Primer encuentro

Thor caminaba por los pasillos del recinto en búsqueda de la arena principal del Ragnarok, en donde el pelear por parte de la humanidad seguramente ya se encontraba esperando. No le emocionaba demasiado pensar en ello, ¿qué tan poderoso podría ser un mortal en comparación suya? No tenía ningún sentido ese encuentro. A la mitad de su camino, se topó contigo, no pudo ignorar la mirada cargada de desprecio que le dirigiste, eso no hizo más que terminar de captar su atención. Inconscientemente mantuvo la mirada fija en ti por lo que te pareció increíblemente largas horas.
—¿De dónde salió esta mujer? —pensó con intriga—.
Tu eras todo lo que había en su mente, cada uno de sus pensamientos se trataba sobre ti, y sobre la encantadora silueta de tu cuerpo cubierto por un largo y deslumbrante vestido púrpura. Te habría observado maravillado por más tiempo, de no ser por las altivas palabras que dejaste salir de tus labios.
—Los dioses lamentarán su decisión. —aseguraste al pasar por su lado, evitando mantener tu mirada en la suya—. La humanidad vencerá en el Ragnarok, no tienen ninguna oportunidad de alcanzar la victoria.
Thor, por primera vez en mucho tiempo, sonrió con diversión; una pizca de gracia y atracción lo guío hacia ti. Quería que lo provocarás más. Te sujetó con su única mano libre, y acercó su rostro apacible hacia el tuyo.
—Después de acabar con mi oponente te enseñaré a mantener la boca cerrada, estúpida valkiria.

Fuiste la valkiria seleccionada para Lü Bu, tus habilidades se complementaban perfectamente con las suyas, sabías que era un guerrero aterrador, por lo que, cuando lo observaste por primera vez tus piernas temblaron ligeramente. Su mirada sádica te parecía tenebrosa, pero confiabas plenamente en que no te dañaría, pues eras la única que podría ayudarlo a combatir contra un dios.
—Tráteme bien, señor Lü Bu.
Apartó su mirada de Brunhilde por primera vez cuando escuchó tu voz inundar la sala. Te mostró su afilada sonrisa asesina, y tiró de ti hasta que estuviste contra su pecho.
—No permitiré que termines con un sólo rasguño, valkiria. —aseguró, con un tono más apaciguador del que esperaste—. Al finalizar con éste combate, alzaremos la cabeza de ese dios en tu honor; pues serás aquella que llevó al gran Lü Bu a la victoria.
Sintiéndote más segura de su confianza, suspiraste antes de unir tu alma a la suya.

Eres la hija de Odín, el dios nórdico más poderoso de todos; por lo que estabas obligada a participar en el Ragnarok te guste o no. Después de presenciar la arrasadora victoria de tu hermano, te encontrabas expectante por los siguientes competidores. El público en las gradas no dejaba de repetir el nombre de Zeus. Mentirías al decir que no habías escuchado ese nombre millones de veces, pues todos lo aclaman como el padre del cosmos, el dios entre dioses. Te aferraste con fuerza a tu asiento, asombrada por lo que tus ojos observaban durante el combate.
—¡Ese anciano es increíblemente fuerte!
Exclamaste al observar la magnitud y velocidad de sus ataques, ni siquiera utilizaba un arma, su poder bruto te abrumó. Loki lanzó una risa burlesca cuando te vio tan emocionada y a su padre tan fastidiado por ello.
—Sin duda lo es. —tu hermano, a pesar de ser el dios del engaño, no podía mentir sobre ello—. Pero te recomendaría mantener distancia con él. Después de todo, es bien conocido por dejar descendencia con toda mujer que se le cruce.
¡Por supuesto que no le creíste! Un dios tan poderoso no podía realizar actos tan... banales, casi humanos. Ignorando a Loki, pensaste en lo mucho que querías expresar tu respeto y sorpresa a Zeus. Y, como si el universo te hubiese escuchado, la oportunidad se te concedió al ser convocados en una reunión urgente a causa de la muerte de Poseidón. Sin embargo, en cuanto Zeus te miró, creíste firmemente en cada una de las advertencias de tu hermano.
—Así que tú eres la hija de Odín, ¿por qué no te acercas un poco más?

