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Es reconfortante de alguna forma.
El saber que después de un arduo día hay alguien esperándote con cariño. Una gran y desgastada taza con caliente té junto a algunas galletitas rellenas de mermelada, una buena serie en la tele para maratonear todo el fin de semana junto a Alex. Saber que hay una cama ordenada y comoda, y su pijama doblado para bañarse y dormir rápidamente. O encontrar la casa desordenada y la cama deshecha, el sillón lleno de bolsas del super y una montaña de platos sucios por lavar.
De todas formas, no deseaba por algo más. Su casa podía limpiarse, o desordenarse. Pero su verdadero hogar estaba en Alex.
Alexander, tan risueño pero tan callado.
Alex lo obligaría a sentarse a su lado en el sillón y le hablaría sobre una película francesa de los 50 que lo dejó fascinado. Contaría con detalles como la música acompañaba las expresiones de los personajes, o como la forma de vestir de la protagonista estaba relacionada a sus estados de ánimo. O como el paisaje era simplemente hermoso e insoportable a la vista. Como los árboles se abrazaban en el calor del sol y como incluso la fruta se veía deliciosa. Hablaría de como el inglés ha evolucionado y lo mucho que le gustaría hablar así, y no con su acento. Le tomaría las manos mientras sus ojos brillantes de conocimiento le parecieran hablar a la misma vez que su boca lo hacía.
Después de un rato hablando se pararía abruptamente y buscaría un vinilo entre su colección y diría ¡era muy parecida a esta!, y Miles solo podía reír porque francamente, no estaba escuchando.
Y escucharían el vinilo completo juntos, lado A y lado B. Sentados en el sillón mientras Miles escuchaba como Alex se desenvolvía como un dulce en las manos de un niño. Era bastante simpático ver como sus patas de gallo aparecían de vez en cuando, como sus mejillas caían sutilmente y sus cejas se fruncian cuando intentaba recordar algo.
Crecer junto a Alex.
Verlo a los 19 y después a los 38... como si el tiempo realmente no existiera porque la última vez que había revisado, Alex no tenía esas hermosas ojeras que decoraban su cara, o sus pequeñas arrugas que recién anunciaban su llegada. Y como de repente sin aviso, dejó de tener gallitos al hablar y ahora en cambio medía con cuidado cada palabra que salía de su boca.
Pero, Alex seguía siendo Alex.
Sus ojos siguen siendo igual de intrigantes y curiosos, seguía sonriendo de la misma forma, sus manos seguían tocando los mismos acordes. Sigue usando algunas poleras que antes portababcon orgullo y ahora quedaban como pijama, sigue diciendo su nombre de la misma forma. Y su pelo sigue igual de rebelde.
Solo que ahora los adorable rizos en su cabello danzaban libremente. Antes solía planchar su pelo hasta dejarlo tan dañado que desde lejos se podía ver. Todo para tener el pelo de Julian Casablancas.
Su pelo nunca se había visto tan bien. Tan suave al tacto que con tan solo recordar sentía los sedosos rizos en sus dedos.
Alex que leía el diccionario antes de dormir para poder escribir mejores letras, con la lamparita de noche prendida en la letra C. Alex que ahora lee sobre química y libros de autores que nunca nadie ha mencionado antes, pero que de alguna forma han parado en sus manos. Manos callosas de tanto tocar guitarra por años.
A veces Miles se preguntaba si Alex era un producto de su mente, una elaborada mentira. Era demasiado bueno para ser verdad, honestamente.
Su mente es tan interesante, debe tener una biblioteca entera en su cerebro, y siendo honesto, no se negaría a escuchar cada palabra recitada con tal que sea esa voz aterciopelada y dulce a la que estaba tan aconstumbrado.
No le gustaban todos los tipos de vinos, a pesar de que Miles realmente no veía una gran diferencia.
Sabía reconocer la pasta de los diferentes restaurantes con los ojos cerrados. Cuando le gustaba solía gemir y hablar con la boca llena. Si no, sonreía y decía Oh... Gracias Miles.
Era demasiado.
Para procesar, de verdad.
Para Alex no significaba nada concretamente el cumplir años. Él solo los cumplía y seguía con su vida. Nunca entendía porque la gente hacía un alboroto tan grande por eso, no entendía el celebrarlo con un pastel cuando no era nada más que un día corriente donde justamente cumplía más años.
Miles siempre celebraba cada año como si fuera su último.
Pero aún así, Alex llegaría con un vino blanco y algunas pocas uvas, y una cajita con algún presente. Nunca era demasiado, a veces solo era un chocolate. Pero nada importaba más que el pensamiento que él había puesto en ello.
Alex veía documentales de animales incluso si no le importaba. Veía los tutoriales de cocina del noticiero aunque bien sabía que él podía quemar la cocina. Veía como las personas hacían pasteles gigantes con facilidad en Cake Boss y se preguntaba todas las veces si era necesario un pastel tan grande. Se sentaba tardes enteras viendo el imperio egipcio y sus momias. Tomaría una taza de té mientras veía la tabla periódica por horas.
Así era Alex.
Así es Alex.
Siempre ha sido agradable verlo en las mañanas cuando lee un libro a la luz de él sol poniente. Se veía etéreo, un sueño. Quizás era una opción muy parcial dado el hecho de que literalmente era su esposo. Pero, era así, tan fácil como respirar. El amarlo era como aferrarse a la vida de alguna forma. Nada realmente se comparaba con la calidez en su pecho al verlo por primera vez en todo el día. Nada, nada nunca se compararía a la sensación de puro amor que anonadaba sus demás sentidos.
Le gustaba estar vivo.
Estar vivo significa muchas cosas para Miles, poder ver a sus padres, poder hablar con sus amigos, comer y beber cosas deleitosas. O algo mucho más simple como sentir el césped húmedo colarse entre sus dedos, el efecto de la arena caliente y fina entre sus yemas, la fuerte y rebeldía brisa golpeando sus pómulos. Pero por sobre todo le gustaba estar vivo para ver a Alex.
Y nada era más perfecto que ver al amor de su vida celebrando su cumpleaños con sus amigos y sus padres, sonriendo frente al pastel y la imagen de su cara iluminada por la flamas de las ceras era algo que no tenía valor.