Capítulo 1
Mientras el primer copo de nieve caía, susurraba secretos de un cuento invernal esperando desplegarse…
¿Qué es la Navidad? ¿Y por qué a los humanos les gusta tanto?
Eso no lo sé, pero te voy a contar mi historia de lo que fue para mí, mi primera Navidad.
Mi vida cambió cuando unos humanos me atraparon, eran dos humanas para ser exactos.
Yo estaba desesperada llamando a mamá porque me había dejado solita y llovía fuerte y hacía mucho frío.
Se suponía que ella ya debería estar dándome su lechita tibia para dormir. Mamá se había ido hacía mucho tiempo y no me dejó acompañarla. Me dijo que era peligroso, pero, que en cuanto consiguiera algo de comida, regresaría conmigo.
Teníamos varios días sin comer y solo por unas noches me dejó acompañarla a los lugares donde podía conseguir un bocado, pero no conseguíamos nada porque perros enormes y hambrientos también asistían a los mismos lugares y cuando nos veían, nos persiguieran enfadados.
Ellos también estaban desesperados por comida.
Mamá estaba muy cansada para cuando volvimos a nuestro pequeño escondite que era una caja de cartón, arriba de un techo. Yo me recosté a su lado para tomar un poco de leche, ella me lamió la cabecita y me dijo que durmiera porque el siguiente iba a ser mejor.
Pero no era verdad.
Abrí mis ojitos cuando me di cuenta de que mis patitas estaban mojadas porque llovía a cántaros y la caja de cartón donde descansábamos se había deshecho, aun así, mamá dijo que era mejor que permaneciéramos ahí adentro.
Todo el día llovió y empeoró por la tarde, por lo que tuvimos que ir a un árbol que estaba a un lado del techo donde nos encontrábamos. Seguí a mamá hasta la copa y luego ella me dejó ahí, prometiendo volver pronto.
Entonces, pasó mucho tiempo y me empecé a asustar aún más. Estaba solita, tenía hambre y necesitaba a mamá y luego, sucedió…
Debí haber gritado muy alto porque dos humanas se acercaron al árbol, ellas estaban mirando hacia arriba, buscándome y yo seguía gritando para que mamá me escuchara y viniera a salvarme de ellas pronto.
Me tranquilicé un poco cuando las humanas se marcharon, pero al tiempo regresaron con algo que cargaban entre ambas y que ayudó a que una de ellas trepara al árbol y por más que me escondí, la humana más joven, logró atraparme.
Grité y saqué mis garritas, me resistí, pero yo era muy pequeñita y la humana no me soltó. Ella parecía querer comunicarse conmigo, no se veía molesta como el resto de los humanos que nos encontrábamos seguido, solo que no le entendía a ella.
Hablaba raro.
Cuando me bajó con ella, la humana más grande me tomó en sus manos y me observó, entonces cerró sus ojos y abrió la boca y tuve mucho miedo de que fuera a comerme.
Mamá decía que los humanos eran muy malvados y crueles.
Muchas veces llegó lastimada por culpa de ellos, decían que no entendían que nosotros también teníamos un corazón latiendo y, por lo tanto, necesidades y emociones.
A veces llorábamos de tristeza y dolor porque nos perseguían para dañarnos y yo no quería que esas humanas me lastimaran.
“¡Mamá!”, seguí gritando desesperada… “Mamita, ¿dónde estás?”
La humana acarició mi cabecita, pero yo no quería sus caricias, quería las de mamá.
“¡Mamita!”, lloré más fuerte… “¡regresa, mamita!” Y entonces, ella apareció.
“Tranquila, mi bebé” dijo y yo me retorcí del agarre de la humana, quería estar al lado de mamá.
“Dile que me suelte” pedí inquieta y desesperada.
“Ellas no te harán daño” la miré, confundida.
“Pero dijiste que los humanos son malos”
“Ellas no, me han dado comida y agua. Ahora quiero que me escuches…”
La humana empezó a caminar, alejándome de mamá y volví a llorar.
“Mamá, ¿a dónde me llevan? Diles que me suelten.”
“Cariño, te llevan a un lugar donde estarás a salvo de los humanos malvados.”
Volví a mirar a las humanas.
Eran grandes y feas, no tenían pelo ni garras, tampoco bigotes largos ni cola como nosotras, solo tenían pelo en la cabeza y caminaban solo en dos patas. Se veían muy raras.
“Mamita, seguro qué no nos comerán” ella negó con una sonrisa.
