La guerra de los mil soles

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Summary

En un universo asediado por la sombra de la extinción, la humanidad halla su última resistencia en la República de Romantia, cuyo imperio, unificado bajo el último emperador, enfrenta una cruenta guerra civil tras su muerte. Mientras la República lucha por sobrevivir, en el planeta X, los remanentes de la Legión 8002 resguardan la fortaleza de Nexarum, defendiendo un bastión solitario contra la inminente invasión.

Genre
Scifi/Action
Author
La mano
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

**El lamento de la fortaleza**


En lo más profundo de las sombrías murallas de la fortaleza Nexarum, el clamor de la guerra resonaba como un eco desgarrador que se extendía en cada rincón del vasto recinto. El sonido ensordecedor de los cañones que sacudían los cimientos, parecía perforar el alma misma de la fortaleza, retumbaban sin descanso, mientras que sus torres se alzaban majestuosamente hacia el cielo, como guardianes silencioso de un antiguo pasado olvidado, cubiertas de hiedra y marcadas por los estragos de la guerra, desafiando al mismo destino que parecía acecharla implacablemente, en lo alto de las torres, las estatuas de figuras heroicas miraban con ojos de piedra hacia el infinito, recordando un pasado glorioso que se desvanecía lentamente en la bruma del tiempo. El aire resonaba con el eco de los pasos de los soldados y el crujido de las antiguas puertas de madera, mientras la fortaleza se mantenía firme como un bastión inexpugnable en medio del caos y la destrucción que la rodeaba.


En las angostas calles de adoquines desgastados, el paisaje era desolador. Los cadáveres yacían esparcidos como hojas caídas en otoño, testigos mudos de la violencia que había consumido la ciudad, el humo en el cielo revelador de las horrendas fogatas humanas, lugares donde los cuerpos de los desafortunados terminaban.


El humo pesado se arremolinaba en el aire como un manto gris, envolviendo la ciudad en una atmósfera que dificultaba la respiración y oscurecía la visión,

envolviendo la ciudad en un velo gris y sofocante que llenaba los pulmones con su sabor amargo y penetrante. El olor acre y penetrante de la pólvora se entrelazaba con el aroma dulce y ahumado de los edificios en llamas, creando una mezcla nauseabunda que se adhería a la piel y se colaba en cada respiración. Los ojos picaban y ardían con cada bocanada de aire, mientras el humo oscurecía el cielo y convertía el día en noche.


Suena bien, pero hay un par de correcciones que podríamos hacer para mejorar la fluidez del texto:


Entre la ceniza y el fuego, Maximiliano Licius, un joven soldado de apenas diecisiete años, avanzaba con paso cansado, su figura apenas visible entre las sombras que se cerraban a su alrededor. Su uniforme, envuelto en un overcoat gris que ondeaba con cada paso que daba, una vez impecable, ahora estaba manchado de sangre y cenizas. Sobre este abrigo de aspecto robusto, llevaba una lorica segmentata de color oscuro. En su espalda, grandes tanques estaban conectados a un robusto rifle-lanzallamas. Aunque el peso era considerable, aún mantenía una postura erguida. Sobre su cabeza, una galea, con su cabello castaño ahora opacado por la ceniza y sus ojos marrones, dejando colgar del cuello una máscara de gas. Su rostro llevaba las marcas del sufrimiento y la fatiga.


Esta versión es un poco más fluida y clara en la descripción del uniforme y los elementos que lleva Maximiliano.


Con el corazón oprimido por la desesperación y el deber, Maximiliano se adentró más en las profundidades de la fortaleza, donde el eco de la guerra era más ensordecedor y las sombras parecían cobrar vida propia.


El suelo de la fortaleza estaba cubierto de escombros y restos de batalla, obligándolo a sortear obstáculos mientras avanzaba, cada paso resonaba en el suelo desgastado mascando su ritmo constante de su avance a través de las calles, Maximiliano mantenía su rifle listo, su mano firme en el agarre mientras vigilaba atentamente su entorno.


Mientras avanzaba por las angostas calles de la fortaleza, el rostro fatigado de Maximiliano se iluminó momentáneamente al divisar un destello de color entre los escombros y las ruinas. Levantó la mirada y vio, entre las sombras de una casa en ruinas, una bandera ondeando con orgullo en lo alto.


La bandera resaltaba por su color rojo y llevaba el emblema de su legión. En el centro destacaba una frase, sobre la cual se podía ver una pequeña hormiga mirando hacia arriba con determinación. Las palabras 'Concordia res parvae crescunt', que significa: "la unión hace crecer las pequeñas cosas", se destacaban claramente en la parte inferior de la bandera, junto a su enumeración 'VMMXII'.


En cualquier caso, mientras la bandera siguiera en lo alto, significaba que todavía había esperanza, pero eso no quitaba el cansancio que pesaba en su alma.


