Capítulo 1
LA HISTORIA DEL BACHILLER
LA JOVEN EMBARAZADA
Por: Gustavo Mora
Gabo Adolescente
Capítulo 1
Isla del Caribe, verano de 1985.
Luego de vivir tres años solo en un anexo lejos del centro de la ciudad, en una isla turística del caribe. Es una urbanización del interior de la isla, donde Estudio y también me encuentro haciendo un par de cursos, uno de inglés, otro de cocina y artes culinarias.
Para entonces ya me encuentro trabajando como ayudante de cocina en un conocido hotel en el horario nocturno y guía de turistas en el día para una agencia del mismo ramo. Donde los turistas se agrupan para contratar a los guías y conocer por tierra o mar todos los rincones de la Isla, ubicar hoteles, gastronomía, souvenir, viajes, taxis, diversión, etc.
Tengo ahorrados una cantidad de dinero suficiente y decido buscarme un anexo en el centro o una habitación con baño independiente, (sabes esas residencias de estudiantes), la requiero solo para dormir de vez en cuando porque estudiando y trabajando en hotelería, entre los tours por la isla, dentro y fuera de ella, viajes a otras ciudades turísticas de Venezuela, discotecas, etc. Hay poco tiempo para dormir.
Me dirijo por la mañana vestido con un jeans levi’s, franela de algodón blanca sin detalles y unos zapatos de cuero sin medias, con una maleta, una caja, un bolso y el depósito de dos meses, con dirección al centro en busca de un anexo, pero es uno más feo que el otro, ya para las cinco de la tarde estoy casi que arrepentido, porque había recogido todo y entregué el anexo.
Me devolvieron los dos meses de depósito y entre maleta, caja y bolso estoy agotado. Ya sin esperanzas comienzo a caminar con dirección al centro para quedarme en uno de esos hoteles de diario que hay muchos por el bulevar y pasar la noche, ya por la mañana descansado y fresco veré las cosas con otro panorama.
Sigo caminando por una calle antigua con casas coloniales que son vestigios de una ciudadela opulenta de cuando las perlas fueron el dinero aquí en la isla y los fundadores que habitaban acá las sacaron por sacos.
Estoy maravillado nunca antes caminé por este lado de la ciudad, la calle aún es de piedra sin postes de electricidad al frente.
Paso al frente de una de estas casas coloniales gigantescas, de muros de ladrillos macizos, rejas de hierro forjado, puertas de madera muy altas con esas inmensas ventanas que suelen quedar muy bajas al estilo de las casas de (La Pastora) en Caracas.
Tiene un para rayos de gallito con veleta de puntos cardinales que da risa parece de película. Al pararme aquí me imagino la fotografía de una postal para los turistas.
Inesperadamente suena un trueno ensordecedor con rayo y luz intermitente.
(Trueno Ensordecedor)
—!KRAAAAAK! ¡KRAAKABOOM! ¡BROOOOM!
Y para los que ya estamos acostumbrados a vivir en el caribe, sabemos que es una tormenta pasajera de algunos veinticinco a treinta minutos con descargas eléctricas, pero así como aparece se desvanece y luego se ven las estrellas tan, pero tan cerca que parece que puedes tocarlas.
Comienza a llover a cántaros entre relámpagos y una brisa huracanada que moja desde todos lados.
(Trueno Ensordecedor Repite)
—!KRAAAAAK! ¡KRAAKABOOM! ¡BROOOOM!
Ya empapado entre los truenos y rayos me encuentro entre esas casas coloniales, hay una pequeña pausa cuando suena la aldaba en una casa de puerta antigua con un chirrido aterrador que me impresiona...
(Puerta abriéndose)
—!CHIIIIIIIIIR! ¡CHIIIIIIIII!
La impresión no es tanto el sonido aterrador de la puerta, sino la señora misteriosa que se asoma en ella. Es alta, cabeza erguida, cabello blanco, rasgos duros, piel blanca, lo deduje por su cara y manos que son lo único que se puede ver, ya que lleva un vestido largo de luto muy antiguo con cuello alto, bien de la indumentaria de finales del siglo XIX, muy educada.
Sus manos, delicadas y llenas de arrugas, parecen contener siglos de secretos y sabiduría oculta. Cada gesto, cada movimiento suyo es calculado y preciso. No hay una sola cosa en ella que no inspire respeto y curiosidad. Me siento abrumado por la presencia de esta figura enigmática. Su aura intrigante llena la casa, convirtiendo cada rincón en un escenario de suspenso. ¿Qué propósito trae consigo? ¿Qué historia oculta en su mirada? Siento que tengo el deber de descubrirlo, de desentrañar los secretos que guarda en su ser.
Todo mi ser siente una mezcla extraña de atracción y temor hacia esta mujer misteriosa. No puedo evitar sentir que algo extraordinario está por suceder, algo que cambiará mi vida para siempre. Mientras ella sigue ahí, observándome en silencio, me doy cuenta de que he sido escogido para formar parte de algo mucho más grande de lo que jamás hubiera imaginado.