“Te van a tratar muy bien. Sabes, ellas tienen a más gatos en su refugio humano y siempre veo que los consienten mucho.”
“¿Tendré amiguitos?”
“Seguro que sí.”
Mamá caminaba detrás de las humanas y a ellas no parecía molestarles. Ellas se comunicaban entre ellas y luego llegaron a un enorme refugio al que me metieron, pero no a mamá.
Ella se quedó en la entrada y antes de gritarle que entrara al lugar conmigo, la humana más joven, me colocó algo en mi cuello y me bajó al suelo, entonces, yo corrí a con mamá.
Ella me acarició y lamió la cabecita.
“Tuve mucho miedo cuando me dejaste solita” dije llorando sin querer separarme de ella.
“Mi bebé, ahora estarás muy bien. Estás a salvo, aquí.”
“¿Entonces, tú y yo estaremos a salvo al fin?” Ella movió la cabeza y yo miré a las humanas.
Las humanas nos observaban muy atentas y la mayor fue a algún lugar, pero pronto regresó con comida y agua que puso frente a nosotras.
Mamá estaba muy contenta porque había mucha comida rica y empezó a ronronear entre las patas de la humana y ella se inclinó y la acarició. Lo mismo hizo conmigo, pero yo no ronroneé, aunque estaba muy contenta por la comida y mamá.
Cuando terminamos de comer la humana me agarró de nuevo, pero mamá se quedó ahí, mirándome con ternura.
“Entra, mamita” le dije para que no tuviera frío. Ahí adentro estaba muy calientito y seco.
“Escucha, cariño…” se acerca un poco, pero no para entrar al refugio de las humanas. “Tú te quedarás aquí con ellas.”
Señala a las humanas que no dejaban de observarnos.
“¿Por qué?”
Aún no entendía por qué no quería entrar conmigo a ese lugar, era muy amplio y había asegurado de que esas humanas eran buenas.
“No puedo estar contigo dentro de su hogar, pero me han prometido cuidar bien de ti”
“¿Me estás abandonando?”
Me dio mucho miedo de que fuera así.
Intenté bajar de las manos de la humana joven cuando escuché esas palabras y ella me bajó con cuidado. Yo volví a correr hacia mamá, pero había algo largo, pegado a mi cuello que permitía caminar, solo hasta cierto punto.
“No, mi amor. Te amo tanto que te estoy dando un hogar seguro, comida y una familia humana que te va a querer mucho”
Se acercó y me acurruqué con ella. Mamá me acarició y lamió y luego se apartó, mirando a las humanas. La mayor la volvió a acariciar y la más joven jaló de la cosa larga pegada a mi cuello y me tomó de nuevo en sus manos.
“Por favor, no me dejes. Tengo mucho miedo, mamita” Le grité al ver que la humana nos estaba alejando.
“Vendré todas las noches a verte” promete mirándome con tranquilidad, “ahora, sé buena gatita y pórtate bien”
“¡No me abandones! ¡Llévame contigo!”
Me puse a llorar más fuerte, no quería estar sin mi mamita.
Las humanas me abrigaron con un trapo calientito y me metieron a una caja de cartón, pero yo no quería estar ahí, me desenredé y salí de la caja y corrí por todo el lugar en busca de una salida. Las humanas no se molestaron por mi acción, una de ellas volvió a mostrar sus dientes y me agarró con cuidado, llevándome a otro lado de su refugio. Luego me bajó al suelo, pero no se marchó, empezó a hablar en su idioma y muchos gatos salieron de diferentes lugares.
Me quedé inmóvil, observándolos a todos, había gatos grandes y gordos, otros perezosos y también había unos un poco más grande que yo.
La humana joven se inclinó y les colocó comida. Todos corrieron, hasta los perezosos. Pasaban a mi lado y me empujaban como si no se dieran cuenta de que ahí estaba yo. Luego otra humana me llevó para que comiera con ellos, solo que ya no tenía hambre, aun así, me mantuve quieta entre el resto.
Gruñían entre ellos y comían desesperados. Uno de ellos se acercó y me olió, luego se fue. De rato, otro más grande, hizo lo mismo, pero este me gruñó y me dio un manotazo en la cabeza.
“Muévete chiquilla o te devoro” dijo y yo lo miré asustada, era muy grande y gorda.
