YA NO HABLES [SatoSugu +18]

All Rights Reserved ©

Summary

Suguru le ha declarado la guerra al mundo de la hechicería y Satoru debe detenerlo antes de que deba tomar una terrible decisión. "¿Qué ves Satoru? ¿Qué ves en mis ojos que te hace odiarme tanto en este momento? ¿Eres capaz de ver lo que significas para mi ahora mismo o ignoras la verdad al igual que lo hiciste aquella vez?" [ONE-SHOT | HISTORIA FINALIZADA]

Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

YA NO HABLES [SATOSUGU +18]

- No debería estar aquí, Profesor Gojo. Son sus alumnos quienes lo necesitan más en este momento a mi parecer –

Podía sentirlo. La ira irradiando del cuerpo de Satoru a sus espaldas como púas contra su cabeza, y eso que ni siquiera contaba con la ventaja de los Seis ojos. Ninguno hizo amago de moverse del lugar. De espaldas a la puerta, Suguru observaba de pie el paisaje desde el balcón de uno de sus templos. Había elegido el más pequeño para ese encuentro, teniendo en cuenta que después de esto seguro lo perdería a manos de la Escuela de Hechicería.

Su familia continuaba en la Calle Takeshita disfrutando de un paseo, y luego de despachar a todos los sirvientes, solo quedaba esperar el inminente arribo que se produciría de un momento a otro.

Sabían que tarde o temprano llegarían a este punto. Pero, así como Satoru conservaba la fe de hacerlo rectificar, Suguru había avanzado hasta colocarse lejos de cualquier plegaria.

- ¿Qué crees que estás haciendo? – habló finalmente Satoru, cuando estuvo más seguro de tener el autocontrol suficiente como para no provocar una desgracia.

- Me temo que tendrás que ser más específico – no entendía de dónde venía ese deseo de jugar con la paciencia del que alguna vez fue su mejor amigo, de tensar la cuerda de sus nervios al límite. Quizás estaba resentido por la forma en que fue recibido por él esa tarde tras diez años de separación. No era tan iluso como para creer que caería de rodillas implorando su regreso, pero la absoluta indiferencia que había mostrado ante sus provocaciones asentó un sabor agrio en su interior que no le gustaba para nada.

- Tú y yo teníamos un acuerdo – dijo Satoru acercándose y volteándolo con fuerza para que lo enfrentase – Y ahora me agradeces tu libertad escupiéndome a la cara, poniéndome en una situación comprometida –

La altanería que impregnaba esas palabras despertó la ira de Suguru, que frunció el ceño alejándose de él. No había cambiado nada, seguía siendo un arrogante.

- No sé quién te crees que eres para pensar que puedes decidir sobre mi vida como si te perteneciera ¿Agradecer mi libertad? ¿Acuerdo? Fuiste tú el que no quiso que nuestro pacto fuera vinculante. Yo solo aproveché la oportunidad que me presentaste. No es más que eso –

- ¿No es más que eso? – Satoru no podía creer lo que escuchaba. En dos pasos cerró la distancia que los separaba y lo tomó del pecho, estrujando la tela de ese traje ridículo que traía puesto. Odiaba verlo vestido así. Odiaba ver esa expresión indiferente ante el dolor de su corazón - ¿Estás loco? ¡Ahora tendré que matarte! ¡¿Entiendes eso?! ¡¡No tengo otra alternativa!! –

- Entonces hazlo – respondió Suguru con calma, empujándolo con una fuerza que lo hizo trastabillar – Y deja de montar un espectáculo. Puedes hacerlo y recibir una jodida medalla por ello. No es como si fuese a costarte mucho trabajo – agregó al final casi en un susurro, dándose la vuelta.

