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JUNGKOOK
H A C E U N A Ñ O
Escucho mi teléfono sonar por centésima vez y presiono el botón del volumen al costado para silenciarlo. Dejando que la llamada de mi novia vaya al correo de voz, espero la notificación que me dice que escuche el mensaje. Me quedo quieto en la puerta, anticipando la habitual cadena de mensajes de texto de Rose, preguntándome por qué estoy evitándola, deteniendo cualquier movimiento adicional.
Ping. Ping. Ping.
Como un reloj, mi pantalla se llena con su inquisición.
Rose: No puedo creer que no me estés respondiendo.
Rose: No he hablado contigo en dos días.
Rose: Dijiste que volverías en dos semanas, han pasado cuatro.
Me muerdo la lengua con frustración, furioso y sorprendido por su audacia. ¿Habla jodidamente en serio?
Mis dedos corren sobre la pantalla con ira escribiendo mi respuesta.
Yo: En caso que hayas olvidado la razón por la que estoy aquí, Rose, déjame recordártela. Hyunjin, mi hermano, está muerto.
Jesús, mi jodido hermano, Rose.
Sacudiendo la cabeza, apago el teléfono y lo vuelvo a meter en el bolsillo de mis vaqueros. No tengo energía para lidiar con el desastre en el que Rose y yo estamos ahora. No siempre fuimos así, peleando todo el tiempo, pero entre más enfermo se puso mi hermano, más difícil se volvió tratar conmigo. Ahora solo somos una ruina. Ella quiere más de lo que yo puedo dar, y yo, por una vez, solo quiero que lo que tenemos sea suficiente. Combinen todo eso con dolor, culpa y tristeza, y es inevitable que ahora estemos esforzándonos para que funcione.
Irme esta noche y hacer el viaje de diez horas de regreso a Seúl, es lo último que quiero hacer, pero por mucho que no quiera volver y enfrentar la realidad con Rose, tampoco puedo quedarme aquí por más tiempo.
Cuando se trata de duras verdades, el desastre de mi vida en Seúl es una mejor opción que la que queda aquí. Mi familia ahora no es más que extraños caminando en una casa que nunca tendrá el mismo calor y consuelo que alguna vez tuvo.
Está vacía y fría, como la vida sin Hyunjin.
Sabiendo que necesito seguir moviéndome, sigo empujando las últimas ropas y pertenencias en mi bolso. También me las arreglo para deslizar cuidadosamente dentro una carta que mi hermano me dejó; una que no creo que abra, pero que me llevaré igual.
Cierro la bolsa, enrollo mis dedos alrededor de las asas y la tiro sobre mi hombro, antes de dirigirme a la habitación de mi hermana para despedirme.
Un golpe rápido y sin respuesta no es suficiente para disuadirme de entrar, sabiendo que no hay manera de que pueda irme sin decir adiós. Mis ojos se lanzan al bulto de extremidades en la cama y no me sorprende ver a Jessi y a mi sobrina, Lia, acurrucadas entre sí, durmiendo profundamente.
Arrodillándome junto a ellas, quito el cabello dorado de Lia de su cara y beso su frente. El simple movimiento es suficiente para despertar a mi hermana, encontrando sus ojos abiertos cuando vuelvo la vista.
—¿Te vas? —susurra.
Dándole un rápido asentimiento, avanzo y le ofrezco la misma despedida tierna a mi hermana.
—Promete enviarme un mensaje de texto cuando llegues a Seúl.
—Lo haré. ¿Cuándo te vas a casa?
—Probablemente mañana. Veré lo que Hayden quiere hacer cuando hable con él.
Lia comienza a moverse, y Jessi y yo nos quedamos mirando, deseando que siga dormida. Me inclino de nuevo y coloco mis labios en la parte superior de su manita.
—Te llamaré. Te quiero. —Te quiero, Jungkook.
Besando a mi sobrina por última vez, me pongo de pie, le sonrío a mi hermana y salgo en silencio.
