El pacto Elodrath
Un eco sordo resonaba en la escalera de caracol de piedra. Era el ruido de las sandalias de un soldado akaryn, un humanoide con rasgos reptilianos: tenía una fina capa de escamas en algunas zonas de su cuerpo, y su melena castaña y sedosa brillaba con destellos de luz que emanaban de su magma interno, herencia de sus ancestros. Los akaryn eran una raza de guerreros, orgullosos de su fuerza y su resistencia al fuego. Vivían en la región de Akon, al sur del continente, donde habían construido una gran fortaleza sobre una colina volcánica.
El soldado ascendía con rapidez por las largas escaleras de la fortaleza, donde el líder akaryn le aguardaba en la cumbre. El soldado había recorrido un largo camino desde la frontera, donde se había librado una cruenta batalla contra los Miryn, los enemigos ancestrales de los akaryn. Traía consigo un mensaje urgente que debía entregar al líder, y que podía cambiar el destino de la guerra. El soldado llegó al final de la escalera y se detuvo frente a una gran puerta de hierro. Golpeó tres veces con el puño y esperó a que le abrieran.
La puerta se abrió con un chirrido y el soldado entró en una amplia sala iluminada por antorchas. En el centro, sobre un trono de piedra, se sentaba el líder akaryn, un hombre de aspecto imponente y mirada severa. Su cuerpo estaba cubierto de escamas rojas y negras, y de su espalda salía un poco de vapor.
— Mi señor, traigo noticias urgentes de la frontera. Los Miryn han asediado otra de nuestras bases al oeste de Akon. Han destruido nuestras defensas y han capturado a muchos de nuestros hermanos. Me temo que nos han entregado un ultimátum donde se pide que dejemos nuestras... "actitudes bélicas" en contra suya... —dijo el soldado con voz temblorosa.
Los Miryn eran una raza de con características especiales: tenían una estatura de 2,50 metros, una piel pálida y unos ojos que cambiaban de color según su estado de ánimo. Eran capaces de manipular el aire y el sonido, y usaban sus habilidades para volar y atacar desde el cielo. Vivían en las montañas de Mir, al otro lado de la frontera. Eran los enemigos ancestrales de los akaryn, y habían estado en guerra durante siglos. El líder akaryn no estaba dispuesto a ceder ante sus demandas, ni a renunciar a su territorio.
— Ya les he repetido en miles de ocasiones que esos ataques no son nuestros, maldita sea. ¿Qué acaso no entienden o qué demonios? —gruñó el líder mientras daba un fuerte golpe a su trono, haciendo que la sala temblara. — Nosotros solo nos defendemos de sus provocaciones. Son ellos los que nos atacan sin motivo. Pero... que hay de las respuesta de los Arksza, ellos son sensatos seguramente...
— Mi señor, lamento informarle que los Arksza han roto el tratado de paz. Han enviado un mensaje diciendo que se han aliado con los Miryn, y que a menos que detengamos nuestros ataques... irán a la guerra en contra de nosotros, junto a los Miryn y los Olok. —continuó el soldado con voz grave.
Los Arksza eran otra raza de humanoides, con rasgos felinos. Tenían una piel suave y peluda, de diversos colores, y unos ojos rasgados y brillantes. Eran ágiles y veloces, y usaban sus garras y sus colmillos para luchar. Ademas de orejas de gato recubiertas de pelaje. Vivían en las Tundras de Arkontha, al sur de Akon. Los akaryn habían firmado un tratado de paz con ellos, pero al parecer, los habían traicionado. Los Olok eran una raza de humanoides, con rasgos animales siendo considerados cambia-formas en todo el mundo especialmente entre los magos mas expertos de la artes arcanas. Viven en el noroeste de Akon, entre un continente separado conocido como Olokand,
— ¡QUE NOSOTROS NO LES HEMOS ATACADO, MALDITA SEA! —gritó el líder, consumido por la cólera y la impotencia. — ¿Por qué nos hacen esto? ¿Por qué se unen contra nosotros? ¿Qué quieren de nosotros?