Este momento se ha convertido en un punto de quiebre en mi existencia, en un instante en el que lo desconocido se encuentra con lo cotidiano y todo se transforma. La señora misteriosa, con su presencia imponente y su enigma envolvente, ha despertado en mí una pasión por descubrir la verdad y adentrarme en lo desconocido, sin importar las consecuencias.
Me escudriña con una sola mirada y me dice.
(Música Inquietante Comienza)
Señora Misteriosa (Escudriñándome)
—Que paso Bachiller. ¿Está buscando pieza?
Su dura mirada se encuentra con la mía haciéndome sentir escalofríos. En este momento no sé si alegrarme o correr cuando las dos titánicas puertas de madera se abren en su totalidad con un crujido abismal.
(Puerta abriéndose)
—!CHIIIIIIIIIIIIIIIIIIR!
(Música Inquietante se Detiene)
Pase sin invitación todo mojado con el equipaje, ya que la lluvia es inclemente.
Estando dentro de la casa noto como toda la decoración es de la época de la colonia, todo, pero absolutamente todo es colonial, ni siquiera hay luz eléctrica solo se utilizan velas.
Todos los candelabros están encendidos a media vela e iluminan puntualmente los lugares por donde la Sra. Misteriosa, camina con un antiguo y curioso porta vela forjado en bronce en la mano derecha, mientras que en la izquierda cuelga un llavero antiguo tipo carcelero.
Si uno lo imagina bien la casa podría pasar por un museo colonial ya todo está en su lugar desde los siglos pasados, las mismas telarañas, el polvo y las polillas forman parte de la casa, lo único que no cuadra en el lugar es un altar familiar moderno al cual le falta una fotografía.
Yo con curiosidad me dirijo hacia el altar para mirar las fotografías que no están en blanco y negro hasta que una voz regia y firme me interrumpe en la acción.
(Música de Tensión Comienza)
Señora Misteriosa (Con Altivez)
—Buenas noches, me llamo Isabel y usted.
Me pregunta esta Sra. Misteriosa (que ahora sé que se llama Isabel) aun con su porta velas en mano.
Yo (Tiritando de Frío)
—Gabo Sra. Un placer, Sra…
No pude terminar por la interrupción de la señora Isabel.
—¿Viene solo?
Me pregunta severamente con el tono de una profesora que reprende a sus alumnos.
—Si, Sra.
Le respondo tranquilamente.
Me siento como en medio de un interrogatorio con todas las preguntas que me hace la doña, aunque no es por culparla, ella se asegura de dar habitación a gente que no de problemas.
Obviamente este comportamiento severo es normal.
—¿Es usted estudiante verdad?
—Sí, si.
Respondo con voz diligente y entrecortada.
Tengo mucha curiosidad por verle mejor la cara a la señora Isabel, que me habla detrás de la luz de una vela que lleva en su mano.
Ella me mira y me detalla nuevamente con su recia y altiva mirada:
—¿Usted es navegao ¿Verdad?
Navegao:(Persona que no es nacido en la isla y llego por barco)
Me pregunta, a lo que yo extrañado le respondo:
—¿Cómo?
Sra. Isabel (En Tono Acusador)
—Bueno, no será uno de esos Bachilleres ¿Busca líos, o sí?
Sra. Isabel (Alzando una Ceja)
A lo que con mucha educación le doy una simple y agradable respuesta.
—No, no, para nada mi doña.
Su mirada se endureció como si esperara a que yo me pusiera nervioso.
—Me quiero independizar y busco una habitación modesta, aseada y con baño independiente.
La señora Isabel parece suavizar un poco su mirada
—Es usted muy educado.
Me reconoce ella mientras sigue erguida con aires de condesa o alguien de la realeza y me vuelve a preguntar.
—¿De dónde es usted bachiller?
—De Caracas mi doña.
Vuelvo a contestar tan educadamente como antes.
—¡Ah...! La capital.
Brevemente parece estar recordando algo.
Sra. Isabel (En Off)
—¿Bueno, las cosas no son al revés pues...?
—¿Cómo que al revés?
Pregunto yo confundido.
Ella murmura:
—Son los estudiantes de la isla los que viajan a la capital para graduarse. ¿O no?
Yo sonrío ante su pregunta.
—Bueno, a mí me toco y me alegra mucho estar aquí y haberla conocido.
Declaré con seguridad y ella me sonrió con delicadeza por primera vez.
Lentamente ella avanza hasta una puerta vieja con una manilla de hierro forjado, tras la cual se ve una antigua cocina con un fogón a leña de cuatro hornillas; en donde el café reposa.
Ella se voltea hacia mí dulcemente:
—El café está listo, ¿quiere un poco?
A lo que yo aun sonriente le respondo.