De pie en el pasillo, mis ojos se demoran en la única otra habitación cerrada y mi cuerpo no puede evitar gravitar hacia ella. Inhalando, coloco mi mano en la fría perilla de metal y la giro.
Las bisagras crujen cuando abro lentamente la puerta, casi sirviendo como una advertencia. Recordándome que han pasado algunas semanas desde que hubo vida en esta habitación.
El aire es espeso y húmedo, la obsesión de mi madre con el popurrí no hace nada para evitar el olor rancio a enfermedad y muerte.
Las cortinas grises transparentes están cerradas, atenuando el brillo tenue de la puesta de sol, pero aun así proporcionan suficiente luz para ver todas las superficies intactas a través de la habitación. Mis ojos se detienen sobre la infancia de mi hermano. Carteles. Libros. Dibujos.
Me duele el pecho por el recordatorio agridulce del adolescente que era y el hombre que ya no vive. Es como estar atrapado en una distorsión del tiempo. Un acceso a lo que era su vida. Lo que podría haber sido y lo que nunca será.
Camino por la habitación, deslizando mis dedos por la gruesa capa de polvo que cubre todo. Aquí solo queda un fantasma, sin embargo la cama deshecha, con sus sábanas arrugadas y una leve huella corporal me hace desear que eso fuera cualquier cosa menos la verdad. Es casi una burla, una falsa esperanza de que la vida podría volver a la habitación en cualquier momento.
Mi mirada cae sobre una caja de madera que se encuentra en medio de su escritorio. Es brillante y pulida, como un faro de luz; completamente fuera de lugar en esta habitación.
—Jungkook. —Me giro para encontrar a mi madre parada en la puerta. Su voz es apagada mientras está parada allí sin vida. No se parece en nada a la mujer con la que crecí, y no creo que vuelva a serlo nunca más.
Desde que regresé a casa, no sé qué es peor, tener que observar morir a Hyunjin, o saber que se llevó todo lo bueno con él. Que él no es lo único en esta casa que está muerto, que nunca podrá ser igual.
—¿Qué es esto? —pregunto, caminando hacia ella. Mi palma descansa en la parte superior de la caja, indescifrablemente atraído hacia ello.
—Es para Jimin.
Mi cuerpo retrocede ante la mención del novio de mi hermano. Aparto la mano a toda prisa, no queriendo tener nada que ver con él o la caja.
—¿Puedes llevársela? —Se apoya en la jamba de la puerta exhausta, como si fuera demasiado difícil incluso sostenerse en pie—. Hyunjin me dijo que se la diera después del funeral, pero no puedo obligarme a hacerlo.
Se me forma un nudo en la garganta, y una horrible sensación de celos comienza a desenrollarse en mi estómago. Es irracional, pero muy familiar. Tiene sentido que Hyunjin dejara algo para él también. Han sido inseparables desde el día que nos mudamos aquí. Jimin vivía al lado con sus padres adoptivos, y él y mi hermano se cayeron bien enseguida; su relación creció y cambió a medida que pasaron los años.
Aunque yo era dos años mayor que ellos, tenía mis propios amigos, y una relación cercana con mi hermana mayor Jessi; siempre tuve envidia de lo que ellos tenían. La confianza, la cercanía, la total seguridad de que esta persona te entendía y te apoyaba sin importar qué.
Incluso con mi propia familia, nunca he tenido eso.
—¿Crees que puedes dejarla en su casa antes de regresar a Seúl? — reitera.
No quiero nada más que decir que no, pero ahora no es el momento para discutir. Especialmente cuando no hay una razón lógica o una excusa plausible de por qué no puedo. En cambio, le doy un suave asentimiento, levanto la caja y la pongo debajo de mi brazo.
—Necesitarás esto. —Mete la mano en el bolsillo de su chaqueta de punto y saca una llave.
—¿Qué es eso?
—Probablemente no te va a dejar entrar.
