Inefable | 1.0

All Rights Reserved ©

Summary

En un mundo de guerras y constantes conflictos donde reina la magia, Atheyele se ve obligada a elegir entre la vida de su hermano o su muerte en un secuestro, a cambio de hacer un viaje hasta la otra punta del mapa de Khisfire para salvar el reino que allí está a punto de perecer y ella es la única que puede salvarlos. Pero hay dos cosas nadie tomó en cuenta; que Atheyele quiere conocer el mundo y Kallias está dispuesto a mostrárselo.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1.

«Están extintas».


Fue el único pensamiento razonable que tuve, al ver una paloma posada en el reposabrazos del balcón de mi habitación. No había visto una jamás a parte de las imágenes de los libros de historia. Majestuosamente lindas, e irracionalmente pequeñas. Pero ahí estaba. Linda.


—Hola, preciosa —me acerqué cuidadosamente, con miedo de como pudiera reaccionar.


¿Y si me daba un picotazo?


No, hoy tenía que estar presentable a toda costa para mí pedida de mano.

Pero aquel animal era tan raro y a la vez atrayente para mi persona, que poco me importó y lo toqué con la punta de mi dedo.


El animal emitió un sonido que no pude identificar más que como un gorjeo. Me acerqué más, poniéndome de rodillas a la altura del ave. Coloqué un mechón rebelde de mi verde cabello detrás de mi oreja, y acaricié con más ahínco el plumaje blanco.


—¿Tienes hambre, amiga mía? —la paloma giró su cuello extrañamente rápido hacia un lado, abrió sus alas y de un salto y varias aleteadas, posó sus pequeñas patas en la seda de mi cama— No ahí no —la miré con disgusto— Hambre —se giró hacia mí— Sí, eso. ¿Tienes hambre? —abandoné el balcón, yendo detrás del animal.


Por un momento. Cuando entré a mi habitación hace varios minutos y la encontré posada en mi balcón; pensé que era algún monstruo roba almas, como los de los cuentos que mi madre me contaba. O que se había escapado del portal al Otro Mundo y vino para asesinarme. Luego recordé las clases de Historia de la Flora y Fauna de Khisfire con el profesor Alkimius en las que más de una vez mencionó a la paloma como animal casi extinto y bastante raro de ver, las imágenes llegaron a mi mente y me retracté de haber intentado dañar a mi "atacante".


Jalé de la campana que colgaba al lado izquierdo de mi lecho, llamando así a mi, más que sierva, amiga; Baar.

Ella apareció enseguida ante mi presencia.


—¿Se le ofrece algo, ama? —no notó la presencia del animal, pues su mirada iba directamente al suelo y no a mi cama.


—Trae algunos granos; maíz, frutos secos, arroz crudo —su mirada se volvió incrédula, pero no sacó la vista del marmoleado piso. Solo asintió y desapareció tan rápido como había llegado.


Me giré a ver al más nuevo animal en mi cama. Sí, era una paloma común y corriente —omitiendo el hecho de que están en peligro de extinción—, pero había algo en ella que no me acababa de convencer. Algo dorado brillaba en su cuello, parecía oro, del más puro y deslumbrante.


Me acerqué despacio, para que no se asustara, pues no me sacaba los ojos de encima, y un animal como éste no se ve todos los días. Qué demonios, un animal como la paloma no lo ve nadie desde hace más de doscientos años.


La tomé entre mis manos, otro sonido extraño salió de su garganta. La curiosidad me mataba por saber qué tipo de joya cargaba en su cuello. Levanté el plumaje con cuidado y lo ví. Un collar dorado. Era oro sin duda alguna, y otras piedras que nunca había visto.

Quedé abonada. Por lo que había llegado a estudiar de estos animales. Su presencia era tan común que nadie las consideraba valiosas, aún cuando poseían una fuerza vital crucial para alimentar las salvaguardas, la desesperación en la guerra fue tanta, que ni siquiera las reproducieron y se las ofrecieron a los mantos como alimento y las extinguieron. Eran tan comunes que no tenían valor, que nadie se esforzaría en mandar a hacer un collar de oro y piedras a la medida de una de ellas. Nadie tan común haría eso si no fuese una persona interesada en cuidar de estos animales o atesorarlos. E incluso si fuera así, tener una es ilegal, al menos aquí en Windskar.


