Feliz luto

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Se enreda entre mi denticulación.

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Feliz luto

—«Papá nos llevará al funeral de su mejor amigo»—. Pienso y termino de atarme los zapatos sentado en mi cama.

—Naim, nos vamos en cinco minutos.

Mamá me hace saber desde el primer piso, concisa. Quiero responderle, pero cuando salgo de mi habitación, me detengo frente a mi espejo. Noto que mi cabello se ve un poco desordenado, así que procedo a arreglarlo.

—«He oído a papá hablar de él, mencionando solo cosas buenas»—. El peine rasca cada hilo de mi cabeza. Luego, compruebo si mis gafas están sucias. Están perfectas. Ni una sola partícula de polvo sobre ellos. —«No sé por qué ya no eran amigos, pero papá parece angustiado. Ayer lloró mucho después de recibir una llamada después del almuerzo»—. Bajo las escaleras, sujetando con extrema precaución el asidero de la escalera. —«Mamá me llevó dentro de mi habitación, pero salí a escondidas y presté mucha atención a cada detalle».

Mamá mira hacia afuera desde la ventana de la cocina.

—Ha estado lloviendo todo este mes por las tardes. ¿Crees que es buena idea conducir así al volver a casa?

Papá simplemente toma las llaves, haciendo oídos sordos a mamá. Parece frustrada, así que intentaré no molestarla, por si acaso. Por las mañanas se muestra irritable, sin esfuerzo. Camino hacia el auto, me subo y abrocho el cinturón de seguridad.

En el camino, recuerdo su conversación. Papá acaba de mencionar que el Sr. Alvar y él solían ser cercanos y que murió de un disparo en el cuello.

Una vez que llegamos, mamá se puso su sombrero y bajó del vehículo, mirando su reflejo en el espejo lateral del auto para ajustarse el collar de rubíes. Aquí casi no hay personas, así que papá reconoce sin dificultad a una mujer y camina hacia ella. Mamá y yo lo alcanzamos y saludamos a una mujer que lleva un sorprendente vestido largo negro y guantes rojos.

—Qué bueno verte, Ylva—. Papá presenta a mamá y luego mamá me presenta a mí. Ella le dice a la mujer que soy un poco callado y me pongo ansioso cuando estoy con gente que no conozco. La mujer se ríe suavemente, amablemente... acaricia mi cuello y dice soy diminuto: una versión diminuta de papá. He oído gente decir que papá se ve delicioso. De hecho, el miércoles pasado estábamos caminando por la calle y una mujer que parecía tener veintidós años que pasó al lado murmuró algo con la palabra “suculento”. Mi tensión se hace notoria, entonces mamá se da cuenta de mi ansiedad y me agarra por los codos.

—Puedes ir a jugar, si quieres.

Ya he estado en esta iglesia alta de pintura caída y necesito orinar, así que voy en dirección al baño como si fuera mi casa. No me gusta el lavabo de aquí porque está situado detrás del edificio. Cada vez que giro a la izquierda, siempre veo el cementerio de la iglesia en la dirección opuesta. Odio las lúgubres y oscuras lápidas sobre vacíos ataúdes enterrados que me recuerdan que tarde o temprano estaré muerto. Probablemente temprano. Además, el clima nublado no ayuda a mi inconformismo con el lugar. De repente, el olor de la marca de cigarrillos favorita de mamá me llama la atención al mismo tiempo que encuentro a dos hombres hablando junto a la puerta del baño.

Paso, uno de ellos me mira a los ojos y entro al baño. Parece que no les importa mi presencia en lo absoluto y continúan con su conversación.

—Entonces su muerte lo volvió loco... Jesús. Hombre, eso es brutal...

Mientras me lavo las manos por segunda vez, también mencionan que el señor Alvar dejó de contestar llamadas durante casi tres semanas y luego se suicidó con una escopeta que adquirió en el mercado negro. Inhalo con energía ante la sorpresa:

—«La calidad de la consistencia disminuye»—. Miro hacia arriba y la luz roja de la ventana de mosaico se refleja en mis gafas. Una vez que me calmo, salgo del baño. Uno de los hombres me mira demasiado mientras camino a lo lejos y veo una rápida luz blanca proyectar mi sombra sobre el suelo. “Buenas piernas” entiendo de sus murmullos.

Veo a mamá sentada en un banco con la señora Ylva, así que decido acercarme lo más posible a ellas por detrás para escuchar lo que les cuenta una anciana.

—Pero la peor parte le va a su hija—. Dice mientras se ajusta su suave bufanda de piel de animal.

