Capitulo 1
El primer golpe de conciencia fue el sonido de un monitor cardíaco. Bip. Bip. Bip. Luego, el olor antiséptico del hospital me llenó la nariz, y una sensación de vacío me aplastó el pecho. Abrí los ojos con dificultad, parpadeando ante la luz blanca que parecía perforarme la mente. Las caras de mis padres se enfocaron lentamente: mamá tenía los ojos rojos, y papá apretaba su mano con fuerza. Ambos lucían aliviados, pero algo en sus expresiones me decía que algo estaba mal.
—Alba, cariño, estás despierta —dijo mamá con voz temblorosa, una lágrima escapándose por su mejilla.
—¿Qué... qué pasó? —pregunté, mi garganta tan áspera como papel de lija. Apenas reconocía mi propia voz.
Papá fue quien respondió, con cautela, como si cada palabra pudiera romperme.
—Tuviste un accidente, hija. Te encontraron en el mar. Sergio te salvó.
¿Sergio? El nombre resonó en mi mente como un eco vacío. Intenté buscar alguna conexión, un rostro, un recuerdo. Nada. Cerré los ojos con fuerza, esperando que algo emergiera de la oscuridad, pero todo seguía siendo un espacio en blanco.
—¿Sergio? —repetí en voz baja, tratando de ubicarlo. El nombre no significaba nada y, al mismo tiempo, parecía crucial.
Papá intercambió una mirada con mamá antes de continuar.
—Sí, cariño. Sergio... era tu novio. Terminaron hace un año, pero siempre te ha cuidado. Él fue quien te encontró.
Mi mente se detuvo. Novio. ¿Sergio era mi novio? ¿Cómo podía no recordarlo? Un nudo se formó en mi estómago, y mis dedos se aferraron a las sábanas del hospital.
—No... no lo recuerdo. Nada de eso —admití, sintiendo cómo la confusión se mezclaba con el miedo.
Mamá tomó mi mano entre las suyas, su tacto frío y tembloroso.
—Es normal, Alba. Perdiste algunos recuerdos por el golpe. Pero con tiempo y terapia, todo volverá a su lugar.
El doctor confirmó lo mismo minutos después. Habló con paciencia, explicando términos médicos que apenas podía procesar. “Amnesia retrógrada” fue la frase que quedó grabada. No podía recordar los últimos meses. Ni a Sergio. Ni siquiera cómo había terminado en el mar.
Pasé el fin de semana en el hospital sintiéndome como una extraña en mi propio cuerpo. Mis padres hablaron de recuerdos, de anécdotas que me definían. Pero cuanto más intentaban rellenar los huecos, más irreal me sentía. ¿Cómo podía haber perdido piezas tan grandes de mi vida?
El regreso a casa fue abrumador. Una fiesta de bienvenida esperaba por mí, organizada por Paula y Laura, mis mejores amigas. Globos, risas, abrazos. Todo me resultaba distante, como si estuviera observando a través de un cristal empañado.
Entonces lo vi. Sergio. Estaba de pie junto a un grupo de chicos, hablando en voz baja. Su sonrisa era amable, pero había algo en su mirada que me hizo estremecerme. Era como si supiera algo que yo no. Como si cargara con un peso que no podía compartir.
—¿Quién es él? —susurré a Laura, fingiendo interés en los bocadillos.
Ella me miró, confundida.
—¿Sergio? Alba, ¿estás bien? Es tu ex...
—Lo sé —mentí rápidamente, mi corazón acelerándose. Pero no lo sabía. No sabía nada.
Decidí evitarlo. La idea de hablar con él me aterraba, como si hacerlo pudiera derrumbar un muro que protegía algo que no estaba lista para enfrentar.
—¡Alba! —Una voz detrás de mí interrumpió mis pensamientos. Un par de manos cubrieron mis ojos, y mi corazón dio un vuelco.
—Adivina quién soy —dijo la voz, cálida y familiar. Cuando las manos se apartaron, me encontré frente a un chico alto y musculoso, con una sonrisa que encendió algo en mi pecho.
—Pablo... —murmuré, reconociendo a mi amigo de la infancia al instante. Mis recuerdos con él eran claros, llenos de risas y aventuras. Lo abracé sin pensar, dejando escapar una risa nerviosa.
—¡No sabes cuánto te extrañé! —dije, sintiendo una ola de alivio al encontrar algo sólido en medio del caos.
—Yo también te extrañé, pequeña —respondió, despeinándome como solía hacerlo cuando éramos niños.
Pasamos un rato poniéndonos al día, y presenté a Pablo a Paula y Laura, quienes rápidamente lo aceptaron en el grupo. Pero a medida que avanzaba la tarde, mi mirada volvía una y otra vez a Sergio. No podía evitarlo. Había algo en él que me inquietaba y me atraía al mismo tiempo.
Finalmente, me armé de valor para hablar con Pablo a solas.
