Sasha Meyer

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Summary

Todo comenzó cuando llegué a este lúgubre lugar, tan aburrido y sombrío, las personas de este lugar eran tan "correctas" tan rígidas, dándole una máscara a la sociedad de buenas personas, pero quién se hubiera imaginado que en realidad no era así?.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

† Capítulo 1; Rezar †



Cada vez se siente más sofocante, sus exageradas reglas ya me estaban hartando, ya varias veces me pasó por la mente "¿Y si me escapo?" van tres infernales semanas aquí, sin siquiera tener escapatoria.


Mis padres me internaron en un convento, ellos creen que es lo mejor para mi y que debería estar aquí, pero ellos no entienden lo que me pasa, todo este dolor y sufrimiento que llevo guardado dentro de mí, todo por culpa de este lugar, no lo podrían entender, nunca nadie trato de hacerme algún mal, tampoco me levantaron la mano para golpearme ni mis padres fueron capaces de lastimarme ¿entonces por qué ellos piensan que pueden?. Además de verdad creían que estar internada en un lugar así íba ayudarme?, yo creo que no, solamente veía colores en escalas de blanco a grises hasta negro, los cielos eran nublados y hasta nevados, al estar tan cerca de los bosques y montañas el aire era altamente gélido, mí familia y yo siempre habíamos vivido en Alemania, preferíamos este tipo de clima, el calor no era nuestra estación favorita por ciertas razones.


Corrí bajando las grandes escaleras hechas de piedras, esas escaleras daban al patio central del lugar, sosteniendo mi túnica blanca bajé rápido pero con cuidado, no me gustaría resbalar a estas alturas.


Solo las monjas superiores llevaban sus túnicas negras o azules, los colores eran cómo rangos en este lugar. La hermana Carmela me dijo que tendría que estar a las siete y punto en la iglesia, y el reloj ya había marcado ese horario hace quince minutos, ¿qué es lo que quería ahora?. Me había quedado dormida, aún no me acostumbraba a levantarme a estas horas, soy alguien de dormir mucho y eso me complica bastante, y más en este lugar.


—¡Llegas tarde!, ¡¿Cuántas veces te tengo que repetir, para que dejes de ser tan perezosa?! —y aquí vamos de nuevo, el enojo en la voz de la hermana Carmela era muy evidente, —Quiero que le hagas treinta rezos a la Virgen.


—Sí, hermana, lo haré —Dije tratando de parecer los más serena posible, quién se creía ella para gritarme? No era la primera vez que lo hacía, pareciera que me arrancaría los ojos con la mirada.


—Oh, no, no, no, tendrás que arrodillarte sobre maíz mientras rezas, y quiero todos los baños de la iglesia relucientes —Soltó ella de forma arrogante, los baños de la iglesia eran aproximadamente 4, dos de mujeres y dos de hombres, en cada baño habían 4 cubículos.


Su mirada desprendía satisfacción al mirarme, la expresión de mi cara era de "¿Estás hablando en serio?".


Y con eso ella simplemente se giró y emprendió marcha a la gran puerta de la iglesia. ¿Por qué eran tan poco empáticos? ¿Acaso no iban a la iglesia?, Sí, claro que iban, literalmente dedicaban su vida a la iglesia y la religión, pero "Entonces por qué eran así?, muchas veces me puse a pensar porqué la gente era tan escoria la mayor parte del tiempo, pero no siempre hay una razón para que una persona haga el mal a otra persona, simplemente nacen siendo unas mierdas, lo supe en el primer momento en qué le paso eso a él.


A pasos apresurados me dirigí a los baños, necesitaba terminar lo antes posible, no tenía ganas de seguir lidiando con estas personas. Después de horas de arduo trabajo, dejé impecable cada rincón, pero ahora venía lo más difícil, los rezos.


Obviamente rezar no era el problema, porque simplemente podría fingir estar haciéndolo, lo difícil era arrodillarme sobre el maíz, si quisiera podría no hacerlo, pero ella se daría cuenta al inspeccionar mis rodillas y ver que, no están lo suficientemente ensangrentadas para su agrado.


