Put me in a movie

Summary

Historia acerca de un adolescente descubriendo 'el amor' mediante relaciones con hombres mayores. Advertencia: En ningún momento, habrá una pizca de romance en alguna de las relaciones presentadas, por lo que pido que las acciones, no sean romantizadas.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

1. put me in a movie


“¿Dónde has estado?” El hombre mayor, yace sentado sobre un viejo sofá, en la completa penumbra, debido a las gruesas cortinas, que no dejan entrever ni un poco de la luz blanca de la luna.

Se congela por unos segundos, antes de formular una respuesta coherente en su cerebro. Con toda certeza, no puede decir la verdad; sin embargo, necesita inventar una buena excusa esta vez, su abuelo es viejo, pero no tonto, y tiene ligeras sospechas acerca de lo que hace últimamente después de salir de la escuela. “Abuelo, me asustaste.” Con un suspiro profundo y una mueca desinteresada, intenta desviar el tema. “¿Qué haces despierto?”

“Responde mi pregunta.” El tono de seriedad en la voz del anciano, no le causa nada. Hacía muchos años que dejó de temerle al abuelo, y en realidad, sólo desea que lo deje en paz durante el tiempo en el que consiga irse de su casa, e independizarse.

“En casa de Fushiguro.” Para su suerte, aún conserva a su único amigo, que siempre está allí para salvarlo de cualquier apuro. Después de no escuchar respuesta del hombre, se quita el abrigo verde, para colgarlo en el mueble de la entrada, y abandonar el lugar. “Me voy a mi cuarto.”


Siendo detenido al poco tiempo por el tono angustiado en la voz de Wasuke. No quiere cruzar alguna palabra más con él, no ahora, no puede, en realidad; ya lo hará mañana cuando esté descansado y con mejor humor.

“Dime la verdad.”

Gira, sólo para mostrar una expresión desentendida. “¿Qué? ¿Por qué crees que miento?”

Y también, para verlo tantear torpemente, el botón de la lámpara situada al costado del sofá, encendiendo una tenue luz amarilla, que logra iluminar lo suficiente la sala, para que ambos puedan ver las expresiones del otro. “No creas que no me he dado cuenta.” Y si bien sus palabras no son amables, su tono de voz, es doloroso, al igual que las pocas expresiones que muestra en su arrugado rostro. “No hagas algo de lo que puedas arrepentirte.”

El ceño en su frente, desaparece y no tarda en suavizar su expresión. No odia a su abuelo, jamás podría hacerlo, al contrario, lo quiere mucho y sabe que no queda mucho para que se una a sus padres fallecidos, por lo que, trata de pasar el poco tiempo que puede, juntos, de manera tranquila y feliz. “Lo lamento, abuelo, no volveré a llegar tarde.” Lo ve asentir, mientras desvía la mirada hacia el piso de madera, aún conservando esa expresión llena de angustia que, de alguna manera, logra incomodarlo. Antes de seguir con su camino hacia su habitación, da un paso hacia el frente, acercándose sólo un poco al anciano. “Te prometo que no estoy haciendo algo malo, ¿de acuerdo?”

Ambas miradas chocan por unos segundos, pero, esta vez ya no tiene miedo, ha aprendido a controlar sus emociones y expresiones, por lo que, no vacila ni un poco en sostenerla, luciendo sincero y firme. “Te creo.”

Sonríe una vez más, con la clásica expresión dulce y gentil, que posee por herencia de su padre. “Iré a dormir, descansa tu también.” No espera su respuesta, y con pasos relajados, se dirige a su habitación.

Antes de posar su mano sobre la manija, voltea a ver al anciano, quien sigue sobre el sofá, perdido entre sus pensamientos, en los que supone, él es el protagonista.


Nunca quiso preocuparlo, nunca quiso que tuviera algún conocimiento sobre sus asuntos, pero, el anciano era un entrometido, y de alguna manera, había logrado averiguar lo que hacía. Tal vez, lo había visto junto a él, o no, no lo sabía; pero, de ahora en adelante, debía ser mucho más precavido.


Dejando de lado el tema, abre la puerta y se adentra, cerrando con seguro, lo cual, últimamente es bastante frecuente. Su abuelo nunca ha irrumpido en su habitación, sin antes tocar la puerta, pero, sería realmente vergonzoso si lo viera en una embarazosa situación.

Quita la mochila de su hombro derecho, dejándola resbalar hacia el piso cubierto de un tapizón gris. No se molesta en retirarse el uniforme, no es incómodo al tratarse de una fina camisa blanca con un pantalón de tela negra, por lo que, se recuesta sobre su cama con éste.

Con una mano perezosa, retira el celular de su bolsillo trasero, con la molesta sorpresa, de que su último mensaje enviado, aún no ha sido respondido.

No iba a permitir que lo aleje de esa forma, no después de todo el tiempo que le había entregado, no así.

Puede sentir un familiar dolor en el pecho, que, se ha estado haciendo presente en los últimos meses, uno que sólo le provoca angustia y desesperación, pero que ha aprendido a sobrellevar. No va a llorar por él, dejó de hacerlo hace un tiempo, ya que no es la primera vez que intenta abandonarlo, como si fuera un juguete, que puede dejar y cambiar por otro.


Decide no dar más vueltas, y pone su mente en blanco, evadiendo los pensamientos negativos, que amenazan con empezar a formarse. Respira profundamente, exhalando por la nariz, y siente cómo sus párpados pesan más, para a los pocos segundos, hundirse en un sueño profundo.