El soldado se quedó en silencio, sin saber cómo consolar a su líder. Sabía que los akaryn eran inocentes, que alguien les estaba tendiendo una trampa. Pero no tenía pruebas, ni forma de demostrarlo. Tal vez fuera obra de algún traidor, o de algún enemigo oculto. Quizás los Miryn, los Arksza o los Olok tuvieran algún infiltrado entre los akaryn, o quizás hubiera algún akaryn que se hubiera vendido por dinero o poder.
El líder akaryn se levantó de su trono y se acercó a una ventana. Sintió un escalofrío al pensar en lo que se avecinaba. Una guerra sin cuartel, una lucha por la supervivencia, una batalla por el honor. Él sabía que no podía retroceder, que debía defender su reino y su pueblo, aunque eso significara arriesgar su vida y la de sus seres queridos. El líder akaryn apretó los puños y juró que no se rendiría, que no dejaría que los akaryn fueran exterminados, que haría pagar a los que les habían traicionado.
— No podemos enfrentarnos a tres frentes a la vez. Estamos en desventaja numérica y estratégica. Si no encontramos una forma de detener esta locura, estamos perdidos. —Dijo el líder con voz grave —. He intentado de todo, pero llegados a este extremo, no tengo otra opción más que recurrir al Pacto Elodrath y enviar al campeón.
El Pacto Elodrath era una antigua leyenda que hablaba de un acuerdo entre todos los reinos: Akaryn, Miryn, Arksza, Olok y Yark. Según el pacto, cada reino debía enviar un embajador a las tierras de los demás, para establecer una relación de paz y cooperación. El embajador debía ser alguien de confianza, valiente y honesto, dispuesto a arriesgar su vida por el bien común. El pacto también decía que si alguno de los reinos rompía la paz, los demás se unirían para castigarlo. El pacto había sido firmado hace muchos años, cuando los reinos se habían dado cuenta de que la guerra solo traía destrucción y miseria. Pero con el tiempo, el pacto se había olvidado, y los reinos habían vuelto a sus viejas rivalidades y conflictos.
El líder sabía que el pacto era una esperanza muy débil, pero no tenía otra opción. Decidió enviar un mensaje a los demás reinos, proponiendo reactivar el pacto y nombrar a sus embajadores. Esperaba que al menos alguno de ellos aceptara su oferta, y que así pudiera averiguar quién estaba detrás de los ataques falsos. Tal vez si lograba hablar con los líderes de los otros reinos, podría convencerlos de que los akaryn no eran los culpables, y que había una amenaza mayor que los acechaba. Tal vez podría encontrar una forma de restaurar la paz, o al menos de evitar una guerra total.
— Pero señor... el campeón aún es muy joven para realizar dicho encargo... —protestó el soldado con preocupación.
— El campeón es el único que puede hacerlo. Es el mejor guerrero del reino, el más leal, el más valiente. Es mi representante, y mi sucesor. —Dijo el líder akaryn con frialdad e indiferencia.
El soldado se estremeció al escuchar esas palabras. El campeón era un joven akaryn de apenas 20 años, que había demostrado su habilidad y coraje en numerosas batallas. Era el favorito del líder, y el ídolo de muchos. Pero nadie sabía que era su hijo. El líder akaryn lo había ocultado desde su nacimiento, para usarlo como un arma secreta, como una herramienta para traer la paz al mundo. No le importaba su felicidad, ni su seguridad, ni sus sentimientos. Solo le importaba su potencial, su utilidad, su obediencia. No lo había criado como a un hijo, sino como a un soldado, enseñándole todo lo que sabía sobre el arte de la guerra, la política y la historia. No le había inculcado los valores de los akaryn: el honor, la lealtad, el valor y la justicia. Le había adoctrinado para ser el próximo líder, el que cumpliría su voluntad.
— ¿Su sucesor, mi señor? ¿Acaso piensa abdicar? —Preguntó el soldado con incredulidad y temor.
— No, no todavía. Pero el día llegará, y quiero que esté preparado. Quiero que conozca el mundo, que aprenda de los demás, que se gane el respeto y la confianza de los otros reinos. Quiero que sea un líder justo y sabio, que pueda unir a los akaryn bajo una misma bandera. Quiero que sea el que ponga fin a esta guerra absurda, y que traiga la paz y la prosperidad a nuestro pueblo. —Explicó el líder akaryn con emoción y esperanza.
