Capítulo 1: El paciente difícil
Era un día ajetreado en el hospital privado más importante de la capital, así como era costumbre. Naomi estaba muy agradecida de poder hacer su servicio aquí, antes de poder titularse al fin como enfermera. Ella caminaba a paso rápido, siguiendo a su mentora, la enfermera Lidia, una mujer joven pero dedicada. Era como su modelo a seguir, algo en lo que Naomi quería convertirse.
—Jazmín —llamó Lidia a Naomi de repente—, necesito que me ayudes con un paciente algo difícil.
En realidad, ella no se llamaba Jazmín, era su apellido, pero Lidia siempre se refería a ella de esa manera.
—A la orden.
Ambas jóvenes caminaron largos pasillos y subieron muchos escalones, pero al fin llegaron al piso de pacientes VIP. La joven no se lo podía creer, era su primera vez en ese piso y siempre había rumores de que era muy lujoso. Lidia se dirigió al cuarto de enfermería de ese piso y tomó varios medicamentos, que al Naomi verlos le pareció extraña esa combinación.
Las dos caminaron hasta el final del pasillo y tocó una de las puertas de las lujosas habitaciones de ese piso. Dentro de la habitación solo se escuchó un “adelante” viniendo de una voz bastante gruesa, haciendo que Naomi solo se imaginara a un empresario de alrededor de unos treinta años más o menos. Su sorpresa fue que aquel hombre, parecía más bien un joven a principios de sus veinte, con el pelo negro bastante despeinado y unos ojos que la miraban con desdén.
—Señor Gómez, vengo a administrarle sus medicamentos del día de hoy —anunció Lidia, dejando la bandeja con frascos en una mesa cerca de la camilla.
—No, ya vete —respondió de manera cortante el joven.
Naomi se quedó atónita con la manera tan grosera en la que se dirigió a Lidia, mientras su mentora solo suspiró y comenzó a acomodar todas las tabletas, perlas e inyecciones que debía administrarle al paciente. La chica se acercó a ayudar con ello, leyendo las indicaciones que habían en la tabla de apoyo. —«¡Demonios! Sí que está muy malito» —pensó Naomi, terminando de acomodar las tabletas.
—¡Dije que te vayas! —repitió el chico, levantando la voz—. ¡Y tú también!
Ahora también el pacientito le gritaba a ella, haciendo que se encogiera de hombros por el susto. Había lidiado con pacientes groseros, pero en sí él era otro nivel, completamente.
—Disculpe, joven… eh… —Naomi hizo una pausa, mirando de reojo el nombre de él en las indicaciones—. ¡Lucas Gómez Murano! ¡Sí! No debería ser tan descortés, todo este tratamiento es solo para la mejora de su salud. Luego de ponerse súper fuertecito podrá salir de aquí y olvidarse de las feas medicinas.
Naomi terminó haciendo un gesto bastante gracioso, como si flexionara unos músculos bien trabajados pero el chico solo puso una mueca, que asemejaba a cuando alguien olía algo que apestaba, como ella la pondría al combinar queso con frijoles. Eso la desmoralizó demasiado, siempre sus pacientes se ponían de mejor humor cuando les hablaba de manera cercana y hacía esas payasadas.
—Prefiero morirme —bufó el joven, mientras Lidia volvía a acercársele a colocarle las inyecciones.
La chica se quedó disociando, hasta que Lidia la sacó de sus pensamientos, haciéndola que trajera una botella de agua del mini refrigerador que tenía la habitación. Pensaba que habían acabado ahí, hasta estaba a punto de salir, pero Lidia no se movió de su sitio, como si vigilara atentamente al joven, para que se tomara todo lo que debía. El chico tardó una eternidad en tomarse sus medicamentos, a cada rato maldiciendo en voz baja o atragantándose fácilmente. Al final, alrededor de unos diez minutos después ambas jóvenes pudieron salir de la habitación, dejando al chico solo, que al verlo unos segundos antes de cerrar la puerta, se veía triste. Naomi no pudo evitar sentir pena por él mientras caminaba siguiendo a Lidia hasta el cuarto de enfermería, para dejar la bandeja y las indicaciones en su sitio. Llegó la hora de un pequeño descanso, y la joven fue con su mentora a tomar algo a la cafetería del hospital.
—Ese chico sí que es difícil —confesó Naomi, dándole una mordida a su sándwich de jamón.
