1
Todos, en alguna ocasión, nos hemos enamorado de ese chico que a nuestros ojos es un príncipe perfecto, aunque en realidad pocos llegamos a darnos cuenta de que esto no es cierto. Me enamoré a los trece años del hermano mayor de uno de mis compañeros de clase, un chico unos tres años mayor que yo, por lo que nuestro amor a esa edad era simplemente imposible.
Se trataba de algo más bien platónico. Yo, un doncel gordito, tímido, con gruesas gafas, innumerables pecas y un pelo que, para mi desgracia, era de un llamativo color rojo y que siempre llevaba recogido en unas pequeñas trenzas porque, si no, se me encrespaba, amaba con locura a un muchacho al que observaba e idolatraba desde la distancia.
JongDae Park, a sus dieciséis años, con sus rubios cabellos, sus intensos ojos azules y su seriedad, era un adolescente que hacía que todas las jóvenes cayeran a sus pies. En mi opinión, era perfecto en todo: destacaba en los deportes, aunque prefería dedicar todos sus esfuerzos a los estudios, ya que su sueño era llegar a ser médico. También era un alumno aventajado, integrante del cuadro de honor y, ¡cómo no!, era el representante de los estudiantes.
Todo esto hacía que siempre estuviera rodeado de donceles que lo admiraban e intentaban convertirse en su próximo novio, por lo que acercarme a él para que notara mi presencia era algo simplemente inútil. Además, ¿qué adolescente que se precie se fijaría en un doncel regordete si estaba siempre rodeado de bellezas?
Por suerte para mí, JongDae había decidido centrarse en sus estudios, por lo que siempre rechazaba amablemente a todas las mosconas que lo rodeaban. Por otro lado, y para mi desdicha, yo simplemente no existía para él…, hasta ese maravilloso día en que descubrí que los príncipes de cuento de hadas no son siempre parte de nuestra fantasía, y que en algunas ocasiones existe ese héroe que sale en nuestra defensa y nos hace sentirnos como una princesa cuando hasta el momento éramos simples ranas.
Desafortunadamente, aunque JongDae no se hubiera percatado de que yo lo seguía todos los días abrazado a mi carpeta —donde guardaba un montón de recortes de imágenes suyas de cuando salía en alguno de los periódicos del instituto—, la infinita multitud de alocadas féminas que lo idolatraban sí se habían dado cuenta de mi presencia y, para ellas, que alguien como yo fuera detrás de un chico como JongDae Park era todo un pecado.
Uno de esos días en los que mi naricilla curiosa se escondía detrás de algún rincón del instituto, después de haber dedicado parte de mi tiempo libre a observar cómo corría JongDae en clase de gimnasia haciendo las pruebas de resistencia en carrera que yo nunca llegaba a superar, fui acorralado en mi pequeño escondite por algunas de mis compañeras de clase, compañeras que nunca hasta entonces se habían dignado a dirigirme la palabra, acompañadas de donceles de otros cursos, igual de presumidos, que pensaban que JongDae simplemente era de su propiedad.
—¡Os dije que este ratón de biblioteca se encontraría aquí, acosándolo, como siempre! —exclamó acusadoramente una de las chicas de mi clase que siempre había envidiado mis excelentes notas, pero ¿acaso era culpa mía que ella fuera idiota?
—No estoy haciendo nada malo, ¡ni siquiera me he acercado a él! —dije mostrando lo evidente, ya que era algo estúpido molestarse por mi presencia cuando el hombre al que amaba ni siquiera sabía que existía.
—¡Pero lo molestas! —expuso otra de las fanáticas seguidoras de JongDae, seguramente con el mismo nivel de inteligencia que mi querida compañera de clase, o sea, ninguno.
—¿Cómo puedo molestarlo desde aquí? —pregunté a esas necias que se empecinaban en alejarme del chico que me gustaba.
—¿Te estás haciendo el listillo conmigo? —preguntó a su vez una de las chicas mayores, que pertenecía a la clase de JongDae.