No recuerda haber puesto la alarma, pero, aún así, despierta temprano. Apenas, manteniendo los ojos abiertos, observando los pocos rayos del sol, que se escurren por sus cortinas delgadas.

Poco a poco, dibuja una juguetona sonrisa en su rostro, curvando sus rosados labios y haciendo que sus ojos brillen. Tiene un plan en mente, y se preparará para ejecutarlo dentro de unas horas. No importa si falta ese día a la escuela, tiene a Fushiguro y a Kugisaki, está seguro que ambos adolescentes lo ayudarán con las tareas pendientes.

Se incorpora sobre el colchón, retirando las sábanas blancas que cubren su cuerpo; y se observa a sí mismo por largos segundos, conservando su sonrisa.

Ya un poco más despejado, se dirige hacia el baño y se da una ducha, para luego, colocarse una camisa que se sitúa impecable en su armario, junto a sus pantalones negros.

Toma la mochila, que aún permanece tirada desde ayer, sobre el piso, y retira la mayoría de sus libros, liberando un poco de peso extra.

Con ayuda de sus dedos, sacude y arregla sus mechones rosados, manteniendo unos cubriendo su frente. El olor que desprende su nuevo shampoo le fascina, vainilla con canela, dulce como sabe que a él le gusta.

Sale de su cuarto, y camina lentamente hacia la cocina, aún es muy temprano y no quiere levantar más sospechas en su abuelo, quién al parecer sigue en su habitación.


A pesar de que, tiene tiempo para prepararse un desayuno, prefiere tomar una pequeña caja con jugo de fresas del refrigerador, y beberla mientras, repasa cada detalle de su plan. No quiere volver a revisar su celular, porque presiente que sus mensajes aún no han sido respondidos.

No demora en vaciar el contenido del jugo, el cual es -últimamente- su única comida del día, pues ha dejado de alimentarse correctamente desde hace unas semanas.


Su tranquilidad se ve interrumpida cuando escucha los pesados pasos, venir del corredor.

“Buenos días.” La voz de su abuelo suena ronca, indicando que acaba de despertar.

Prepara su mejor sonrisa, antes de girarse a verlo. “¡Abuelo!” Su desgano, muy bien disfrazado de entusiasmo, pasa desapercibido. “Debo ir a la escuela, pero, me alegra verte despierto tan temprano.”

El hombre suelta un gruñido silencioso, que lo hace sonreír. Sabe que su abuelo odia levantarse temprano, y también, sabe que sólo lo ha hecho para vigilarlo, pero, no le toma importancia.

“Come algo, ¿sí?”

Lo mira asentir; y se levanta, tomando su mochila del suelo. Pero, antes de dar un paso, una mano grande y pesada cae sobre su hombro. “Yuuji.” Voltea, con los labios entreabiertos por la sorpresa. “Tú… estás más delgado, ¿estás comiendo?”

Mierda.

Sonríe. “Claro que sí.” Piensa que debió colocarse una chaqueta, su abuelo aún posee una excelente vista, que lo hace darse cuenta de todo a su alrededor. “Creo que me he excedido un poco con el cardio.”

“De acuerdo, pero, ya no hagas más de eso.” Suelta su hombro, para pasar detrás de él, dirigiéndose a la estufa. “No quiero un nieto debilucho.”

Ríe sonoramente. “No, abuelo, lo prometo.” Y sin voltear a mirarlo, sale del departamento.


Por su mente, cruza la idea de si en realidad está perdiendo mucho peso y en si tal vez, puede ser perjudicial para su salud, pero ahora, hay temas mucho más importantes, como para detenerse a pensar en algo como eso.


Prefiere caminar, antes que tomar el transporte público, no tiene ánimos para aguantar a personas rozando sus cuerpos con el suyo, ni enfrentarse al mal humor de los conductores; además, el departamento de Suguru no está tan lejos.

No demora en llegar al lugar, y levanta la mirada hacia el quinto piso del edificio, observando justo el ventanal del departamento del pelinegro. Toma un caramelo de limón de su bolsillo, intentando calmar los rugidos y el dolor que da su estómago. No sabe si eso es sano, pero le funciona bien.


Antes de entrar edificio, se detiene a intentar calmar el temblor en sus piernas, y limpiar el sudor en sus manos. Presiona el botón del ascensor y la puerta se abre casi automáticamente. Ingresa, con los nervios carcomiéndole las entrañas, pero, sabiendo cómo disimularlos.

Las puertas vuelven a abrirse, situándolo en el piso cinco del lugar. Sale del ascensor y da apenas unos pocos pasos, para estar frente a la puerta del departamento, que ya es familiar para sus ojos.

No lo piensa dos veces y pulsa el botón del timbre.

“¿Sí?”

Frunce los labios, su voz suena como todos los días, como si no hubiera estado ignorándolo en las últimas horas. “Soy yo, Yuuji.”

No recibe respuesta, y la puerta se abre a los pocos segundos.


Ingresa, cerrándola tras él. No tarda en ver el cuerpo del hombre salir del baño principal, con el cabello negro suelto y húmedo, con una toalla pequeña sobre sus hombros evitando mojar su espalda, y otra toalla un poco más grande alrededor de su cintura, exponiendo a la vista su trabajado cuerpo.

Es malditamente guapo y lo sabe, pero, eso nunca ha sido una distracción.

“¿Por qué no has respondido mis mensajes?” Odia sonar alterado, pero, es algo que ha estado reprimiendo por varias horas y no puede continuar haciéndolo.