El día a día en este lugar se a vuelto difícil, detestable, el más mínimo error te castigan físicamente y ni hablar del cansancio, psicológico y físico, ni siquiera tengo un teléfono para informales a mis padres sobre el abuso de este lugar, porque en este lugar está prohibido el uso de la tecnología, al llegar aquí me quitaron mí celular, Netbook o lo que sea que tuviera para comunicarme con el exterior.


La única comunicación que tengo con mis padres es cuando me visitan una vez al mes, y no puedo hablar libremente con ellos porque siempre hay una monja vigilando cada uno de mis pasos, atenta a qué yo no habrá la boca.


Con toda la fuerza mental del mundo, me arrodillé sobre el maíz, me repetía una y otra vez en mi cabeza "el dolor no es real, el dolor no es real, el dolor no es real..." hasta que me lo creí y lo pude soportar, ya no importaba qué tanto se me clavaran las puntas del maíz en mis rodillas.


Estaba agotada y aún así tenía que hacer esto. Estaba tan concentrada en no pensar en el dolor y en "rezar", que no me dí cuenta que alguien se estaba acercando, hasta que escuché un:


—¿Hola? Dí un brinco del susto, me había tomado desprevenida.


—Hola, buenos días, ¿lo puedo ayudar en algo? —dije intentando levantarme lo más rápido posible, sin emitir ni un sólo sonido o mueca, mis rodillas ardían.


Ya estando frente a frente lo pude detallar bien, era la primera vez que lo veía, me sorprendió lo joven que se veía, a decir verdad demasiado atractivo para mí gusto, ojos avellanas o eso creo, son bastantes claros, cejas pobladas y perfectas, su cabello yacía desparramado para cualquier lugar, una mandíbula perfectamente perfilada, combinaba con su perfecta nariz.


Y justo caí en cuenta que, su vestimenta era igual a los demás Curas del convento. ¿Qué hacía aquí, siendo tan joven?


—¿Estás bien? Tenés un poco de sangre en tu ropa, —Dijo mientras observaba mí túnica blanca.


Agaché mí vista para ver de qué estaba hablando, y sí, era verdad. Parte de mí ropa se me había pegado un poco en la parte de las rodillas, y justo ahí tenía pequeñas manchas de sangre.


—No se preocupe, estoy bien —dije en una sonrisa algo fingida, no era mí mejor momento, el ardor más el mal genio, no quería parecer grosera, desquitarme con él no me serviría de nada, aunque cualquier dolor para mí, era soportable.


—¿Segura? Si querés te acompaño a la enfermería del lugar, me dijeron que había una —Dijo él algo ¿preocupado?.


Supongo que debe tener un corazón enorme.


—Tranquilo, no pasa nada, y ¿Necesitas ayuda? ¿Sos nuevo por aquí, verdad? —dije tratando de cambiar de tema.


—Sí, soy el Cura Gael, necesitaba ayuda para encontrar la oficina de Madre Lucrecia.


¡Ja!, es obvio que no estaba preocupado, ¿por qué se preocuparía alguien de la misma clase que esta gente...?


—Claro, si gusta lo puedo guiar hasta la oficina de la Madre superiora —él asintió, y emprendimos marcha por los gigantescos pasillos del lugar.


El camino fue silencioso, eran de esos momentos en donde estás cómodo, pero a la vez no.


Llegamos hasta la puerta y él me dió las gracias con una sonrisa, tenía unos hermosos hoyuelos. Ahí nos despedimos, me saludo con su mano y se adentro a la oficina. Su vibra era rara, algo me hacía desconfiar, ¿pero de qué? si nisiquiera lo conocía.


†·†·†


—¿Te enteraste qué transfirieron a un Cura nuevo al convento? —Me contaba Elina emocionada, creo que está hablando del Cura Gael.