—No, sólo estoy señalando lo obvio —repuse con impertinencia, colocando mis gafas en su lugar para asegurarme de observar con atención al doncel que me acosaba.
Por lo visto, mi gesto fue tomado como un insulto a su inteligencia, algo que si hubiera sido más valiente no habría dudado en hacer, pero como solamente era un temeroso y gordito preadolescente terriblemente tímido, apenas podía contestar palabra alguna sin que todo mi cuerpo comenzara a temblar.
—¿Quién te crees que eres? ¡Sólo eres un niño gordo y estúpido! ¿De verdad piensas que él llegará a fijarse alguna vez en ti, teniendo a chicas como yo a su lado? —se jactó una de las chicas considerada de las más guapas del instituto únicamente porque ya le habían crecido las tetas—. Te aviso de que no quiero verte nunca más rondando a JongDae, y si veo tu naricilla pecosa o tus horrendos cabellos rojos cerca de él…, ¡prepárate para recibir tu merecido! —me amenazó mientras agitaba despectivamente su melena e ignorándome a continuación, porque mi presencia, ya fuera para ellas o para JongDae, no tenía la más mínima importancia.
Podría haberlo dejado así, haberme alejado del chico al que amaba y haberle concedido una victoria a esa bonita arpía a la que yo sabía que nunca llegaría a igualar. Pero algo se revolvió dentro de mí, rebelándose hacia lo que era evidente, protestando. ¿Por qué las cosas tenían que terminar siempre de la misma manera y los hombres que valían la pena acababan siendo embaucados por mujeres tan malas pécoras como ésa? Ni siquiera yo sé de dónde saqué la voz para enfrentarme a esa chica tres años mayor que yo y bastante intimidante al estar rodeada de su grupo de amigas. Pero lo hice y, mientras ya se alejaban, grité a pleno pulmón:
—¡Cuando crezca voy a conseguir que JongDae Park se fije en mí, y ni tú ni tus tetas podréis hacer nada por apartarlo de mi lado!
Después de decir eso quise esconderme en algún rincón para no recibir una paliza, pero como ya era demasiado tarde para mí, simplemente observé, atemorizado y sin poder mover ningún músculo, cómo la chica se acercaba de nuevo lentamente para poner fin a mi, hasta ese momento, alegre vida de instituto.
Creo que confundió mi miedo con valentía, ya que miró un tanto asombrada cómo mis ojos hacían frente a sus acciones. Cuando alzó la mano para cruzarme la cara de una bofetada, yo cerré los ojos a la espera del dolor que se había granjeado la insolencia de mis palabras, algo que indudablemente uno no medía cuando estaba enamorado.
Sorprendentemente, el dolor de ese castigo, que no me merecía pero del que otras me creían merecedor, nunca llegó a mí. Y, cuando abrí los ojos, allí estaba el maravilloso JongDae Park, sujetando la mano hostigadora de su compañera y aleccionando a todos con sus sabias palabras:
—No creo que sea muy justo que golpees a un doncel menor que tú, Mabel, por muy insultantes que creas que son sus palabras.
La joven me dedicó una mirada furiosa advirtiéndome de que mi vida a partir de ese momento sin duda se convertiría en un infierno. Luego simplemente se alejó de nosotros, aunque no sin antes declarar despectivamente:
—Vámonos, chicas, ¡no vale la pena!
Tras ello, atusó nuevamente su hermosa melena rubia, de la que yo siempre tendría
envidia, y se alejó de nosotros dejándonos solos. Mi temblorosa voz apenas pudo contestar a las bondadosas preguntas de JongDae cuando se preocupó por mí como nadie antes lo había hecho.
—¿Te encuentras bien? —inquirió acercando su rostro más al mío hasta que pude ver de cerca la intensidad de esos hermosos ojos azules que tanto me atraían.
—Sí…, gracias —tartamudeé nerviosamente mientras seguía apretando con fuerza la carpeta contra mi pecho sin creer aún que estuviera hablando con el chico al que tanto adoraba.