Satoru respiraba agitado como no había estado en mucho tiempo. Ni el más feroz de sus enemigos podría jamás estar cerca de despertar esas reacciones en su cuerpo. Sentía que corría una carrera contra el tiempo, alargando los brazos hacia una meta que cada segundo que pasaba se hacía más y más lejana. Volvió a acercarse a Suguru, abrazándolo por la cintura y apoyando la frente en su espalda cerró los ojos, intentando serenarse. La respiración de ese cálido cuerpo también estaba temblando, aunque quisiera ocultarlo.

- No puedo entenderlo – murmuró Satoru después de un rato – Todo está bien, no hay razón para arruinarlo de esta manera –

- Nada está bien. No mientras el mundo siga siendo como es ¿Porque no puedes ver qué hago esto por nosotros? No por mí. Para que podamos tener la vida que merecemos, no la que nos otorgan –

- ¿Y cómo pretendes lograrlo, ah? – silencio. El albino levantó la cabeza de pronto, alterado – Estás detrás de Rika. Has perdido la cabeza –

No lo negó. Para qué hacerlo.

- No, tú has perdido la cabeza – la voz de Suguru era dura. Ahora su cuerpo temblaba por la fuerza con la que apretaba los puños – Tu eres el que se niega a aceptar que hemos perdido. Dime que vale la pena seguir sacrificándonos ¿Cuánto tiempo crees que podrás seguir viviendo en este mundo sin ser desafiado? ¿Cuánto tiempo de vida te queda por delante siendo el más fuerte? ¿Cinco años? ¿Diez? ¿Veinte? El mundo ha cambiado. El poder ha cambiado. No falta mucho para que aparezca algo que pueda matarte, que pueda matarlos a todos. No puedo quedarme de brazos cruzados esperando a que lo haga. No puedes pedirme eso –

Algo que pueda matarlos a todos. Ahí estaba, la respuesta que había estado buscando todos estos años. La razón por la que Suguru se arriesgaría de tal forma a crear un mundo donde quedaría débil y vulnerable. Un mundo donde su técnica ya no fuese necesaria. Si la creación de maldiciones se detuviera, no sería más que otro humano común y corriente, pero tendría a sus seres queridos sanos y salvos. Para tener unos ojos capaces de verlo todo, no había podido llegar hasta el fondo del corazón de su mejor amigo.

Pudo habérselo dicho. Pudo haberse explicado mejor, pudo...

Pudiste pedirme que fuera contigo.

- Si no tienes nada más que decir, deberías irte. Seguro tienen muchos preparativos que realizar para enfrentar lo que se viene –

- Suguru... ¿Tú...? ¿Tú me odias? –

- ¿Qué? –

Sin pensarlo, Satoru le dio la vuelta, quedando cara a cara, presionándolo contra la pared por la fuerza con la que sus manos se estrujaban contra los hombros del kimono.

No estaba pensando. No estaba pensando para nada, en nada. Fue solo su propia desesperación lo que hizo que terminara besándolo. Jamás había pensado en eso antes. Su cuerpo reaccionó solo creyendo quizás, en medio de su locura, que una demostración de afecto mayor podría inclinar el peso de la balanza a su favor. Que transmitiéndole lo que retorcía su amargado corazón se apiadaría de él lo suficiente.

Suguru se quedó estático, paralizado en el lugar, sin saber que hacer por primera vez en mucho tiempo ¿Qué significaba esto? Un roce de labios, apenas un toque, nada feroz o invasivo, solo suave y... terriblemente desgraciado. Podía captar el sabor del dolor a través de ese tierno contacto. Las agujas incrustadas en el alma de quien lo tocaba. Se dejó hacer, sin alejarse, pero tampoco demostrando iniciativa para continuar. No sabría decir cuánto tiempo estuvieron de esa manera.

Volvió en sí solo para darse cuenta que estaban sentados en el piso, uno casi encima del otro. Al parecer la fuerza que Satoru ejercía sobre su cuerpo sirvió para deslizarlos a ambos por la pared hasta caer. Esta situación se tornaba cada vez más ridícula.