Ustedes dos se conocieron por accidente. Era tu turno de unir tu alma con el siguiente representante de la humanidad, por lo que buscabas a Brunhilde entre los pasillos. Al doblar en una de las esquinas, te estrellaste contra la anatomía de un extraño haciendo que ambos cayeran. Aterrizaste sobre esa persona, y no fue hasta que escuchaste un insistente golpeteó en tu oído que te percataste del pecho desnudo debajo de ti.
—Realmente debe ser cómodo estar sobre mí.
Cuando su voz despreocupada llegó a tus oídos, te pusiste inmediatamente de pie sintiendo tu rostro calentarse por la vergüenza, era la primera vez que algo así te sucedía. Observaste que ese hombre rubio únicamente cubría su entrepierna con una hoja.
—¡L-Lo siento tanto, perdóneme! —cubriste tu rostro, era como tenerlo desnudo frente a ti—. Estaba buscando a mi hermana, no fue mi intención.
Sus facciones estaban en total calma; no estaba molesto, de hecho, lucía deleitado. Sus penetrantes zafiros estaban sobre ti, te cautivaban y de alguna manera te hacían sentir totalmente expuesta frente a él. ¿Quién es ese sujeto?
—Entiendo. —aseguró, aún sin apartar la vista de ti—. Eres mi valkiria, ¿no es verdad?
Te calmaste, lo señalaste sorprendida ante el destino que los había reunido.
—¿Eres Adán? —interrogaste con duda—. ¿Tú eres el siguiente humano en combatir?
Su rostro inexpresivo se movió de arriba hacia abajo con calma, analizándote cual depredador a su presa. Que estuvieras encima de él realmente no le molesto en lo absoluto.
—¡Esforcémonos por el bien de la humanidad!
Te sonrió ligeramente, complacido por tu determinación, le pareciste adorable.

Estaba cansado de escuchar a todos volverse locos por tu primera aparición pública como la hija de Odín. ¿A quién demonios le interesan los dioses nórdicos? Eres la diosa de la paz, el perdón y la luz; sin embargo, para Poseidón no representabas una presencia imponente o tan poderosa como el resto afirmaba, seguramente resultarías ser un estorbo para los dioses.
Fue entonces que se abrió paso al balcón desde el cual observaría los combates previos al suyo, al dirigirse a su asiento, te encontró sobre él. Chistó molesto, no estaba dispuesto a seguir tolerando incompetentes. Te tocó el hombro antes de ser brutalmente golpeado en el abdomen por algo que no fue capaz de observar. Se estrelló contra la pared antes de sacudir su cabeza, se encontraba levemente aturdido. El resto de los dioses presentes fingió no observar nada para no meterse en problemas. Te pusiste de pie, una luz celestial brillaba a tu alrededor; Poseidón creyó que eras una hermosa alucinación.
Tocaste su mejilla con tu mano antes de declarar:—Tu corazón no está en paz, te hace falta perdonar.
Volvió de pronto, apartando tu mano con desagrado, fingiendo que no se encontraba nervioso debido a lo que pensó al observarte.
—¿Qué fue lo que me hiciste?
Reíste levemente, como si te hubiese dicho alguna especie de broma. Poseidón se puso de pie, esquivando tu mirada.
—No hice nada, cuando me tocaste tu propia oscuridad te atacó. —te acercaste, forzándolo a observarte una vez más—. ¿Te gustaría que la convirtiera en luz? —colocaste tu mano en su pecho sin pudor alguno—. Para eso, necesito que me entregues tu corazón.
No estaba seguro si hablabas de una manera literal o metafórica, pero retrocedió un par de pasos antes de darse la vuelta y abandonar el lugar. Su rostro comenzó a sentirse caliente, y en su pecho había un violento golpeteo. Maldición, ¿qué le estaba sucediendo?