—Debes tener cuidado. Nunca te metas con chicas mayores si sabes que llevas las de perder —me aconsejó JongDae, mostrando algo que, aunque para mí era evidente, para mis revoltosas hormonas, encaprichadas de él, no lo había sido tanto.
Después de esa advertencia, cuando uno de sus compañeros de clase reclamó su atención, se apartó de mí. —Estoy impaciente por ver cómo consigues llamar mi atención cuando crezcas… —dijo por último, sonriendo ladinamente y guiñándome un ojo antes de alejarse, mostrándome una faceta de su personalidad que nunca había enseñado a nadie, algo que me hizo sospechar que, en definitiva, JongDae no era el niño bueno que todos creían.
Mientras se marchaba, no puede resistirme a declarar neciamente a su espalda mis más profundos sentimientos.
—¡Te amo! —grité a pleno pulmón.
Una confesión que todos en el instituto parecieron oír, pero que JongDae simplemente desatendió, siguiendo su camino. Aunque algún día…, algún día conseguiría que él nunca pudiera ignorarme.
MinSeok era el hijo menor de los cinco niños que formaban la extensa familia de los Zhang. Desde su llegada a Bucheon con tan sólo trece años, MinSeok había disfrutado de una estable vida en ese pequeño y recóndito lugar. Ahora, con quince, tenía decenas de amigos y no quería marcharse de ese singular pueblo, ya que el hombre de sus sueños se encontraba en él.
Los Zhang eran una familia muy unida que con gran frecuencia se mudaban de domicilio debido al empleo del padre, Randy Zhang, relacionado con la protección de destacados famosos o alguna que otra personalidad importante. La agencia de guardaespaldas para la que trabajaba Randy, un hombre de rudo aspecto y escandalosos cabellos rojos, constantemente le hacía nuevos encargos, y en aquellos de más larga
duración no dudaba en llevarse consigo a sus hijos y a su adorada esposa Donna, a la que tanto amaba.
Donna, por su parte, un ama de casa rolliza y morena, se encargaba de mantener a todos sus hijos unidos, a pesar de las constantes disputas que podían aparecer en un hogar con cuatro varones igual de testarudos que su padre. No obstante, pese a lo rudos y gruñones que podían llegar a ser los hombres de esa endiablada familia, todos y cada uno de ellos tenían una debilidad: el pequeño y dulce MinSeok, al que adoraban.
Fuera a donde fuese, MinSeok Zhang siempre tenía tras de sí a cuatro varones sobreprotectores que no permitían que nadie osara acercarse demasiado a su lindo hermanito. Y, aunque para el resto del mundo ese doncel únicamente era un insulso ratón de biblioteca, para sus hermanos, MinSeok siempre sería la cosita más dulce que habían visto jamás desde que su madre lo presentó amorosamente en el hospital a sus hermanos, recordándoles que siempre deberían protegerlo.
Por lo visto, los hombres de la casa se tomaron muy en serio esas palabras, y desde el más pequeño y revoltoso de los hermanos, YiXing, con el que MinSeok se llevaba solamente tres años de edad, hasta el más serio y mayor de todos, YiFan, con quien la brecha de edad apenas era de cinco, y, por supuesto, pasando por los encantadores gemelos SuHo y JunMyeon, cuatro años mayores que el princesito de la casa, todos y cada uno de ellos sobreprotegían a su querido hermano. Un gesto muy tierno que hacía que MinSeok se sintiera orgulloso de sus hermanos y los viera a todos como sus héroes durante su infancia, pero también una actitud muy asfixiante para la adolescencia, cuando el que hasta entonces había sido un regordete niño con gafas en el que nadie se fijaba comenzaba ahora, a los quince años, a mostrar indicios de que se convertiría en un hermoso doncel.
—¡¿Qué se supone que estás intentando hacer, MinSeok Zhang?! —preguntó YiFan, bastante enfadado, mientras veía cómo su hermano bajaba torpemente por el árbol que había junto a la ventana de su dormitorio.
—Te dije que había que talar ese árbol —apuntó SuHo, mirando irritado cómo su hermano pequeño volvía a utilizar el viejo roble como escalera a pesar de ser tremendamente torpe.