- ¿Tu clan está al tanto de estas tendencias homosexuales? – le preguntó cuando al fin fue liberado – Se llevarán una gran decepción. Después de todo, como cabeza del mismo esperan que pronto puedas darles un heredero –

Satoru respiraba agitado, de rodillas ante él, aun con las manos sobre sus hombros y la cabeza cayendo sin fuerza. Era la viva imagen de la desdicha.

- ¿Me odias? – repitió el albino, con la voz quebrada por el sufrimiento - ¿Me odias por ser como soy? ¿Por tener algo que tú no tienes? –

Recordaba esa conversación. El día que decidió partir le había echado en cara sus increíbles poderes, como si él los hubiese pedido. Como si no supiera la carga que significaba el tenerlos. Fueron palabras mezquinas nacidas de un rencor que no había sido consciente de haber acumulado hasta el momento en que las pronunció. Se arrepintió de inmediato, nadie elegía como nacer. Pero no había sido capaz de retractarse, incluso mucho después, cuando el albino lo buscó para ofrecerle un convenio, le fue imposible arrancar de su garganta las disculpas que se merecía. Al parecer tal confesión había arraigado en su pecho, al igual que malas hierbas cubiertas de espinas, perforándole el alma.

- La autocompasión no te queda. Levanta la cabeza – sin embargo, el tiempo de perdones había caducado, solo quedaba seguir adelante – Satoru... –

- No hagas eso – rogó el albino sin variar la posición – No digas mí nombre de esa forma. Sé que lo haces para molestarme, pero no tienes idea... No tienes idea...

...de la forma en que escucharlo me destroza el corazón...

Estaba equivocado. No lo hacía con esa intención. Es que era incapaz de concebir otra manera de pronunciar esa palabra. Cómo si solo fuera una palabra más en el montón ¿Cómo esperaba que lo hiciera entonces?

Las manos sobre sus hombros comenzaron a temblar levemente. Con curiosidad, empezó a desatar el blanco vendaje que cubría los ojos más poderosos del mundo. La tela estaba humedecida.

- ¿Estás llorando? – dijo sorprendido. Pareciera que lo estuviese matando – Satoru, mírame. Levanta la cara, comienzas a dar pena –

Ya harto de la situación, lo tomó del mentón para elevarle la cabeza, viendo ese azul perfecto por primera vez en diez años. Fue como volver al pasado. Una brisa de aire fresco le traspasó el alma al contemplarlos. Ambos habían cambiado. Sus cuerpos eran más altos, más anchos, más duros. Ahora llevaba el cabello a la cintura y más cicatrices los acompañaban. Pero esos ojos... esos ojos eran eternos. Tenían el calor y la risa del verano en ellos. Aun atravesados por el dolor y el tormento de la pérdida, podía ver a los dos niños felices que alguna vez habían sido. La sensación lo impactó tanto que se quedó sin habla, incapaz de continuar con esa actitud filosa que adoptaba para distanciarse de él.

- ¿Qué tengo que hacer? – imploró Satoru – Dímelo. Dime qué es lo que deseas. ¿Qué tengo que darte para que cambies de opinión? –

¿Qué tengo que darte para que vuelvas a mí?No hizo falta que lo dijera en voz alta para que Suguru oyera esas palabras secretas con absoluta claridad.

- ¿Tu vida? – respondió sin pensar, aun preso de los recuerdos.

- ¿La quieres? Puedes tenerla –

- No es gracioso –

- Es por eso que nadie se está riendo –

- Sé serio –

- Jamás había hablado más en serio en toda mi vida. Pide. Pide lo que quieras y lo tendrás. Solo detén esta locura –

Concédeme paz.

Suficiente. Tenía que parar esto antes de que se le saliera de las manos. Estaban perdiendo el tiempo, esa era la verdad.