—Sería un placer Señora.
Nuestra casera es una señora misteriosa de algunos setenta y cinco años, su cabello blanco se mantiene erguido en un moño muy elegante y su vestido negro funerario, se pasea impecable ante sus distinguidos pasos.
Se nota que en el pasado tubo opulencia, porque sirve el café con un acto ceremonial impresionante igual o mejor que los ingleses.
Mi mente queda suspendida en el aire, hipnotizada por su voz, mientras mis sentidos se ven cautivados por cada matiz de su presencia. Sus ojos oscuros y penetrantes parecen esculpidos en la noche más oscura, como si fueran la entrada a un abismo de misterio y secretos ocultos.
El café humeante danza delicadamente en la taza, revelando pequeñas espirales de vapor que ascienden como suspiros inquietos hacia el techo. Cada sorbo es un instantáneo placer que acaricia mi paladar, transportándome a un mundo de sensaciones embriagadoras. La señora Isabel, con su elegancia impecable y su voz grave, pero melodiosa, deja escapar aquellas palabras que se incrustaron como dagas en el centro de mi mente. Fue como si un hechizo se hubiera tejido a mi alrededor, envolviéndome en su magia y haciéndome sentir maravillosamente vulnerable.
El aire está cargado de electricidad, como si los átomos se movieran con inusitada excitación, conscientes de que presencian un momento fuera de lo común. Cada instante es meticulosamente estudiado, grabado con detalles exquisitos en la corteza de mi memoria, perpetuando esa experiencia en un rincón especial de mi ser.
El golpe de su mano en la mesa resuena en el silencio, reforzando el impacto de sus palabras en mi conciencia. Es un golpe breve, pero certero, como si buscara despertar en mí una comprensión inmediata de la importancia de sus palabras. Y así fue, pues en ese instante supe que debía respetar su casa, aun siendo rey dentro de mi habitación. Y así, en medio de la elegancia bizarra de la señora Isabel, quedé cautivo de sus palabras y de la intensidad de aquel momento único. Es como si el tiempo se hubiera detenido, concediéndome un instante suspendido en la eternidad donde cada detalle, por más minúsculo que fuera, adquiere una belleza inherente.
Desde aquel día, cada vez que cierro los ojos, puedo sentir el aroma del café, escuchar su voz imponente y recordar ese breve pero poderoso golpe en la mesa. Y mientras transporto mi imaginación a aquel instante, mi alma se complace en revivir una y otra vez ese momento mágico en que fui testigo del poder de las palabras y la importancia de los detalles en pleno presente.
Solo me dijo algo durante el café, después de pagar el depósito para la habitación; aun en mi mente resuenan estas palabras y las llevo en mi memoria por siempre, junto con su imponente voz y un breve pero certero golpe en la mesa.
Señora Isabel (Golpeando la Mesa)
—Cada uno es rey dentro de su habitación, pero mi casa.
—¡TOC!
—¡Se respeta!
(Música de Tensión se Detiene)
Ante lo que yo me aleje de la mesa con los ojos totalmente abiertos y la mano izquierda hacia arriba mientras con la derecha aún sostengo la taza de café.
—Si Señora.
Le respondo inmediatamente como si estuviera delante de un juez.
Con sus manos cadavéricas saca del redondo llavero de carcelero dos pequeñas llaves nuevas y modernas, yo quede bastante desubicado.
(Música Emocionante)
—Que... ¿Y estas llaves que pito tocan en esta casa colonial...?
La Sra. Isabel, con su voz recia y firme:
—Tenga bachiller, no pierda su camino.
(Música Disminuye)
Ella se dirige a las puertas inmensas y aterradoras con sus distinguidos pasos, las abre y me señala con su mano derecha hacia un lado con su dedo índice cadavérico, limpio y tembloroso una puerta de metal.
Sra. Isabel (Guiñando un Ojo)
—Lo espero aquí el último de cada mes con el pago.
Vuelve a esa mirada severa y altiva que anteriormente me causo escalofríos.
—Bienvenido a mi casa; y no se moleste en tocar la puerta, meta el dinero en un sobre y deslícelo por debajo.
Antes de retirarse me deseo buenas noches y tras de mí se cerraron las gigantescas puertas a las que jamás volví a entrar.
(Puerta cerrándose)
—! CHIIIIIIIIIIIIIIIIIIR!
Mientras di algunos pasos cayeron las últimas gotas de lluvia, metí la llave en la cerradura de una puerta moderna de metal y entre a un largo pasillo bien iluminado con unas guirnaldas con bombillos amarillos al estilo vintage.
(Música de Aventura Comienza)
Al final del pasillo hay una estructura rectangular de dos pisos de siete habitaciones con su respectivo baño, solo seis tienen número, la mía es precisamente la número seis. Subo por la moderna escalera y al hallarme con una puerta de madera normal coloco la llave dentro del cilindro de la cerradura.