—¡Baja ya de ahí! ¡Te vas a romper el cuello! —gritó exaltado JunMyeon cuando MinSeok perdió pie durante unos segundos en su alocado descenso.
—¡No! ¡Me niego a bajar si no cambiáis de opinión y me dejáis ir a dormir a casa de mi amigo! —replicó el, acomodándose finalmente en una de las ramas del inmenso roble, pensando que, por una vez en la vida, podía ganar a sus testarudos hermanos—.
¡No sé por qué tenéis que prohibirme salir si mamá ya me ha dado permiso!
—Porque es muy sospechoso que no hayas hablado de esa fiesta de pijamas hasta el último momento, cuando nuestro padre ha tenido que irse de viaje —contestó YiFan, sospechando cuáles podían ser las segundas intenciones de su hermano y sus revoltosas hormonas, que a lo largo de su adolescencia los estaban volviendo a todos locos.
—Simplemente se me olvidó —justificó MinSeok, jugando nerviosamente con su cabello, algo que, sin que el lo supiera, era un gesto que siempre delataba sus mentiras ante sus hermanos.
—Sí, claro, el doncel que siempre tiene sus días programados al detalle, y que incluso lleva nuestras agendas para que no nos olvidemos de nada, no ha recordado la fiesta de su amigo hasta el último momento… —señaló irónicamente SuHo, duchando de cada una de las nerviosas palabras que MinSeok exponía ante ellos.
—Además, ¿se puede saber qué narices llevas puesto? —interrogó JunMyeon, señalando la atrevida indumentaria de su hermano, que hizo que todos y cada uno de ellos fruncieran el ceño a la vez que gruñían su desaprobación.
—¡Por Dios, JunMyeon! ¡Sólo es una camiseta de sport y unos pantalones cortos! — contestó MinSeok entre suspiros de resignación ante la hipocresía de sus hermanos, pues a éstos les encantaba que las chicas con las que ellos salían lucieran ese tipo de prendas.
—¡La camiseta es demasiado pequeña: enseña el ombligo! Y los pantalones cortos son…
—¡Demasiado cortos! —finalizó YiFan las indignadas palabras de JunMyeon.
—¡A esto se le llama moda! —protestó MinSeok ante las intransigentes palabras de sus hermanos, que no lo dejaban avanzar en el período de su adolescencia.
—¿Y qué hay de ese mensaje tan provocativo que llevas en ella? —preguntó SuHo, exponiendo una nueva queja ante la provocativa vestimenta de su hermano.
—«Soy lo mejor que puede llegar a pasarte en la vida» —leyó MinSeok, comenzando a pensar que tal vez se había pasado un poco con la elección de su vestuario. No obstante, se negaba a cambiarse de ropa, ya que ése era el mensaje exacto que quería hacer llegar al hombre de sus sueños, que hasta el momento no hacía otra cosa más que ignorarlo—. ¡Por Dios! ¡Sólo es el mensaje de una de tantas camisetas hechas en serie! ¡Ni siquiera me fijé en lo que decía cuando la compré! ¡Deberíais sentiros avergonzados por pensar que tengo segundas intenciones, cuando lo único que quiero hacer esta noche es entretenerme con la compañía de mis amigos! ¿Es que ni siquiera vais a dejarme disfrutar de la corta amistad que puedo tener con alguna de las chicas de este pueblo antes de que nos vayamos como siempre hacemos por el trabajo de papá?
Sólo quiero salir con mis amigos, y si seguís presionándome con acusaciones infundadas, os acabaré odiando… —declaró apasionadamente MinSeok, comenzando a mostrar sus falsas lágrimas, algo que nunca fallaba cuando se trataba de sus hermanos.
Pero cuando todos y cada uno de ellos empezaban a arrepentirse de sus actos, YiXing, que hasta ese momento no había hecho acto de presencia en esa estúpida disputa, sacó la cabeza por la ventana del cuarto de su hermano pequeño y, agitando triunfalmente ante todos los recortes de unas fotos que MinSeok siempre guardaba con el mayor celo, gritó a pleno pulmón:
—¡Ya sé por qué quiere ir a casa de KyungSoo Park!