—Me imagino, señora Lunde. Perder a ambos padres tan rápido…

Responde mamá, pero la señora Lunde la interrumpe bruscamente y, con un tono de corrección, añade:

—Sí, eso también, pero Alvar era un lunático por la forma en que la trató después de que esa perra murió.

Me sorprende el lenguaje fuerte, pero tengo curiosidad por el chisme. La anciana explica que, cuando obtuvo la custodia, su nieta confesó a la policía que él la obligaba bruscamente a cocinar. Su narración es tan específica que incluso me siento como si estuviera allí, dentro de la cocina, escuchando los platos, utensilios metálicos y vasos golpeándose en el escurridor.

—¡No, no, no! —Golpea el fregadero— ¡Otra vez, más delgado!

Intenta cortar una verdura, pero los trozos resultan demasiado gruesos. Cuando logra cortarlo como se le pidió, el alto y delgado hombre se enoja y abofetea a la niña.

—Esto no es perfecto, ¡tienes que ser perfecta!

El Sr. Alvar le dijo a la señora Lunde que querían enseñarle a su hija a cocinar cuando tuviera edad suficiente. La señora Lunde concluye que él quería que su hija cocinara tan bien como su difunta esposa porque ambos tenían un pequeño y conocido restaurante, y que tal vez por eso se obsesionó. Después de unas pocas palabras más, la señora Ylva menciona que el señor Alvar se suicidó disparándose en el cuello, a lo que la anciana responde:

—¡Qué egoísta! Suicidarse así sin más, como si de robarle un hueso del hocico a un perro se tratase.

Inconscientemente, me acerco y mamá me nota, pero no dice nada. Ella odia que yo sea un experto en escabullirme. Supongo que mi más inteligente curso de acción es irme para evitar enfurecerla.

Veo una colilla de cigarrillo al lado de un auto de dos metros, y la piso con la punta del zapato como me enseñó papá. Como consecuencia, detecto a dos hombres recostados en la parte delantera del vehículo diciendo que encontraron un espécimen atractivo y sabroso, a lo que procede a mostrarle a su amigo algo en su teléfono. No soy capaz de distinguir la imagen, pero mi curiosidad es sabia, así que me agacho y gano algo de distancia hasta estar lo suficientemente lejos.

Me encuentro con mi padre que está de pie fumando bajo un árbol con uno de sus mejores amigos y me paro junto a él. Papá dice que la esposa del señor Alvar fue la causa de que se distanciaran porque pensó que mi padre podía influir en él para que fumara y bebiera, y que eso podía freírle el cerebro. Papá tiene una maestría en arquitectura, pero eso no la hizo cambiar de opinión. Entonces, ella siguió alejando a sus amigos.

—¿Cómo te sentiste cuando te dijeron que su esposa le metió una bala en la cabeza a su recién nacido? —Pregunta el amigo de mi padre, a lo que él le contesta:

—Insatisfecho porque se mató justo después.

El amigo de papá lo ayuda a volver a encender su cigarrillo y cada quien inhala del suyo. La conversación continúa hasta que el otro hombre se refiere a la comida después del funeral que la familia del Sr. Alvar ofrece para mañana. Papá dice que sería una falta de respeto rechazar ser parte del duelo con los familiares de su mejor amigo. Mi emoción llama la atención de mi padre, y él sonríe.

—Naim, entra en la iglesia y reza por el ataúd —. Me da palmaditas en la espalda y obedezco.

Cuando entro en el edificio, hago fila como el último, detrás de un anciano que huele a jabón viejo y a ropa vieja. Este pueblo es muy fiel a sus tradiciones noruegas. Por esa razón, solo una persona a la vez puede orar por el ataúd. No son muchos, pero los llantos de los familiares del señor Alvar se extienden por cada rincón del interior de la iglesia. La fila avanza y llega el turno del anciano. Me quedo quieto, miro los mosaicos anaranjados y me distraigo pensando en la situación del señor Alvar. No puedo creer todo el estrés bajo el que estaba. Eso no era bueno para su salud ni para sus músculos.

—Gracias Dios por mantenerlo prácticamente intacto—. Escucho al anciano terminar de orar y luego abandona el lugar.

Ahora junto mis manos porque es mi turno de acercarme al ataúd, ver el cuerpo y expresar mi agradecimiento.

—Aun faltando la mejor parte, Dios, gracias por la comida —Me agacho y sigo orando. —Me encanta saber dónde ha estado mi próxima comida.