- Esto empieza a ser repetitivo – dijo Suguru con fastidio, quitándoselo de encima – ¿Cuántas vueltas más tendremos que darle a este círculo para que entiendas que no hay nada que ni tu ni nadie pueda hacer para cambiar las cosas? Merezco tomar mis propias decisiones. Estoy dispuesto a atenerme a las consecuencias –

Intentó levantarse, pero Satoru lo empujó de nuevo al suelo.

- No estoy listo para perderte – esta vez su voz fue firme, sin rastro de llanto o dolor.

- No tienes que hacerlo – no era la primera vez que esa oferta era colocada sobre la mesa. Sería sencillo, al final ¿Quién tendría el valor o la fuerza para detener al más fuerte de todos?

- Por favor... –

- Satoru, basta. Ya no quiero oírlo. Estoy cansado de lo mismo. Ya no quiero seguir hablando de esto –

Se puso de pie, deshaciéndose de su agarre para acomodarse la ropa. La luna ya había tomado su lugar en el cielo, su familia debería estar en casa, esperándolo. Él también tenía preparativos que realizar, lo mejor sería...

- Bien – Satoru lo tumbó de nuevo en el piso, sujetándolo tan fuerte que seguro le dejaría marcados los brazos. Su mirada era fría, una capa de hielo congelado e impenetrable – Entonces ya no hables –

Estaba besándolo, de nuevo.

Esta vez fue diferente. No solo el tormento y el dolor daban motor a sus movimientos, sino el cariño y el deseo mudo de una vida juntos otra vez. Era una petición, una súplica, una orden.

Quiéreme. Quiéreme lo suficiente como para dejarte a ti mismo de lado y estar junto a mí.

Por supuesto que no lo haría, pero si con esto podía dar algo de alivio a su angustia entonces no veía problema alguno en seguirle el juego por esta vez. Ambos sabrían leer con claridad las líneas escritas sobre sus acciones. Quizás no pudiera ofrecerle su vida, más nada le impedía entregarle su cuerpo. Correspondió al beso, con calma. Esperando que fuera suficiente para saciar sus expectativas. No lo era. Ese simple incentivo solo sirvió para dar rienda suelta a las acciones de Satoru, que terminó por aprisionarlo contra el suelo, impidiendo cualquier vía de escape, forzando a su boca a abrirse para recibirlo en su totalidad.

Ninguno había besado a un hombre antes. El simple hecho de pensar que terminarían en una situación así el uno con el otro les causaría risa, si no fuera porque estaba pasando. No era nada, solo un intercambio silencioso de pensamientos no expresados, sin embargo, provocaba reacciones. Reacciones extrañas difíciles de asimilar.

A pesar de ser él quien se hubo reído de las supuestas tendencias homosexuales del albino, Suguru se encontró con la sorpresa de que estaba sintiéndose excitado. Su entrepierna despertaba, como burlándose de él. Una vuelta de karma instantáneo. Satoru resbaló al inclinarse hacia adelante, haciendo que su muslo rozara la zona sin querer, arrancándole un gemido involuntario que se perdió entre la marea de besos. Levantó su pierna, intentando poner algo de distancia entre ellos, encontrándose que no era el único en esa situación. Un bulto marcado entre los pantalones de Satoru le hizo saber que no solo eran pensamientos lo que estaban compartiendo.

Lo aceptaron en silencio, solo la luna sería testigo de lo que pasaría esa noche. De cómo se volverían cómplices de ese sucio secreto.

Como siempre, fue Satoru quien tomó la iniciativa, comenzando a desatar los lazos que mantenían unidas las piezas de su atuendo. Lo hizo con rabia, dejando en claro lo que pensaba al respecto de verlo disfrazado, como si fuese un payaso a punto de dar un show. Esto le dio gracia, como si solo él anduviese por la vida con una vestimenta extravagante. Al menos la suya tenía sentido.

Sin dejar de besarlo, Suguru aventuró las manos para quitarle la chaqueta y la camisa. Fue cuando sus dedos entraron en contacto con la piel del pecho del albino que la cordura se abrió paso, haciéndolo parar ¿Qué estaban haciendo?