Elina era mí única amiga en el convento, ella había llegado aproximadamente hace dos semanas, y aunque hacía poquito que nos conocíamos, nos volvimos amigas bastante cercanas, la quería mucho, ella siempre había sido amable y atenta conmigo desde el minuto cero, en cambio, las demás hermanas del lugar eran lo contrario a ella.


Los malo tratos no los tenía sólo yo, Elina también los tenía. En realidad varías chicas del convento eran tratadas así, chicas que venían de conventos de diferentes lugares de Alemania. ¿quizás es porque somos nuevas?


—Hoy temprano acompañe a un Cura hasta la oficina de Madre Lucrecia, debe ser él, porque nunca lo había visto por estos lados —Dije tranquila mientras tomaba un sorbo de mí taza de café.


—¿Te dijo su nombre? ¿era joven?, oí que se vé muy joven para ser un Cura —y ella tenía razón, era muy joven para alcanzar un rango como el sacerdocio, ¿cómo lo había logrado?.


—Sólo me dijo que se llama Gael. —Pfff, qué tonta soy, claro, sólo lo viste una vez, no es cómo si te contará toda su vida en unos minutos, ¿cierto? —Dijo ella riéndose de sí misma por su torpeza, su energía era contagiosa, así que también reí con ella.


—Lo cierto es que fue muy incómodo, él vió la sangre sobre mí ropa, y al parecer en su antiguo convento no veía sangre, su expresión lo dijo todo —reí antes de tomar otro sorbo de mí taza de café.


Elina fue borrando su sonrisa de a poco hasta quedar totalmente seria, sin dejar rastros de diversión en su rostro, no debí mencionar la sangre.


—¿En dónde tenías la sangre? ¿era tuya? ¿Qué te hicieron esta vez? ¿fue algo peor que el maíz? —ella soltaba pregunta tras pregunta conteniendo la respiración, la preocupación en su rostro era evidente, y lo entendía, ella también pasaba por estas cosas, y a mí tampoco me gusta verla herida.


Me quedé algo seria y en completo silencio les mostré mis rodillas algo lastimadas, el maíz puntiagudo se me habían clavado en la piel dejándome pequeñas lastimaduras.


Su mirada bajó a mí rodilla y una mueca que no pude descifrar se formó en sus labios. ¿Lástima? ¿Compasión?, no lo sabía con certeza, pero lo que sí sabía, era que Elina es la única en que se preocupaba por mí bienestar en este lugar.


—No te preocupes, hermana Elina, voy a estar bien, —le sonreí demostrándole que esto no es nada para mí, y qué de verdad iba estar bien con cualquier cosa que pasara. —¿Tú estás bien?, te veo algo delgada —dije manteniendo la mirada para que no me mintiera, ella suspiró y se sentó bien en su asiento para mirarme, ella ya sabía que no serviría de nada mentirme.


—La verdad es que no estuve comiendo bien, la hermana Carmela me lo prohíbe cada vez que cometo un error. El otro día defendí a unas de las chicas nuevas de que la golpearan, y la hermana Carmela me saco las cuatro comidas diarias por un día y medio, estuve casi dos días sin comer —dijo ella mientras mantenía la vista baja, y sus manos jugaban entre ellas en su regazo.


—¿Por qué no me lo dijiste? Podría haberte compartido de mí comida, o no sé, podríamos haber hecho algo, no hiciste nada malo para merecer ese trato —dije acercándome a ella mientras sostenía sus manos. Nos teníamos una a la otra para apoyarnos, y no me gustaría que ella esté pasando estás cosas sola.


—Yo... no lo sé, tú tampoco hagas cómo qué lo que te pasa no te afecta, pero ambas sabemos que nadie hizo nada malo para merecer estas cosas —dijo ella dándome una sonrisa algo triste, de verdad que ya estaba odiando este lugar.


—Yo sé que no hemos hecho nada malo, pero esto no es para nada justo, más para ti —todo este tema ya me estaba enojando, ellos ni siquiera tienen el derecho de hacer con nosotras lo que quieran.


