La maldición de su mirada
Abrió los ojos, paseando su mirada por las paredes de ladrillos grises, húmedas y llenas de musgo. Se sentó sobre la cama, si es que podía llamar a esa delgada colcha una cama, sintiendo el grillete en su tobillo. Suspiró mientras veía la puerta pesada de metal. “Otro día más”, pensó, mientras observaba expectante el inicio de su rutina: despertar, comer, entrenar, recibir castigos sin razón y repetir hasta caer exhausto.
—Gor se val —dijo una voz cantando con una alegría enfermiza—. Hoy es un día especial, o, mejor dicho, es tu día especial.
La puerta se abrió con fuerza, y un humano en sus 30 entró con arrogante confianza, tomó a Gorseval por las mejillas y lo miró fijamente a los ojos.
—Espero estés listo para agradecerme, pequeña basura —y lo abofeteó con sadismo después de su comentario.
Gorseval no se inmutó por el golpe; era parte de su día a día. No sabía si era la costumbre o si se había fortalecido, pero hacía años que dejó de sentir dolor cuando Dante lo golpeaba. Inhaló y sintió el grillete de su tobillo soltarse.
—¿De qué se trata, señor? —cuestionó Gorseval, su voz fría y sin emociones parecía la de un constructo arcano.
—Pues, Gorsi Gorsi, pequeño genio. Aparentemente, los de arriba notaron tus capacidades, gracias a mí, cabe destacar. Así que te dieron una misión —la sonrisa de Dante era inmensa, y su falsedad se notaba del mismo tamaño que la sonrisa misma, frustración, como la que siente un niño cuando lo obligan a regalar su juguete favorito.
Gorseval levantó una ceja mientras caminaba junto a Dante y recibía su plato de comida, el cual tenía una papilla gris sin sabor y con una textura desagradable.
—¿Qué tendremos que hacer esta vez? —preguntó mientras tomaba un bocado de su alimento.
—No, tendremos no. Será tu primera misión solo, tu oportunidad de ascender de rango en nuestra tan prestigiosa organización, así que no la desaproveches.
Gorseval se sintió extrañado. En sus doce años en la organización, jamás había tenido una misión solo. Siempre iba junto a Dante, siempre se encargaba de recolectar información. No se imaginaba haciendo otra cosa que no fuera informante.
—Los detalles son sencillos, Gorsi. Conoces el pueblo de Labilen en el sur de Nidgand. Pues la familia que lo controla, la familia Felián, aparentemente tienen algo que nos puede servir. Tú tendrás que conseguir la información de dónde guardan esa cosa —Gorseval observaba a Dante hablar mientras sus compañeros practicaban combate detrás de él.
—¿Qué cosa busco?
—A eso voy, un poco de paciencia —Dante buscaba dar largas a su explicación—. Pues, aparentemente, los trabajadores de esa familia encontraron un cristal de prime negro en la mina de lo que solía ser Nilfgaard. Se rumora que podría inclinar la balanza de poder de la región a favor de quien lo tenga. Así que tu trabajo es obtenerlo.
Gorseval se dio cuenta; era una misión suicida. Cumplirla, obtener un objeto tan importante y salir ileso, siquiera vivo, era una tarea difícil, casi imposible. “Me quieren muerto, parece”.
—Lo que hace que esta misión no sea una misión suicida, Gorsi, es que la hija del líder es una joven Luzbelin como tú, muy hermosa he escuchado y, por si fuera poco, ama la música. Así que podrás usar tus capacidades y habilidades de bardo después de tanto. Espero no hayas olvidado cómo tocar el Laud.
Al escuchar la palabra “música”, el cuerpo de Gorseval se estremeció. Tenía años que no tocaba, tenía años alejado de su arte.
—Solo debo acercarme a la chica y sacar la información para hacer el robo. Eso suena…
—Espera, Gorseval, se te olvidó una parte. Luego de sacar todo de ella, deberás matarla. No podemos dejar cabos sueltos y no puede haber testigos.
Su primera misión de asesinato. Él mentiría si dijera que no le daba miedo, nervios, pero era un trabajo, y no hacerlo significaría un castigo.
Gorseval dio un bocado a su alimento, terminándolo y limpiando su boca mientras dos mujeres enmascaradas llevaban ropa y un Laud nuevo, preparándolo. Era evidente que salía tan pronto terminara sus arreglos. Dante le dio una palmada con fuerza en la espalda y lo miró con algo de celos en sus ojos, luego se marchó.
La ropa era colorida y combinaba con su piel roja y sus cuernos; era hermosa, y el Laud ya estaba afinado. Un hombre encapuchado llegó y colocó un pergamino abierto en el pecho de Gorseval y recitó un encantamiento. Un círculo mágico se encendió en el pergamino y lo envolvió.
—Recuerda, chico, siempre estamos observando. Si intentas algo fuera de lo normal, iremos a buscarte —dijo el hombre marcando con cuatro dedos el pergamino, y en un parpadeo, Gorseval apareció adentro de una casa.
Escuchaba el ajetreo de la ciudad afuera de las paredes. Lo habían transportado mágicamente a Labelin. Él colocó su Laud a su espalda y salió a buscar información. Caminó entre las calles en busca de un Luzbelin, es poco común ver seres como él. En su vida, habrá visto cinco, tal vez.
El destino es curioso. No sabemos si está a nuestro favor o nos juega en contra; ni siquiera sabemos si realmente existe. Hay días donde pareciera que la vida nos sonríe; este parecía ser ese día para Gorseval, o tal vez no.
Ahí la vio. Caminaba resguardada, rodeada por tres guardaespaldas. Gorseval solo reconoció los cuernos y sacó su laud. Comenzó a tocar una melodía que recordaba de sus felices días en la academia de artes, “Verana la reina lobo”.
Las notas fluyeron con naturalidad, y su voz salió con una falsa alegría. Los guardaespaldas se detuvieron y abrieron paso a la chica que se acercó a Gorseval. Él la vio, intentó seguir tocando, pero su mundo se detuvo al verla caminar hacia él. Su cabello blanco bailaba con delicadeza en cada paso; su piel azul era refrescante, tersa y hermosa, y al ver sus ojos, Gorseval sintió perderse en un vacío lleno de estrellas donde el mismo cielo parecía pequeño ante la belleza de su mirar. La música se detuvo, y Gorseval solo podía escuchar sus latidos, acelerados. 
“Maldita sea”, pensó.