Cabizbajo corazón
Hacía tiempo no descansaba.
Mis ojos pesaban y el resplandor del sol, me provocaba un ardor dulce de buen dormir.
Cabeceaba, pero no quería volver a casa, no hasta que la encontrase en el cielo de nuevo.
Y ahi estaba, a las cuatro de la tarde, casi escondida en una nube, la avioneta de mi tío; dibujaba un espiral en mi nariz, sacándome una pequeña risa.
Pero no era esa hermosa avioneta lo que me mantenía por horas mirando hacia arriba. Me gustan los aviones, avionetas, helicópteros y cualquier vehículo aéreo, sin embargo, no era aquello lo que me daba las fuerzas para seguir aguantando, el incesante brillo en mis corneas.
Y no, tampoco era el hermano de mi papá, quien me hubiese seguido insistiendo que volara con él, de no ser porque aquel día me fui de la casa de mi mamá. Ofendido, pero decidido a no volver jamás.
Era algo más, más natural, más esbelto, más brillante que los rayos que me fulminaron los ojos, era un ave...
Un ave gigante, con plumas anaranjadas, pico negro y puntiagudo, que pasaba por encima de mi cabeza.
Su único recorrido frente a mí, era un trecho que duraba menos de un minuto en cruzar.
Y ¿Por qué iba yo, a quedarme tantas horas esperándola? Porqué nunca pasaba a la misma hora, ni el mismo día.
Nunca pasaba antes de las dos de la tarde, y ya no pasaría luego de las seis, por eso yo siempre agarré un bolso, un cuaderno y mi lápiz negro, y a la una de la tarde, ya estaba sentado bajo cualquier árbol que me permitiera verla.
Pero aquí el dato más curioso, es que, ni siquiera podía confirmar que volvería todos los días, cuando esa avioneta no bailaba en el aire, ella tampoco aparecía... decepcionando mi corazón.
Es como si aquella amiga, estuviese escondida en su nido, esperando ver la avioneta despegar, y recién ahí, acompañarla en su vuelo, o imitarlo.
Después de muchos días, intentando utilizar mis ratos libres, y a su vez investigar cuando era que mi tío hacia sus prácticas, pude coincidir con ella, y así saber cuándo tenía que ir al bosquecillo a verla, tan solo 10 segundos.
Muchas veces intenté descifrar, a qué hora es que volvía, ya que ella siempre iba en una misma dirección, pero nunca la veía de regreso, para cuándo tenía que volver a salir, venía del mismo lugar de donde siempre aparecía.
Y si, antes que lo duden, tengo amigos, tengo trabajo, y dejé de estudiar el año pasado, aunque mis 25 años no me bastan para decir que tengo mi vida resuelta.
Cuando mi tío terminó de hacer su gran vuelta, el cielo se volvió a iluminar tres veces más, en un anaranjado magnífico. Me preparé con entusiasmo, disfrutando una vez más, su hermosas alas, su pico elegante y sus ojos marrones, que no perdían el rumbo ni por un instante. Los 10 segundos más bellos de mi pequeña tarde.
Terminando de deleitarme, tomé el cuaderno que llevaba, con la intención de volver a dibujarla, antes que su recuerdo se desvaneciera un poco. Por eso siempre debía mirar con atención cada detalle de su cuerpo emplumado.
Pero para cuando me percaté, no tenía más hojas...
Me desanimé, pero no me volví loco, sin embargo tengo que admitir que me puso de mal humor no poder dibujarla en ese momento como acostumbraba. Por ende tomé todas mis cosas y seguí el camino a mi casa, con expresión de fastidio, pero a la vez conforme, porque por lo menos, no me perdí el espectáculo.
Que digo, espectáculo, era excepcional, yo no me quedaba esperándola por nada, era increíble como aleteaba, increíble su tamaño, tan solo observar de lejos, y ya era suficiente para saber que era inmensa.
Su graznido, era tan preciso y hermoso... cantaba tres veces mientras pasaba, con una melodía muy parecida a la de una ballena. No podía negarme, no podía evitar volver aquí.
Venir solo para verla y oírla, era uno de los pocos placeres que me quedaban en mi vida.
_Llegaste temprano ¿no querías ver al pájaro ese?
_Lo vi, Marcos, lo vi, pero no hables del ave como si fuese cualquier cosa banal, si viniese conmigo por lo menos una vez, entenderías su belleza_. Dije con fastidio.
_No, está bien, no te lo tomes a mal, pero con tus dibujos me basta y me sobra, están por toda la casa, y antes de que me digas algo, sí, ya sé que es TU casa, pero intento ordenar, y simplemente no puedo con tantos papeles.
_Sí, lo sé, debería juntarlos, y hablando de eso, me quedé sin hojas, y justo hoy lo vengo a notar, necesito seguir dibujando y no tengo en donde_. Me queje mientras me sentaba.
_¿Acaso te has oído Lucio? "Necesitas dibujar", pero al mismo pájaro una y otra vez, dibujas todos los días, claro que vas a quedarte sin papel. ¿Y si tan solo la ves? ¿Por qué es tan necesario dibujarlo?_ Me decía moviendo el trapo en mi cara.
_No lo sé, siento que si no la dibujo, podría, olvidarme de ella o algo así, no quiero perderla, hace tiempo que algo no me hace feliz, pero cuando voy, y la veo cruzar, es como si mi corazón saltara de alegría, me siento vivo, siento cosquillas por todo el cuerpo, y un calor en el pecho.
Al decir todo eso, noté que Marcos guardó silencio, respetando mis sentimientos, me miró dulcemente, se acercó a mí y me abrazo.
Él era cálido como una gran cobija de lana, no pude evitar reconfortarme, de algún modo, sus caricias, eran buenas para mi pobre alma, que sangraba sobre césped seco.
_Mañana vamos a la librería de Pablo, voy a comprarte un cuaderno nuevo, para que puedas dibujar al ave_. Dijo con voz suave y relajada, antes de seguir limpiando.
Solo pude darle las gracias, e irme a dormir, no podía más del sueño, había trabajado temprano, como todos los días, y mi cuerpo ya no tenía muchas fuerzas, dando las seis, me dormí, sin cenar, ni pensar.