Estabas en la sala de Brunhilde, intentabas ayudar a Geir a controlar la crisis nerviosa de su hermana mayor; le resultaba difícil de sobrellevar el hecho de que la humanidad se enfrentaba a dos derrotas consecutivas. Sin previo aviso, alguien ingresó a la habitación; te giraste al escuchar el sonido de la puerta metálica moverse. Observaste a un hombre, era Sasaki, quien caminaba de manera segura hacia ustedes. Su presencia te dejó helada.
—Con su permiso, señorita.
Te miró y sonrió cortésmente, no lo detuviste cuando se seleccionó a sí mismo en la pantalla de tu hermana, tenías una corazonada sobre él. Esa confianza en sí mismo no podía tenerla cualquier persona.
—Sasaki Kojiro. —lo llamaste, mirando levemente la pantalla antes de fijar tu vista en él—. Poseidón no es cualquier Dios, deberías replantearte tu decisión.
Se colocó la katana sobre el hombro al volver la mirada hacia ti. Rascando levemente su mejilla sin borrar la sonrisa que tenía formada.
—Confía en mí, joven valkiria. —el doloroso palpitar de tu corazón te hizo enmudecer—. Venceré a ese Dios.
Aunque probablemente no debías, creíste en él de inmediato; incluso antes de que pudiese terminar con su oración. Ese hombre te inspiraba un remolino de sentimientos que no eras capaz de comprender en ese preciso momento; quizás necesitabas de su ayuda.
—¡Creeré en ti, así que más te vale derrotar a ese tirano de los mares!
Su risa ligera te causó un leve escalofrío. Sasaki fue capaz de sentir la llama que ardía en tu interior, se percató de que su sentir era correspondido. Estaba bastante satisfecho.
—Lo haré especialmente por ti. Espera por ello.
Se dio la vuelta dispuesto a cumplir su promesa, no sin antes guiñarte un ojo. Se ruborizó avergonzado por su acción, demonios, era terrible coqueteando; pero se esforzaría en intentarlo. Por otro lado, tú eras sacudida de un lado a otro por Geir, dejaste de reaccionar por un momento.

Como hija de Odín conocías muy poco sobre los dioses griegos, de hecho, los únicos de quienes habías escuchado mencionar eran Zeus y Poseidón. Se podría decir que eras una completa ignorante de ellos, por lo que no tenías idea de quien era el joven pelirrojo a quienes tanto dioses como humanos alababan. Lo miraste curiosa, analizando los tatuajes que cubrían su cuerpo, no tardaste en ser atrapada por Loki.
—Lujuriosa, deja de devorarlo con la mirada.
Lo golpeaste en el brazo, tu hermano era un imprudente. No conocías a ese chico, está claro que tu mirada estaría sobre él. Cuando prestaste atención, ese semidios ya te estaba observando. Lo saludaste con la mano tratando de evitar un ataque nervioso. Todo era culpa de Loki.
—Te voy a matar. —susurraste a tu hermano, antes de mirarlo de reojo—.
—¡Qué emoción! Viene hacia acá.
Se te heló la sangre, ese exhibicionista musculoso ya se encontraba frente a ti cuando Loki desapareció. Se presentó de una manera tan cortés que te hizo pensar en la posibilidad de que no hubiese escuchado nada. Conversaste con él animadamente, te pareció encantador y demasiado amable; disfrutaste tanto como él del tiempo que compartieron juntos.
—¡Suerte en tu enfrentamiento, Hércules!
Era su turno de representar a los dioses en el siguiente enfrentamiento. Se despidió con la mano mientras se alejaba cada vez más. No sin antes exclamar aquello que te hizo arder el rostro.
—¡Puedes seguir devorándome con la mirada cuando vuelva!

Sabías que Jack era un asesino, pero dentro de ti eras consciente de que lo que estaba sucediendo no era lo correcto. Él luchó por la humanidad, les dio una victoria, ¿y qué recibe a cambio? Nada más que odio. Lo viste herido, abandonado por su valkiria y humillado por aquellos a los que defendía. Tu cuerpo se movió por sí mismo cuando bajaste a la arena, escuchaste las voces de los otros dioses intentando detenerte, pero los ignoraste sabiendo que tendrías que rendirle explicaciones a Zeus. Tomaste el brazo de Jack y lo colocaste sobre tu hombro. El ataque cesó, toda la arena se mantuvo en silencio.
—Estarás bien, humano. —murmuraste, asegurando tu brazo por su cintura—. No importa quién fuiste en el pasado, no mereces esto.
Cuando Jack te miró por primera vez quedó maravillado ante tus colores; como la diosa de la paz, el perdón y la luz, tenías los sentimientos más puros y sinceros. Ni siquiera Hércules le había hecho sentir tal calidez.
Te detuviste frente a la camilla en la que colocaste al humano, miraste extrañada al hombre que no apartaba la vista de ti; te observaba como si fueses la más fina obra de arte. Tu corazón se encogió cuando notaste la oscuridad que manchaba su luz, al parecer él nunca conoció la paz. Te sobresaltaste cuando se concedió el atrevimiento de tomar tu mano, la sostuvo entre ambas de las suyas, tan desesperadamente que te hizo sonrojar sin siquiera darte cuenta, el sentimiento en tu pecho era inusual. No te apartaste.
—Madame, mi diosa, su alma es la más hermosa que he visto alguna vez. ¿Podría decirme con palabras sinceras si tengo alguna oportunidad de quedarme a su lado para siempre?