—Dímelo a mí, llevo menos de una semana administrándole medicamentos, encargándome de todo y ya me tiene harta —replicó Lidia, tomando un sorbo a su café—. Pero a mí me lo asignaron porque todas las enfermeras disponibles no lo soportaban.
Si llegaba a sacar de sus casillas a Lidia, entonces de verdad debía tener un carácter horrible, al menos esa fue la impresión que le dio al ver la reacción de Lidia. Naomi terminó su comida y la miró nuevamente.
—¿No vas a comer nada? —le preguntó a su mentora, mirando solamente el café en sus manos.
—No me gusta comer en el hospital.
—Bueno…—se quedó callada unos segundos, pero de repente se le vino una duda a la cabeza—. Señorita Lidia, ¿qué es lo que tiene el paciente?
A Lidia le sorprendió el repentino interés de Naomi por la enfermedad de aquel chico pero solo se quedó pensando un rato antes de poder responder a su pregunta:
—Siendo sincera, no lo sé. Tengo entendido que está bajo un tratamiento experimental o algo así. Seguro tiene alguna enfermedad no contagiosa o autoinmune. Creo que era algo relacionado a su motricidad.
El descanso se terminó y ambas jóvenes volvieron a sus labores, pero Naomi ya no podía concentrarse de la misma manera, seguía pensando en aquel paciente y de qué podría estar enfermo. Ya casi se acababa su turno cuando una idea se le vino a la cabeza. El chico no tenía restricciones alimentarias, tal vez podría llevarle algo de comer para hacerlo sentir mejor. Ella sabía que la comida que le servían a los pacientes no era tan deliciosa, entonces un detalle así no estaría mal, ¿o sí?
De inmediato se dirigió a una de las máquinas expendedoras del hospital, pero estaba indecisa. Había paquetes de galletas, frituras, pan y postrecitos con formas singulares, así como sabores extraños. Al final se decidió por un panecito de vainilla cubierto de crema pastelera, la opción más segura que podría encontrar.
—¿Señor Gómez? —preguntó Naomi, tocando la puerta con delicadeza. Nadie contestó. Volvió a tocar y otra vez nada—. Voy a pasar entonces.
Algo nerviosa se abrió paso adentro de la habitación y se lo encontró nuevamente sentado sobre su camilla, las luces anaranjadas de la tarde entraban por la gran ventana, bañando su piel trigueña y reflejándose en su cabello oscuro. Él levantó la vista y habló:
—¿Qué carajos haces aquí? Ya tomé los últimos medicamentos del día —reclamó él, cerrando de golpe el libro que tenía en sus manos.
Naomi empezó a sentirse aún más intranquila, pero con toda su fuerza de voluntad se acercó a la camilla, sentándose en una silla a un lado de esta y le respondió con la voz más amable que pudo:
—Vine fuera de turno. Sé que la comida de aquí es espantosa, uuultra espantosa, y te traje esto —asomó el paquete con el pan de vainilla que tenía en una bolsa de su uniforme y se la entregó.
El chico solo enarcó una ceja y la miró con un gesto poco amistoso:
—Odio la vainilla.
—«Mierda…» —maldijo Naomi en su mente, aun manteniendo una sonrisa en su rostro. Tenía que pensar rápido en qué decir o qué hacer a continuación.
—Entonces… ¿qué sabores te gustan? Podría traerte de otro sabor la próxima vez —respondió, tratando de también sacar algo de plática. El chico no le respondió y volvió a abrir el libro que tenía en las manos, que parecía más bien un cómic.
—Oh, ¿te gustan los cómics? Yo también he leído algunos de mi hermano de Spiderman, aunque leí solo uno —otra vez el joven no le respondió nada.
Naomi estuvo buen rato tratando de hacer que hablara con ella, sacando temas de conversación sobre todo: sus gustos, qué era lo que hacía en sus tiempos libres, su signo zodiacal, si el clima le parecía bonito y hasta cuándo había dejado de hacerse pipí en la cama. Nada funcionaba y ella ya no supo qué más decir, solo cosas sin sentido.
—¿Podrías al menos responderme algo? —preguntó ella, sintiéndose derrotada.
El chico, que ya ni siquiera la estaba viendo, volvió a levantar mirada claramente irritado. Tomó aire y le respondió de una manera bastante antipática:
—¿Tú podrías responderme algo?