Lo mira sobar sus cabellos, con la toalla blanca. “Ya te lo dije.”

“¿El qué?”

Ambos se mantienen en sus lugares, conservando una dolorosa distancia, que hace unos días, era inexistente entre ambos. “Ya no podemos seguir con esto.”

Parpadea varias veces, con esas palabras repitiéndose en su cerebro. Lo había escuchado antes, pero no creyó que fuera en serio. “No puedes, no puedes dejarme.”

La mirada de Suguru, rehúye de la suya, luciendo avergonzado. “Lo siento, Yuuji.” Sin embargo, sus pasos inseguros, intentan acercarse lentamente.

“Espera, detente.” No grita, pero suena firme, haciendo que el hombre detenga sus pasos. “¿Por qué tú tienes que ser el que termine con esto? ¿Por qué tú eres el que me está dejando? Fuiste tú quien se metió entre mis sábanas apenas cumplí los catorce años, ¿o lo has olvidado? Me hiciste creer que serías como un segundo padre para mí, el día en que mis padres murieron. Fuiste el primer hombre en mi vida, y ahora... ¿realmente crees que puedes dejarme, así como así?” Niega con la cabeza, y aunque intente evitarlo, puede sentir sus ojos empezar a humedecerse.

“Yuuji.” El dolor, no tarda en reflejarse en el rostro del mayor. “Lo sé, y lo siento. Yo nunca debí hacerte eso.”

“¿Acaso es porque ya crecí? ¿Estás buscando a otro niño del cual aprovecharte?”

Suguru niega, acercándose un poco más, temeroso. “No, no. Juro que no.” Siente los fuertes brazos rodear su cuerpo, y deja que lo abrace, recargando su rostro en el amplio pecho desnudo, respirando el aroma a jabón que desprende su piel. “Jamás buscaría a alguien más. Tú eres diferente, tú fuiste una excepción. Yo…” Se detiene unos segundos, y ya conoce las palabras. “No pude evitar enamorarme de ti. La inocencia que me transmitías y esa dulce mirada que sólo me dedicabas a mí. Todo eso fue diferente, jamás había sentido algo así por nadie.”

Las lágrimas ya se escurren por sus mejillas y manchan el pecho del adulto. “No me dejes. Suguru, por favor.” Sus sollozos son fuertes, pero no le importa. No puede continuar fingiendo una resistencia que no tiene, no en este momento. “Seré bueno, prometo que seré mejor.”

“Ven conmigo.”


No demoran en estar en la habitación blanca de Suguru.

Se ruboriza ligeramente, recordando todas las noches que han pasado en ese lugar. Siente la mirada juguetona del hombre, y desvía su rostro, pasando sus dedos por sus mejillas, limpiando algunas lágrimas secas. “¿Estás mejor?”

Y aunque no sea verdad, asiente.


Suguru también se sienta en uno de los bordes de la cama tamaño king, justo a su costado, y gira levemente para observar su rostro, el cual aun está caliente por la vergüenza. “Mírame.”

No quiere hacerlo, sabe que, si obedece, volverá a llorar, y odia lucir débil frente a él. “No.” El susurro es apenas perceptible, siendo correspondido por una suave risa.

No tarda mucho tiempo, en sentir cómo una mano toma su mentón y lo obliga a girar su rostro, encontrando sus miradas. Cierra los ojos suavemente, y esos finos labios, que conocen cada rincón de su cuerpo, se mueven sobre los suyos. Recuerda la sensación y la adora, está tan acostumbrado a sus besos, que los necesita a diario.

No dura mucho, y el hombre rompe el beso, manteniendo la cercanía de sus rostros. “Por favor, no me odies.” Susurra sobre sus labios.

Al observarlo, no puede evitar mostrar una pequeña sonrisa. “Jamás podría hacerlo.” Aunque lo deseara.


Los suaves roces de los labios de Suguru, suben por su mejilla, y luego, los besos descienden hasta llegar a su cuello, causando temblores en su cuerpo y haciéndolo soltar pequeños suspiros involuntarios.

Por más que lo intente, siempre acaba a merced de él.

“Eres tan… cálido.” Las palabras del pelinegro contra la piel suave y sensible de su cuello lo hacen estremecerse. Desea llorar nuevamente y derrumbarse sobre el colchón porque sabe que esas palabras luego se convertirán en disculpas que repetirá constantemente para intentar dejarlo.

Las manos de Suguru lo empujan contra las sábanas, y se deja llevar. Deja que use su cuerpo una vez más, porque cada vez que lo hace, se siente realizado, se siente lleno, y dichoso.


Recostado sobre la cama, se posiciona sobre su cuerpo, y su intensa mirada, lo hace sonrojar.

Suguru siempre ha tenido un poder muy fuerte sobre él, y aunque la mayoría de veces, intenta fingir que es Yuuji, quien tiene el control, nunca es así.

“Suguru.” Su voz quebradiza, sale como en un gemido, y lo odia. “Espera.” Sus labios delgados se deslizan sobre sus clavículas, mientras sus dedos expertos, abren los botones de su delgada camisa blanca, uno a uno. “¿Tú… me quieres?”

El mayor se detiene por unos segundos, para observarlo con esos fríos ojos negros, que traspasan su piel. “Lo hago, me encantas.”

Por más que lo intente, no puede volver a hablar. No con el hombre sobre él, succionando uno de sus pezones, de manera tan delicada y exquisita, que sólo le queda morder sus labios, para suprimir los vergonzosos gemidos.