...


Mientras avanzaba por las desoladas calles de la fortaleza, avistó el inerte cuerpo de un soldados caído. El soldado yacía en el suelo, su uniforme gris manchado de sangre y cenizas, su rostro pálido y sus ojos vacíos mirando hacia el cielo, las heridas de bala en el cuerpo del soldado eran visibles, una prueba desgarradora de la causa de su muerte. Maximiliano reconoció de inmediato el uniforme y el armamento idénticos a los suyos, una dolorosa confirmación de su posible final.


Con un nudo en la garganta y el corazón lleno de pesar, el corazón de Maximiliano se encogió mientras se acercaba al soldado caído. Con manos temblorosas, con la bayoneta de su rifle picoteó levemente en el cuerpo inerte del soldado. No hubo respuesta, ningún signo de vida en el soldado que yacía en silencio. Con determinación, Maximiliano procedió a registrar el cuerpo, buscando cualquier indicio de valor que pudiera ayudarle en su lucha por sobrevivir. Con manos rápidas, tomó el collar de identificación del soldado y cualquier objeto que considerara útil, cargando todo en su equipo. Luego, con habilidad aprendida en el campo de batalla, transfirió el gas restante del tanque del soldado caído al suyo propio, asegurándose de estar completamente preparando.


Con el deber pesando sobre sus hombros, Maximiliano se alejó unos metros del cadáver. Con manos temblorosas, se ajustó la correa de su máscara de gas, sintiendo el frío metal contra su piel mientras se aseguraba de que estuviera bien ajustada. Levantó su rifle y apuntó hacia el cuerpo inerte.

Un momento de silencio tenso llenó el aire, roto solo por el susurro del viento y el crepitar distante de las llamas. Apretó el gatillo y un estallido resonó en el aire y una poderosa llama surgió del cañón del rifle, envolviendo al cadáver en un fuego voraz.

El calor abrasador llenó el aire, y el olor acre de la carne quemada se mezcló con el humo que se elevaba hacia el cielo oscuro.

El calor del fuego se hizo sentir en el aire, consumiendo todo a su paso mientras el cuerpo del soldado caído se consumía lentamente hasta convertirse en cenizas. Maximiliano observó en silencio el macabro espectáculo, observó el resplandor de las llamas, sintiendo la intensidad del calor en su máscara. En ese acto, recordó la fragilidad de la vida en medio del conflicto, donde la muerte se convertía en fuego y ceniza. Sabía que era su deber como exterminador auxiliar de la legión llevar a cabo esta tarea sombría, pero no por ello dejaba de sentir el peso de la muerte y la destrucción que había consumido la fortaleza Nexarum.


Con un suspiro pesado, se alejó del lugar, junto un último vistazo al soldado caído, Maximiliano se alejó, llevando consigo no solo los objetos materiales, sino también el peso de la guerra y la inevitabilidad de la muerte.


Mientras avanzaba por las calles desoladas de la fortaleza, Maximiliano se detuvo de vez en cuando para revisar las pertenencias que había tomado del soldado caído. Con paso lento y cauteloso, examinó cada objeto con atención, manteniendo un ojo vigilante en su entorno.


Entre las pocas posesiones del soldado, encontró un paquete de cigarrillos, algo que no le interesaba en lo más mínimo ya que detestaba fumar, pero decidió guardarlo para poder intercambiarlo por algo más útil en el campamento. También descubrió un encendedor en forma de bala que le pareció curioso, así que lo guardó junto a los cigarrillos. Además, encontró algunos chicles que se reservó para sí mismo, un pequeño consuelo.


Al no encontrar dinero entre los bolsillos del soldado, una sensación de disgusto lo invadió, ya que era el único privilegio de los exterminadores dentro de la legión, aunque entraba dentro de su deberes de eliminar a los esperdicios, siempre tomaban lo que era de valor de entre los muertos. No obstante, una pequeña duda lo atormentaba la mente sobre si debería haber revisado las medias del soldado. Maldiciéndose por no haberlo hecho, tal vez allí hubiera guardado algo de valor.


Sin embargo, lo que más llamó su atención fue un antiguo reloj de bolsillo de plata que encontró entre las pertenencias del soldado. Siempre había sentido fascinación por los intrincados mecanismos de los relojes, admirando la precisión y la delicadeza de sus engranajes. Abrió el reloj con cuidado y Se encontró con la fotografía de una mujer alienígena de piel pálida y rostro alargado, adornado con intrincados tatuajes dorados que resaltaban sobre su tez. Sus ojos, más grandes que los de los humanos y de un azul brillante, lo observaban desde la fotografía con una intensidad enigmática. En lugar de una nariz, dos delgados orificios se abrían en su rostro, y algunos cuernos de pequeño tamaño sobresalían de su cabeza. Lo que más llamaba la atención de Maximiliano era la suave curva de sus labios pintados de dorado, que conferían a su rostro un aire de peculiar belleza. A pesar de su aspecto exótico, la suavidad de sus rasgos y la gracia en su postura revelaban su feminidad. Su figura delgada estaba envuelta en una túnica colorida que parecía fluir a su alrededor, y un delicado collar de piedras preciosas adornaba su cuello con símbolos irreconocible, que contrastaban con su aspecto pálido y misterioso.


