Chapter 1
Septiembre 2020, Chagrin Falls, Cuyahoga Ohio.
La luz del sol colgaba en el cielo como un farol brillante, filtrándose entre las copas de los altos pinos en el bosque. Una familia avanzaba con cautela, sus movimientos medidos y conscientes de cada crujido producido por las agujas que cubrían el suelo.
El padre, a pesar del cansancio, vigilaba cada paso, observando con atención a su hijo Dasan, quien miraba fijamente sus propios pies. Cada crujido y rama quebrada eran indicios de un peligro inminente, y la familia se movía con la precaución de quienes conocen los secretos del bosque.
Las hojas y ramas caídas añadían un elemento adicional de riesgo, creando obstáculos ocultos que podrían delatar su presencia. La familia se esforzaba por sortear estos desafíos naturales, manteniendo viva la llama de la vigilancia en medio del silencio tenso del bosque. Cada movimiento estaba imbuido de la conciencia de que, en ese entorno frondoso, incluso el más mínimo sonido podría desencadenar consecuencias no deseadas.
Antonic, el hermano mayor, lideraba el grupo y exploraba el terreno con destreza. La madre, exhausta pero decidida, llevaba una pesada mochila a sus espaldas, al igual que el padre, quien permanecía alerta ante cualquier señal de peligro. A su lado, Marcus, el otro hijo, estaba fatigado debido a su falta de medicina.
La hija mayor, Reagan, con una mochila algo más liviana, caminaba detrás de ellos, cuidando al pequeño Beaus. Juntos, la familia se dirigia de vuelta a su refugio: una granja abandonada que el padre había asegurado para brindar protección y seguridad a su familia.
Aunque fatigados, la noticia de encontrar manzanas había inyectado un rayo de esperanza en sus corazones. Cada miembro desempeñaba un papel vital en esta expedición, demostrando la fuerza de su unidad mientras enfrentaban los desafíos del mundo apocalíptico con determinación.
Al llegar a la granja, la familia con cautela deja con cuidado las mochilas en el suelo. Regan, sin darse cuenta, deja caer la suya, provocando un instante de tensión en el grupo. Su padre, actuando con rapidez y destreza, atrapa la mochila antes de que toque el suelo, evitando así cualquier ruido innecesario que pudiera atraer a las criaturas letales que acechan en el silencioso entorno.
Todos los miembros de la familia se detienen y observan lo que acaba de ocurrir, con una mezcla de alivio y preocupación reflejada en sus rostros. Regan, con un gesto presuntuoso pero rápidamente seguido por un rostro de disculpa, utiliza señas para expresar sus disculpas a los demás. La tensión se disuelve gradualmente cuando la familia comprende la importancia de mantener el silencio absoluto, incluso en los momentos más cotidianos.
Después de ese episodio, la tensión se disipa y cada miembro de la familia decide hacer algo para combatir el aburrimiento que inevitablemente se apodera de ellos en su refugio. Dasan, con una sonrisa traviesa, saca un juego de memoria que había guardado entre sus pertenencias. Muestra las cartas con entusiasmo, proponiendo la idea de jugar para pasar el tiempo.
Marcus, inicialmente con un rostro molesto, cambia su expresión cuando se percata de la mirada de su padre. Ante la necesidad de mantener una atmósfera tranquila, decide unirse al juego, dejando de lado su actitud inicial. Los niños se acomodan alrededor de las cartas, preparados para enfrentar el desafío que el juego de memoria les presenta.
Mientras los niños disfrutan de su juego, los padres aprovechan la oportunidad para revisar los suministros, evaluando las existencias y planificando estrategias para futuras expediciones. En este momento, el refugio se llena con el susurro de las cartas siendo volteadas y las risas suaves de los niños, creando una pequeña burbuja de normalidad en medio de un mundo apocalíptico. La familia se aferra a estos momentos de conexión y distracción, buscando la humanidad y la calidez en medio de la adversidad.