Levantó la vista, y la expresión de Satoru le dejó en claro que la misma pregunta lo asaltaba, con la diferencia de que él ya tenía una respuesta. Lo que sea que fuera, le daba lo mismo. No volvería a arrepentirse de algo por no llegar hasta el final.

Intuyendo que trataría de huir, el albino le tomó los brazos, aprisionándole las muñecas por encima de la cabeza con una fuerza que su yo adolescente envidiaría. Ya no suplicaba, ahora ordenaba, e iba a ser obedecido.

Continuó la tarea de desvestirlo mientras lo besaba en tanto Suguru trataba de poner aunque sea un mínimo de orden a sus pensamientos. Hasta hace unos segundos había estado dispuesto a ceder con tal de contentarlo, la cosa es que no pensó que querría tomarlo todo y no sabía cómo sentirse al respecto. Por lo visto, Satoru no tenía intenciones de dejarlo decidir, porque se deshizo de sus pantalones con rapidez, desechándolos como basura en un rincón de la habitación, dejando a la vista su ropa interior.

Finalmente. Finalmente veía a Suguru de nuevo. No a ese farsante con su voz y rostro, sino a su mejor amigo. La persona en la que, a pesar de todo, confiaba más en este mundo y en el siguiente. Sería egoísta. Por una vez, tomaría lo que quisiera sin pensar en las consecuencias o el daño que eso pudiera causar. Suguru no había pedido perdón por enterrarle un puñal en la espalda, entonces él no se disculparía por disfrutar de su último buen recuerdo antes de que estallara la guerra.

Abrió las prendas superiores que caían de cualquier manera, dejando a la vista el pecho del hechicero maléfico, con esa enorme cicatriz en forma de cruz que le hicieron el día que comenzó todo este desastre ¿Cuántas veces había rememorado esos sucesos pensando en lo que desearía poder cambiar? Logró alcanzar el máximo de sus poderes, a cambio de perder a la única persona que realmente le importaba. Mientras el ascendía para declararse un dios sobre la tierra, Suguru se hundía hasta ahogarse en la desesperación. Él había provocado esto. Solo él, al pensar solo en sí mismo y restregarle en la cara su estúpida dicha por saberse invencible, ignorando las sombras que amenazaban con devorarle el corazón.

Ya era tarde para lamentos. Ahora solo quedaba seguir adelante, avanzando paso a paso sobre los cadáveres de sus recuerdos felices, secos y quebradizos bajo sus pies.

Satoru le liberó las muñecas, pero no bajó los brazos. Si así lo quería, entonces le daría el gusto. Había visto todo en sus ojos, toda la pena y la culpa, la rabia y la nostalgia, la forma en que se torturaba convencido de ser el responsable de que fuese un descarriado. No lo era. Él había tomado sus propias decisiones ¿Por qué era incapaz de verlo?

Soportó en silencio como pasaba los dedos sobre su cicatriz, lentamente, reflexionando, casi olvidando su presencia de lo concentrado que estaba. Le dio cosquillas, y también temblores. Suaves sacudidas como descargas eléctricas sobre la base de su vientre. El sexo no le era desconocido, pero esto era diferente. Más real, más vívido que con cualquier mujer al azar que hubiese terminado en su cama ¿Es porque eran hombres? ¿Es porque era Satoru quien lo tocaba? No podía saberlo.

Le gustaba. Mucho más de lo que estaría dispuesto a admitir, y el hecho de que el albino no pareciera darse cuenta del efecto que tenía sobre su cuerpo lo estaba volviendo loco ¿Se sentía igual que él? ¿O solo buscaba torturarlo? Hacerlo pagar por los años de soledad en los que lo hubo hundido. Pagar por obligarlo a llevar el peso del mundo en sus hombros por su cuenta. Otra vez esa mirada vacía, impenetrable, frío acero azulado que no dejaba acceso a sus emociones. También estaba cansado de eso. Abrió la boca para decir algo, pero la mano de Satoru lo detuvo, tapándola con fuerza y mirándolo con dureza.