Como hija mayor de Odín todo el mundo tenía altas expectativas de ti, de tu apariencia, de tu personalidad y de tu poder. Estabas demasiado tensa y abrumada, podías sentir a todos esos estúpidos dioses griegos juzgarte con la mirada; maldecías a la valkiria que propuso el Ragnarok.
—Iré a caminar por ahí, ya me cansé de ver a Thor jugando con ese humano.
Tu padre asintió sin mucho interés, confiaba en tu poder; eras su orgullo. Sabía que estarías bien sola. Caminaste por los pasillos con el rostro entre las manos, estabas cansada, te daba igual si la humanidad vivía o era eliminada, tan sólo querías volver a tus obligaciones, eso era todo lo que te importaba. Entraste a una habitación en donde pudiste observar bebidas y algunos aperitivos, vertiste el dulce líquido de una de las múltiples jarras sobre uno de los vasos de oro puro, lo bebiste a fondo.
—Si que puedes beber.
Te giraste al escuchar una voz masculina, no estabas nada decepcionada con lo que te encontraste. Ese hombre de piel púrpura era atractivo, mucha más que cualquier otro que hubieses visto antes.
—Maldición, ¿esto es alcohol? —examinaste el contenido de la jarra—. Pero es tan dulce.
Con una de sus manos retiró el objeto de las tuyas y lo bebió sin contemplaciones. Observaste con total atención y sin disimulo como el líquido resbalaba por su bien definido torso, producto de los bordes circulares del recipiente.
—Sí, lo era.
—No soporto el alcohol. —confesaste—. Debería irme.
Te sujetó por la muñeca. No iba a admitirlo, pero la fascinaste en cuanto te observó caminar solitaria por los pasillos, y ahora que había encontrado la oportunidad de estar contigo a solas no iba a dejarte ir.
—¿Por qué la prisa? Bebe conmigo un poco más.
Estabas escéptica, sabías que fingir que no estabas interesada en él era lo correcto pero no podías decirle que no a un rostro tan encantador como ese. Aceptaste, y bebiste hasta que todo te dio vueltas, él te observó maravillado en todo momento.
—¿Sabes que tengo tres esposas? —rio, sujetando tu cuerpo con firmeza, acercándote discretamente hacia él—. Pero podrían ser cuatro.

Eras una valkiria grande, en verdad enorme y eso te enorgullecía porque podías defender con facilidad a todas tus hermanas. Estabas convencida de que si encontrabas a alguien que te amara tal y como eres, permanecerías a su lado para siempre. Pero, jamás imaginaste que el hombre que caería ante tus pies sería el mismo con el que deberías unir tu alma para formar un sólo ser. Raiden se maravilló en cuanto te observó y no dudó en hacértelo saber.
—Eres la mujer más grande que he conocido. —bufaste con fastidio, no estabas de humor para escuchar otro comentario despectivo con respecto a tu tamaño—.
—Si sólo vas a burlarte será mejor que cierres la boca.
—Me gustas demasiado.
Te tragaste todas tus palabras. Estabas sorprendida, no, impactada; no podías creer la facilidad con la que ese hombre fue capaz de confesar algo así, aún cuando tu corazón saltara con emoción, te negabas a aceptarlo.
—Debes estar bromeando, humano. Tan sólo déjate de juegos y vayamos a la arena de una vez.
Te sujetó entre sus brazos, ignorando por completo tus quejas. De verdad eras todo lo que siempre había deseado, y ahora que te tenía frente a él, no planeaba dejarte ir. Elevó la mirada para verte y te sonrió con una sinceridad que te abrumó. Maldición, más le valía que no fuese una broma de mal gusto.
—Es la verdad, siempre he buscado a una mujer como tú.