Al abrirla me encuentro en una habitación de blanco, con una cama matrimonial de dos almohadas, una silla, una repisa que es una suerte de mesa individual y un pequeño closet sin puertas.
Estoy tan agotado y feliz de haber conseguido un piso de alquiler que no le doy importancia a los sollozos que vienen de afuera, ya que pienso yo que provienen de la señora Isabel, en lo que supongo yo es por su estado de viuda, que lo está pasando mal y tiene que alquilar habitaciones para llegar al fin de mes.
(Música Emocionante Disminuye)
A todas estas caigo rendido ante el sueño.
A la mañana siguiente, al salir de mi habitación fijo mi vista en la puerta sin número que se halla al lado izquierdo de la mía, tiene uno de esos candados de piratas con una llave de las que tienen todas las abuelas para sus escaparates.
Yo (Flashback)
Sonrió al recordar a mi abuela.
Esta es una de las habitaciones más grandes y afuera tiene una mesa de hierro forjado con dos sillas y restos de velas que encienden a menudo.
Siempre creí que alguien leía a la luz de las velas, me pareció muy romántica la idea. Bajo las escaleras y salgo a trabajar luego de mi primera noche en la ciudadela colonial y hacer todo como de costumbre llego a la casa y siguen los llantos desconocidos.
Yo (En Off)
—Bueno, pero que extrañó...
Entro a mi habitación, saco un libro, el diccionario, Salgo de nuevo y sentándome en la mesita de hierro forjado me dispongo a leerlo para olvidar el extraño suceso.
Llevo rato leyendo y tengo la sensación de ser observado fijamente, al voltear la mirada esta parada frente a la puerta sin número una joven embarazada, que me mira curiosamente.
Es alta, cabellera hasta la cintura, de un color negro azabache, de voz suave, pero firme y el cabello cubre la mitad de su rostro.
(Música Inquietante Melodía de Piano)
Joven Embarazada (Curiosa)
—Hola, bachiller.
Pregunta ella con curiosidad.
—¿Tú vives aquí?
Dando unos elegantes pasos hacia la mesita de hierro forjado.
—¿Yo no te he visto antes por aquí?
Y con su voz recia y preciosa se presenta.
Joven Embarazada (Amable y Graciosa)
—Me llamo Lourdes. ¿Tienes nombre?
Yo sigo leyendo y buscando unas palabras en el diccionario, sin inmutarme respondo.
—Gabo señora, mi nombre es Gabo.
Ella extrañada pregunta de nuevo.
—¿Estás solo?
Yo sin apartar la mirada del libro:
—Si, señora vivo ahí en el seis.
Ella aun extrañada y curiosa:
—En el cinco no vive nadie.
Yo sigo investigando el diccionario:
—¡Ah...! Me entero.
(Música Inquietante Disminuye)
Hubo un silencio y yo sigo leyendo, ella se sienta en la otra silla de hierro forjado sin dejar de mirarme y sin más que decir solo me observa muy sorprendida, yo estoy inmerso en mi lectura no le presto mucha atención, de pronto me doy cuenta de que estoy ocupando su espacio en la mesita colonial.
La habitación no tiene número, pero esta luego del seis. Me levanto con un...
—Buenas noches.
Puedo observar de reojo que está totalmente sorprendida e incluso su boca abierta y sus ojos expresan asombro.
Seguí caminando y entre a mi habitación, me acosté a dormir y ya entrada la madrugada se oyeron los mismos sollozos más bajitos.
—(Quejido de Dolor con Llanto)
Yo pensé:
(Voz en Off)
—¡Caramba si soy impertinente! Seguro la Sra. Isabel me vio cuando salí a ver quien está llorando en el patio principal. Estoy totalmente seguro que es ella. ! Pobre doña, sola y sin familiares tratando de sobrevivir en esta época ajena la suya y sin apoyo y hay personas que se quejan por tonterías.
Al día siguiente cuando regreso como a la una de la madrugada, la noche extiende su manto oscuro por todas las esquinas de mi nuevo hogar, envolviéndolo todo en un silencio sepulcral. Cierro la puerta tras de mí, dejando atrás el bullicio de afuera para adentrarme en la tranquilidad de mi santuario privado.
Mis pisadas resuenan lentamente en las escaleras, creando un eco fantasmal que se pierde en la penumbra. Al llegar a mi habitación, la luz tenue de una lámpara proyecta sombras en las paredes, dándole vida a los rincones más ocultos de mi morada. Sintiendo el cansancio impregnar mis huesos, decido darme una ducha para desprenderme del pesar del día y purificar mi espíritu. El agua caliente cae sobre mi cuerpo cansado, liberando los rastros del mundo exterior y envolviéndome en una sensación de renacimiento. Cierro los ojos y siento cómo las gotas acarician mi piel, como si fueran las manos de un amante invisible.