—Mamá. —Sacudo la cabeza y camino hacia ella, y el arrepentimiento ya me inunda—. No puedo entrar allí sin que él me deje.
—Solo compruébalo, ¿de acuerdo? —Presiona la llave en mi pecho, sin darme otra opción que tomarla—. Por Hyunjin.
Sabiendo que no puedo decir que no a eso, tomo el metal de su agarre y lo deslizo en mi propio bolsillo.
—¿Sabes dónde está papá? Quiero despedirme antes de irme. —Está sentado en el patio. No te lo perderás.
—¿Te encuentras conmigo ahí? —pregunto—. Voy a dejar estas cosas en la camioneta primero.
Levanta una mano hacia mi cara y me mira con nostalgia.
—¿Tienes algo más abrigado para usar? Hace muchísimo frío allá afuera.
Apoyándome en su toque, me deleito en su afecto, deseando poder quedarnos en este momento. Madre e hijo. Una fracción de segundo donde el resto del mundo no existe y no somos una familia en duelo.
—Mi abrigo está junto a la puerta —respondo—. Y la calefacción de mi camioneta funciona bien.
Saliendo de su espacio, troto por las escaleras. Con la caja debajo de mi brazo, uso mi mano libre para agarrar las llaves de la encimera de la cocina y voy directo al exterior.
Una vez que mi bolso, la caja y la comida para una semana que mi madre está tratando de adosarme, está todo guardado de forma segura en mi asiento trasero, camino de regreso a donde tanto mamá como papá están parados.
Parece que mi padre ha envejecido un millón de años. Es un hombre enorme, Hyunjin y yo siempre hemos sido versiones en miniatura de él. Pero tan grande como es su contextura, todavía no resta valor a la desolación y el agotamiento en su cara.
Su cabello castaño ceniza está salpicado de una nueva ola de grises que nunca existió antes de que Hyunjin muriera. Sus mejillas se ahuecan mientras toma una larga y profunda calada de su cigarrillo. Sin su razón para dejar de fumar ya cerca, ha retomado el hábito con ganas. Casi como si estuviera intentando matarse a propósito.
Lanzando la colilla hacia la acera, mete las manos en la chamarra y exhala un gran aliento. El humo se mezcla con el aire gélido que lo rodea mientras baja lentamente las escaleras.
—Ten cuidado en el camino, ¿de acuerdo?
Se me forma un nudo en la garganta y me lo trago. Nunca me he sentido más perdido que en este momento. Es tan obvio que Hyunjin era nuestro talismán, el centro de nuestra familia, el pegamento que nos mantenía unidos a pesar de lo diferentes que somos todos.
Cuando papá está lo suficientemente cerca, me tira en sus brazos y me abraza con todo lo que tiene. Incluso entonces, hay poca fuerza detrás, y el abrazo es un reflejo de la debilidad que todos sentimos. Mis ojos se llenan de lágrimas porque una cosa es saber que tus padres te aman, pero otra es saber que aun así, nunca serás suficiente.
Mi madre se une, sus brazos cortos se extienden a nuestro alrededor. Su toque es una capa añadida a la angustia. Estamos tan rotos, tan perdidos. Inseguros del futuro e incapaces de dejar ir el pasado.
Siento temblar el cuerpo de mamá ante el sollozo que la acompaña y que me he acostumbrado a escuchar.
—Te amamos, Jungkook —dice papá, con voz ronca y estrangulada—. Te amamos mucho.
Espero a que me suelten, y me apresuro a limpiarme los ojos, no quiero romperme delante de ellos, o en absoluto. No soy ese tipo de persona, y cuando tus padres están aferrados a un solo hilo, no quieres ser la razón por la que se deshilachen.
Mi dolor no tiene prioridad aquí. Yo mismo seré el muro de piedra que todos esperan que sea mientras nos separamos torpemente. No me dejo afligirme en la amplia brecha emocional entre nosotros, y no espero las palabras de consuelo que nunca vendrán.
