para recordar".


Después de las clases, el director Ren me encontró en la entrada de la escuela, su rostro reflejaba una mezcla de anticipación y prisa. "Kazuki, ¡es hora de irnos!", exclamó. Juntos, nos apresuramos por las calles de Tokio, con el director Ren guiando el camino con un paso rápido y decidido.


A medida que nos acercábamos a la arena Kōrakuen, podía sentir la emoción en el aire. La multitud se reunía en la entrada, todos compartiendo la misma anticipación por el evento que estaba a punto de comenzar. Ren y yo nos unimos a la corriente de gente, empujándonos ligeramente para llegar a tiempo.


Al entrar en la arena, quedé asombrado por el lleno total del lugar. La atmósfera estaba cargada de energía y expectación. Las luces de la arena se atenuaron, sumiendo el lugar en una oscuridad dramática, interrumpida solo por el haz de una luz solitaria que se encendió, enfocando a un hombre con un micrófono parado en el centro del cuadrilátero. Su voz resonó en todo el recinto, capturando la atención de todos. "Hoy es la pelea por el título peso pluma de Japón", anunció con entusiasmo. "En la esquina azul, el retador con 14 peleas, 9 ganadas por nocaut y 5 perdidas. Es conocido como la representación del demonio en la tierra, Jirō Yamaguchi". La luz se centró en la esquina azul, y los vítores del público estallaron al compás de la música épica. Los gritos de "¡Tú serás el campeón!" y "¡Confiamos en ti!" resonaban por todo el lugar, llenándolo de una energía eléctrica.


Pero lo que siguió fue aún más impresionante. "En la esquina roja, del gimnasio Nakadai, el campeón invicto con 9 peleas, todas ganadas. ¡Demos la bienvenida al hombre más fuerte de Japón: Eiji Date!", continuó el presentador. La multitud se transformó en un mar de emoción y ruido al escuchar su nombre. Eiji Date entró en el ring con una presencia imponente, el cinturón de campeón brillando en sus manos.


En ese instante, todo encajó en mi mente: Eiji Date, la arena Kōrakuen, y la conexión con Mari Īmura. De repente me di cuenta de que estaba en el mundo de "Hajime no Ippo", mi manga favorito. La familiaridad con Mari, la pasión de Ren por la pelea, y la atmósfera vibrante a mi alrededor, todo tenía sentido ahora. Era como si hubiera sido transportado directamente a las páginas de la historia que tanto había admirado.


El ambiente en la arena Kōrakuen estaba saturado de una tensión eléctrica. El aire se llenó de una anticipación palpable cuando Eiji Date, el campeón, hizo su entrada majestuosa al ring. Su mirada era una mezcla de determinación y calma, una promesa silenciosa de la batalla que estaba a punto de comenzar. A mi lado, el director Ren no ocultaba su entusiasmo, sus ojos brillaban con una mezcla de admiración y emoción.


Yo, Kazuki, aún luchaba por asimilar la realidad de mi situación. "Estoy aquí, en el mundo de 'Hajime no Ippo'", pensé, una mezcla de incredulidad y fascinación inundaba mi mente. La sensación de estar viendo una pelea de un manga que había leído y reimaginado tantas veces en mi vida anterior era absolutamente surrealista. Cada golpe, cada movimiento en el ring, parecía cobrar vida de una manera que nunca había experimentado antes.


La multitud a mi alrededor rugía con cada avance y retroceso de los boxeadores. Los aficionados al boxeo, jóvenes y viejos, aficionados y expertos, todos estaban completamente absortos en la pelea. Ren, quien hasta ese momento había sido una figura de autoridad y guía, ahora parecía transformarse en un fanático más, completamente cautivado por la habilidad y destreza de Eiji Date.


Mientras observaba, no pude evitar sentir que estaba viviendo algo mucho más grande que una simple pelea de boxeo. Estaba presenciando un pedazo de historia, un momento en el tiempo que trascendía mi propia comprensión. Era un recordatorio de que, aunque mi presencia en este mundo fuera un misterio, tenía la oportunidad única de experimentar momentos que jamás habría imaginado posibles.