Al salir de la ducha, envuelvo mi cuerpo en una suave toalla y camino hacia la cama. El rugido de mi respiración se vuelve el único sonido que rompe el silencio de la noche. Estoy a punto de sumergirme en el sueño reparador cuando, de repente, un escalofrío recorre mi espalda como un presagio maligno. Un llanto desgarrador y desolador se escucha desde algún lugar perdido en la inmensidad de la residencia. Las notas del dolor parecen bailar en el aire, penetrando en cada fibra de mi ser con una fuerza que me deja sin aliento. Es el llanto de una mujer, pero no cualquier mujer. Es un llanto cargado de un dolor funerario, un lamento que hiela la sangre en mis venas.
Incapaz de resistir la atracción magnética de aquel sonido angustiado, me levanto de la cama y sigo el eco del llanto hasta su origen. Cada paso que doy aumenta la intensidad de la tristeza en aquel llanto, como si mi acercamiento solo avivara el fuego de su aflicción. Finalmente, llego a una puerta antigua, cubierta de polvo y envuelta en sombras. Sin pensarlo dos veces, la abro lentamente y mis ojos se encuentran con una escena que se quema en mi memoria. Una habitación lúgubre, llena de muebles antiguos y cortinas desgastadas. En el centro, una figura humana arrodillada, con el rostro oculto en sus manos, sus sollozos resonando en las paredes.
Me acerco con cautela, siendo consciente de que me adentro en el territorio de lo desconocido. Las lágrimas caen sin cesar de los ojos de aquella mujer, formando charcos en el suelo que reflejan la tristeza más profunda. Su rostro angustiado muestra la huella de una herida emocional imborrable, como una cicatriz que nunca sanará. Levanto mi mano y la poso con delicadeza sobre su hombro tembloroso. Ella alza su mirada hacia mí, y en sus ojos veo el reflejo de un alma destrozada.
No pronunciamos palabras, no es necesario. En silencio, me siento a su lado y envuelvo su cuerpo en un abrazo reconfortante. En medio de la oscuridad y la pena, nuestras almas se encuentran en un instante de conexión inexplicable. Nos convertimos en dos viajeros perdidos en un océano de dolor, encontrando consuelo mutuo en la presencia del otro. Y así, en ese momento detenido en el tiempo, el mundo desaparece y solo queda la intensidad de nuestras emociones entrelazadas.
En esta madrugada luctuosa, me encuentro cara a cara con el dolor más profundo, mientras que el eco del llanto de una mujer se convierte en la banda sonora de mi propia introspección. Soy testigo de una herida abierta que nunca sanará por completo, y en ese instante, de alguna manera extraña, encuentro la belleza en la oscuridad más sombría. Así, inmerso en un mundo de detalles bizarros y exquisitos, me sumerjo en el abismo de este momento singular, donde el llanto funerario y el abrazo compartido se convierten en los protagonistas de una danza inmortal digna de contar.
Los días transcurren entre trabajo y estudios, de vez en cuando y cada vez con más frecuencia comparto con Lourdes, la joven embarazada.
Siempre esta sentada en la mesita de hierro forjado, bordando o cociendo algo con mucha habilidad. Es tan así de natural que nos hacemos muy amigos, yo le cuento mis viajes y aventuras por todo el país, también le llevo comida que por cierto siempre me recuerda:
(Música Emotiva)
Lourdes (Apenada)
—Déjala allí más tarde la como.
—¿Seguro? Lourdes... ¿No te da pena verdad? Oye somos amigos, por favor.
—No es que acabo de cenar, más tarde con todo gusto me la como.
—Bueno mira que la hice yo mismo eh. Modestia aparte, esta muy rica y mira que pinta tiene.
Lourdes (Con una Grata Sonrisa)
—Gracias Navegao. Se ve muy rica de verdad, la comeré pensando en ti. ¿Está bien así?
—Lindo Lourdita ya con una sonrisa se te ve mejor semblante, pero eso si te la comes eh...
Y le dejo la comida en la mesita de hierro forjado con cubiertos y bebida. Nunca la he visto cocinar ni lavar, yo estoy seguro de que es porque le da pena, imaginate estar sola y embarazada tan joven. La entiendo, pero siempre está impecable con la misma ropa.
Yo imagino:
(Voz en Off)
¡Qué bien! Por muy pobre que sea siempre está impecable. Total yo tengo un par de jeans, dos franelas y un par de zapatos y siempre estoy de punto en blanco. Asedo que es lo importante.
La suave brisa nocturna acaricia el rostro de Lourdes mientras ella se sumerge en su tarea interminable de lavar su ropa. Su figura esbelta por el embarazo se refleja en siluetas contra la oscuridad de la noche, iluminada únicamente por la luna llena que cuelga majestuosamente en lo alto del cielo estrellado.