Cuando cayó la noche, la familia Abbot se reunió en el refugio improvisado para compartir una cena silenciosa. A la luz tenue de las velas, cada miembro de la familia se acomodó alrededor de una mesa improvisada, conscientes de la necesidad de minimizar cualquier sonido innecesario. El padre distribuyó cuidadosamente porciones de la escasa comida recolectada durante el día, asegurándose de que todos tuvieran lo necesario para mantenerse fuertes en ese mundo postapocalíptico.
Cuando cayó la noche, la familia Abbot se reunió en su refugio, creando un ambiente cargado de detalles sensoriales. El tenue resplandor de las velas iluminaba el espacio, pintando sombras danzantes en las paredes. El aire estaba impregnado con el suave aroma de la comida recolectada durante el día: una mezcla de hierbas silvestres y raíces, creando una sinfonía de olores terrosos.
El silencio era roto solo por los sonidos suaves de los utensilios al entrar en contacto con los platos y el murmullo de las velas, creando una sinfonía tenue pero íntima. Cada movimiento era ejecutado con meticulosidad, desde el reparto de porciones hasta el suave tintineo de los cubiertos al ser utilizados. Las risas y palabras eran reemplazadas por un lenguaje de gestos y miradas que transmitían la conexión y la comprensión mutua entre los miembros de la familia.
La atmósfera estaba impregnada de tensión y precaución, como si el refugio mismo estuviera conteniendo su aliento. Cada bocado era saboreado en un silencio respetuoso, la conciencia constante de la amenaza exterior añadía una capa adicional de solemnidad a la escena. La familia Abbot, envuelta en esta cena silenciosa, encontraba en esos momentos de calma la fortaleza para enfrentar los desafíos de un mundo apocalíptico, donde la supervivencia se tejía con la sutileza de los sentidos.
Dasan, con su atención en la comida y los gestos de aprecio, expresó su satisfacción de una manera única. Marcus, aunque aún mantenía cierta reserva, compartió algunas palabras con su familia utilizando señas, mientras que Antonic cuidaba de Beaus con ternura. Regan comia sin mirar a nadie.
La cena se desarrolló en un silencio respetuoso, interrumpido solo por los sonidos suaves de utensilios y el susurro de las velas.
Este momento familiar, aunque marcado por la ausencia de palabras habladas, transmitió una conexión profunda entre los Abbot, destacando su capacidad para encontrar significado y apoyo en la simplicidad de compartir una comida en medio de la oscuridad que envolvía el mundo a su alrededor.
Mientras la familia Abbot compartía su cena en silencio, un ruido sordo resonó desde afuera del refugio. Todos se quedaron inmóviles, con los ojos abiertos de par en par, mientras el sonido se repetía, cada vez más cerca. El padre de la familia, Lee, levantó la mano, indicando a todos que se mantuvieran en silencio y se prepararan para cualquier eventualidad.
El corazón de Dasan latía con fuerza en su pecho mientras miraba a su padre con ojos llenos de temor. Antonic, el hermano mayor, apretó los puños, listo para proteger a su familia si fuera necesario. Evelyn, la madre, tomó a su hijo menor, Beaus, en sus brazos y lo abrazó con fuerza, tratando de calmarlo mientras su mirada se dirigía hacia la puerta del refugio. Regan y Marcus se miraban con miedo, compartiendo la incertidumbre que llenaba la habitación.
El ruido se hizo cada vez más fuerte, resonando en el interior del refugio, y el suelo tembló ligeramente bajo sus pies. El corazón de Lee latía en su garganta mientras se preparaba para enfrentar lo que fuera que se encontrara al otro lado de la puerta. La tensión en la habitación era palpable, y todos esperaban con la respiración contenida, sin saber qué horrores podrían estar esperando afuera.
En este momento crítico, la familia Abbot se encontraba al borde de lo desconocido, enfrentando la incertidumbre y el peligro en el mundo silencioso que habitaban.