—Eres una pequeña suertu… —me arañó la palma de la mano con las garras, algo más brillo en su pata— ¿Y esto qué es…?

«Las palomas antiguamente eran entrenadas para servir como mensajeras en las guerras o a través de los reinos».

Resité la oración en mi mente tal cual la había aprendido con el profesor Alkimius.


—¿Un mensaje? —me pregunté al desenrollar el pequeño papiro que llevaba en la pata.


“Mi nombre es Iker. Valora mi presentación,

porque gasté mucho de mi tiempo en amarrar

eso a mi pata”.


—¿Que tú… qué? —la miré horrorizada. Me alejé varios pasos.


«Esto debe ser una broma de Atheyele».

Sí, eso debía ser. Una broma pesada de mi hermano.


—¡Atheyele! ¡Sal de donde quiera que estés, mugroso hijo de…! —la paloma salió volando directo a mi cara— No, no, no —retrocedí lo más que pude hasta que mi cuerpo chocó con la puerta. Pero ya era demasiado tarde, la tenía dando aletazos en mis mejillas, próximamente rojas.


Solté un manotazo al animal, que hábilmente esquivó. Definitivamente no era una paloma cualquiera. Estaba bien entrenada.


—Atheleye, juro que voy a matarte.

Utilizo mi conexión mental con mi gemelo para reclamarle.


—¿Por qué exactamente? —responde de inmediato a mi llamado con un tono "fingido" de confusión y… espera, ¿excitación? Dioses, está con alguien en este momento.


—Por la maldita paloma que pusiste en mi cuarto —respondí dándome igual con quién estuviera o qué estuviera haciendo.

“Que se volvió loca y ahora me está dando una paliza con sus alas”. Omití. Eso sería bastante vergonzoso de decir y más al desgraciado de mi hermano.


—Juro que no puse nada, hermanita. Y… ¿una paloma, esas no estaban en peligro de extinción? —Ohh no. Ahora utilizó ese tono que, dioses… me dice exactamente que está diciendo la verdad.


En este momento hubiera preferido que mi hermano sí fuera el culpable, ya que al menos tendría alguien a quien culpar. ¿Pero ahora? No hay una razón verdadera o un culpable para esto.


¿Quién demonios había puesto una paloma en mi habitación? ¿Quién le había puesto la nota?


Porque era obvio, ella no pudo haber sido, como lo decía en el pequeño papiro.

Por supuesto que no. Necesitaba respuestas.


Las puertas de la habitación se abrieron y dieron paso a Baar, que venía exaltada, respirando pesadamente y con una bandeja llena de granos, como le pedí.


—¡Ama! —gritó cuando vió al animal loco volando encima de mi cabeza— ¡Shu, bestia, shu! —me ayudó a ahuyentar a la paloma hasta que estuvo posada nuevamente en el balcón.


—No le cuentes de esto a nadie, es una orden —la miré severamente a los ojos.

Si alguien veía al animal no dudaría en llevárselo y hacer quién sabe qué. Existía la posibilidad de que lo llevaran a alguna granja avícola a las afueras de la ciudad, pero también cabía la duda de que lo arrojaran como alimento a las salvaguardas. Después de todo, no dependíamos de ellas.


Y yo no iba a permitir que hicieran algo malo con este animal tan curioso.


—Ve a buscar una jaula, rápido —le pedí a Baar, ella asintió y se marchó de nuevo.


La paloma me miró, luego miró el cielo, caminó más allá en el balcón y…


—No lo hagas amiguita, no te haré daño.


…voló.


—¡Por todos los dioses, no te vayas! —voló hacia el jardín delantero del castillo, donde habían suficientes personas para que al menos cinco de ellas la vieran.

Las puertas se abrieron y por ellas entró una carroza jalada por seis caballos. De madera negra y detalles dorados. Lo suficiente pomposa como para saber que era el rey Cam que venía a pedir mi mano.

Avaricioso, arrogante y sobre todas las cosas —y lo digo en serio—: guapo.

Con esos cabellos dorados y su presencia indiscutiblemente sexy. Era casi imposible que alguna chica de la ciudad de Arkaris se haya resistido alguna vez a su encanto y la atrayente riqueza que conserva con casi tanto ahínco como con su enorme colección de extrañas peculiaridades. Tanto en personas, como en objetos y…


«Maldición» animales.