El sonido rítmico del agua golpeando contra las prendas mojadas y un llanto suave es la única melodía que acompaña a Lourdes en su solitaria labor. Cada prenda que sostiene entre sus delicadas manos es tratada con esmero, como si fuese una obra de arte que merece la más exquisita atención. La batea de concreto, antigua, pero bien conservada, se encuentra en el patio trasero de la casa colonial donde vive Lourdes. El estrecho espacio está adornado con flores tropicales coloridas que exhalan su fragancia embriagadora en el aire. A pesar del cansancio y la tensión, Lourdes se deleita con esos pequeños detalles que embellecen su rutina cotidiana.
El sudor perla en su frente y gotas escurren por su cuello, pero Lourdes no se deja vencer por el agotamiento. Su rostro, iluminado por la luz de la luna, muestra determinación y valentía. Cada prenda que lava lleva consigo el peso de las responsabilidades y desafíos que debe enfrentar como futura madre. El clima caribeño no le da tregua a Lourdes. El calor húmedo la envuelve como una manta bochornosa, pero ella no se rinde. Incluso cuando la lluvia empieza a caer, ella continúa su labor con la misma tenacidad. Sus manos ágiles se mueven con destreza, sin importar las condiciones climáticas. Su fuerza interior emana de cada poro de su piel.
La joven embarazada, ahora convertida en una mujer luchadora, encuentra en esta tarea nocturna la calma y el silencio necesarios para reflexionar sobre su futuro incierto. Su pequeño vientre abriga una vida que dependerá de su fuerza y determinación. Cada prenda limpia y tendida al aire libre representa su constante lucha por un futuro mejor. La casa colonial, testigo mudo de la vida de Lourdes, se alza majestuosamente a su alrededor. Sus paredes de piedra, gastadas por el tiempo, guardan historias antiguas y secretos que solo el viento nocturno se atreve a susurrar. El patio trasero, con su antiguo encanto, es el escenario perfecto para esta escena peculiar de lucha y esperanza.
Lourdes, con su poesía oscura y su determinación imparable, es una heroína de la vida cotidiana. Su lucha en la batea del patio, bajo el calor agobiante o la lluvia caprichosa, simboliza la lucha de muchas mujeres que se enfrentan a desafíos similares. Ella es un faro de esperanza y fortaleza en medio del caos y la adversidad. Así, con lujo de detalles y una estética bizarra, podemos vislumbrar a Lourdes, la joven embarazada que lava ropa durante toda la noche en la batea del patio de una casa colonial en la ciudadela de una isla caribeña. Su historia, llena de poesía y realismo crudo, nos invita a reflexionar sobre la resiliencia y el poder de la determinación humana en medio de las circunstancias más difíciles.
(Música Emotiva se Detiene)
En esta habitación viví once meses, por las noches compartiendo muchas veces con Lourdes, del cual nunca le he preguntado a qué se dedica ni por su familia, pasamos varias horas conversando siempre de madrugada, porque gracias a mi horario en hotelería no me da chance de librar en el día con la cantidad de turistas y los hoteles ful el trabajo siempre es el doble.
Bueno yo le llevo de regalo trozos de tela, hilos de lana y agujas, para que se mantenga ocupada y de su embarazo nunca he preguntado, sabes uno es un caballero, nunca pienso o me pasa por la cabeza otra cosa que no sea ayudar a esa pobre joven embarazada, que cayó en desgracia.
(Voz en Off)
—¡Imagínate sola, sin familiares ni trabajo! ¡Qué mal eh!
Tampoco indago por el padre de su futuro hijo. Según las vecinas chismosas el candado milenario siempre está cerrado de día sabes.
(Voz en Off)
—¡Tal vez ella va de visita a donde algún familiar y visita a escondidas al novio que la embarazo yo qué sé…!
En medio de la oscuridad nocturna, el caribe se muestra en todo su esplendor, envuelto en la brisa cálida que acaricia mi rostro. Sentado en una pequeña y encantadora mesita de hierro forjado, disfruto de la noche, inmerso en las páginas de un libro que me transporta a mundos desconocidos.
De repente, como si de un sueño se tratara, Lourdes aparece ante mis ojos. Luciendo una bata blanca impecable que contrasta con la oscuridad de la noche, su enigmática presencia se hace notar desde la puerta sin número de la residencia del patio de la antigua y majestuosa casa colonial. Su cabello negro, que ondula sutilmente con la brisa que acaricia su rostro, crea un intrigante halo de misterio que envuelve su figura. Sus penetrantes ojos, reflejo de su alma enigmática, se clavan en los míos sin pronunciar una sola palabra. En ese silencio cómplice que nos rodea, sus agujas de tejer se alzan imponentes, como una extensión de su propia esencia, testigos mudos de su habilidad y talento.