A Naomi se le empezaron a iluminar los ojos al escuchar eso y asintió enérgicamente su cabeza varias veces.
—¿Podrías irte de aquí y no regresar nunca? —preguntó él ahora, haciendo que el brillo de la cara de Naomi se fuera volando con el aire acondicionado. Ella se rindió y se levantó de la silla. Caminó hasta la puerta y volvió para verlo unos instantes más, él estaba haciendo lo mismo como si nada.
—Que tenga buen resto del día, entonces… —agregó Naomi, para después salir de la habitación y hacer un largo recorrido de escaleras para llegar al primer piso del hospital.
Terminó oficialmente su turno y tomó el transporte público para llegar al apartamento donde se quedaba mientras realizaba su servicio, ya que ella vivía en una comunidad a las afueras de la capital. Apenas llegó a su destino, miró edificio departamental con ojos cansados: era color rosa palo (que probablemente antes era un rosa más brillante), en algunas partes la pintura se despegaba de la pared y la humedad hacía que tuviera algunas partes abultadas también. Una pequeña planta era la que salvaba el lugar, dándole algo de ánimos a Naomi al pasar por el pasillo hasta llegar a su hogar provisional. Lo primero que hizo fue quitarse la cofia, que dejó encima de un pequeño mueble a la entrada, para después caminar tambaleante hasta el mullido sofá viejo, donde solía descansar todas las tardes al acabar su servicio. La luz anaranjada se iba perdiendo en el manto nocturno, dejando oscurecido el pequeño apartamento, pero ella tenía demasiada flojera como para levantarse a encender la luz.
—¿Qué hace la enfermera a oscuras? —comentó una voz femenina, que encendió las luces que tanto le habían costado a Naomi encender.
—Tania —respondió Naomi, sin muchos ánimos. Ellas compartían apartamento, siendo Tania una estudiante de actuación.
—Ay, que seca. Por favor, necesito que me reciban con afecto, finge ser como una especie de esposa hasta que consiga pareja, Itzi —bromeó Tania llamándola por un diminutivo de su segundo nombre, a la vez que se sentaba al lado de Naomi y se acomodaba el cabello teñido de azul—. ¿Por qué el ánimo tan bajo? Siempre llegas más radiante.
Naomi dudó un poco en contarle, pero empezó a relatar todo su día a lujo de detalle, mientras Tania solo acompañó la historia con pequeños “ajá” y un gesto de estar totalmente inmersa en lo que le estaba relatando su compañera de piso. Al terminar su recuento de todo el día, la otra joven se quedó pensativa unos momentos para al final dar su opinión al respecto:
—¡Qué cabrón! —escupió—. ¿Cómo se atreve a tratar así a todo el mundo? Eso es típico de la gente clasista.
—No creo que sea por clasista —replicó Naomi.
—¿Cómo no? Estaba en el piso VIP de un hospital privado, o algo así, obvio va a ser clasista.
—Yo veía que más bien estaba molesto por tomar tanta medicina.
Tania no respondió, quedándose absorta en sus pensamientos unos momentos más antes de hablar. Murmuraba algunas cosas y jugueteaba con el piercing de su labio mientras lo hacía, hasta que al fin volvió a tomar la palabra una vez más:
—Caprichos de gente rica, nada más.
—Pero, había algo raro…
—Mira, si no es tan malo como dices, vuelve con él siempre que puedas y trata de sacarle una sonrisita o algo, así sí te creo que no es un riquillo cualquiera.
Claro, tal vez lo que le hacía falta era un pequeño empujón para poder llevarse bien con las demás personas. A lo mejor era el típico cliché de niño rico que siempre fue solitario y nunca supo cómo tratar a las demás personas. Si ella le insistía, le hablaba todos los días y le preguntaba cosas podría ser que se abriera con ella.
—Itzi, no quiero verte llorando, así que mentalízate con la posibilidad de que te mande a la mierda una y otra vez...
—El trabajo de un personal de salud —interrumpió— es ayudar al paciente a recuperarse y hacerlo sentir cómodo. Voy a probar que voy a ser una excelente enfermera.
Naomi estaba decidida a hacer todo lo posible por hacer sentir cómo al joven de aquella habitación apartada del hospital, tenía que hacerlo. Iba a probarse de una vez por todas que tenía el nivel suficiente para ser una gran enfermera.