Eras una humana que vivía en la miseria, tu familia era demasiado pobre. Dicen que el no tener nada te hace valorar más las cosas, pero es mentira, tú deseabas con todo tu corazón el dinero que la gente despilfarraba, todo aquello que poseías era simple basura, ¿cómo podrías estar orgullosa y valorar eso? Llorabas todas las noches pidiéndoles a los dioses que acabaran con tu vida de una vez, no podías seguir observando a tus hermanos morir de hambre. No tenían a nadie, el hombre que debía ser tu padre los abandonó años atrás y tu madre murió por una enfermedad al no poder pagar sus medicamentos, con ella se llevó a dos de tus hermanos menores. Ahora tenías a otros dos a tu cuidado.
Caminabas por las calles sin haber comido bocado en días, estabas débil y desnutrida, tu vista se tornaba borrosa; finalmente morirías, estabas segura de ello y lo agradecías. Tus hermanos podrían valerse por sí mismos, merecías descansar, tus estúpidos dieciséis años habían sido suficientes para saber que no valía la pena vivir. Entonces, tus fuerzas volvieron, tus amargos sentimientos se esfumaron, tus bolsillos se encontraban colmados de dinero. Miraste con lágrimas a aquel dios que te había dado otra oportunidad.
—Morir no es la solución, te aseguro que vivir puede ser hermoso.
Te limpiaste los ojos, ese dios era pequeño y estaba lastimado, pero la sonrisa en su rostro no se esfumaba. Te recordó a tu madre, que aún muriendo aseguraba que todo estaría bien. Te lanzaste sobre él, abrazándolo con fuerza, sollozando en su hombro.
—Gracias, gracias, gracias benevolente dios.
Sus manos temblaron antes de corresponder a tu acción. El dolor que sentía finalmente valió la pena, sabía que ser bueno con los humanos no era un error. Quizás no cumplió tu deseo, pero tú le diste aquello que siempre había añorado con todas sus fuerzas.
—Nunca nadie me había agradecido.
Su agarre se apretó a tu alrededor, sentiste humedad en tu hombro; entonces te percataste de que incluso los dioses pueden llorar.

ZeroFuku había sido tu amigo cercano, no podías explicarte cómo de pronto desapareció sin aviso alguno. Pero, al observar el combate de Buddha contra los siete dioses de la fortuna fue que lo entendiste todo. Te despreciaste a ti misma por no ser capaz de notar su dolor. No te interesó lo que Zeus pudiese hacer, saltaste dentro de la arena del Ragnarok con la intención de salvar a ZeroFuku. Golpeaste a Buddha por la espalda haciéndolo caer sobre sus rodillas, aprovechaste la distracción y corriste hacia Zerofuku. Sin embargo, ya era demasiado tarde. No importaba cuanto te aferraste el antiguo cuerpo de tu amigo, la transformación sucedió.
Zerofuku había desaparecido para siempre, y en su lugar un enorme extraño te apartó. Retrocediste incapaz de hacer más que mirarlo con terror. ¿Qué sucedió?
—¿Dónde está Zerofuku?
Su rasposa y gruesa risa te hizo erizar la piel, estabas en peligro, podías sentirlo con claridad.
—Estúpida diosa, deja de llorar por ese debilucho que no hacía más que dar lástima en la arena. A partir de este momento, Hajun te demostrará que significa realmente la fuerza.

