Oh, but not tonight my love
Se sentía estúpido e infantil.
Pasaba todos los días en su casa en Londres, fría y llena de humedad que no se molestaba en arreglar. Con platos sucios apilados por algunos días que en cualquier momento se dignara a lavar, con libros en el sillón y unas flores a punto de morirse en su mesa.
Ya nadie le regalaba flores como antes solían hacerlo. Quizás debería volver a ocuparlas como micrófono, así las personas volverían a sus viejas costumbres. Quizás.
Sé suponía que debía estar haciendo una gira mundial, se supone que debería estar en México. Pero estaba en su aburrida y sombría Inglaterra.
No podía entender por qué los dioses lo despreciaban tanto. Con tanto fervor y pasión, como si sus eternas vidas se basaran en hacer la suya más insufrible. Pero parecía ser su destino, nunca había sido tan feliz como lo fue en The Smiths, y nunca lo volverá a ser. La música no se disfrutaba de la misma forma, ya no era la misma persona, no tenía la misma voz y definitivamente no el mismo físico.
Las personas que se sumergen en su propia tristeza son miserables, siempre lo ha creído.
Él ciertamente era alguien miserable.
Era vergonzoso admitir que creía en que algo lo salvaría con alegría y suavidad, que tomaría su cara y limpiaría sus lágrimas calidas. Acariciaría su pelo y le diría que todo está bien, aunque claramente no lo estaba.
Era lo que siempre había querido. Y siempre culparía a su madre por hacerle amar la literatura y creer los tontos ideales imposibles de los incluso más tontos autores que eran realmente ridículos. Pero no podía evitar llorar un poco al releer las obras y saber con exactitud lo que pasaría en la otra página, aún si sonriendo imaginando, el hermoso paisaje y una hermosa pareja.
No le importaba, se convencía a si mismo. ¿A su edad qué más podría hacer? Todos tienen un límite para amar, y ya lo había visto con sus propios ojos antes. Si es verdadero amor existiera no sería otro más que el de madre. Una persona nunca podría amar a otra a ciegas, siempre querrá algo a cambio, algo a que aspirar, algo que esperar.
Y él ya había dado más de lo que tenía.
El amor te puede destruir hermosamente desde adentro, usando el sedante más efectivo contra los engaños. Suponía que así era, que así tenía que ser. Jackie no lo creía, siempre había sido una persona muy romántica y soñadora, aceptaba el cariño con tanta facilidad que él solo podía admirarla con ojos grandes desde lejos.
Oh, pero alguien en algún momento si lo amó como soñaba, que lo apreció con sus lágrimas infinitas y su voz chistosa. Con su torso esquelético y su pelo desordenado, sus jeans demasiado grandes para él, sus camisas abiertas de colores llamativos, con sus flores en mano y sus lente gruesos.
Johnny siempre será su versión de un príncipe azul. Pelo negro que consumía toda la luz alrededor, que a menudo estaba demasiado caliente para tocar. Con ese estilo tan característico, hebras y hebras de pelo suave y lacio. Nunca nada se le parecería a la sensación de los finos cabellos quemando el interior de sus dedos, rozando con su palma fría.
Era una persona tan fácil de amar que hasta resultaba difícil hacerlo.
Recuerda su confianza al caminar, con su estuche de guitarra que de a momentos parecía más grande que él. Con sus lentes de sol que tapaban los sensibles, emocionales ojos cafés que acompañaban su armoniosa cara. A pesar de siempre ser sincero, que su corazón viajaba más rápido que sus labios, sus ojos lo eran más. Era imposible no encojerse cuando lo miraba buscando respuestas no verbales, como si no fuera realmente consciente del poder que manejaba con una sola mirada en él. Pero claro que lo sabía, Johnny era mucho más inteligente que él.
Veía la vida como algo mucho más fácil, un concepto simple sin más profundidad. Lo envidiaba, de verdad. Como una mente podía estar tan tranquila mientras fumaba en el balcón de algún hotel.
Johnny fumaba demasiado. Él mismo lo sabia y solo sonreía cuando él se quejaba del olor impregnado en su chaqueta de denim.
"¿Oh? Pero a las chicas les gusta."
¿Si hubiera sido una mujer hubiera sido perfecto?
Johnny nunca lo elegiría incluso si fuese sus sueños en vida real. Porque ya lo era, porque siempre lo fue.
¿Pero de qué sirve emborracharse en la melancolía de un pasado inventado? Si tan solo pudiera callar su mente y ser feliz sintiendo los rayos de luz provenientes del sol, escuchar sus vinilos mientras jugaba con sus gatas. Algo que el más pobre de todo Inglaterra podría hacer, menos él.
Johnny siempre fingió que no lo amaba lo suficiente como para molestarse en irlo a visitar sin avisar. Pero sus yemas temblaban en lo más mínimo cuando le preguntaba por unos acordes. Como jugaba con su chaqueta cuando le cantaba unas nuevas canciones que había escrito. Como sus labios se estiraban en una sonrisa tensa cuando lo saludaba primero al entrar a los ensayos.
Todo el mundo lo sabía. No era una sorpresa. Hasta Angie estaba consciente, siempre era un poco más distante con él cuando se quedaban solos.
No era su culpa, el corazón se maneja solo, sin pedir permiso se fija en aquel más inoportuno. Incluso le preguntaron en más de una ocasión si estaba enamorado de Johnny.
¿Acaso no podría Johnny estar enamorado de él?
Los dedos de Johnny eran hábiles al tocar la guitarra y agarrar cigarros a la vez de un vaso de whiskey.