MinSeok escaló lo más rápidamente que pudo el dichoso árbol con la idea de recuperar su preciado tesoro, mientras sus hermanos se adentraban con rapidez en la casa en busca del motivo que explicase el inusual comportamiento de su tierno hermano desde que había cumplido los trece años.
Cuando YiFan, SuHo y JunMyeon entraron en la habitación, hallaron a MinSeok dando pequeños saltitos mientras YiXing se burlaba de el alejando los papeles de su alcance. YiFan, decidido, le arrebató los recortes de periódico a su hermano y les mostró a los gemelos lo que en éstos había.
—Es JongDae Park, uno de mis compañeros de clase, al que persiguen todas las tontas del instituto. Nunca creí posible que mi hermano fuera una de ellas… —opinó YiXing, burlándose de los ilusos sueños de amor de MinSeok.
—No me gusta —declaró YiFan, frunciendo el ceño ante la vista de un perfecto alumno al que él nunca podría llegar a parecerse.
—¿Por qué? Si es perfecto… —cuestionó MinSeok, demostrándole lo inocente que aún era.
—Porque los hombres perfectos no existen —repuso YiFan categóricamente, arrugando los papeles que tanto reverenciaba su hermano para, a continuación, arrojarlos furiosamente al suelo.
Y, cuando todos creían que el dulce y tímido niño al que adoraban comenzaría a llorar como siempre hacía cuando veía que sus ilusiones se desvanecían ante sus ojos, MinSeok los sorprendió a todos gritando a pleno pulmón:
—¡Mamá! ¡YiXing ha suspendido su último examen, SuHo y JunMyeon quieren dejar la universidad y a YiFan lo han despedido del trabajo!
Asombrados, los hermanos, que continuamente confiaban sus problemas a su sabio y dulce hermanito, que siempre les mostraba su más sincero apoyo, vieron cómo cada uno de sus secretos eran vilmente desvelados a la persona que más temían: su madre.
Donna Zhang no tardó en irrumpir furiosamente en la saturada habitación, fulminó a cada uno de sus hijos con una de sus aterradoras miradas y luego tan sólo gritó airadamente:
—¡Vosotros! ¡A la cocina!
Ése era el lugar indicado para cada una de las disputas familiares que se llevaban a cabo en la familia Zhang.
—¡Pero, mamá, MinSeok te está engañando! ¡Sólo quiere ir a casa de KyungSoo Park para ver a uno de los hermanos de su amigo, del que está encaprichado!
—¿El alocado ChanYeol Park? —preguntó Donna, temiéndose lo peor al ver el gesto desaprobador de sus hijos.
—No, mamá, a mí el que me gusta es JongDae —confesó MinSeok mientras cogía su saco de dormir y se lo echaba al hombro para acudir a la irrenunciable cita que tenía con el amor de su vida.
—¡Mamá! ¿No tienes nada que decirle? —protestó irritado YiFan mientras veía cómo su hermano pasaba junto a él para ir a casa de su amigo.
—¡A por él! —animó Donna a su hijo, consiguiendo que éste mostrara una bonita sonrisa.
Después de que MinSeok se fuera, simplemente arrastró a sus celosos vástagos hasta la cocina, donde tendría nuevamente una seria conversación sobre lo que podían y no podían prohibirle a su hermano.
****
JongDae Park vivía en el anodino pueblo de Bucheon, donde, con el paso de los años, muy pocas cosas llegaban a cambiar. Las casas de estilo colonial de dos plantas siempre serían las mismas. Los vecinos, curiosos y cotillas, que constantemente se entrometían en la vida de los demás, siempre estarían allí. E, indudablemente, las peleas de su hermano con el fastidioso vecino del que tanto él mismo como su hermano ChanYeol se habían hecho amigos nunca dejarían de producirse, por más que éstos crecieran y maduraran.