Estamos inmersos en una noche en la que los vecinos se abstienen de salir, respetando los misteriosos designios de la noche. Una noche en la que incluso Dios parece guardar silencio y recogimiento. Todo en nuestro entorno parece detenerse, como si el tiempo se hubiera suspendido para dar paso a este encuentro inesperado. En este instante, las palabras parecen insuficientes para expresar la magia y la sutileza de este momento. La combinación de lujosos detalles y esa atmósfera bizarra que nos envuelve se convierten en los ingredientes perfectos para dar vida a esta escena aparentemente surrealista.
Como principiante, pero hábil escritor, me sumerjo en la meticulosidad de los detalles, describiendo con exquisito cuidado cada matiz y cada sensación que el presente momento evoca en mi ser. Cada palabra que nace de mi pluma es un pincelazo minucioso que retrata los colores, las texturas, los susurros del entorno y la filosófica expresión. Las luces de la noche, tenues y misteriosas, iluminan sutilmente cada rincón del lugar, dibujando sombras danzantes que se entrelazan con el suave vaivén de la brisa caribeña. El aroma de las flores nocturnas embriaga el ambiente, llenándolo de fragancias exquisitas y embriagadoras.
En este momento, la realidad se fusiona con la fantasía, permitiendo que los sentidos se despierten y se agudicen, permitiéndonos observar, sentir y apreciar cada detalle con mayor intensidad. Todo adquiere una belleza singular, tanto en lo tangible como en lo intangible. Así, en medio de esta noche caribeña de ensueño, mi espíritu se sumerge en la oscuridad y la poesía, explorando los rincones más profundos de la mente y dejando que las palabras fluyan, capturando los secretos más íntimos del alma. Este momento, lleno de misterio y encanto, se convierte en una pieza maestra en la danza de la vida, donde Lourdes, con su presencia enigmática y su aura de poesía, se convierte en el hilo conductor de mi historia.
Entre por el largo pasillo de guirnaldas con bombillos amarillos, hoy día lo con una grata sonrisa.
En mis manos junto a un par de bolsas de una famosa tienda de importación llevo una pizza familiar y dos refrescos de cola negra para comer con mi amiga Lourdes y pedirle disculpas por haberla ofendido.
No fue mi intención, solo que al estar embarazada y sin recursos le ofrecí ayuda como un buen boy Scout, ¡Ya que tengo el día prácticamente libre! ¡Cuando los vecinos que yo no los conozco me ven entrar, todo queda en un silencio sepulcral...!
(Música de Tensión)
Antes de subir la escalera hay un pedazo de vidrio en el suelo disperso entre varios juguetes y algunas migajas de galletas que los niños han dejado al jugar.
(Vidrio se Rompe)
—!CRACK!
—Buen día.
Digo yo a todos los presentes.
Solo una voz contesto y se escuchó un eco en el patio.
Vecina Chismosa del Dos (Temerosa)
—Buenas.
Se escucha, pero muy bajo y con aire de miedo.
Una señora de las cuatro que están en el patio, que vive abajo en la habitación dos, corpulenta con una bata floreada, cabello largo, lacio y de un negro azabache, como todas las mujeres de las islas del caribe, que son descendientes de indígenas, está lavando y haciendo los oficios de la casa.
¡Me dijo con voz baja y asustada...!
—¿Bachiller usted también la ve?
Yo extrañado.
—¿Cómo?
Vecina Chismosa del Dos (Insistente)
—¿Que si usted también la ve?
La verdad no me queda claro a que se refiere.
Yo (Extrañado)
—¿A quién? A la Sra. Isabel. Claro vale, siempre está paseándose con una vela en la mano por toda la casa colonial, se le ve por las ventanas. ¿Qué hay de malo con eso...?
Vecina Chismosa del Dos (Incrédula)
—Hay por el amor de dios, ¿usted no sabe nada verdad?
Sin mucha importancia digo:
Yo (Despreocupado)
—¿De qué habla usted señora?
Vecina Chismosa del Dos (Sacude su Cabeza Negando)
—¡De la muerta!
Yo me rio de las tonterías de esta señora que anda en plan chisme:
—Por favor, que ganas de gastar su tiempo, nunca llego de día para evitarme chismes y estas cosas y mira.
—Yo no creo en espantos, señora.
Subo con mi pizza para sentarme en la mesita de hierro forjado llena de velas como en las escasas noches que vengo a descansar, comer y hablar un rato con mi amiga Lourdes. También para preguntarle si acaso sabe de lo que está hablando la Vecina chismosa del dos.
El candado milenario oxidado y lleno de moho verde está puesto. Yo sirvo la pizza en un plato improvisado con la caja de carton, un vaso de refresco y saco una novela Los Miserables de Víctor Hugo. Que estaba leyendo para luego comentarla con Lourdita para sí hacer más amena nuestras tertulias de la madrugada.
Las cuatro señoras chismosas de abajo suben las escaleras en plan chisme de nuevo, me miran atónitas, ven la puerta sin número con el candado milenario cerrado y una de ellas afirma:
Vecina Chismosa (Sorprendida)
—Bachiller, ella no va a venir.