No eras una diosa, ni una humana; sino algo en medio. Eras una humana que logró convertirse en un ser divino, al igual que Buddha y Hércules. Quizás esa era la razón por la cual tenías tan buena relación con éste último.
—Ya te dije que Buddha no es el chico arrogante que crees que es.
Siempre lo defendía y no entendías la razón de ello.
—Se proclama a sí mismo como el adolescente más fuerte de todos. —obviaste—. Además, sólo come caramelos, debe de tener cientos de caries.
—Bueno, es verdad, lo hace. Pero, ¿y qué?, ¿es no lo hace bastante único? —frunciste el entrecejo, ladeando levemente tu cabeza conforme el pelirrojo seguía hablando—. Creo que no deberías juzgarlo sin conocer sus razones, ¿por qué no te das la oportunidad de tener una conversación con él?
Era la decimotercera vez que te decía lo mismo, y, verdaderamente, no lograbas entender porque tanto interés en cambiar tu opinión con respecto a Buddha. Lo que no sabías es que, Buddha le había pedido personalmente a Hércules que te interrogara con respecto a qué pensabas sobre él, pero el semidios griego no se creía capaz de repetir las palabras que habías pronunciado, estaba decidido a mostrarte el verdadero ser de su amigo.
—En realidad creo que se llevarían muy bien, ambos son semidioses. —elevó el anular, creyendo haber dado en el blanco—. Sólo hay tres de nuestra clase, deberíamos apoyarnos mutuamente, ¿no es así?
—¡Oye! —le golpeó el hombro—. No me manipules con eso. Si tanto interés tienes en que seamos cercanos, entonces dile a Buddha que debería ser él quien hiciese el primer movimiento. Nada me asegura que no recibiré desprecio de su parte si soy la primera en acercarme.
Hércules estaba por reclamar en contra, pero la leve presión en su hombro lo obligó a retroceder. Otra presencia se apresuró a instalarse frente a ti; era él. Buddha te miraba de la manera tan despectiva en la que siempre odiaste, y tenía otra estúpida paleta entre sus labios.
—Tienes razón. —pronunció, sus colmillos sobresalían de sus labios. Nunca lo habías observado tan de cerca. Estiró su mano hacia ti—. Seamos amigos, —dudosamente estrechaste su mano, sin prevenir que se trataba de una trampa, tiró de ti hasta que sentiste tu anatomía contra suya—, o algo más.
Te sonrojaste, sabías que era una estúpida broma. Lo empujaste, él rio con diversión, mientras que Hércules negaba desde la lejanía. Había iniciado muy bien.
—O eso me hubiese gustado decir antes, lamento que esta pueda ser nuestra última vez juntos.
Sabías perfectamente que él era el siguiente competidor por parte de los dioses, pero no estabas dispuesta a animarlo durante su enfrentamiento sabiendo que estaba condenando a la humanidad; de hecho, no habías apoyado a ningún dios desde el inicio del Ragnarok.
—Sabía que eras un idiota, pero nunca creí que lucharías contra los humanos que tanto proclamas amar.
Él arrugó su entrecejo levemente dolido, escucharte decir eso no le sentó bien. Le gustabas desde hace algún tiempo, lo primero que pensó al verte es que tenías una bonita sonrisa; se sentía un imbécil por no haber intentado acercarse a ti cuando pudo. Se encogió de hombro antes de pronunciar la declaración que te hizo sorprender.
—Lucharé por la humanidad de la cual tú y yo algún día llegamos a formar parte.
—¿Estás loco? ¡Zeus no se quedará de brazos cruzados!
Se acercó a ti una vez más, acarició tu cabello con suavidad, después pasó su mano por tu rostro. Tu piel se erizó, y te alejaste por mero instinto.
—Entonces lo mataré.
—Eres un demente. —declaraste—. Pero tienes mi apoyo, más te vale no morir; aún podemos ser amigos.
Debido a la cercanía no pudiste preverlo. Sacó la paleta de su boca y la introdujo a la tuya, te pasmaste al sentir el dulce sabor en tu lengua. Eso era un jodido beso indirecto.
—También podemos ser algo más.
Entonces lo viste alejarse, te sonrió una última vez antes de que su musculosa espalda fuese lo último que observaras de su parte. No te quedaba más que considerar su altanera propuesta mientras el caramelo se deshacía en tu boca.