Estoy segura de que para Cam sería un verdadeo logro presumir sobre una paloma blanca, la cual está casi extinta; que además como bonus trae un collar de oro y piedras hecho a la medida.


Definitivamente no puedo dejar que eso pase.


O tal vez sea el hecho de que mi cuerpo completo se siente atraído al animal, como si tuviera que ir donde él volara. Como imanes electrizados con cargas diferentes, tanto una como la otra se sienten atraídas y yo, antes de que me dé cuenta, estoy saliendo de mi habitación a la carrera, detrás del curioso espécimen.

El pasillo iluminado por candelabros me espera en cuando abandono la sensación de calidez que me ofrecen mis aposentos. Corro a la derecha a través de la larga extensión de paredes de piedra adornadas de retratos tanto míos, como de mi hermano a lo largo de los veintiún años que ambos hemos vivido juntos.


A mi derecha, cuadros de nuestra trayectoria académica, cuando iniciamos en el colegio de escribas, otro cuadro más grande de ambos montando en nuestra pareja de caballos, Furia, su yegua y Tormenta, mi corcel. El siguiente retrato es sólo uno de los tantos que nos hacen en las constantes bodas de nuestro padre, cuando incluye una esposa más a su harem, en éste, no estamos tan sonrientes como en los otros, ya que fue especialmente hecho tres días después de la muerte de nuestra madre, la primera esposa, y antigua reina de Windskar; Amelehí II. Pero no vale la pena llorar por eso, sólo teníamos trece años y no sabíamos lidiar con el dolor. El siguiente retrato es uno en especial, gracioso, donde sólo está mi hermano el día de su alistamiento para la academia de esgrimistas, cubierto de manchas y puntos rojos a causa de una alergia causada cuando se comió una baya venenosa en su clase de supervivencia silvestre. Afortunadamente sobrevivió, pero mantengo la teoría de que eso le afectó severamente en lo que respecta a sus neuronas.


Juro que podría seguir observando esos cuadros sin cansarme ni un segundo. Pero los mejores están a mi izquierda. Y aún cuando ya me dirijo a las escaleras, para bajar rápido, aunque discretamente, por la puerta trasera de la cocina hacia el jardín; los cuadros 𝘧𝘢𝘮𝘪𝘭𝘪𝘢𝘳𝘦𝘴 son los que más aprecio y los que están grabados a fuego en mi memoria.


Y aunque yo considero que sí fuimos felices tan solo siendo mi madre, Atheyele y yo. Él aún no perdona a mi padre por estar ausente el mayor tiempo que madre pasó en cama, mientras su enfermedad agravaba.


Hay bastante menos retratos en la pared izquierda que en el lado opuesto. Ya que pocos fueron los años que estuvo con nosotros. Y aún así, duele cada maldito día tanto como el primero que pasé sin ella.


Sujeto los pliegues de mi vestido para no tropezar mientras corro como si huyera de los brazos del Dios de la Muerte.

«Dioses… que no halla ido muy lejos, que no halla ido muy lejos». Repito el mantra en mi cabeza como si eso pudiera evitar que la paloma volara a menos velocidad.

Atravieso la cocina con la reprimenda de algunos cocineros y las reverencias de todos.


Salgo por fin al jardín rodeo toda la construcción con el cuidado de no ser vista. Ocultándome detrás de los arbustos perfectamente cortados paso a un lado del carruaje sin ser vista.

La paloma sigue sobrevolando el medio de transporte como si quisiera que Cam pudiera verla.


En ese momento deseé traer conmigo alguno de los granos que Baar llevó a mi habitación, así podría atraerla.

Entonces recordé mi don. Era uno de los más comunes, e inútiles en la mayor de las situaciones que no conllevara invocar grandes raíces para matar soldados en una guerra. ¿Pero para mí? ¿De qué me servía poder hacer florecer lindas flores? Nunca lo había hecho. Pero ahora, mi don podía ser bastante útil.


Cerré los ojos. Me concentré en mantener mi mente inquieta en blanco. Imaginé varias semillas en las palmas de mis manos, y al abrirlos, ahí estaban, se podía ver con facilidad restos de magia salvaje sin moldear saliendo de las palmas de mis manos. Usé las semillas para intentar atraer al animal, y funcionó. Lo llevé de regreso a mi habitación oculto entre los muchísimos vuelos de seda.