Ahora, el otro es atendido, pero, dos de los gruesos dedos continúan sobreestimulando el anterior.


Los toques de Suguru siempre han sido suaves y atentos, siempre han buscado su placer anteponiéndolo ante el placer propio, y eso ha sido una de las razones por las cuales no puede evitar estar cerca del él. No puede imaginarse siendo tratado de otra manera a la hora de la intimidad.

“Quitemos esto.” Suguru lo mira directamente, con una sonrisa traviesa, y jugando con el botón de su pantalón, bajándolo por completo, junto a sus pequeños bóxers.

Por instinto, flexiona sus rodillas y abre sus muslos, dejándole todo el camino libre. Sabe que sus mejillas están sonrojadas, pues su piel, arde, y conscientemente, evita a toda costa, volverse a encontrar con su mirada.

Suguru toma su pierna izquierda, por la parte trasera de su rodilla, y empieza a dejar besos húmedos, recorriendo sus muslos gruesos, y mordiendo de a pocos, manchando la piel tierna de éstos. “Nunca obtengo suficiente de ti, ¿sabes?”

Y aunque sus labios se entreabren, no sabe cómo responder.


Después de las últimas acciones de Suguru hacia él, suena todo hermosamente falso. El deseo de llorar se mantiene, apretando su pecho, y con un nudo obstruyendo su garganta, pero no quiere, realmente no quiere volver a hacerlo. Está lo suficientemente avergonzado después de correr hacia sus brazos y pedirle que no lo abandone, pero sabe que, si retrocediera el tiempo, volvería a hacerlo.

Sin percatarse, los largos dedos viajan hacia su rostro, rozando sus labios con un toque sutil y delicado, que provoca que los abra por instinto, y que el índice y medio, caigan sobre su lengua, jugueteando con ella, por unos segundos.

Suguru retira ambos dedos, con una sonrisa discreta y, sin dejar de observarlo, tantea su entrada. Con la usual docilidad, introduce ambos dedos, hasta que sus nudillos desaparecen.

Un jadeo sonoro inunda la habitación, y rápidamente, lleva una mano a sus labios, la cual es sujetada por la mano del pelinegro.

“No te contengas, quiero oírte.”

Ahora, no sólo sus mejillas arden, sus manos, su pecho desnudo, su frente, y hasta su interior lo hace. Piensa, por un momento, en si tal vez tiene fiebre, pero, le resta importancia.

Los dedos se mueven dentro suyo, arqueándose hasta dar con ese ansiado manojo de nervios, que lo hace entreabrir sus labios, y desenfocar su mirada.

El hombre no tiene piedad esta vez, y los vuelve a sacar e introducir, golpeando de nuevo contra su próstata.

“E-está bien. Ha-hazlo.” Apenas puede hablar, y no sólo por la excitación del momento, sino, porque el nudo en su garganta, se agranda, y sabe que las lágrimas tendrán que aparecer en cualquier minuto.

Suguru retira sus dedos, y puede sentir ese vacío que odia, pero rápidamente es reemplazado por una intrusión mayor, una que lo hace apretar con fuerza los párpados, y morder su labio inferior, haciéndolo sangrar. Sus lágrimas se derraman apenas vuelve a encontrarse con la mirada del pelinegro, quien se acerca a él, juntando ambos pechos. Una de sus grandes manos se desliza por la parte trasera de su cuello, rodeándolo y juntando nuevamente sus labios, esta vez con menos bondad, introduciendo su lengua y tocando la suya, absorbiendo todo su sabor.

Sabe que no conserva alguna expresión obvia en su rostro, pero, mantiene sus labios entreabiertos, dejando al hombre explorar toda su boca, y sus largas pestañas humedecidas por las lágrimas, le impiden tener una visión clara.

Las caderas, que se pegan a la piel de sus glúteos, se deslizan hacia atrás y hacia adelante, en un vaivén lento y profundo, que, con cada estocada, toca ese punto que imposibilita reprimir sus gemidos. La lengua de Suguru deja su boca, y pasa a deslizarse por la parte baja de sus ojos, limpiando de manera obscena sus lágrimas. “Me gustas mucho, Yuuji.”

Con una sonrisa triste, mueve su frágil cuerpo, al ritmo de las embestidas del pelinegro, yendo aún más profundo.

Las penetraciones de Suguru también aumentan de rapidez, haciéndolo retorcerse bajo suyo, y los besos, se vuelven húmedos y descuidados, dejando hinchados ambos labios. Con un último fuerte golpeteo contra sus entrañas, ambos se corren. El pelinegro llenándolo, con chorros de semen caliente, y él, derramándolo sobre ambos vientres.

Suguru se retira, dejando un casto beso sobre su frente, y arrancándole un último jadeo, que lo hace sonreír. “Lindo.” Susurra, apenas audible.

Se recuesta a su lado y sus cuerpos rozan. El mayor juguetea con sus dedos hasta tomar su mano por completo, entrelazándolas y acariciando su piel, con su pulgar.

Quiere creer que esta vez será diferente. Quiere creer que el hombre no volverá a intentar dejarlo, para luego volver a escurrirse por sus sábanas. Quiere creer que esta será la única y última vez que tenga que rogar para no ser abandonado.


El cómodo silencio dura poco, pues el estruendoso timbre del celular del pelinegro, arruina el cálido clima.

“Es mi esposa. ¡Maldita sea! No debí hacerte esto.” Pasa su mano derecha por sus largos mechones azabache, llevándolos hacia atrás. “Yuuji, perdóname.”