Silencio.

Obedeció, sintiéndose pequeño ante él, maleable. Tuvo un vistazo de lo que sus enemigos contemplaban al enfrentarlo, la certeza de que no podías ignorar lo que él quisiera. Podía reducirte a polvo si era su deseo, y no existiría fuerza en el mundo capaz de detenerlo.

Cerró la boca. Daba igual, de todas formas, nunca habían necesitado de palabras para entenderse el uno al otro. Una mirada, un gesto y el mensaje llegaría con claridad.

¿Vas a hacerlo, verdad Satoru? Vas a ser mi fin.

El albino retiró la mano, trazando un recorrido desde los labios hasta su pelvis con la punta de los dedos. Más temblores. Lo sabía, sabía perfectamente lo que estaba provocando, la forma en que su tacto causaba estragos en cada fibra de su ser. Y no le importaba. Tomaría todo de él, hasta la última gota, sin ternura y sin consideración.

Satoru se puso de pie, toda su altura exhibida sin vergüenza alguna cuando comenzó a desnudarse frente a sus ojos. Una prenda tras otra fue cayendo al suelo, despacio, con parsimonia, como si la mañana nunca fuera a llegar. Como si solo estuvieran ellos dos en el mundo. Su cabeza no podía procesar como es que habían llegado a esta situación. Hasta donde él sabía, solo eran amigos. O, bueno, lo habían sido en algún momento. Esto era... otra cosa. Estaba seguro, completamente seguro, de que jamás hubo espacio en sus mentes para algo así. La posibilidad no existía porque ni siquiera fue concebida en primer lugar.

¿Entonces porque le excitaba tanto?

¿Si hubiera hecho esto antes, las cosas serían diferentes ahora? ¿Tendríamos la oportunidad de ser felices?

No lo sé. Ya es tarde para averiguarlo.

Con cada segundo que pasaba, con cada trozo de tela abandonado sobre la madera, la respiración de Suguru se volvía más y más pesada. El silencio era tal que bien podría quedarse sordo de escucharse a sí mismo exhalar el aire de esa forma. Como si le faltara, como si necesitara recordar como ingresarlo en sus pulmones debido a que estaba tan distraído con el espectáculo que sus funciones motoras quedaban atrofiadas.

Ya desnudo, el albino se agachó para quitarle la ropa interior, dejándole solo las medias y la parte superior de las prendas. Había algo terriblemente erótico en ver a ese hombre así, con el largo cabello esparcido de cualquier forma sobre la madera, expuesto ante él con la piel en contraste al azul oscuro de su traje. Las muñecas aun en cruz sobre su cabeza, como si una soga invisible lo mantuviese prisionero. El pecho subiendo y bajando rápido por la agitación. Era majestuoso y delicado en extremos difíciles de comprender. La cintura seguía tan estrecha como la recordaba ¿Cuántas veces había picado esa zona con sus dedos solo para molestarlo? No pudo resistirse a acariciar nuevamente la suavidad de esa curva que antes no era nada, y ahora lo volvía loco. Que extraño, eran amigos, pero en ese momento solo parecían dos amantes.

Recuperó su venda abandonada, aun húmeda por las lágrimas derramadas en ella y la cruzó sobre los ojos del hombre en el suelo, ajustándola con fuerza. La mirada de Suguru comenzaba a molestarlo. No le gustaba lo que veía en ella. Había excitación, sí, pero también estaba la forma en la que parecía decir que, si no paraba con esto, nunca lo perdonaría. Él tampoco le perdonaría el haberlo dejado. Estaban a mano.