Maximiliano, al contemplar la fotografía de la mujer alienígena, experimentó una desaprobación inicial palpable. Un escalofrío recorrió su espalda, y su expresión facial se endureció, reflejando un rechazo instintivo. Sus cejas se fruncieron, y sus labios formaron una línea firme mientras luchaba con la sorpresa y el desconcierto ante la revelación de la identidad de la mujer: Una espécimen de la raza Aurin, una raza bárbara por naturaleza.


A pesar de su intento por mantener una actitud neutral, Maximiliano no podía evitar sentir un ligero estremecimiento ante la idea de que la mujer alienígena fuera una representante de una especie considerada bárbara y porque un soldado de la legión portaba está foto. Sus prejuicios y temores se entrelazaban, creando una barrera invisible entre él y la imagen que tenía delante.


Maximiliano sostuvo la fotografía entre sus manos, observando los rasgos exóticos y misteriosos de la mujer alienígena. Aunque su instinto le decía que la descartara de inmediato, una voz interna le recordaba las implicaciones de tener evidencia sobre los renegados. Con una expresión de determinación en su rostro fatigado, dobló cuidadosamente la fotografía y la guardó en el bolsillo de su uniforme. Sabía que esta pequeña pieza de información podría ser útil para ganar puntos con sus superiores y demostrar su lealtad a la causa, aunque en lo más profundo de su ser, sentía una ligera incomodidad por utilizar a la familia del soldado de esa manera. Sin embargo, en tiempos de guerra, la lealtad a la patria a menudo requería sacrificios personales, y Maximiliano estaba dispuesto a pagar el precio. Con un suspiro resignado, continuó su marcha por las desoladas calles de la fortaleza, con la fotografía aún pesando en su mente. Volvió a dejar escapar un suspiro y volvió su atención al reloj de bolsillo que había encontrado entre las pertenencias del soldado. Las agujas marcaban las 16:39, pero él sabía que estaba adelantado unos minutos, quizás cinco, como solía suceder. Con un ligero movimiento, ajustó el mecanismo del reloj, corrigiendo la hora con habilidad mientras su mente se perdía en un pequeño momento de introspección.



Sin embargo, al levantar la vista, se encontró frente a un espectáculo desolador: un puente que alguna vez fue un testimonio de la ingeniería y la grandeza ahora se yerguía como un monumento a la destrucción. Sus antiguas estructuras de piedra y metal retorcido crujían bajo el peso de la devastación, con fragmentos suspendidos en el aire como lágrimas congeladas en el tiempo.


La oscura abertura del abismo se extendía debajo del puente, una brecha que parecía conducir a las profundidades del olvido. La luz tenue se filtraba a través de las grietas en la construcción desgarrada, proyectando sombras danzantes que oscilaban con la ruina circundante.


En el centro del puente, yacía el caído renegado, una figura esquelética apenas visible entre los escombros y la oscuridad creciente. Sus extremidades retorcidas creaban una silueta grotesca contra el telón de fondo de la destrucción. La piel pálida del renegado reflejaba la luz débil, resaltando las cicatrices de heridas recientes que marcaban su cuerpo. Una extraña energía parecía emerger de él mientras su carne se regeneraba lentamente, creando una imagen tan frágil como grotesca.



Maximiliano avanzó con cautela hacia el caído, su rifle-lanzallamas listo en sus manos temblorosas. El caído, al percatarse de su presencia, emitió un gruñido gutural y se puso en pie con una agilidad sobrenatural, sus ojos vacíos fijos en su objetivo. Sus extremidades retorcidas se movían con una rapidez desconcertante mientras se lanzaba hacia Maximiliano con una ferocidad salvaje.


Maximiliano reaccionó instintivamente, disparando una ráfaga de fuego hacia el caído. Las llamas envolvieron al ser renegado, pero este pareció apenas afectado por el fuego, avanzando sin detenerse hacia su presa. Con un grito de determinación, Maximiliano se lanzó hacia atrás, esquivando los ataques del caído.


El caído arremetió una y otra vez, su fuerza sobrehumana y su velocidad lo convirtieron en un oponente formidable. Maximiliano luchó con todas sus fuerzas, utilizando su rifle-lanzallamas como un arma improvisada para mantener al caído a raya. Cada golpe y cada esquive era una batalla desesperada luchando contra el agotamiento y el miedo que amenazaban con abrumarlo.


