Capítulo único
Me acerco con lentitud y nerviosismo; mi corazón palpita como toques de tambores africanos con su música vehemente, intensa, brusca y pasional. Retrocedo el paso mientras una lágrima recorre mi mejilla.
Aparto mi vista del majestuoso piano y observo las débiles gotas resbalar por la ventana de cristal e invoco aquel tiempo cuando todo era más cálido y alegre.
Como fuerte huracán los recuerdos azotan mi corazón y mis lágrimas se combinan con la melodía que he empezado a tocar; sí, me he atrevido. Me dejo llevar por la osadía como la primera vez que lo vi aquella tarde soleada, después de su excitante presentación. Tan apuesto y pasional. Me invitó a su danza y yo accedí. Su hermosa sonrisa derritió mi corazón y desde ese día fui presa de su amor.
Para ese entonces, no creía en el romanticismo ni entendía cómo las personas podían dejarse dominar por esos sentimientos tan superficiales y carentes de sentido.
Toco las melodías más dulces que había escuchado jamás, transportándome a la primera vez que aprendí a entregarme al amor, recuerdo...
“Sus labios rozaban los míos con ternura mientras sus manos viajaban por toda mi piel. Estaba descubierta ante él, expuesta como no lo había estado antes. Sus ojos amarillos escudriñaban mis reacciones y era la primera vez que experimentaba tanto placer. Sudores, gemidos y suspiros formaban la más excitante melodía en aquella oscura habitación.
Me apretaba las manos con la misma fuerza con la que me embestía, al mismo tiempo, sus labios besaban mis pechos y mi corazón latía al ritmo de nuestra danza. Bailamos la música del amor; nuestras voces se acoplaban formando el perfecto dúo de alaridos. Sí, aquello era más delicioso de lo que había imaginado”.
Seco una lágrima ante el recuerdo; él me enseñó tantas cosas. Con él aprendí lo que es la entrega sin condiciones, con él soñé y crecí. Logramos muchas cosas: terminé mi carrera de música y él de pintura, les dio una buena vida a sus padres con sus ganancias; asimismo, llegó a viajar varias veces para mostrar sus obras en exhibiciones de arte. Por mi parte, obtuve la libertad y descubrí mi verdadera vocación.
Con él sentí el fuego abrumador de los celos y el gélido abismo de las peleas. Me perdí muchas veces intentando acoplarme a su personalidad, él también. Nos separamos, sufrimos y vivimos por nuestra cuenta.
Crecimos...
Pero nuestras notas musicales formaban la más hermosa melodía, con sus altas y sus bajas. Entonces, nuestros caminos se juntaron; fueron los días más felices de mi vida hasta que aquel evento destruyó todo. La maldad, la obsesión por el poder y la prisión de donde escapé lo alcanzaron a él; todo parecía ser un accidente, pero yo sé que no fue así.
Desde ese día dejé de tocar, debido a que ya nada tenía sentido para mí. Es por eso que hoy, después de haberme derrumbado en mi dolor, decido empezar de nuevo.
Toco una melodía fuerte y dulce a la vez, una melodía que nos representa. Una melodía que saca lo mejor y peor de mí, pero que me reconforta y fortalece; una melodía que me da el coraje para seguir sin él; hoy toco: la melodía del amor.