Así es como será la vida en el futuro, y bien podría comenzar a acostumbrarme a ello. Me alejé para convertirme en mi propio hombre, y ser mi propia persona. Egoístamente, quería destacar y alejarme de todo aquello con lo que crecí y de la peor manera posible, mi deseo se hizo realidad.
Con una sonrisa suave y triste, me alejo de mis padres y regreso a mi camioneta; regreso a mi vida lejos de todo esto.
Solo soy yo ahora. Solo. Completamente solo.
La casa está oscura y fría, los últimos restos del sol caen sobre la entrada de coches. No hay calefacción encendida, ni hay luces. Si no lo supiera ya, diría que no hay nadie en casa.
Cuando mi madre me envió aquí con la llave de repuesto, no anticipé que tendría que usarla. Pero después del cuarto timbre sin respuesta, he sucumbido a la idea de que Jimin no quiere que nadie entre.
Yendo en contra de cada voz en mi cabeza que me dice que deje la caja en la mesa del comedor, la comida en la nevera y comience mi viaje a casa, silenciosamente camino por la edificación de tamaño moderado, buscándolo.
Cuanto más entro en la casa vacía, la necesidad de verlo y comprobarlo, por Hyunjin, es abrumadora. Casi como si estuviera en deuda con mi hermano por todas las formas en las que le fallé cuando estaba vivo, que tal vez, solo tal vez, en la muerte podría hacer las paces con él.
Encuentro el dormitorio principal y contemplo si tocar o simplemente entrar. Los nervios causan estragos en mi cuerpo, mientras empujo más allá de la necesidad de darme la vuelta e irme a casa.
Golpeo mis nudillos en la puerta para anunciar mi presencia antes de entrar. No estoy seguro de lo que esperaba, pero un Jimin inmóvil seguro que no.
Una pequeña lámpara de noche arroja la luz suficiente para que yo pueda tener un buen vistazo del cuerpo aparentemente sin vida frente a mí.
Las grietas siempre presentes en mi corazón se convierten en roturas completas mientras asimilo lo que lleva puesto. Acostado en lo que parece el lado de Hyunjin de la cama, Jimin está casi irreconocible. Vestido con el traje que llevaba en el funeral, me doy cuenta que no se ha cambiado, y posiblemente ni siquiera se ha movido durante dos días.
Sus brazos están fuertemente apretados alrededor de una almohada, y está de espaldas a mí, no puedo decir si está despierto o dormido, pero la necesidad de averiguarlo me golpea más fuerte de lo que esperaba.
Mis pies se mueven antes de que mi mente pueda decirles que se detengan, y me encuentro caminando alrededor de la cama, hasta que me agacho junto a él.
Sus ojos están abiertos, mirando fijamente y quietos. Huecos y vacíos, se ve casi catatónico.
—Hola —susurro, con la esperanza de romper el silencio—. Lamento haber venido así —divago—. Mi mamá me dio la llave. Me envió con algo de comida. —Tímido, me rasco la frente—. Traje una caja —comienzo—. Es de Hyunjin.
No lleva tiempo registrar su nombre, y el cuerpo y la mente de Jimin reaccionan. Si no estuviera sentado tan cerca de él, me lo perdería. La forma en que sus ojos lentamente se desplazan por la habitación. La forma en que la almohada se comprime aún más bajo su agarre.
Finalmente, su mirada encuentra la mía; desolación y desesperanza girando alrededor en sus ojos. Desesperado por un salvavidas, me mira fijamente, como si estuviera esperando por lo que sigue.
Tengo ganas de tocarlo, de consolarlo, pero me conformo con poner mi mano sobre su hombro en cambio, ofreciendo ayuda de la única manera que sé.
—Qué tal si te quitamos esta ropa, ¿de acuerdo?
Me pongo de pie y empiezo a buscar algo más cómodo.
—Voy a buscar ropa en los cajones —le explico mientras hurgo entre pertenencias que no son mías. Finalmente encuentro todo lo que necesita y me doy vuelta para dárselo.