Se puso de rodillas, acomodando esas bronceadas piernas de forma que ambos cuerpos quedaron alineados para tomar acción, y dudó ¿Cómo debería proceder con esto? Las obvias diferencias anatómicas con la estructura femenina no podían ser ignoradas. No tenía experiencia en esta área, asique echaría mano a la creatividad. Todavía quedaba un resquicio de buen juicio y compasión en su interior como para entender que podría lastimarlo. Además, no es como si el hombre no pudiera defenderse. Que se mostrase pasivo ahora no eliminaba una posible patada en las pelotas en el futuro. Se dejaría llevar por el instinto, y por lo que el cuerpo de Suguru le dijera.

Sintiéndose como un adolescente virgen, se inclinó sobre él para volver a unir sus labios ¿Por qué estaba tan nervioso? Hace un segundo lo único que quería era transmitirle todo el dolor que sentía por dentro y ahora... ¡Ngh! Ese sonido... Quería más, asique continuó masajeando los bordes de su entrada con los dedos. No había que ser un genio tampoco para entender ciertas cosas, asique empezaría por ahí, estimulando suavemente. El aliento de Suguru entrecortándose contra sus labios como resultado de la acción fue el indicador que estaba buscando. Siguió probando hasta que se decidió a meter un dedo y moverlo por el interior, tanteando esas suaves paredes. Más sonidos, sus piernas elevándose en un golpe por la sorpresa.

Se puso duro. Así, sin más. Sumó tres dedos, solo para ver qué pasaba, una vocecita al fondo de su cabeza animándolo a hacerlo sufrir un poco. Esta vez la reacción fue distinta, el pelinegro se puso tenso como la cuerda de un arco, apretando los dientes. Bien, le gustaba esa expresión, era nueva, mucho mejor que la indiferencia mostrada esa tarde ¿Qué otras caras podría enseñarle a partir de ahora?

Muéstrame, Suguru. Muéstrame más. Quítate la máscara y muéstrame lo que me has ocultado todos estos años.

Su pene comenzaba a doler por estar siendo ignorado, asique comenzó a frotarlo sobre el de su compañero y esta vez fue él quien apretó los dientes, parando el beso en seco. Si no fuera porque estaba acostumbrado a ver el mundo en extraños colores, juraría que vio estrellas estallar tras sus párpados ¿De esto se estuvieron perdiendo todo este tiempo? Ahora tendría un nuevo remordimiento que sumar a la lista.

Continuó largo rato de esta forma, sintiendo como poco a poco, Suguru comenzaba a abrirse para él. Si alguien le hubiese dicho esa tarde que en solo unas horas estaría deseando entrar en el cuerpo del hechicero maléfico probablemente ese alguien se habría llevado un buen golpe por chistoso. Nunca digas nunca.

Sin estar seguro del todo, se irguió para comprobar la situación. A su parecer, era más que suficiente, asique se preparó para servirse el plato principal, y por algún morboso e infantil deseo de venganza, decidió hacerlo entrando de una sola vez. Golpeando hasta el fondo sin piedad, arrancándole un grito que se asemejó bastante a un gemido.

¿Puedes sentir ahora, una mínima parte de mi sufrimiento?

Suguru entendía. Claro que entendía ¿Se pensaba que era el único que vivió atormentado por casi diez años? No necesitaba partirlo al medio para que empatizara con su tormento. Aunque quizás, él no lo percibiera de esa forma. Para ser que tenía el don de verlo todo, no era capaz de traspasar sus entrañas hasta leer lo que gritaba su corazón.

Nunca quise abandonarte. Solo quería intentar ser feliz. Ódiame, lo merezco. Desquita en mi tu dolor. Maldice mi carne, así como yo maldije tu alma al sufrimiento.

Los movimientos se volvieron cada vez más feroces, llegando hasta lugares que no pensó que tendrían la capacidad de sentir. Podría jurar que se abriría en dos si seguía embistiéndolo de esa forma. Era rudo, al mismo nivel que sus besos fueron suaves. Dos personas distintas expresando sentimientos opuestos atrapadas en el mismo cuerpo. Sus uñas se enterraron en el suelo, los dedos de los pies curvándose cuando Satoru dio en la zona correcta. Al notarlo, siguió insistiendo justo ahí, con meticulosa dedicación, hasta hacerlo gritar.