Observabas el Ragnarok a la lejanía, estabas cansada de los reclamos de los estúpidos hijos de Zeus; en especial de Ares, ese cobarde no podía ser el dios de la guerra. Colocaste tu cabeza contra el pilar a tu lado, mantenías tus brazos cruzados ligeramente a la altura de tu cintura; una corriente de aire frío te hizo helar la piel, una voz detrás tuyo te advirtió de la presencia que te observaba desde hace dos combates atrás.
—Nunca pensé que una deidad sería capaz de ignorar mi presencia por tanto tiempo.
Miraste por sobre el hombro como ese hombre de cabellos plateados se posó a tu lado, como si fuese la compañía que más deseabas en todo el mundo. Habías escuchado sobre él, Hades no era alguien con quien deseases estar a solas.
—Quién habría imaginado que el dios del inframundo consideraría a una diosa nórdica digna de mantener una conversación con él.
—No eres digna. —declaró, sonreíste inconscientemente, los dioses griegos te tenían enferma—. Pero eres fascinante.
Te tomó por la mandíbula y te giró, observo tu rostro con una llama en su mirar, lo apartaste, tu espalda golpeó el pilar detrás tuyo; Hades sacó provecho y te acorraló contra él. Estaban demasiado cerca.
—Aléjate, enfermo. —ignoró tu orden y te tomó por la cintura como si fueses suya—. No pienses en mí como una mujer débil, yo no soy ningún objeto que puedas tener a tu merced.
—Por supuesto que no eres un objeto, eso no captaría mi atención como tú lo haces ahora.
Tu mano se movió por sí sola, lo golpeaste en el rostro; lo miraste sangrar. Después te sonrió complacido, era tan elegante que te parecía inconcebible su previo actuar. Lo que no sabías es que Hades tenía algunos cientos de años observante, cada acción, cada palabra, e incluso cada respiración tuya le parecía encantadora; esta era la ocasión ideal para realizar un movimiento contigo.
—Vengar a mi hermano es prioridad por ahora.—se alejó, sin apartar la mirada de ti, su nueva presa—. Te buscaré cuando el combate haya terminado.

Escuchaste por cuarta ocasión como Ares juraba destruir a la humanidad, por lo que decidiste que dejar de prestarle atención sería lo mejor. Hermes permanecía de pie a tu lado, también se le veía irritado; no sólo por el actuar de su hermano, sino por la traición de Buddha y su aplastadora victoria.
—Un empate por puntos es lo que necesitaba éste ridículo evento. ¡Finalmente siento una chispa de emoción dentro de mí!
Exclamaste con una enorme sonrisa que adornaba casi por completo tu rostro, observaste cómo terminaban de adecuar la arena para el siguiente combate, tu cuerpo no podía dejar de temblar producto de la adrenalina. Ares te miró con incredulidad, ¿cómo es que su pequeña hermana podía pensar de esa manera en un evento tan importante?
—Eres igual que Hermes, no los comprendo en lo absoluto.
Entonces un muro colapsó detrás suyo, se sobresaltaron y los tres miraron en la misma dirección, notando como desde los escombros y el polvo un hermoso y atractivo hombre realizó su aparición triunfal. Vestía sólo como la realeza podría, su porte elegante te cautivó.
—¿Quién es ese? —ni siquiera Hermes era conocedor de lo que estaba sucediendo, Ares se puso de pie para tratar de enfrentarlo—. Debe estar pérdido.
Sin embargo, ninguno de los tres lo detuvo. Tomó asiento a tu lado, justo donde tu hermano residió. Estabas complacida con su valentía... o estupidez.
—Eres valiente, humano.
Lo supiste enseguida, sólo un humano podría hacer algo así sin temer a la muerte, estaba rodeado de dioses y parecía no importarle en lo absoluto. El azabache te “miró” a través de su venda, su sonrisa no tardó en aparecer. Le correspondiste bastante interesada.
—Me lo han dicho antes,diosa. —la manera en la que pronunció aquello te hizo estremecer—. Después de todo un rey debe ser capaz de enfrentarse incluso a la misma muerte sin mostrar una pizca de temor.
Tus hermanos se miraron entre sí, confundidos por el extraño ambiente entre ustedes dos. ¿No deberían estarse matando? En su lugar parecían estar coqueteando.
—No estarás interesado en la hija de Zeus, ¿o sí, estúpido humano?
Miraste a Ares con desprecio, Qin posó su mano frente a tu rostro para detenerte. Se encargó de tu hermano mayor sin problema alguno, después volvió a tomar asiento a tu lado, incluso más cerca que antes; su atención era totalmente tuya, extendió su brazo por detrás de tus hombros. Estabas encantada con su atrevimiento, esa era la emoción que buscabas.
—Todo rey necesita a una reina a su lado. ¿Te interesaría ser la mía?