Caída la noche, luego de la cena con mi familia, entré a mi habitación dispuesta a darme un baño y despejarme de la euforia abrumadora que, desde la mañana, no había sonaba mi cuerpo. Como si estuviera en una de las fiestas celebradas para los dioses, excepto que no había música, ni bailes, ni comida o algún tipo de diversión. La emoción estaba ahí, por algo que yo no llegaba a descifrar.


—Baar —llamé su atención, la mirada de la sierva estaba clavada en el suelo, aunque bastante más brillante y llamativa. Me fijé en el supresor de magia que llevaba en su frente, una lástima total para una joven como ella— ¿Me preparas un baño?


—Como usted diga —reverenció.

Suspiré dejándome caer encima de la enorme cama. Desvíe la vista a un lado clavándola en la jaula de varillas de hierro donde la paloma descansaba, dormida.

Un rato después, salí del baño a través de la puerta que daba a mi habitación vestida con un vestido para dormir bastante sencillo. El sueño era pesado, y a su vez opacado por el incesante aleteo de mi corazón eufórico que no obedecía a mi cerebro.


«Duerme…».


Una voz extrañamente reconfortante que no sonaba a mi conciencia retumbó en lo más profundo de mi mente.

Y como si fuera alguna especie de sedante, caí en los brazos de la diosa del descanso, Athune.


—No debimos traerla —se quejó alguien en un lugar. No, no alguien; una persona, más bien un hombre, de voz suave, pero severa.


—No debimos hacer esto desde el principio —esta vez fue una chica quien habló.


Me muevo. No. Me mueven.

Estoy colgando encima de algo, envuelta con algo áspero, como si fuera un saco con papas. La cabeza me da vueltas, y aunque no consigo ver nada, la brisa fría que me golpea por encima de lo que me cubre me es suficiente para saber que estoy fuera de mi habitación, mi segura y custodiada habitación. He sido secuestrada. El número de pisadas, bulliciosas y sin cuidado; a menos que sean unos secuestradores idiotas, estamos lo suficientemente lejos del palacio como para que anden así de descuidados y son los suficientes como para haberme matado si hubieran querido. Ellos se estaban quejando, no me querían a mí, al menos eso puedo deducir.


—¿Qué es lo que quieren? —pregunto de repente, haciendo que todas las pisadas se detengan.


—Mhm… —suspiró una voz debajo de mí.


Debajo de mí…


Los ojos se me abren de par en par, a pesar de ver totalmente negro.

Me llevan como un maldito costal.

Quiero replicar, quiero gritar, quejarme y lanzar patadas a todo lo que me tope. Pero soy lo suficientemente inteligente como para quedarme callada delante de secuestradores que, evidentemente, me superan en número y, seguramente, armamento.


—Así que la princesita ha despertado —la chica nuevamente— No intentes correr o pedir ayuda, eso es…


—Inútil —la interrumpo—, lo sé. No es la primera vez que me secuestran ¿Sabes? —replico, las risas hacen eco donde quiera que estemos.


—Maldición, ella es lista —dice el hombre que me mantiene cargada.


—Estúpida, más bien, si cree que puede hablarnos de igual a igual —murmura una voz grave, pero baja. Odio no poder ver con quiénes estoy tratando.

Y sólo me queda un arma, la más eficaz, debo decir: la arrogancia.


—Ohh, creí que estaba siendo gentil, plebeyo —espeté.


Secuestrada, sucia y con muy pocas horas de sueño, pero jamás me quedaré con la palabra en la boca.


—¿Mhm? ¿Cómo sabes que no soy de la aristocracia?


«Esto ya es mucha palabrería».


Normalmente me pondrían en un lugar aislado si quisieran pedir un rescate hasta que llegaran a buscarme con el dinero. Y si quisieran algo de mí ya me hubieran quitado lo que quiera que traigo encima y me hubieran interrogado. Pero no, estamos parados, bueno, ellos; y se están tomando el tiempo de hablarme.


—He memorizado cada rostro, cada prenda de ropa, cada razgo característico e incluso la voz de cada miembro de la aristocracia de Windskar —explico, será mejor ganar tiempo— ¿Hermano? ¿Atheyele, estás ahí? —tiendo la mano a través de nuestro vínculo mental, pero no recibo respuesta— Tu voz sería fácil de memorizar. Hermano, por favor, dime algo —está confirmado, han disipado mi conexión. No son tan idiotas como creía.