Yo extrañado:
—¿Por qué?
La vecina chismosa del dos se acerca y coloca su mano derecha en mi hombro y me comenta:
—No se levante Bachiller yo le voy a contar la historia.
Yo (Con Cara de Asombro)
¡Ni la más remota idea de lo que está sucediendo...!
(Música de tensión)
La Vecina Chismosa del dos, me pregunta.
—Bachiller ¿Cuánto tiempo lleva usted, ¿Viviendo aquí?
A lo que yo respondo.
—Once meses, señora, ¿Por qué?
Ella levanta sus cejas con sorpresa y sacude su cabeza incrédula.
—Bueno Bachiller yo tengo viviendo aquí siete años y ella viene solo por las noches llorando y sigue embarazada.
(Música de Tensión se Detiene)
Suelto la pizza de champiñón y salami mi favorita e inquietante susurro.
—¿De qué me está hablando, señora?
De pronto mis ojos se abren en su totalidad y quedo en off.
(Elipsis)
La comida que solo es para después, la misma ropa, solo de noche, la puerta cerrada, los llantos de dolor, las velas en la mesita de hierro forjado.
—¿Pero y esto que es?
Mi mente es una cámara fotográfica pasando los negativos y mi cara cada vez se sorprende más, no me lo puedo creer.
—Eso es imposible yo hablé con ella anoche, de hecho, siempre la veo.
La vecina chismosa del dos, con una extraña sonrisa afirma.
—Claro de madrugada, cuando llega por ahí, usted cree que uno no lo ve hablando solo como un loco en la mesita donde le prendemos las velas a la difunta.
En este momento no supe qué decir incluso sentí algo de miedo.
Yo (Sacudiendo la Cabeza)
—Ya va, un momento como que ¿Hablando solo?
Vecina Chismosa del Dos (Desafiante)
—Sí. Hablando solo los vecinos aquí le tienen miedo, la Sra. Isabel dice:
Sra. Isabel (Voz en Off)
—Mientras me pague no pasa nada. Si está loco es su problema. Cada uno es rey dentro de su habitación, pero recuerden esto. Mi casa se respeta y al que no le guste. ¡Que se joda!
No me lo puedo creer, los vecinos me espían.
—Por favor Sra. Esto es un malentendido. Yo converso de vez en cuando con Lourdes, la joven embarazada que vive allí en la siete. Yo le traigo comida del hotel y se la dejo en la mesita para no molestarla.
Vecina Chismosa del Cuatro (Sorprendida)
—¿Ah! Que ya le dijo su nombre?
Vecina Chismosa del Uno (Con Descaro)
—Pero que sin vergüenza es. Loco y sinvergüenza bueno se hace el loco creo yo, pero de que habla solo habla. Yo misma lo he visto, a mis niños les da terror cuando llega.
Vecina Chismosa del Dos (Con una Palmada en mi Hombro)
—Cálmese bachiller le va a dar algo.
Yo, tratando de pensar bien la situación.
—Pero no entiendo, que me está contando señora.
La vecina chismosa del dos con una tranquilidad excesiva:
—Tranquilo bachiller, yo le voy a contar la historia.
Vecina Chismosa del Dos (Flashback)
(Música Inquietante)
(Voz en Off)
—Norte del Mar Caribe, junio de 1977. Primera plana del periódico local La Perla del Caribe, bajo la fotografía de un auto en llamas se encuentra el siguiente titular:
Terrible accidente en la carretera vieja del Tamarindo, al norte de la isla, no hay sobrevivientes, los cuerpos de dos personas se hallaban en el automóvil que perdió el control en la curva del búho, tras las fuertes lluvias del huracán Dorothy, causando inundaciones, perdidas en la costa, numerosos muertos y desaparecidos. Se le agradece a los familiares de: Jesús Cedeño Villarroel y Lourdes Cedeño Narváez. Hacer acto de presencia en la morgue del hospital central del Caribe para identificar los cadáveres.
(Música Disminuye)
Vecina Chismosa del Dos (Continúa)
—La embarazada es la hija de la dueña de la casa colonial la Sra. Isabel, de ahí que ella está de luto, su esposo y su hija murieron en un accidente de tránsito en una carretera del interior de la isla, hace seis años. Esa habitación no se alquila ni se abre para nada.
Allí vivía ella después de salir embarazada. A ella se le ve de vez en cuando llorando en el patio, la gente dice que no viene los lunes porque es día de las ánimas le prenden velas y se queda tranquila.
Se les aparece a las personas que no conocen su historia, el que más ha durado en la habitación seis ha sido usted, porque en la cinco a los tres días se van.
—Ella le agarro cariño a usted, porque usted se portó como todo un caballero, por eso ahora viene casi todos los días.
—Por favor. Vallase Bachiller que en verano regresan los espantos a esta casa.
Fin.