—Vamos, ya tenemos que irnos a la cama, ya es tarde —Dijo ella sonriéndome mientras me alentaba a qué camine, yo sabía que no quería seguir hablando del tema, así que lo dejé pasar.


Compartíamos habitación, así era cómo habíamos comenzado hablar y conocernos, fue una de las pocas cosas buenas que me pasaron en este lugar.


†·†·†



[ 03:39 a.m. ]


Me habían despertado ruidos extraños que provenían de los pasillos del convento. Cuando me levanté ví que Elina no estaba en su cama, supongo que había ido por agua, o quizás solamente fue al baño.


Los ruidos se escuchaban algo alejados, así que salí a los pasillos de lugar, a los alrededores estaba las demás habitaciones de las chicas nuevas, en el ala oeste estábamos las chicas nuevas, y en la otra ala estaban las hermanas que están hace años, la habitación de la madre superiora quedaba ahí.


Seguí caminando sigilosamente por los pasillos, porque estaba llegando casi hasta la puerta que daba al patio principal, y nosotras teníamos prohibido estar ahí durante la noche.


Estaba debatiendo conmigo misma en salir o no al patio, se seguían escuchando ruidos y pisadas, hasta que se detuvieron. La curiosidad me ganó, así que salí, y al abrir la puerta me fui acercando de a poco hasta el gran árbol que estaba en el centro del patio.


A unos metros del convento daba al bosque, así que hacía demasiado frío afuera. Fui rodeando el árbol, hasta que me detuve en seco.

No podía creer lo que estaba viendo, mí pecho se contrajo y sentí una punzada en el medio del pecho, mí respiración se cortó por un momento y me costaba respirar correctamente, quería correr y gritar ayuda, pero me quedé congelada, mis pies no me respondían, me sentía aterrada con lo que tenía enfrente.


Lágrimas escapaban de mis ojos, y en cuanto pude mover una extremidad de mí cuerpo, lleve mis manos hacia mí boca para ahogar mis sollozos en la palma de mis manos, un grito ahogado salió de mis labios, no podía creer que estaba reviviendo esto de nuevo.


Otra vez no porfavor...,otra vez no...


En unas de las ramas estaba colgado el cuerpo de una chica, completamente inerte, sin siquiera mover un dedo, fui acercandome lentamente hasta que vi su rostro, y en un abrupto movimiento tape mí boca para que nadie pudiera escuchar, si fue asesinada entonces la persona que lo hizo podría estar cerca.


Su cabello caía sobre su rostro y le cubría un poco, pero yo sabía muy bien quién era. Un ruido entre los árboles me asustó, me di la vuelta enseguida para ver qué era, y una figura completamente negra se iba adentrando cada vez más en los bosques oscuros que daban a los alrededores del convento, mí cuerpo se paralizó al pensar que esa figura la había quitado la vida a la chica de rizos.


Quería correr tras la figura negra y preguntarle ¿Qué es lo que había hecho?, ¿pero qué haría al tenerlo de frente? seguramente me mataría, el temor recorría cada rincón de mí cuerpo, pero me tranquilice un poco cuando ví que la figura ya no se veía a lo lejos.


Las lágrimas no dejaban de mojar mis mejillas, aunque no hablaba mucho con Ballolet, ella siempre había sido amable conmigo. Era una de las chicas nuevas que habían llegado hace una semana.

No me iba a quedar de brazos cruzados, así qué corrí con todo lo que pude hasta la habitación de la madre superiora. Si era una escena del crimen, no podríamos tocar nada del lugar, la madre superiora es la única que puede llamar a la policía y ambulancia, quizás la podríamos salvar, ella tenía los labios morados y estaba pálida cómo la nieve, "pero seguramente se debía a las bajas temperaturas" me decía a mí misma. No podía procesarlo, no quería ni pensar en que esa noche había muerto Ballolet...


†·†·†



~Mí primer libro, espero que lo disfruten.~🕷️❤️