En un golpe esquivado, Maximiliano aprovechó la brecha en la defensa del caído y, con un movimiento rápido y preciso, golpea con la culata de su rifle, sientiendo el impacto reverberar en sus manos. El golpe hizo que el caído retrocediera, tambaleándose bajo el impacto. Sin perder un segundo, tomaría su rifle con firmeza, apuntando hacia el caído con determinación.

Disparó una ráfaga de balas hacia el ser renegado, cada proyectil impactando con fuerza devastadora a quemaropa, Maximiliano continuó disparando sin descanso, las balas perforando la carne y despedazaba los huesos. El crepitar del fuego llenaba el aire, acompañado por el estruendo de los disparos que resonaban como truenos en el campo de batalla. Los gruñidos del caído se mezclaban con la respiración agitada de Maximiliano, el latido acelerado del corazón de Maximiliano se convertía en un eco persistente en sus oídos.

Aunque el caído intentó regenerarse, las heridas eran demasiado graves y la velocidad de su curación era lenta.


Sin darle tiempo para recuperarse, Maximiliano activó su lanzallamas una vez más, envolviendo al caído en su totalidad en un mar de llamas ardientes. El ser renegado emitió un grito de agonía mientras el fuego consumía su forma retorcida, su cuerpo convirtiéndose en una pira de carne chamuscada.


Maximiliano observó con satisfacción mientras el caído se retorcía, estirando sus brazos buscando inútilmente a su agresor.

Con decisión implacable, se acercó al caído y le propinó una patada poderosa, enviándolo tambaleándose hacia el borde del puente destrozado.


Con un último grito desgarrador, el caído se desplomó sobre el borde del precipicio, su cuerpo cayendo en picada hacia las profundidades del abismo.Maximiliano observó en silencio mientras el ser renegado desaparecía en la oscuridad.



Con el combate finalizado, Maximiliano dejó escapar un suspiro de alivio, su cuerpo temblando de agotamiento y adrenalina. Se tambaleó hacia atrás, apoyándose contra los restos del puente destrozado mientras contemplaba el resultado de su victoria. Sentía el peso familiar de su rifle-lanzallamas, conocido como Lanzallamas Scorched, en sus manos, el metal frío y sólido contra su piel sudorosa.


De repente, un zumbido proveniente de su pecho lo sacó de su ensimismamiento. Sacó la radio de su bolsillo con manos aún temblorosas y la sostuvo frente a él, oyendo la estática antes de que la voz del capitán resonara a través del dispositivo.


"Capitán?... aquí Maximiliano, auxiliar exterminador del pelotón 201. Recibo su transmisión," respondió Maximiliano, tratando de mantener la compostura mientras su corazón aún latía con fuerza en su pecho.


"Maximiliano, aquí tu capitán al habla. ¿Cuál es tu situación actual?" La voz del capitán sonaba clara pero exigente, instando a Maximiliano a informar rápidamente.


Maximiliano tragó saliva, intentando mantener la calma mientras respondía: "Estoy cerca del puente destruido. La situación está bajo control, señor."


La respuesta fue seguida por un breve silencio antes de que el capitán preguntara: "¿Han completado la limpieza del área?"


"Sí, señor. Hemos asegurado prácticamente todo el sector. Solo quedan algunos puntos por verificar," contestó Maximiliano, ajustando la correa de su máscara de gas mientras hablaba.


Sin embargo, al recordar el encuentro con el caído renegado y el exterminador muerto, Maximiliano agregó: "Hubo unos inconvenientes, he encontrado a un caído renegado junto a otro exterminador muerto. Ya me he deshecho de los dos."


( Lo dijo mientras observaba el hipnótico baile de las llamas que emanan de la boquilla de su lanzallamas, iluminando la oscuridad con destellos anaranjados y rojos.)


El capitán asintió virtualmente, aunque su respuesta fue inmediata: "Bien, Maximiliano. Sin embargo, necesito que regreses al campamento de inmediato. Hay órdenes superiores de reunir a todos los hombres. Parece que hay novedades que debemos discutir en persona."


Maximiliano asintió, aunque su gesto no podía ser visto a través de la radio. "Entendido, capitán. Estoy en camino de regreso al campamento. Maximiliano, fuera."


Después de colgar la radio, Maximiliano permaneció en silencio por un momento, dejando que la gravedad de la situación se asentara en su mente. Sacudió las cenizas de su uniforme y ajustó el agarre en su rifle-lanzallamas. Luego, comenzó a caminar de regreso al campamento, su silueta se desvaneció entre la oscuridad mientras se preparaba mentalmente para lo que vendría a continuación.