La pelea comenzó con un estallido de energía que llenó la arena. Eiji Date, el campeón, demostró su dominio desde el primer momento. Con una serie de jabs rápidos y precisos, mantuvo a su oponente, Jirō Yamaguchi, constantemente a la defensiva. Cada movimiento de Date era un estudio de técnica y control, evidenciando su experiencia y habilidad en el ring.


Por su parte, Yamaguchi luchaba por encontrar una apertura en la sólida defensa de Date. Sus intentos eran valientes, pero se encontraban con la impecable táctica del campeón. En un giro inesperado, Date lanzó un poderoso uppercut, un golpe que tomó por sorpresa a Yamaguchi y lo mandó directamente a la lona.


El árbitro comenzó la cuenta, cada número resonando en el aire cargado de tensión. Uno, dos, tres... Yamaguchi luchaba por recuperarse, un testimonio de su espíritu de lucha, pero la superioridad de Date era innegable.


A mi lado, el director Ren estaba al borde de su asiento, su emoción palpable. "¡Eso es, Kazuki! ¡Eso es lo que hace a un verdadero campeón!", exclamó, sus ojos brillando con la emoción del momento. Yo asentí, aún asimilando la realidad de estar presenciando una pelea de un manga en la vida real. Era una experiencia surrealista, como si las páginas del manga se hubieran cobrado vida ante mis ojos.


Finalmente, cuando el árbitro llegó a la cuenta de diez, la decisión fue clara: Eiji Date retenía su título. La multitud en la arena Kōrakuen estalló en una ovación estruendosa, aplaudiendo la destreza y el talento del campeón. Observando a Date celebrar su victoria, no pude evitar sentirme abrumado por la magnitud del momento, una mezcla de admiración y asombro por la pasión y la habilidad demostradas en el ring.


Aunque la pelea había concluido, la atmósfera en la arena Kōrakuen seguía vibrando con una electricidad palpable. Los aficionados, aún al borde de sus asientos, se negaban a que la noche terminara. Una entrevistadora, con paso decidido y micrófono en mano, avanzó hacia el centro del ring donde Eiji Date, el campeón, aún se mantenía como el centro indiscutible de atención.


"Señor Date, esta noche hemos sido testigos de su extraordinaria habilidad", comenzó, su voz clara resonando en la arena. "Pero todos estamos ansiosos por saber acerca de los rumores que circulan. ¿Es cierto que tiene planes de renunciar al título de Japón y buscar el título del Pacífico?"


La multitud, capturada por la pregunta, se agitó con expectación. Gritos de "¡Sí, Eiji, tú puedes!" y "¡Date, eres el más fuerte!" se elevaban por encima del murmullo. Entonces, como si fueran un solo ser, los asistentes empezaron a corear su nombre: "¡DATE! ¡DATE! ¡DATE! ¡DATE!"


Eiji Date, con la compostura de un verdadero maestro, levantó la mano pidiendo silencio. Cuando el estadio se aquietó, habló con una voz firme, llena de confianza: "Japón ya no representa un desafío para mí. Busco competidores a la altura de mi habilidad. Por eso, retaré a Thomson Peñalosa por el título de la OPBF". Al señalar hacia la multitud, todos volvieron su atención hacia un hombre que se levantaba entre ellos: Thomson Peñalosa.


Peñalosa, con una expresión de sorpresa mezclada con respeto, se acercó al ring y tomó el micrófono. "Un desafío por el título, ¿eh? Eso es arrogancia", dijo con una sonrisa audaz. "Pero lo acepto". Tras estas palabras, soltó el micrófono y se retiró, dejando a la multitud en un frenesí de emoción y aplausos.


Yo, Kazuki, me quedé allí, sintiendo un hormigueo en la piel ante la escena. Nunca imaginé que vería algo así en persona. La retirada de Eiji Date, un campeón indiscutible, desafiando a un nuevo rival en un escenario más grande, capturaba la esencia de lo que siempre había encontrado emocionante en "Hajime no Ippo": la pasión, la determinación y el espíritu indomable de los boxeadores. Esta noche no era solo una exhibición de boxeo; era una puerta a un mundo que siempre había parecido inalcanzable.


Final Capítulo 1.