Él no se ha movido, pero el frío en el aire parece haberlo cubierto. El entumecimiento y la quietud de hace unos momentos está disminuyendo; su cuerpo ahora está temblando implacablemente. Sus dientes castañetean fuerte y dolorosamente.
—¿Crees que puedes meterte en la ducha? —pregunto, queriendo que él se caliente—. Podría encender la calefacción mientras estás allí.
Sin esperar una respuesta, salgo de la habitación para darle espacio y voy en busca del termostato. Ubicado cerca de la cocina, lo giro lo suficientemente alto como para calentar la casa rápidamente.
Tratando de no preocuparme, peleo conmigo mismo sobre si verificar o no a Jimin. Cuando asomo mi cabeza por la puerta y lo encuentro aún acostado sé que no hay forma de que se levante y se duche sin asistencia.
Estoy haciendo esto por Hyunjin.
—Oye. —Usando toda mi fuerza, trato de maniobrarlo para que se siente. Una vez que se levanta, me agacho en el suelo, arrodillándome frente a él.
Ignoro mi respiración superficial y la aceleración de mi pulso mientras deslizo la chaqueta fuera de sus hombros. Su cabeza cuelga entre sus hombros, y estoy agradecido de que no me esté mirando fijamente. Nuestra cercanía es desconcertante cuando alcanzo los botones en su camisa, tratando de no pensar demasiado en mis acciones
Una vez que los he desabrochado todos, le quito la camisa. Las yemas de mis dedos patinan apresuradamente sobre su piel, y la manera en que se forma piel de gallina debajo de mi toque no pasa inadvertida.
Él levanta la cabeza, y sus ojos curiosos se clavan en los míos.
¿Por qué haces todo esto?
Buscando algo de distancia, me paro y tomo la pila de ropa limpia que encontré para él y me dirijo a su baño privado.
Dejo caer la ropa sobre el inodoro cerrado y luego abro el agua. Mientras espero que se caliente, veo mi reflejo en el espejo.
Por primera vez en semanas, hay algo de color en mi piel. Perlas de sudor gotean mi frente, y sé que no son el resultado de la humedad de la ducha, o la tensión de levantar a otro hombre. Es el producto de un calor desconocido. Un calor lento que se despliega ante la idea de invadir el espacio personal de Jimin y ayudarlo. Cuidar de él.
Sacudiendo la cabeza, alejo mis ojos del hombre que me mira fijamente.
Esto es por Hyunjin. Por respeto y amor por tu hermano, estás cuidando a Jimin, porque Hyunjin querría que lo hicieras.
No queriendo pasar más tiempo haciendo agujeros en mi lógica, salgo para agarrar a un Jimin quieto y medio desnudo. Estirando mi mano hacia él, estoy sorprendido cuando la toma. Lo levanto de la cama hasta que estamos de pie frente a frente.
Me aclaro la garganta, tratando de encontrar el coraje para hablar.
—Abrí la ducha por ti. —Me froto la nuca, sintiéndome incómodo—. Imaginé que podrías hacerte cargo del resto solo.
Sin una segunda mirada, entra al baño y cierra la puerta. En el momento en que escucho el clic de la traba, mi pecho se desinfla, dejando salir todo el aire atrapado en mis pulmones.
Caminando por la habitación, no sé qué hacer a continuación, esperen, eso es mentira. Sé que tengo que irme. Él está bien. Está vivo y seguro, y dejé la caja como me pidió mi madre. Teniendo en cuenta que nunca hemos estado en la misma habitación juntos sin Hyunjin, he ido más allá de lo que era esperado.
Necesito irme, y podemos volver al Jimin y el Jungkook que apenas se toleraban por el bien de Hyunjin.