“No le hagas caso, le gusta asustar a los nuevos” dijo una de las más pequeñas. “¿no vas a comer?” Me preguntó y yo apenas negué “entiendo, estás asustada, pero aquí estás a salvo”
“Eso me dijo mamá y me abandonó”
“No seas resentida, cariño. Créeme que fue lo mejor que pudo hacer por ti. Afuera hay mucho peligro para nosotros, perros muy malos y humanos también que les gusta dañarnos por placer. Estar aquí es como el paraíso”
Era cierto lo que decía. Seguido veíamos que otros gatos sufrían esa mala suerte.
“¿En serio les gusta vivir con los humanos?”, pregunté asombrada, ella movió la cabeza sin dudarlo.
“Ellos son muy buenos, mira cómo nos tratan”
“¿También te abandonó tu mamita?”
Ella me miró y luego a los humanos y de nuevo a mí.
“A mamá y hermanos los asesinaron una jauría de perros. Yo corrí muy rápido para que no me atraparan, estaba asustada y no paraba de llorar. Un humano me encontró y me metió adentro de una bolsa de plástico y me colocó en un cubo donde los humanos tiran su comida cuando ya no la quieren, pero la humana me escuchó llorando, yo apenas podía respirar, hacía demasiado calor dentro de la bolsa. Ella llegó antes de que me asfixiara. Yo era tan pequeña como tú y estaba muy sucia y llena de pulgas, pero las humanas me lavaron muchas veces, luego me dejaron dormir con ellas en su cama. Ahora mírame, ¿parezco infeliz?”
Me había quedado muda, mirando al resto de ellos.
“Todos tenemos nuestra historia, pero el mismo desenlace. Vivir con esas humanas fue lo mejor que pudo sucedernos.” Dice empezando a caminar “Ahora come y duerme, es algo que podrás hacer sin sentir miedo.”
La humana mayor empezó a hablar su lengua y quedé sorprendida cuando los gatos se acercaron a ella, como si los llamara, entonces me miraron todos y me puse nerviosa, no sabía por qué lo hacían, pero era obvio que confiaban en esas humanas.
“Felicidades, Perséfone” dijo la gatita amistosa.
La miré, confundida.
“Perséfone, ¿Qué es eso?”
“Tu nombre, nos ponen uno para poder llamarnos cuando nos necesitan. A mí me llaman Hera”
“¿Y esto que me han puesto?”
“Es ropa, ¿ves que ellas y también la usan? Es para cubrir sus cuerpos.” Era cierto, ellas también lo usaban “¿Te fijas que no tienen pelo como nosotros? Por eso usan ropa para cubrirse del frío”
Ya me había dado cuenta de eso. Eran feas y sin pelo.
“Quiero estar con mamá” le dije a Hera y ella movió la cabeza.
“Lo sé. También llegué pequeña y sola, pero ahora eres parte de esta familia”
Yo no quería una buena vida si no estaba con mamá, quería que ella también estuviera a salvo, conmigo.
Poco pasó para que los otros gatos se fueran a sus lugares a dormir y aunque yo me resistí a no hacerlo, el sueño me venció. Esa noche pasé sin mamá, fue la primera de muchas.
Una mañana, cuando desperté, había un gran árbol con luces y pelotas, eso parecía gustarles a todos los gatos, pasaron todo el día jugando con él. Debajo del árbol había cajas de cartón, podía olerlas, estuve oliendo casi todas hasta que las humanas volvieron a tomarme en sus brazos. Lo que traía puesto en mi cuerpo era calientito, pero muy estorboso para correr.
Por la tarde hizo mucho frío y los humanos entraban y salían de su refugio. El resto de los gatos estaban dentro de sus cajas durmiendo y yo estaba muy preocupada por mamá, no la había visto desde hace días y tenía mucho miedo de que le hubiera pasado algo o se hubiera olvidado de mí.
Hera se había vuelto mi amiga, siempre estaba conmigo explicándome el raro comportamiento humano. Como ella tenía más tiempo, ya los entendía, mejor.
“Algo sucede” dijo Hera muy atenta a las humanas “creo que algo malo, ¿ves sus rostros? Están preocupadas”
“¿Qué crees que sea?” Hera solo me miró, pero no respondió.
Estuve ahí al pendiente de ellas, de cómo se movían adentro y afuera de la casa. Hera me dijo que ellas no tenían refugios, eran residencias, sus hogares.
De rato regresaron con una caja de cartón y con otro humano acompañándolas, se perdieron en una habitación que mantuvieron con la puerta cerrada.
