1
HACE TRES MESES
No debería estar aquí.
Le hice una promesa a la única amiga que he tenido en mi vida, una promesa que cada vez es más difícil de cumplir. He pensado en romperla cientos de veces, al menos una vez al día desde el día en que me dejó, pero nunca he tenido el coraje para hacerlo realmente.
Esta noche, sin embargo...se siente diferente. Me siento diferente. Esta vez estoy demasiado involucrado y solo quiero que pare. No más dolor. No más culpa. No más miseria.
Con suerte, solo sentiré... nada. Oscuridad. El fin.
Aferrando la venda que he llevado conmigo durante casi dos años, estoy sobre mi motocicleta al borde de la curva en la carretera donde mi hermano murió, frente al empinado acantilado que domina el bosque abajo.
Montar en moto.
Saltar desde un acantilado.
—Estoy a punto de matar dos pájaros de un tiro aquí, nena —río a través del dolor en mi pecho. Luego, me inclino para echar un mejor vistazo—. Lo voy a hacer.
Pero aún no he terminado.
Y esto probablemente no es lo que ella quería decir cuando escribió esa lista.
Ella no quería morir. Lo prometió, igual que yo.
Un relámpago suena sobre mí, y me abrazo a mí mismo. Se acerca una tormenta. La lluvia aún no ha comenzado, pero hace tanto viento y frío que apenas puedo sentir mis manos mientras meto la mano en el bolsillo de mi sudadera con capucha. La botella de whisky que robé de la oficina de mi padre esta noche ya no está, así que me trago un par de pastillas en su lugar, luego enciendo el porro que enrolle antes y doy una calada.
Mi cabello sucio y sin lavar se me mete en los ojos, bloqueando mi visión, pero no importa. No necesito ver nada. Solo necesito conducir. Solo unos metros más.
Vamos, cobarde. Vamos, vamos, vamos...
Mi teléfono vibra entre el manillar, y casi lo ignoro esta vez.
Casi.
Entrecierro los ojos al leer el mensaje en la pantalla, el miedo paralizante enroscándose alrededor de mis pulmones y apretando mientras leo las palabras. Y luego veo las fotos...
Creo que voy a vomitar.
No pienso antes de tener el teléfono pegado a mi oreja. Se toma una eternidad en contestar, pero cuando lo hace, suena completamente despierto y muy divertido, los sonidos de la fiesta en la que está resonando en el fondo.
—¿Qué quieres? —bromea.
—Necesito tu ayuda.
—¿Otra vez? —Creo que se ríe, pero apenas puedo escucharlo sobre el zumbido en mis oídos—. No puedes estar hablando en serio.
—Por favor —susurro, estremeciéndome ante el próximo destello de relámpago en el cielo—. Es...es Jungkook.
Hace una pausa, luego pregunta.
—¿Dónde estás en este momento?
Sacudo mi pesada cabeza, sintiéndome mareado mientras miro a mi alrededor.
—Yo...
—No importa. Maldita reina del drama. Estaré allí pronto.
Después de que cuelga, guardo el teléfono en el bolsillo y espero, pero no contengo la respiración. Pronto podría significar cinco minutos o cinco horas. Él no se apresurará porque realmente no le importo. No lo culpo. Tampoco me importo a mí mismo.
La lluvia comienza, cae, luego cae aún más. Estoy empapado de pies a cabeza en cuestión de segundos. No sé cuánto más tiempo pasa mientras fumo mi porro, protegiéndolo dentro de mi sudadera con capucha para tratar de mantenerlo seco. Una vez que se acaba, tiro la colilla y levanto la cabeza, echando un último vistazo al cielo oscuro antes de colocar la venda en su lugar.
Otro mensaje llega, y aprieto los ojos detrás de la tela. Levantándola un centímetro, elimino rápidamente todos los mensajes que me ha enviado y bloqueo su número. Mi teléfono probablemente se romperá cuando llegue abajo, pero no puedo arriesgarme a que alguien lo encuentre allí y vea lo que hay en él.
No puedo arriesgarme a que Jungkook descubra lo que he hecho.
Empujando la venda de nuevo sobre mis ojos, agarro el manillar y me acerco un poco más al borde.
—Lo siento, Hani —susurro.
Pero entonces dudo, tragando saliva mientras flexiono los dedos.
Solo gíralo, Jimin.
Hazlo de una jodida vez. Una jodida…