Tan pronto como pasa el pensamiento, la puerta se abre y un Jimin de aspecto limpio sale. Sus ojos marrones encuentran los míos, su rostro tiene un poco más de color, y sus ojos están iluminados con un poco más de vida. Se pasa las manos por el húmedo cabello grueso y castaño, despeinándolo en todas direcciones. Es entonces cuando noto cómo su ropa es demasiado grande para él.
Mierda.
—Mierda. Jimin —digo, y el tono de mi voz es de disculpa—. Ni siquiera me di cuenta.
Él niega con la cabeza.
—Está bien.
Nos miramos el uno al otro, y me doy cuenta de que esta es mi señal para irme. Señalo la puerta con mi dedo.
—Creo que voy a… —Gracias.
La simple palabra se asienta en mi pecho y me retuerce de una manera que no puedo explicar. Hay algo acerca de ser apreciado en este momento que hace que mi corazón se hinche.
—Por supuesto —respondo.
—¿Te importa si solo vuelvo a la cama? No me siento muy bien de pie.
—Mierda —murmuro bajo—. Sí. Sin lugar a duda. Voy a irme pronto de todos modos.
Camina sin rumbo hacia la cama, imperturbable por el hombre ogro parado en medio de su cuarto. Mi mirada sigue cada uno de sus pasos, desde la forma en que él tira de las mantas hacia atrás, a la forma en que se desliza debajo de ellas.
Determinado a dejar esta noche detrás de mí, camino hacia la mesita de noche al lado Jimin y me estiro para apagar la lámpara con poca luz. Tan pronto como la habitación se oscurece, el sonido de la respiración irregular y dolorida llena el aire.
Intento ignorar la forma en que el sonido se entierra dentro de mi pecho. La forma en que su pérdida resuena con la mía. Con cada paso hacia la puerta, quiero ignorar todo sobre este momento.
Pero no puedo.
No puedo alejarme voluntariamente de él, no mientras su corazón se está rompiendo. No mientras su mundo se desmorona. No mientras la tristeza que resuena por todas partes en la habitación refleja la tristeza que surge dentro de mí.
Me quito los zapatos, tiro el abrigo al suelo y camino hacia el lado opuesto de la cama. No puedo explicar la necesidad, o lo que me posee para querer consolarlo de esta manera, pero eso es lo que es. Una necesidad. No es una elección. Mis padres se tienen el uno al otro, Jessi tiene a su familia y él no tiene a nadie, ambos no tenemos a nadie.
Es simple, pero es la verdad.
Me acuesto a su lado, encima de las mantas y envuelvo mis brazos alrededor de él.
—Shhh —digo suavemente—. Está bien —miento.
Lo atraigo lo más cerca posible de mí hasta que su espalda está bien doblada a mi frente. En el momento en que aplico presión sobre su cuerpo, lo siento temblar y sacudirse contra mí. La pesadez de la muerte de Hyunjin nos cubre cuando comienza a llorar en mis brazos.
Hay algo acerca de su vulnerabilidad en este momento que desencadena la mía propia. Los sentimientos que he estado manteniendo firmemente a raya salen a la superficie, amenazando con derramarse.
A través de sus llantos, sus brazos logran cubrir los míos, sosteniéndome contra él. Es inesperadamente relajante saber que él necesita esto tanto como yo.
No me está alejando, y no estoy cuestionando por qué no quiero que lo haga. Descansando mi frente sobre sus hombros, finalmente suelto la farsa a la que me he estado aferrando con tanta fuerza y dejo caer mis propias lágrimas.
Acurrucados juntos, siento un fuerte vínculo formándose entre nosotros. El entendimiento de que compartimos una rotura que nunca se podrá arreglar, un vacío que puede que nunca se llene; una vida que ahora es irrevocablemente diferente.
Con cada gota salada de emoción, me siento comprendido.
Con cada gota salada de emoción, me siento un poco menos perdido.
Con cada gota salada de emoción, me siento atado a un hombre al que he pasado toda la vida odiando.
Y con esa última gota salada de emoción, sé que necesito irme como la mierda de aquí.