Encontraba injusta la vida. Johnny merecía ser más famoso qué él, dar giras con su banda más allá de Inglaterra y Estados Unidos. Merecía ser amado por la gente, merecía ser apreciado por lo que era, merecía ser tratado como el talentoso músico que es. Johnny merecía tantas cosas que él no. Era una persona transparente y abierta, no como él. No era grosero con las personas insoportables, no era pesado con quienes lo menospreciaban. Pero era firme y hablaba fuerte, claro.
Él solo tuvo el indiscutible talento de convertir su inmensa amargura en palabrería que la gente disfrutaba. Lo hacía sentir como un animal de circo.
Johnny fue quien impulsó sus pensamientos suicidas.
Johnny fue tan injusto con él. Tan grosero e insensible. Golpeaba sus costillas como si de hule fueran, disfrutando el chirrido agudo de dolor, riéndose de como se retorcía bajo su suela. Y él dejaba que lo disfrutara, gritaría si fuera necesario por ver una expresión en el rostro de Marr.
Y todavía lo haría si se lo pidiese.
No podía odiar a Johnny por ser lo que la sociedad lo amoldó ser. Solo cuidaría de sus heridas más profundas, las limpiaría con sudor y Angie se encargaría de las demás, de las visibles.
Cuando sus muñecas derrochaban sangre en el suelo, induciendo un sueño profundo e impenetrable en él. Cuando el aire fue rudamente despojado de sus pulmones con una patada. Cuando en un acto de inmensa cobardía manchó el lindo celular que su sobrino le había regalado. Cuando las lágrimas se funcionaron con su piel amarga, cuando suero fue inyectado en sus venas tornandolas transparentes, fuera del alcance de sus traicioneros dedos.
Angie vino, con pena en sus ojos porque bien sabía las razones detrás de sus decisiones. Besó su mejilla fría con sus labios rojos, más rojos que su sangre. Musitó palabras con dolor y culpa que nunca pudo descifrar. Dejó un ramo de rosas en su mesa, al lado de su libro de Conan Doyle. Un pétalo cayó melancolinamente sobre los cables de su monitor.
Johnny no apareció ni para burlarse de él.
Estaba bien, no tenía que hacerlo. ¿Por qué lo haría teniendo a Angie en la casa? ¿Sus dos hijos?
Eran apenas unos bebés. Eran adorables, tenían los ojos de su padre y la nariz de su madre. Deseaba con todo su corazón poder cargarlos y cantarles una canción de cuna hasta ver sus caras tranquilas. Quizás lloraría viéndolos, o lloraría ognorandolos. Ellos no tenían la culpa de que él fuera solo alguien sin más razones para seguir existiendo.
Les cantaría en voz baja meciendolos justo al lado de la cuna, los besaría en la nariz y les diría lo mucho que se parecen a Johnny.
When you cycled by, it began all my dreams. The saddest thing I've ever seen.
Ellos se reirían en su cara como todos lo hacían, y él solo se reiría con ellos.
Los años pasaron, ya no tenía veinte años y pareciese qué entre más tiempo transcurría, la posibilidad de volver a observar a Johnny mientras sostenía sus manos con incertidumbre, sentir sus yemas con callos, sus uñas débiles.
Esperar sentado el día en que su amigo se dignara a verlo antes de morir. Lo esperaría una eternidad si fuese capaz.
Pero cuando Johnny estaba parado afuera de su casa, todo el mundo se detuvo, sus ojos se nublaron, sus uñas enterrandose en sus palmas sudorosas.
Una sonrisa y un girasol, era todo lo que le ofrecía después de cuarenta años sin tenerlo presente. Toda su empatia se esfumó con rapidez.
Abrió la puerta.
—¡Que ridiculez!
—Yo que he dado mi vida entera por esperar esto... Sería más digno venir con las manos vacías y tu verdadera persona, John Maher.
Lejos de inmutarse, Johnny sonrió aún más y le entregó el girasol antes de hablar.
—Hola Moz.
Y de repente tenía veinticinco de nuevo, en la banda más grande de Inglaterra. Con su quiff despeinado y sus lentes.
Cerró la puerta con seguro. Arrojó el girasol al suelo y lo aplastó contra la suela de su zapato, llorando desesperadamente.
Más de cuarenta años esperando lo que creía iba a ser el reencuentro de su única razón para seguir viviendo. Se sentía mucho peor que morir en vida. Johnny estaba detrás de su puerta, el verdadero John Maher, con ojeras debajo de sus hermosos ojos, con la cara arrugada y texturizada. Exactamente como se lo imaginaba.
Al volver a abrir la puerta después de unos minutos tratando de calmarse, Johnny ya no estaba. En su lugar su alfombra de antejardin. No una nota a la vista, no un pequeño regalo, nada. Simplemente había desaparecido como siempre lo hacía, y como estaba aconstumbrado a ser.
¿Por qué?
Sé dejó caer lentamente contra la madera de su pared, tapándose la boca que sin vergüenza soltaba quejidos y gemidos de dolor. Su cabeza daba vueltas y sus ojos estaban tan cerrados qué dolían. Su cuerpo estaba frío y por un momento pensó que se moriría. Sus piernas temblaban sutilmente. Hacía mucho calor, demasiado. Ya no había nada más que hacer, nada que él pudiera hacer.
Johnny ya se había ido.
Y él de nuevo se quedaba solo en su habitación de hotel en 1987 después de tocar su último concierto como vocalista de The Smiths. Atrajo sus rodillas a su pecho y lloró.





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