El soldado comprendió entonces el plan de su líder. Quería enviar al campeón como embajador a los otros reinos, para que fuera su voz y su imagen. Quería que el campeón demostrara su valía y su nobleza, y que se ganara el aprecio y la amistad de los otros líderes. Quería que el campeón fuera el puente entre los akaryn y los demás, y que fuera el artífice de la paz.
Tras ello, asintió, sintiendo el peso de la responsabilidad que recaía sobre los hombros del joven campeón. Era una tarea monumental, la más difícil que jamás se le había encomendado a nadie. Pero no dudaba de la sabiduría del líder, que había elegido al mejor representante para el Pacto Elodrath. El líder akaryn, un rey poderoso y respetado, miró al soldado con una mirada penetrante antes de hablar de nuevo.
— Necesito que prepares al campeón. Dile que está a punto de embarcarse en la misión más importante de su vida, y quizás de la historia de nuestro mundo. No puedo revelarle toda la verdad, pues hay secretos que solo yo conozco. Pero debe saber que está en juego el futuro de nuestro reino y de toda esta tierra, que se encuentra al borde de una guerra sin precedentes. Dile que busque aliados en los otros reinos, que no se deje engañar por las apariencias, que descubra quién está detrás de estos ataques falsos que nos acusan de romper el pacto, y que traiga pruebas irrefutables que demuestren nuestra inocencia.
El soldado asintió con determinación y se retiró para cumplir con su tarea. Buscó al joven campeón por toda la fortaleza akaryn, hasta que lo encontró entrenando en el patio. El campeón, un guerrero ágil y astuto, de cabello gris y ojos azules, se detuvo al ver al soldado. Era el hijo del rey, el heredero del trono, y el orgullo de su pueblo.
Por lo mientras, el rey se quedó reflexionando en su trono, recordando el pasado de su pueblo. Los akaryn habían sido la raza más bélica del mundo, y casi habían llevado el caos y la muerte a casi todos los rincones del mundo. Habían conquistado y saqueado muchos territorios, sometiendo a los demás reinos a su voluntad. Eran temidos y odiados por todos, y se habían enorgullecido de su poder y crueldad.
Pero tras siglos de destrucción y caos, una guerra interna entre los mismos Akaryn había causado casi su extinción, sin embargo gracias a que los mas sabios de los Akaryn habían previsto dicho acontecimiento desde antes, la raza pudo salvarse gracias a una ciudad oculta entre los mares, la cual había sido el ultimo pináculo dela especie, y el motivo de su salvación.
Tras decenas de siglos los Akaryn perdieron su poder original siendo sustituido por inteligencia y precaución, cambiando su estilo de vida belico a uno pacifico. Las demás razas habían aceptado su cambio y tras un siglo de reformas y cambios, los Akaryn se encontraban nuevamente en el borde de la extensión. Los Akaryn exigían defenderse, pero el rey en su afán de mantener sus ideales derechos habia decidido buscar la paz, una paz que hasta el día nunca ha llegado.
Sabia que su cambio no había sido bien recibido por muchos de los suyos, que lo veían como un traidor y un débil. Sabía que había muchos enemigos dentro y fuera de su reino, que querían verlo caer y volver a la antigua forma de guerra. Sabía que alguien estaba tratando de provocar un conflicto entre los reinos, usando ataques falsos para sembrar la discordia y la desconfianza. Sabía que el Pacto Elodrath, un acuerdo de paz y cooperación entre los cinco reinos, era su única esperanza de evitar una nueva guerra, y de preservar el legado de su amada, que había muerto al dar a luz a su hijo.
El rey confiaba en su hijo, el campeón, para cumplir con su misión. Sabía que era el único capaz de restaurar el pacto, y de encontrar al verdadero culpable de los ataques. Sabía que era el único que podía traer la paz y la prosperidad a su pueblo, y a toda esta tierra. Rezó por su hijo, y por el destino de todos.