EL GATO NEGRO

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Todos tenemos un gato negro en la vida, este es el mío...

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Complete
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1
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n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

EL GATO NEGRO

APARICIONES EN LA OSCURIDAD

Por: Gustavo Mora.

Gabo Niño



El sol calienta sin piedad una tarde de principios del verano, mediado de los años 70, su inclemente brillo se refleja en las cristalinas ventanas de los edificios y parece amplificar aún más el bullicio de los pocos habitantes que se aventuran en las calles. Gabo, con su despreocupada juventud, se adentra en las intrincadas y solitarias calles de la urbanización nueva, un oasis de modernidad en medio de la vastedad de una Caracas que se expande sin control.


El cielo azul intenso y despejado parece abrazar a Gabo mientras avanza con paso decidido hacia su destino. Cada edificio que encuentra a su paso es una pequeña fortaleza de concreto y vidrio, sus fachadas impolutas parecen contar historias milenarias y secretos ocultos en las profundidades de sus recodos. Los árboles que se alzan orgullosos en las aceras parecen haber sido testigos silenciosos de innumerables pasajes de la vida de sus moradores. El vaivén de las personas que se cruzan con Gabo es una danza desordenada, una coreografía improvisada en un escenario urbano. Rostros desconocidos y misteriosos destellos de las vidas que habitan en aquel lugar. Gabo, con su peculiar destreza social, se mueve entre la multitud con una mirada curiosa y avispada, absorbiendo cada detalle que se le presenta.


(Música Inquietante Comienza)


Luego de cumplir su mandado, el joven se encamina de regreso a su hogar, sumido en sus pensamientos mientras recorre las calles en sentido opuesto. La tarde se va vistiendo de sombras y misterio, y una extraña inquietud parece invadir el ambiente a medida que el sol se oculta detrás del horizonte. Es entonces cuando sucede. En medio de un cruce de calles solitario, Gabo siente una fría corriente de aire que le hace estremecer hasta la médula. Todo a su alrededor se torna oscuro y opresivo, como si un velo invisible descendiera sobre la realidad. Su corazón palpita con fuerza y sus sentidos se agudizan, tratando de captar lo que sus ojos no pueden ver. Un ruido sordo y lejano rompe el tenso silencio, resonando en sus oídos de forma escalofriante.


Gabo se detiene en seco, sintiendo cómo el miedo se apodera de cada fibra de su ser. Su mente intenta encontrar una explicación racional, pero todas las piezas encajan de forma confusa e incomprensible. Decidido a enfrentar lo desconocido, Gabo avanza con cautela hacia el origen del ruido, sumergiéndose en las sombras que se ciernen a su alrededor. El miedo y la curiosidad se entrelazan en un baile riesgoso, pues no sabe qué se encontrará al final del camino.


Gabo está sumergido en la oscuridad de la noche, su mirada fija en el objeto misterioso y desconocido que yace junto a la acera. Un sonido perturbador, que se escapa del objeto, se apodera de su curiosidad y lo envuelve en un aura de miedo y nerviosismo.


Con pasos lentos y cautelosos, Gabo se acerca cada vez más al objeto que emite el perturbador sonido. Su corazón late con una intensidad desbordante, casi palpable, mientras su respiración se agita y se entremezcla con el silencio ominoso de la noche. Inclinándose lentamente, Gabo se adentra en la oscuridad en busca de respuestas. La tensión en el ambiente se vuelve casi palpable, envolviendo su cuerpo en una vorágine de emociones intensas.


El sonido inquietante, ahora más cerca, parece estar a punto de revelar su oscuro misterio. Sin embargo, antes de que Gabo pueda descubrir el origen de aquel ruido, una mano repentina y firme se posa en su hombro, interrumpiendo su travesía en la oscuridad. Es el dueño del kiosco de revistas, que lo observa con curiosidad y sorpresa en sus ojos.


El dueño del kiosco de revistas, con voz interrogante, le pregunta:


(Música Inquietante se detiene)


—¿Qué haces tú ahí, muchacho?


Gabo recibe el susto de su vida.


—¡Aaaaaaaaaahhhhhh


—¡Hijo de Putaaaaa!


—¡Casi me mata de un infarto!


El chico se va refunfuñando con la mano en el pecho y helado el susto:


—Viejo de mierda, casi me mata del susto...


—Y a todas estas ¿Qué era eso? Yo escuché como una música o algo así...


El trayecto hacia la bodega es un acto de trascendencia silenciosa para Gabo. El aroma a pan fresco y flores inundan el aire mientras camina por las calles empedradas. Cada paso es una conexión con su comunidad, una oportunidad para saludar a vecinos y antiguos amigos. Sus ojos observan los detalles de su entorno, las texturas y colores que conforman este escenario urbano.


Al llegar a la bodega, los estantes repletos de productos parecen un mosaico de sabores y olores tentadores. Gabo se sumerge en su labor, recorriendo los pasillos con precisión y cautela. Sus manos, hábiles y seguras, seleccionan artículos para llevar consigo, cumpliendo con cada encargo asignado. Su capacidad para recordar cada detalle de la lista de compras es tan meticulosa como el trabajo de un relojero.