JongDae era el mayor de tres, y por tanto, el hijo que siempre debería dar ejemplo a sus hermanos menores. Por un lado, estaba ChanYeol, una copia igual que él, con los mismos cabellos rubios e idénticos ojos azules, pero que, al contrario que JongDae, al ser un año menor era un joven alocado y bastante despreocupado. Y por otro lado estaba KyungSoo, un niño de rizados cabellos rubios, hermosos ojos azules y aspecto muy dulce.
Su siempre perfecto hermano pequeño era tres años menor que él, y sería muy aburrido si no fuera porque, desde que el atolondrado de JongIn Kim no dejaba de perseguirlo con esas interminables jugarretas que tanto lo alteraban, no parecía ser tan perfecto como aparentaba.
Como JongDae había sido el primero en nacer, inevitablemente sus padres, TaeJoon y ShinHye Park, un atareado agente inmobiliario y una soñadora ama de casa que creía que algún día las novelas que escribía triunfarían, le habían otorgado la carga de convertirse en el noble ejemplo para los pequeños: él debería sacar las mejores notas, ser el mejor deportista y convertirse en un digno modelo para cada uno de sus hermanos.
Algo que nadie en ese pueblo sabía era que JongDae había llegado a detestar esa responsabilidad con toda su alma. Si finalmente había elegido para su futuro la eminente carrera de médico, no era, como todos creían, para que sus padres se sintieran orgullosos de él o porque le gustase ayudar en un futuro a la gente con graves problemas de salud, sino porque la de Medicina era la facultad que más lejos se encontraba de todo ese perfecto y aburrido mundo que lo rodeaba y que ya no podía aguantar más.
Esa tarde, sus padres habían salido a cenar poniendo en sus manos nuevamente una de esas tareas que tanto aborrecía: su querido hermano KyungSoo, de tan sólo quince años, había tenido la brillante idea de invitar a todos sus amigos a una de esas escandalosas fiestas de pijamas. Se suponía que él y su hermano ChanYeol serían los encargados de vigilar que las cosas no se desmadraran hasta que sus padres volvieran, pero, como siempre, ChanYeol se había escabullido ante la mera mención de responsabilidad alguna y se había ido a casa de una de sus novias.
JongDae, pensando que de ninguna manera quería soportar el calvario de aguantar a un grupo de locas adolescentes, entre las que se hallaba su hermano, con la única compañía de una cerveza, llamó a su querido amigo JongIn, un chico que nunca se negaría a participar en esa estúpida vigilancia. Más aún si en el proceso podía llegar a hacerle la vida imposible al siempre perfecto KyungSoo, que siempre lo alteraba.
—¿Ha comenzado ya la pesadilla? —preguntó JongIn mientras se adentraba en la cocina de los Park con una docena de cervezas, sin duda alguna con la idea de quedarse inconsciente antes de que comenzara esa locura.
—No… Al parecer, aún falta alguno que otro invitado al aquelarre —ironizó JongDae, mostrándole desde la entreabierta puerta de la cocina cómo las chicas habían empezado a hacerse ridículos peinados entre ellas mientras contestaban a estúpidos test relacionados con el amor.
—¿No se supone que deberían vestir minúsculos camisones y pelearse con las almohadas o algo así? —inquirió JongIn, sin duda decepcionado al ver en lo que consistía una de esas insulsas fiestas de chicas que tan atrayentemente exponían en alguna que otra película para mayores.
—Es la fiesta de KyungSoo, ¿qué esperabas? —respondió JongDae, señalando lo evidente, ya que su hermano, cuando no estaba en compañía de su salvaje amigo, podía llegar a ser tremendamente aburrido.
—Tengo una idea para hacer esto más divertido… —declaró JongIn, mostrando una de sus malvadas sonrisas mientras explicaba su elaborado plan a su amigo—. ¿Te acuerdas de que hace unos días tu hermano y sus amigos vieron esa película de terror donde, después de siete días de haber visto un vídeo, la muerte venía a por los que lo visionaron? Pues, si no recuerdo mal, hoy se cumplen esos siete días, y aquí traigo un mando maestro, que sirve con cualquier televisor… —anunció JongIn, sacando del bolsillo trasero de su pantalón un complicado mando a distancia con decenas de funciones.