¿Qué era eso que estaba sintiendo? No podía creer lo que veía, lo que oía. Suguru no gritaba, nunca, no estaba en su naturaleza el demostrar emociones de esa manera. Prefería la calma y la moderación, la frialdad de una palabra bien afilada, lanzada con la precisión de un asesino. Por eso, al escucharlo liberarse de esa manera algo se encendió en su interior, pidiendo más de ese placentero sufrimiento que le estaba generando.

Se inclinó sobre su cuerpo, clavándole las muñecas al piso con sus propias manos, una a cada lado de ese rostro enrojecido por el esfuerzo. La fuerza con la que se movía a su encuentro logró curvar la cadera de Suguru hacia arriba, poniendo a su disposición su área interna más sensible con mayor libertad.

La venda acabó por torcerse debido a la fricción de su cabeza contra el suelo, permitiéndole al fin ser libre para observar el entorno. Lo que encontró envió tal golpe de calor a sus entrañas que temió por un momento que le hubiese pasado algo. La imagen de Satoru en ese instante... Los músculos contrayéndose, ojos cerrados, labios abiertos con rápidos gemidos escapando entre ellos. Por una milésima de segundo creyó que podría desfallecer solo de verlo ¿Qué le estaba haciendo a su cerebro?

En ese momento, los párpados de Satoru se abrieron, exponiendo ante él ese azul extenso y profundo como el océano. Frunció el ceño por un momento antes de rodearle el cuello con la mano, apretando con rabia. Entonces por eso lo había cegado, no soportaba ver lo que su propia mirada le decía ¿Qué ves Satoru? ¿Qué ves en mis ojos que te hace odiarme tanto en este momento? ¿Eres capaz de ver lo que significas para mi ahora mismo o ignoras la verdad al igual que lo hiciste aquella vez? La presión seguía aumentando y pensó que esta tampoco era una mala conclusión. En el fondo sabía que mientras el hechicero siguiera vivo, las posibilidades de alcanzar su meta eran casi nulas. Asique si de todas formas moriría por su mano, bueno, esta no era una opción desagradable.

Perdieron la noción del tiempo. Poco a poco, sus consciencias fueron desintegrándose hasta dejar que el animal interno tomase el control de todo. Si el final ya estaba escrito, solo quedaba transitar las páginas hasta alcanzarlo. La nostalgia y el deseo de volver al pasado firmando cada epígrafe, como una lápida más en el cementerio de sus vivencias juntos.

La mañana se abría paso a través del cielo cuando Suguru se sentó en el suelo. En algún momento de la noche terminaron por agotarse, recostándose en la madera cubiertos por la tela de su kimono. Dudó por un momento si tomarlo o no de nuevo, pero al ver como el azul profundo de la tela contrastaba con la piel blanquecina de Satoru decidió que no lo haría. Tenía más ropa disponible en el templo, tomaría algo de ahí.

Se quedó un rato así, con los brazos rodeando sus piernas dobladas contra el pecho, mirando al vacío, reflexionando. No había mucho en que pensar la verdad, solo estaba alargando el momento lo más que se pudiera, intentando evadir la realidad que golpeaba a la puerta de esa habitación.

Finalmente se puso de pie, no sin antes compartir unas últimas palabras.

- Sé que estás despierto. Te estaré esperando. No llegues tarde, Satoru –.

------------------------

Gracias por leer! Te invito a dar una vuelta por “Enlazados”, un fic SatoSugu de mundo alternativo que espero pueda ser de tu agrado ^^

Para más contenido sígueme en mi página de Facebook “Aran Chita”, donde encontrarás otro tipo de historias y alguna que otra cosa interesante.

Un abrazote! Aran <3