“Está bien, yo… nunca te he pedido que la dejes.”

Lo observa meditar por un instante, antes de incorporarse y empezar a vestirse. No se molesta en hacer lo mismo, ya conoce la rutina: Suguru irá corriendo a su casa con su familia, mientras que él puede disponer de cualquier cosa del departamento. “Debo irme.” Sus palabras no dicen nada malo, pero le duelen. Esperó con algo de ingenuidad, que algo más saliera de esos labios delgados, algo que realmente lo reconfortara.

Cierra los ojos por varios segundos, y abraza la almohada, que antes tenía Suguru bajo su cabeza, percibiendo su aroma varonil nuevamente.

No sabe si porque fue el primero, no sabe si es su atractivo, o ese aroma delicioso que desprende, pero no puede atreverse a dejarlo, está dolorosamente conectado a él.


El vibrato de su teléfono, sobre el velador izquierdo de la cama, lo hace sobresaltarse y volver al presente.


From: Fushiguro.

¿Por qué no viniste hoy?

Received at 14:15 pm.


Arruga la nariz. Olvidó llamar a Fushiguro, advirtiéndole que no iría el día de hoy. Piensa claramente por unos segundos, y toma su celular con rapidez, marcando el número de su amigo.

Mientras timbra, reza porque no haya llamado al teléfono fijo de su casa. Si su abuelo se entera que faltó ese día, se armaría un problema del que no quiere ser partícipe.

“¿Hola?”

“Fushiguro, dime que no llamaste a mi casa, por favor.”

Oye sonar unas monedas, y luego decir un ‘gracias’. “Eh, no, lo siento, estoy subiendo al autobús. Nobara está conmigo y quiere golpearte, sabes que odia que la dejes sola cuando tienen educación física.”

“¿¡Llamaste o no a mi casa!?”

“¿Eh? No, no, descuida,”

Exhala, un poco más tranquilo, al menos no tendría que preocuparse por causarle un malestar al anciano. “Está bien, dile a Nobara que lo siento. Iré más tarde a tu casa, ¿sí? Necesito que me pases los apuntes.”

“Iré a casa de mis abuelos con mamá y Tsumiki, pero mi papá se quedará, le diré que te entregue los cuadernos.”

“¿Tú padre? ¿Vive aún?”

Escucha la risa irónica del pelinegro. “Se reconcilió con mamá.”

“De acuerdo, te lo agradezco, adiós.”

“Espe-”

Cuelga, no tiene ánimos para seguir hablando. Realmente no sabe como debe sentirse, pero la tristeza o felicidad no son opciones muy precisas.

Rueda sobre el colchón, es demasiado grande y se siente vacío sin Suguru a su lado.

Debe llamar a su abuelo, pero sus ganas de volver a hablar por teléfono, son nulas en ese momento.


Reuniendo todo el valor que le queda, marca el número, preparándose mentalmente.

“¿Yuuji?”

Sonríe, a pesar de que el anciano no puede verlo. “Abuelo, hola.” El entusiasmo no está presente en su voz y no puede fingirlo, aunque quiera. “Me quedaré en casa de Fushiguro a hacer un tarea pendiente, no te preocupes, almorzaré allí, cuídate.” No espera a que responda, y cuelga, sintiéndose un poco culpable.

Si bien su abuelo, no era el ser más cariñoso existente, sabía que estaba preocupado por él, y no quería hacerlo sentir mal, pero ahora necesitaba priorizar sus asuntos.

Debe tomar otro baño, su cuerpo aún conserva fluidos del pelinegro y no se presentará así frente al padre de su mejor amigo, además, el olor a sexo inunda la habitación, envolviéndolo.

Con pocas ganas de ponerse de pie, lo hace. Retira las sábanas manchadas y la toalla que anteriormente se hallaba rodeando la cintura de Suguru, y las deja en el canasto de ropa sucia.

Se adentro en el baño, excesivamente grande y de aspecto lujoso, y el frío de la cerámica roza su piel. Ingresa a la ducha, y la abre; las gruesas y abundantes gotas de agua cálida se mezclan con las pocas lágrimas que aún se escapan de sus hinchados ojos. Ni siquiera está haciendo un esfuerzo por llorar, y éstas caen solas.

No demora en limpiarse adecuadamente, y salir del lugar. No quiere permanecer en el departamento de Suguru por mucho tiempo, no sin él.

Afortunadamente, su uniforme se conserva limpio e impecable, pero su camisa no es suficiente para cubrir las marcas recientes en su cuello provocadas por los labios delgados del pelinegro. No le toma demasiada importancia, no permanecerá mucho tiempo en la casa de Fushiguro, no conoce a su padre, y la verdad, no tiene interés en tener alguna conversación aburrida y anestesiante con un señor cincuentón.


La casa de su mejor amigo no está tan cerca como quiere creer, pero quiere evitar a toda costa que alguien observe su rostro demacrado y las marcas de su cuerpo. Además, tal vez sus ojos se deshinchen un poco.


Se arrepiente de la decisión de no tomar algún vehículo, pues ahora sus pies duelen, y le es muy satisfactorio divisar la casa de Fushiguro a unos pasos.

Al estar frente a la puerta, arregla algunos mechones rosas que caen descuidadamente sobre su frente, y plancha con la palma de su mano, las pequeñas arrugas de su camisa.

Toca el timbre una sola vez, no conoce al hombre y teme que sea un viejito cascarrabias que odia las visitas.