—¿Desde cuándo lo tenías planeado? —preguntó JongDae sonriendo a su amigo, que siempre lo sacaba de su aburrimiento con sus locuras.
—¿Esta broma? Desde hace una semana. ¿Quién crees que le recomendó a una de las amigas de KyungSoo que vieran esa película justo siete días antes de esta reunión? —declaró orgullosamente JongIn.
En vez de molestarse por la trastada que su amigo le tenía preparada a su siempre perfecto hermano, JongDae simplemente alzó su cerveza y brindó con él por el fin de su tedio.
Para desgracia de los dos conspiradores, su maliciosa jugarreta fue interrumpida por la naricilla curiosa de uno de los invitados de KyungSoo que llegaba tarde a la fiesta y se había colado en la casa por la siempre abierta e invitadora puerta de la cocina de los Park. Pero ambos jóvenes, hartos de tanto aburrimiento y de la complicada tarea que era cuidar a unas alocadas adolescentes en su preciado tiempo libre, decidieron que nadie osaría estropear sus planes, así que, mientras JongIn ultimaba esa fantástica broma, JongDae y sus encantos de niño bueno entraron en acción para convencer al invitado de que sus planes no eran tan maliciosos como se podía llegar a pensar.
****
Emocionado ante la idea de encontrarme de nuevo con JongDae, y después de ver que nadie acudía a abrirme la puerta principal cuando llamé excitadamente, recorrí el patio en busca de la puerta trasera, que daba a la cocina y que, por un motivo u otro, en casa de los Park casi siempre permanecía abierta. Cuando me adentré en la estancia apenas me percaté de la presencia de JongIn Kim, a pesar de que éste fuera perseguido por muchas de mis compañeras por su porte atlético, sus bonitos ojos castaños y sus rebeldes y negros cabellos. Yo no tenía ojos para él, ya que el único chico al que veía era mi idolatrado JongDae. No me di cuenta de que esos dos planeaban algo delante de mis narices porque simplemente las palabras de JongDae y la atención que me dedicó fueron para mí como un sueño que se hacía realidad.
—No te preocupes, yo me encargo —le indicó a su amigo, y yo, ilusamente, pensé que con ello se refería a guiarme hacia la sala donde estaban mis amigos.
Después de recorrer con una de sus miradas mi atrevida apariencia, que sólo vestía para él, JongDae me sonrió ladinamente mientras me susurraba al oído:
—Bonito mensaje.
Luego, simplemente cogió mi saco de dormir y me condujo hacia la habitación de KyungSoo, donde supuestamente debía dejar mis cosas. Tras depositar mis pertenencias en un lado estaba tan nervioso por estar al fin en presencia del hombre que amaba que tropecé torpemente con mis propios pies y caí al suelo. Y, ¡cómo no!, para aumentar mi vergüenza, mis gafas volaron hasta algún rincón que no pude distinguir, ya que sin ellas mi visión era prácticamente nula, y mi pelo terminó de soltarse de mi elaborado recogido, quedando completamente suelto y mostrando con ello dos de mis mayores defectos, que siempre me dejaban avergonzado: mi vista de topo y mi pelo llamativamente rojo.
Frustrado, tanteé el suelo intentando dar con las gafas, pero mis manos se detuvieron cuando toparon con las de JongDae, quien me tranquilizó con sus palabras, susurradas sensualmente a mi oído, haciéndome enrojecer y potenciando con ello el llamativo color rojo de mis cabellos.
—No te preocupes, he encontrado tus gafas. ¿De verdad no ves nada sin ellas? — me preguntó maliciosamente, apartándose de mi lado.
—No —contesté, tratando de adivinar dónde estaba él, ya que enfrente de mí sólo veía borrones.