—Pablo, necesito decirte algo. Mis padres... me dijeron que Sergio y yo éramos novios, pero no recuerdo nada de eso. Ni siquiera sé cómo hablar con él.
Pablo frunció el ceño, pensativo.
—¿En serio? ¿No recuerdas nada? —Su tono era suave, pero sus ojos estaban llenos de preocupación.
Negué con la cabeza, sintiendo las lágrimas acumularse.
—Es como si fuera un extraño. No sé qué hacer, Pablo. Me siento perdida.
Él tomó mi mano, apretándola con firmeza.
—No estás sola, Alba. Estoy aquí para lo que necesites.
El resto de la tarde pasó en un borrón de despedidas y palabras amables. Cuando Sergio se acercó finalmente, lo hizo con una distancia que me rompió algo por dentro.
—Espero que te recuperes pronto, Alba —dijo, su tono frío y distante. Luego se dio la vuelta y se marchó con sus amigos.
Me quedé mirándolo, sintiendo un vacío inexplicable en el pecho. ¿Por qué era tan distante? ¿Por qué me dolía tanto algo que no podía recordar?
Esa noche, mientras me acurrucaba en mi cama, las lágrimas rodaron sin control. No entendía lo que sentía, pero sabía que algo en mi relación con Sergio era importante. Algo que necesitaba descubrir. Y el miedo a lo desconocido era un peso que no sabía si podía cargar.
A la mañana siguiente, me desperté con la sensación de que el día anterior había sido un sueño extraño. La luz que se colaba por la ventana parecía más suave, pero el peso en mi pecho seguía ahí, como si no hubiera cambiado nada. Cuando entré al baño, me miré en el espejo por un largo rato, buscando en mis ojos algo familiar, pero todo me parecía distante. Me estaba acostumbrando a la idea de que había perdido algo esencial.
Mi mamá entró a la habitación sin previo aviso, con una sonrisa que intentaba ser reconfortante, pero sus ojos seguían cargados de preocupación.
—Alba, cariño, quiero que sepas que en tu cuarto, en la estantería, hay unos diarios. Son de cuando eras pequeña. Siempre los escribiste, incluso cuando eras muy chiquita. Quizás te ayuden a recordar algo.
Me quedé en silencio, observándola. No recordaba esos diarios, ni cómo había sido capaz de escribir tanto. La idea de volver a conectar con esa parte de mí misma, algo tan íntimo y tan lejano, me asustaba. Pero al mismo tiempo, sentí una curiosidad profunda. ¿Qué podía contener? ¿Qué podía descubrir de mí misma?
—¿Diarios? —repetí, con la voz ronca, como si fuera la primera vez que escuchaba esa palabra en años. Mi garganta estaba aún áspera.
—Sí, los escribías todos los días. Cuando eras pequeña, solías contar todo lo que hacías. A veces te los llevaba al colegio, los tenías siempre contigo.
Mis ojos se desplazaron hacia la estantería donde mamá había señalado. Allí, en una esquina, había una pila de cuadernos gastados. Sentí un nudo en el estómago, pero también una necesidad imperiosa de ir a verlos. Tal vez, si me sumergía en esos recuerdos, podría recuperar algo de lo que había perdido.
—Voy a buscar uno —dije finalmente, tratando de darme un poco de valor.
Me acerqué a la estantería y comencé a revisar los cuadernos. Cada uno de ellos estaba etiquetado con el año correspondiente, con una caligrafía infantil que parecía tan lejana ahora. Desde el 2010, cuando tenía 7 años, hasta el 2019, el último año que recordaba con claridad, al menos hasta cierto punto.
Mi dedo recorrió las tapas de los cuadernos hasta llegar al último, el de 2019. Lo saqué con cuidado, sintiendo una mezcla de expectación y temor. ¿Qué encontraría en esas páginas? ¿Sería capaz de ver, a través de mis propias palabras, algo de lo que había sucedido entre Sergio y yo?
Abrí el cuaderno, el sonido de las páginas pasando fue extraño, como si no pertenecieran a mí. Las primeras páginas estaban llenas de pensamientos triviales, de cosas cotidianas, como las tareas escolares, las reuniones con amigas, las bromas que hacía con Paula y Laura. Pero, al llegar al final del cuaderno, algo cambió. Allí, las palabras se tornaron más intensas, más emocionales. Era evidente que algo estaba sucediendo.
En las últimas páginas, mi letra se volvía más apretada, más urgente, como si estuviera tratando de retener algo que me desbordaba. Decidí leer una de las entradas más cercanas al final del cuaderno. La fecha era del 1 de agosto de 2019.
″ya no puedo seguir con el, estos pensamientos me están destruyendo, y esta acabando con nuestra relación, lo conozco, se que posiblemente el ya sabe lo que me pasa, va a tratar de ayudarme, y yo lo voy a destruir, así que antes de que pase eso, mejor termino esto″