Queda gratamente sorprendido, cuando un hombre bastante alto y de cabello oscuro y lacio que cae sobre su frente, aparece tras la puerta. Su mirada se enfoca en la cicatriz que cruza una de las esquinas de sus labios.

El hombre desliza una mano por la parte baja de su camiseta negra ajustada, elevándola y mostrando su abdomen mientras rasca su vientre.

No puede evitar enfocar su mirada en ese lugar, encontrándose con duros abdominales cincelados en una piel firme.

“Eh… ¿Fushiguro-san?” Se siente intimidado de una manera incómoda. El hombre frente a él podría cubrir su cuerpo por completo, y con una de sus manos bastaría para rodear su cuello. Se siente frágil y expuesto, pero esta vez, logra disimularlo.

El hombre asiente. “Toji, sólo Toji.” Su mirada recorre por unos segundos su cuerpo de pies a cabeza, aumentando su incomodidad. “Pasa.”

Obedece. “Soy Itadori Yuuji, amigo de Megumi.”

“Sí, dijo que vendrías.”

Asiente débilmente.

“Los cuadernos están arriba, acompáñame.” Le dirige una última mirada y camina hacia la escalera, aguardando.

Sonríe en afirmación, y se sitúa junto al hombre.

“Tú primero.”

Ríe nervioso, pero obedece. No quiere voltear porque el sólo hecho de mirar a Toji lo pone nervioso. Claro, no es la primera vez que ve a un hombre maduro atractivo, siendo el ejemplo perfecto, Suguru; pero la mirada de esos fríos ojos verdes lo intimidan hasta el punto de hacer flaquear sus piernas.

Terminan de subir y dan unos pocos pasos hasta la habitación de Fushiguro, la cual tiene la puerta entreabierta.

Toji se recarga en el marco y con la cabeza apunta hacia la cama. “Allí están.”

Sin voltear a verlo, pasa entre el marco de la puerta y el cuerpo del mayor, sintiendo su mirada en todo momento. Coloca su mochila vacía sobre las sábanas e introduce los cuadernos, uno por uno.

“Eso sería todo, muchas gracias Fushiguro-san.”

El mayor no responde, y se limita sólo a sonreírle.

Vuelve a pasar por entre el marco y el mayor, esta vez dirigiéndole una veloz mirada de despedida. Empieza a bajar las escaleras con rapidez, sintiendo los pesados pasos tras suyo.

En el penúltimo escalón, sus pies se enredan uno con otro, y en segundos, siente su cuerpo flotar. No reacciona de inmediato, al sentir un brazo rodear su pecho y salvándolo de una estrepitosa caída.

“Te tengo.”

Gira sólo un poco su rostro, para encontrarse con el rostro de Toji mirándolo con una sonrisa mostrando sus perfectos dientes, y con su pecho inconvenientemente pegado a su cuerpo.

Emite un jadeo de sorpresa en respuesta. El hombre desliza su mano hasta rodear su cintura, y lo ayuda a bajar los últimos escalones. “¿Por qué no te sientas? Pareces nervioso, traeré algo para que tomes.”

Recobra el sentido cuando siente la mano de Toji dejar su cintura. “Sí, claro.” Se dirige hacia el sofá de cuero negro de la sala, y coloca la mochila sobre sus piernas; mira de reojo a Toji, quien prepara algo que desconoce. Aunque por dentro agradece que el hombre tenga esas atenciones, no puede evitar sus nervios.


No demora en regresar junto a él, sentándose justo a su lado. Le entrega el vaso, y al acercarse ligeramente puede sentir un aroma fuerte. No hace preguntas, tampoco es la primera vez que toma alcohol; la primera vez que lo había probado había sido junto a Suguru, quiere sonreír recordando ese momento, pero no lo hace.

Toma un sorbo, y sus párpados se cierran con fuerza automáticamente por el fuerte sabor. Su garganta arde, y tiene que inhalar por la boca para liberar un poco de ese fuego que siente expandirse. Voltea su rostro, encontrándose con la sonrisa de Toji, y se avergüenza, sintiendo sus mejillas arder. “No suelo tomar seguido.”

“Ya veo.” Una de sus manos se posa sobre su espalda, haciendo pequeños círculos. “¿Mejor?”

Asiente, con una pequeña sonrisa.

Los fríos dedos dejan de acariciar su espalda, y suben lentamente hasta llegar a tocar la piel expuesta y sensible de su cuello. Da otro sorbo, sintiendo el sabor menos intenso esta vez, pero aun así muy fuerte para su gusto. El contenido del vaso aún está lleno, y la verdad, no tiene intención de vaciarlo.

“Debería irme.” Vuelve a observar el rostro de Toji, esta vez para despedirse, pero la sonrisa ya no está plasmada en su rostro. Sus orbes verdes brillan, y sus labios mantiene una línea recta perpendicular a su cicatriz. Inconscientemente entreabre sus labios, el hombre frente a él es increíblemente guapo, y ahora a pesar de que intente con todas su fuerzas, no puede despejar sus ojos de los suyos.

En sólo unos segundos, Toji se abalanza sobre sus labios, devorándolos y arrancando un gemido que es absorbido por su lengua penetrando cada espacio de su boca. El beso es profundo y apenas puede respirar. Su lengua toca tímidamente la del hombre mayor, sintiendo el sabor de sus labios, mientras que la de él se desliza con total confianza por toda su cavidad.