—Intenta algo contra eso ahora —graznó con gracia el "Mastodonte", nombre con el cual he decidido referirme temporalmente al fortachón que me cara.


—Sigo pensando que esto ha sido una mala idea —dijo de nuevo del de la voz suave.


—Calla, calla, esto ha sido idea del jefe —Mastodonte comenzó a caminar de nuevo, dando pasos cortos.


Estamos en un lugar pequeño. Sí, solo puede ser eso. El grosor de sus brazos al rededor de mis pantorrillas me confirma que es un hombre de complexión horriblemente grande, por lo que se mueve con dificultan en lugares pequeños.


Entonces me bajan. Y me arrojan descuidadamente al suelo. El mareo reciente regresa y se vuelve a ir igual de rápido. Quitan lo que sea que me cubre y la luz de las lámparas mágicas me iluminan los ojos como el final del camino de la vida.


—Entonces… —una chica de cabello corto por el mentón tejido en trenzas de una mitad, me mira a los ojos con detenimiento, casi queriendo ver lo que pienso— ¿Eres muy lista, cierto?


«Maldición. Tiene un supresor de magia en su frente».


Asiento.


—Y para colmo presume —se burla el de voz gruesa soltando algunas carcajadas.

—Shh, estoy hablando yo. ¿Eres lista? —asiento nuevamente— ¡Habla! Hace un momento lo hacías con normalidad —paso saliva, fuerte.


—Lo soy, mucho en verdad —presumo, la chica me mira incrédula, con el ceño fruncido.


—Si tan segura estás de eso, ¿por qué no nos ayudas con algo? —un hombre de piel bronceada, con casi dos metros de altura y músculos increíblemente fuertes se acerca a mí. Bueno… él es Mastodonte.


—¿Por qué tendría que ayudar a unos secuestradores? —los miro a todos.

Delante de mí, los cuatro chicos parecen sacados de una novela de ficción. Todos están vestidos con ropa negra, y como supuse, armados hasta los inferior.

La chica de cabello corto lleva dieciocho vainas visibles cargadas con dagas, en las costillas, los muslos y la cintura. Y parece haberse escapado de un burdel porque estar desnuda no haría la diferencia de la blusa de mallas transparentes que lleva puesta y una serie de bandas negras que cubre su parte inferior.


Mastodonte parece un poco más razonable con el suéter de cuello de tortuga negro que lleva puesto y los pantalones de cuero. El cabello castaño contrasta con la carencia de color y sus ojos azules brillantes. Aunque sigue siendo igual de intimidante con el par de hachas que trae en las manos.

Los otros dos hombres los identifico como un hombre delgado, de cabello rubio y una espada en la mano y un chico que parece más joven, con el pelo azul, sin camisa y pantalones razgados.


—Por tu bien, nos ayudarás —dice el de cabello azul, que era el portador de la voz calmada.


Trae algo en su lado izquierdo. Me inclino descaradamente para ver y… «Por todos los dioses». Tiene a la paloma. Y no necesariamente en una jaula, ella simplemente está posada en su hombro.

Mastodonte apartó a la chica delante de mí y me volvió a cargar en un movimiento rápido, comenzando a caminar en línea recta.


—¡Oye! ¡Bájame, soy tu princesa, y te ordeno que me…! —alguien murmuró algo y mi boca se cerró, y no se abrió más. Maldita magia. Me quitaron el había.


—Ahh, mucho mejor —dijo el rubio.

No sé a dónde vamos, pero ya no estoy cubierta con esa manta mugrosa. Y entonces me permito un momento para analizar dónde me encuentro.


Es un pasillo estrecho, poco iluminado, con paredes oscuras y piso de piedra. No hay decoración, no debe ser una casa por el gran ruido de fondo. Hay muchas personas a donde nos dirigimos.

Poco a poco, a mis espaldas el ruido se va amplificando hasta que mis oídos se aturden por los vítores y bufidos de las personas a mis costados.


A ambos lados hay gradas, por lo que debe ser una especie de show, los hombres se intercambian billetes y las mujeres miran atentas hacia el frente.

De un momento a otro Mastodonte me baja, y puedo ver lo que hay al frente.

Mi expresión me delata en cuanto veo directamente al foso un piso más abajo.Sin duda sorprendida.