Prólogo
Hubo una época pasada… donde la luz… efímera y cegadora… donde todo tiene su límite… una unidad en el mundo… en un mundo, donde puedes recorrer y recorrer hasta encontrar algo, algo desconocido, descubres algo nuevo… son pocas las cosas que ocurren en sí, otras por mera casualidad o coincidencia… en donde existimos y como vemos todo a nuestro alrededor… como partículas o moléculas… que con el paso del tiempo… llegan a su última fase… hasta el momento de respirar… por última vez… pero… ¿Cuál es nuestro propósito… de vivir?
Aún recuerdo cuando habíamos hecho un juramento… el que nos involucraría… que sería para una eternidad… corta… o eso creímos.
Aquella guerra… el que debió haber terminado, el que debió ser la última vez… hasta que llegara el alba… la paz… la armonía… estarían ahora… acompañándonos ahí...
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"A veces, el final es solo el comienzo de algo nuevo."
Las estrellas titilaban en el firmamento. En el corazón del reino de la Ventisca, una implacable oscuridad cernía como manto de muerte. Souta Ichi, el joven príncipe conocido como el Caballero de la Ventisca, se encontraba en la cúspide de su destino. A sus 17 años, había enfrentado criaturas temibles, superado pruebas inimaginables y aprendido a dominar el poder del viento helado que corría por sus venas. Pero lo que le esperaba esa noche era algo que pondría a prueba no sólo su valía como guerrero, sino también su corazón y su alma.
El oscuro trono del rey demonio se alzaba en lo profundo de la montaña, lugar donde la luz del sol temía asomarse, donde la corrupción se extendía como raíces venenosas. El gran demonio, había forjado un imperio de terror durante siglos, sembrando la discordia en los reinos y alimentándose del miedo. Su figura, imponente y aterradora, era símbolo del mal en el mundo: Ojos como brasas, piel oscura como abismo y retumbante risa de alguien que había visto y hecho todo lo que la humanidad teme.
Souta Ichi, junto a sus aliados, guerreros valientes y magos sabios, cada uno con su propio deseo de liberar al mundo de la opresión del rey demonio, habían atravesado tierras inhóspitas, enfrentándose a ejércitos de sombras y monstruos invocados por la maldad. A medida que se acercaban a la montaña, la sensación de haber subestimado la oscuridad se volvió innegable.
El viento aullaba con ferocidad inusual, llevando consigo ecos de batallas pasadas y susurros de almas perdidas. Souta miró el horizonte. A lo lejos, la silueta de la fortaleza del rey demonio se erguía, desafiante y llena de maldad. Un escalofrío recorrió su espalda, pero no por miedo, sino la determinación de un príncipe decidido a reclamar su reino y salvar la humanidad.
Con su reluciente armadura, llevó su mano a la empuñadura de su espada, inhalando profundamente el aire gélido. Sabía que el tiempo de la duda había llegado a su fin. Enfrentaría al rey demonio, no solo como príncipe o caballero, sino como el héroe que el reino necesitaba.
Se dirigió al encuentro con su destino al campo de batalla donde el tiempo y el espacio parecían doblarse, preparado para lo que podría ser el último enfrentamiento.
La batalla final estaba a punto de desatarse, y Souta Ichi se preparó para desatar la tempestad.
Con un grito de batalla, el Caballero de la Ventisca desató su poder, invocando una tormenta de viento y hielo, que arremolinó su alrededor.
La anterior a la confrontación, impregnada de aire gélido y vientos helados aullaban.
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La luz del sol se desvanecía en el horizonte del Monte Ewguryn, tiñendo el cielo de un intenso color dorado. A través de una espesa bruma de polvo y caos, los caballeros se desplazaban con rapidez por el área, sus armaduras reluciendo mientras luchaban por abrirse paso entre los escombros de la última batalla. Había sido un enfrentamiento brutal, una lucha por la supervivencia del reino, y los ecos de gritos y clamor aún reverberaban en el aire.
Uno de los caballeros, un hombre de cabello oscuro y facialmente marcado por las cicatrices de antiguas batallas, fue el primero en encontrarlo. Allí yacía, perdido entre los despojos de la guerra, su cuerpo inerte y cubierto de polvo y sangre. Su rostro, una mezcla de inocencia y desesperación, reflejaba la fragilidad de su juventud.
— Está aquí.