Por la noche, las humanas empezaron a colocarnos algo en la cabeza, era calientito y en la punta traía un cascabel. Luego, empezaron a cantar, eso dijo Hera, pero yo no veía que cantaran, eran lo más parecido a quejidos horrorosos.
“¿Por qué hacen eso?”, pregunté curiosa.
“Porque es Navidad”
“¿Y eso qué es?”
“Es una noche especial para los humanos. Ellos celebran con una cena y pasan toda la noche despiertos, cantan y bailan, así es como celebran la llegada del espíritu de la Navidad”
“¿Y qué tiene de especial?”
“La humana joven dicen que es una noche mágica porque pueden estar con sus seres queridos, aunque sea por esa noche.”
Con razón había muchos humanos en la casa, pero ninguno nos molestaba o trataba de lastimarnos. Ellos venían gracias al espíritu de la Navidad.
“¿Mamita también puede venir esta noche?”
Hera me miró muy atenta y me dio una sonrisa.
“Solo si crees en el espíritu de la Navidad”
Observé a los humanos para comprender qué hacían, pero no lo entendía. Su comportamiento siempre era extraño. Hera me dijo que cerrara mis ojitos y pensara en mamá y así lo hice. Le pedí al espíritu de la Navidad que pudiera estar con mi mamita esa noche.
Luego nos fuimos a comer carne de pavo, muy rica. Comí rápido porque quería seguir observando a los humanos. Me parecían extraños, pero algo interesantes.
Más noche, el gran reloj sonaba campanadas y los humanos se quedaron en silencio hasta cuando las campanas dejaron de sonar, luego empezaron a abrazarse como muestra de cariño y los humanos más pequeños corrieron al árbol a abrir las cajas.
Muchos gritaban, pero Hera decía que era de felicidad porque el espíritu de la Navidad les había traído los regalos que ellos habían pedido.
Entonces, sigilosa, me acerqué al árbol, yo también quería mi regalo.
Quería a mi mamita conmigo, solo que todas las cajas fueron abiertas por los humanos y ella no estaba en ninguna parte.
Empecé a llorar muy fuerte de tristeza y me alejé de los humanos.
“Perséfone...” llamó Hera, pero ni con ella quería estar.
Me escondí en una de las cajas vacías que había en un rincón, alejado de todos.
“Ahí estás” dijo la humana joven cuando me agarró y lloré más fuerte porque ahora ya entendía su idioma.
¡No quería volverme una humana!
“Te tengo un regalo.” Dice y me lleva lejos de todos, a la habitación a donde habían entrado en la tarde.
Era una habitación cálida, tenía una cama enorme en la que se sentó. Ella me abrazó y besó la cabecita, luego me alzó y colocó frente a ella. Me observó atenta y algo pasó, porque ella empezó a llorar.
Mamá decía que los humanos también sentían las mismas emociones que nosotros, pero ellos no entendían las nuestras. Así que no supe qué hacer, más que llorar también. Luego ella se limpió la cara y me llevó a un rincón donde había una caja de cartón, se sentó en el suelo y la abrió frente a mí.
“Perséfone…” dijo llorando y yo miré la en interior de la caja sin poder creer que ahí estaba mi mamita acostadita entre mantas calentitas.
La humana me bajó dentro de la caja, que era espaciosa para ambas.
“Mamita” maullé bajito y ella apenas abrió sus ojitos.
“Se pondrá bien, solo debe descansar y comer bien” dice sorbiendo su nariz.
Yo no entendía que se refería, pero lo pronto supe.
A mamá la habían atacado unos perros y la habían lastimado, pero las humanas pudieron rescatarla a tiempo y metido a su hogar para curarla.
“Ahora están juntas y esté será siempre su hogar” dijo la humana acariciando con cuidado la cabecita de mamá y luego la mía “feliz Navidad, Perséfone”
Se levantó y salió de la habitación, cerrándola de nuevo.
Yo me acurruqué a con mamá, la lamí y lloré por lo que le había sucedido, pero también agradecí al espíritu de la Navidad por dejarme estar de nuevo con ella.
Con la ayuda de las humanas, mamá sanó y se quedó conmigo. Cada año, le pediría al espíritu de la Navidad que mamita y yo siempre estuviéramos juntas.
Ahora entendía lo que era la Navidad para los humanos y lo importante que era para ellos. La Navidad era amor, estar rodeado de tus seres queridos como mi mamita y solo se necesitaba eso para ser feliz.
Ese era verdadero significado de la Navidad.
FIN.