Posa sus manos sobre los hombros fuertes para apartarlo. Inhala por la boca y siente un ligero ardor en sus labios; a continuación, pasa dos de sus dedos por sus labios sintiéndolos hinchados y adoloridos. Toji conserva su expresión seria pero sugestiva.

Puede sentir un ligero cosquilleo formándose en su vientre. Nunca había sido besado de esa manera, Suguru siempre había sido suave con él, inclusive cuando ya habían cumplido más de un año de aquella extraña relación. Por alguna razón, le gusta, le agrada la forma en la que Toji lo había besado.

Le basta con ver los labios del hombre mayor curvarse ligeramente, para ser él, quien esta vez se lanza sobre los labios ajenos, tanteando con suavidad, e introduciendo su lengua con menor rudeza que él. Toji lo toma por la cintura, acercando sus cuerpos y permitiéndole reposar sobre sus muslos anchos.

Sentado sobre Toji, puede sentir su erección rozándole el vientre. La mano del pelinegro rápidamente viaja hacia su espalda baja, metiéndose en el pantalón de su uniforme, y apretando con fuerza sus glúteos, haciéndolo soltar jadeos durante el beso.

Se separa nuevamente, esta vez para recuperar algo de oxígeno. Él está tan excitado como lo está Toji, así que no es de suponer que no tendrán relaciones. “¿E-esto está bien?”

El hombre sonríe, mientras asiente suavemente.

No tarda mucho tiempo para que en un abrir y cerrar de ojos, esté recostado sobre el sofá, con el pecho pegado a él, y apretando las manos en puños, nervioso. Su pantalón está en algún lado de la sala, que desconoce, sólo conserva su camisa -ahora arrugada-, y sus medias negras.

Los dedos gruesos de Toji están humedecidos y lo tantean con violencia. Siente como poco a poco se deslizan por su borde, con un poco de dificultad; aunque no tardan en tocar el punto que hace que el dolor y el placer sean equitativos.

Son pocos los segundos que los dedos se mantienen abriéndolo; además, aún está dolorido por haberlo hecho con Suguru en la mañana, y teme que la penetración en este momento sea dolorosa.

Toji se recuesta sobre su cuerpo, casi cubriéndolo por completo, y puede sentir su respiración rozar la piel sensible de su cuello. El miembro del hombre ya está frotándose contra sus glúteos. “Espera, T-Toji-san, un mome-” No termina su frase, pues la dura intrusión lo deja temblando. Sus paredes se expanden y se contraen con fuerza alrededor del miembro de Toji, que, en este momento, se siente dolorosamente grande.

Sus ojos y labios están abiertos por completos, pero su voz se mantiene atorada en su garganta. “Vaya, pudiste tomarme a la primera.”

Un gemido lastimero se escapa de sus labios, y gira su rostro levemente para encontrarse con la mirada oscura del hombre. “Toji-san, espere, m-me duele.”

“Está bien, te acostumbrarás.” Sin detenerse a esperar un segundo más, su cuello es sostenido por una mano grande con gruesos dedos, y lo obliga a girar más su rostro, provocando un ligero dolor en su cuello. La lengua de Toji ingresa en su boca, mientras su miembro sale de su interior en un rápido movimiento, y vuelve a entrar, provocando que las lágrimas salten de sus ojos.

El ritmo del pelinegro es violento y continuo, sin permitirle, adaptarse a su longitud. El placer que siente no es lo suficiente comparado al dolor, pero al abrir los ojos, un poco empañados por sus lágrimas, puede ver como el entrecejo del hombre está arrugado, y sus párpados, cerrados con fuerza, demostrando que está disfrutando del acto, está disfrutando de usar cuerpo, razón por la cual, lo hace sentir una pequeña emoción en la boca del estómago.

Sus labios están hinchados, y ahora, puede gemir con total libertad, pues Toji ha dejado de follar su boca, para centrarse en bajar un poco el cuello de su camisa, y morder la piel de sus hombros, marcada anteriormente por Suguru.

No le molesta, y se mantiene resistiendo las penetraciones duras contra su piel, que supone ahora roja e irritada, por el choque violento de las caderas del mayor contra sus glúteos. Sus manos están inmovilizadas bajo su vientre, sin permitirle poder tocarse, para conseguir sus liberación.

“Puedo hacer que te corras, sin tocarte, cariño.” El hombre parece haber leído sus pensamientos; y en un acto de saña, se incorpora, apoyándose sobre sus rodillas; en esta nueva posición consigue profundizar sus penetraciones hasta que Yuuji puede sentir cómo la piel de su vientre se eleva.

No puede evitar gritar. “¡No! T-Toji-san, nghh.” La piel adulta de las caderas del hombre se aprieta con la suya, y hasta siente que la voz vuelve a abandonar su cuerpo. Los ojos vuelven a expandirse, y los dedos de sus pies, se curvan. No va a negar que siente placer, que hay algo de excitación enfermiza aún en él, pero el dolor lo perturba.

Él accedió a hacerlo, así que está bien.

Las últimas estocadas son lentas, pero tan profundas que bien habrían podido desgarrar sus entrañas. No dice nada, y espera a que el semen caliente del hombre queme su interior, mientras puede sentir cómo la humedad se esparce entre el sofá y su propio vientre.

“¿Estás bien?” El susurro del hombre no logra despertarlo del todo de ese extraño estado de estupor en el que se había sumergido.

Se gira para mirarlo, una vez más. Es estúpida y dañinamente atractivo, tanto cómo lo es Suguru, y lo lastima. Asiente, mientras las lágrimas vuelven a hacer presencia, pero esta vez acompañadas de una sonrisa. Recibe una de vuelta, mientras aprieta los párpados, al sentirlo abandonar su interior.