De regreso a casa, Gabo se sumerge en un mundo de letras. Sus lecturas son una ventana hacia otros mundos, una forma de escapar de la monotonía diaria y asomarse a un universo de posibilidades infinitas. Sus ojos se deslizan por las líneas, capturando cada palabra como si fuera un tesoro oculto. Su mente se vuelve un crisol de ideas y emociones que se mezclan y se entrelazan en un ballet literario.


Al caer la noche, Gabo regresa a su refugio, una sonrisa leve en su rostro. A medida que la oscuridad lo envuelve, se sumerge en un mundo de sueños y enigmas por desvelar. Su vida, aparentemente simple y rutinaria, se despliega con una belleza inesperada, enriquecida por la magia de los juegos, la sabiduría de los libros y el deber cumplido en la bodega.


(Música Inquietante Vuelve)


Trasciendo de un recuerdo hacia la realidad...


Salí como siempre corriendo, porque uno de chico hace todas las diligencias así, voy rumbo hacer un mandado por aquella urbanización nueva con pocos habitantes en el lado norte donde vivimos nosotros, estaba comenzando a poblarse y las calles parecían más largas de lo común, para hacerme el camino más corto cruce entre los edificios la mayoría vacíos, pero es un atajo genial.


Al cruzar en una esquina, en el piso al lado de la acera estaba tirado un gato negro de juguete con una pelota de colores en las patas, me pareció gracioso y le atiné una patada arrojándolo al monte, me pareció una pasada, eso sería un gol seguro en la cancha de futbol sala, seguí corriendo en busca de la bodega y al llegar al tercer edificio vacío cruzo y en la acera estaba el mismo gato negro con la pelota de colores tirado en el piso.


Al momento me dio gusto chutarlo de nuevo haciendo un gol imaginario hacia el monte de nuevo, pero al seguir corriendo y llegar al otro lado de la urbanización y no encontrar la bodega, enseguida se me heló la sangre en mis venas al ver por tercera vez el gato negro con la pelota, ya no era casualidad aquí estaba pasando algo extraño, esta vez por precaución digamos, no le di la patada me hice el loco y corrí en dirección opuesta.

Ya estaba de noche y oscuro solo algunos apartamentos tenían luz, ya que no estaban ocupados todos, Salí de los edificios en dirección al departamento ya el mandado no era la prioridad, creo que la casa era lo más seguro, pero no la encontraba y al seguir corriendo por la calle aparece en medio de la carretera de nuevo este maldito gato.


Me detuve al instante y pensé.


—Este gato me está persiguiendo.


Solo, oscuro y en plena calle, no se escuchaban ni los grillos solo esa música Inquietante. En ese momento pegue una carrera hacia los edificios donde había luz, pero por más que corría no encontraba el edificio, estaba perdido en la urbanización y por más gente que veía a lo lejos solo eran sombras, ya agotado y con el corazón a punto de reventar.


Recuerdo que en el departamento estaba el Cuadro Maldito. Extraño, sombrío, inerte, colgado en la pared de la sala esperando la media noche para comenzar su juego diabólico.


Supe que era una mala jugada de ese maldito cuadro al que le habíamos perdido el miedo, allí me detuve y para mi sorpresa estaba frente al edificio Bloque 36, corrí apresurado al departamento, al entrar mi padre me pregunto.


—Te pasa algo que vienes corriendo.


Yo, con poco aire en mis pulmones por el esfuerzo,


—No, nada estaba jugando.


—Bueno anda votar la basura, te lavas las manos y ven a comer.


Recogí las bolsas de la basura en la cocina y al pasar por la sala estaba allí como siempre colgada y mirándote con esos ojos de cadáver exquisito.


La miré de reojo y le dije:


—Esta me la pagas eh, no va a quedar así...


Seguí hacia el balcón, abrí la puerta y Salí al basurero con ambas bolsas en mis manos, allí estaba la conserje del edificio arreglando la basura, a unos escasos 100 metros del pipote de basura y para mi sorpresa estaba en el piso recostado al lado de la acera.


El maldito gato negro de juguete con una pelota de colores en las patas...


—QUE…


—Aaaaahhhhhh...


Se escuchó el grito y solo quedaron inertes en el piso las dos bolsas de basura y esa noche entendí que el Cuadro maldito juega cuando él quiere…


Este episodio, envuelto en secretismo y misterio, aún sigue sin respuesta para Gabo. Los recuerdos de esa tarde le persiguen como sombras esquivas en su memoria, y su vida continúa entre el bullicioso trajín de la ciudad y las noches insomnes en el departamento que le ha acogido. Pero siempre, en algún rincón de su mente, permanece la incógnita de aquel extraño suceso, una marca imborrable que le recuerda la imprevisibilidad de la vida y la profunda oscuridad que puede ocultarse tras una aparente tranquilidad.


Fin.