Creí que me devolvería las gafas de inmediato como cualquier buen chico habría hecho, pero mientras esperaba a que eso ocurriera sentí cómo tocaba mis rojos cabellos e incluso creí percibir cómo los besaba con una licenciosa sonrisa mientras me declaraba:
—Nunca he visto unos cabellos de este color.
Estuve tentado de decirle que eso era mentira, ya que él y yo ya nos habíamos encontrado con anterioridad, pero mis palabras se perdieron cuando oí unas atrevidas palabras de labios del hombre al que amaba.
—¿Te han besado en alguna ocasión, pequitas? —preguntó mientras acariciaba las llamativas pecas de mi rostro hasta alzarlo—. Pues claro que no… —se contestó a sí mismo sin esperar mi respuesta para, a continuación, convertir uno de mis adorados sueños en realidad cuando sus labios tocaron dulcemente los míos.
Sin embargo, mi primer beso no fue como yo había imaginado. El dulce beso dado por un hombre educado y perfecto no tardó en convertirse en arrollador cuando sus dientes mordieron suavemente mi labio inferior, haciendo que mi boca se abriera más a sus avances y su lengua inundó mi boca buscando la mía y exigiéndome algo que yo desconocía. Intenté alejarme de la abrasadora pasión que comenzó a embargarnos, pero él, ese hombre perfecto que debería permitir que me alejara de su lado, no lo consintió. Y, cogiendo fuertemente mis cabellos, me acercó a su cuerpo hasta sentarme en su regazo para que notara la evidencia de su deseo.
Cuando comenzaba a pensar que JongDae no me soltaría nunca, ya que mi cuerpo empezaba a rendirse ante sus besos, porque ése, en definitiva, era el hombre al que yo amaba, las luces de la casa se apagaron dejándonos a oscuras. Por suerte, él, siempre previsor, guardaba una linterna en uno de sus bolsillos, y tras volver a colocar las gafas en mi rostro como si nada hubiera pasado entre nosotros, me guio hacia el salón, donde todas las chicas se reunían junto al gran televisor, en el que en esos momentos, y pese a que la luz aún no había vuelto, se mostraba la imagen de un oscuro, horrendo y terrorífico personaje que se dirigía a ellas.
Las chicas gritaron como posesas, y yo me quedé paralizado hasta que me fijé en que solamente algunas de las zonas de la casa habían sido desprovistas de electricidad, seguramente con la idea de gastar alguna broma pesada, y el salón no era una de ellas. Estaba a punto de gritar a mis amigas que todo era un simple montaje cuando JongDae tapó mi boca a la vez que me retenía a su lado.
—¡Espera! Aún no has visto lo mejor… —comentó maliciosamente a mi oído mientras el mismo personaje que segundos antes había aparecido en la pantalla se mostraba ahora ante mis nerviosas amigas.
Ya que JongIn Kim no se hallaba en ese instante en el salón y tampoco junto a nosotros, deduje que el siniestro monstruo no era otro que él mismo disfrazado. Para su desgracia, KyungSoo nunca permitía que nadie interrumpiera sus reuniones de chicos, así que, armada con una adorable zapatilla rosa de conejitos, se abalanzó decididamente contra el individuo, importándole muy poco lo aterrador que éste pudiera llegar a ser. Inevitablemente, sus inestimables amigas se unieron a el con la idea de salvarlo.
Mientras contemplaba esa escena oí las escandalosas carcajadas de JongDae a mi espalda y sentí cómo al fin dejaba de silenciar mis labios. Me volví asombrado por su reprobable comportamiento, que nada tenía que ver con su apariencia de perfección, y mi privilegiada mente no pudo evitar pensar en la posibilidad de que mi primer beso sólo se había tratado de una simple distracción para que no interrumpiera su divertimento.
Sin embargo, las desconcertantes palabras que susurró a mi oído a continuación me sacaron de mi error, porque con ellas me indicó que, aunque desde el principio se hubiera comportado como si no recordara nuestro primer encuentro, él, como yo, no había podido olvidarlo:
—Por tu bien, deja de perseguirme, pequitas: no soy tan perfecto como todos creen…