Toji se coloca sus prendas, y se pone de pie. “Iré a traer algo para limpiarte.”

“Está bien.” Lo ve irse por un pasadizo y perderse en el baño.

Sin pensarlo dos veces, recoge su pantalón que aún permanece tirado en el suelo, se lo pone sin pensar realmente en cuan húmedo está y en cómo puede ensuciar la prenda, pero no le importa, lo único que desea es salir del lugar.

Al dar un paso, puede sentir punzadas en su espalda baja, lo más seguro es que sus caderas estén destrozadas, pero le resta importancia y continúa con su camino.

La mochila sobre sus hombros, ahora es pesada, y hace más intenso el dolor de su cuerpo. Dando un último vistazo hacia el interior del lugar, y asegurándose de que Toji aún no regresa, abre la puerta, haciendo el menor ruido posible, y sale, cerrándola de inmediato.

Quiere correr, pero sabe que sus piernas, ligeramente temblorosas, no serán de mucha ayuda. Dobla varias calles, intentando perderse y estar lo más lejos posible de la casa del hombre.

No entiende porque se siente tan mal, si fue él quien accedió. Toji en ningún momento lo forzó a nada, él fue quien decidió continuar con el beso, y estaba bien, porque Toji lo había disfrutado, porque pudo ver el placer plasmado en su rostro mientras lo penetraba.


Pasa sus dedos con delicadeza, por sus mejillas, y se sorprender al sentir la humedad.

Su rostro se arruga en un gesto de dolor mientras camina, y no puede controlarlo. Muerde su labio con fuerza, y continúa con sus pasos. Algunas personas lo miran con el ceño fruncido al verlo llorar, pero no hay nada que pueda hacer para evitarlo.

Dobla en una pequeña calle vacía, y limpia las gotas saladas con dureza. Su entrecejo se frunce al no entender el enojo y miedo que siente, aunque la sensación de soledad sí es bastante familiar.

Ya un poco más tranquilo, sale del estrecho lugar, y continúa con su camino, aunque no tenga un rumbo preciso.

En una esquina divisa una tienda ubicada junto a una gasolinera. Se arrepiente de no haber bebido todo el alcohol que le había ofrecido Toji, porque tal vez, ahora no se sentiría tan triste.

Mentiría sino dijera que la primera vez que lo probó junto a Suguru, no se sintió bien. Aquello había sido una experiencia exquisita; ambos se habían puesto mucho más felices de lo habitual, y parecía que la fogosidad y erotismo habían crecido en una proporción mucho mayor.


Decide entrar a la tienda, no perdería nada intentándolo. Se relaja un poco al notar que la persona en caja es un joven rubio, al menos, no se sentiría demasiado avergonzado si el que lo descubriera fuera un mayor.

Recorre las repisas hasta llegar a la parte de bebidas, toma una botella de vodka, la primera que llega a tocar sus dedos, no sabe de marcas así que no le importa realmente; y la introduce en su mochila con completa discreción. Luego toma una lata de gaseosa, y unas galletas aleatorias, para proceder a llevarlas a caja.

Le sonríe al chico rubio en un intento de pasar desapercibido y al parecer lo consigue, pues recibe la misma expresión del joven. Paga por ambas cosas, y sale del lugar.

Sonríe irónicamente, al menos, ya sabría a dónde ir si necesitaba volver a comprar alcohol. Va hacia unos baños, situados al costado de la tienda de conveniencia, y abre la lata, para vaciar con rapidez el contenido, suplantándolo por el licor.

Sale del lugar, y se dirige hacia un parque conocido, y al cual antes iba a correr por las mañanas. El cielo ya conserva tonos naranjas que contrastan con unos azules y lilas oscuros, anunciando el comienzo del temprano anochecer.

Al estar a unas cuadras, y ya habiendo dado unos grandes sorbos a la bebida, puede sentir como casi choca con una persona frente a él.

Un tipo demasiado alto y con el cabello completamente blanco, se detiene antes de que sus cuerpos se golpeen. No puede observar su expresión, pues lleva unos lentes oscuros cubriendo sus ojos.

“Lo siento.” Susurra, antes de dar un paso al costado y continuar con su camino hacia el parque.

No voltea a verlo, así que supone que ya se habría ido.


Sin querer realmente, Suguru aparece en sus pensamientos. Lo más certero, es que aún estuviera con su esposa, en su hogar, sin siquiera pensar en su bienestar por ningún segundo.

Da otro sorbo más, sintiendo esa entrañable sensación de adormecimiento apoderarse de su cuerpo. Para su buena suerte, ya está en el parque, por lo que, busca un asiento apartado del resto de la poca gente que se encuentra presente.


Al tomar asiento, puede sentir su vista fallar levemente pero no le toma importancia, supone que es algo obvio debido al fuerte grado de alcohol de la bebida.



¿Qué pensaría si se enterara que acababa de acostarse con otro hombre? Aunque, ¿debería importarle? Él continuaba con su esposa desde el inicio de su relación, y aunque nunca le había recriminado, era claro, que aquello no era grato.


Perdido entre sus pensamientos, no percibe la penetrante mirada de unos ojos azules que lo observan desde una banqueta muy cercana. Una mirada que ha estado sobre él desde el momento en el que sus cuerpos estuvieron muy cerca de rozarse. Una que se ha mantenido examinándolo a detalle, y con el propósito de acercarse.