Un buen compañero
Suena el despertador y mi mano izquierda llega hasta él con la imperiosa necesidad de apagarlo. Su sonido es infernal. Detona cada uno de mis estímulos auditivos hasta que los tímpanos se sienten martilleados; y cuando lo apago miro la hora que marca: « 8:30 AM ».
—Joder... —mascullo. Eso quiere decir que es hora de largarme de aquí y dejar a la pelirroja que tengo al lado de mi cama. Está completamente desnuda, porque anoche nos lo pasamos estupendamente y gritó como una loca. Adoro que griten cuando follamos—. Serah, tengo que largarme al trabajo, cariño —le digo en un tono suave. A las mujeres les encanta que les hable de esa forma, pero a mí me resulta aburrido y a veces se me sale la vena cabrona cuando no responden.
Como ahora.
Al no obtener respuesta meto la mano bajo la sábana que cubre su desnudez, hasta que uno de mis dedos acaricia el clítoris que consigue despertarla un poco con un gemido ronco. No es que sea la mujer más bella del mundo, y tampoco la más amable, pero es una de mis fans cuando acude al club por la noche para ver si ella brilla más que ninguna otra persona que acude a mi trono. A veces lo consigue, y en otras ocasiones más bien se queda a medias porque termina cometiendo alguna estupidez que le sale caro. No porque tengas unas buenas tetas, un culo tentador y un coño vas a convencer a un lobo. Tenemos normas, y si no las sigues te vas al final de la fila o fuera del antro.
—Rowen... —gime ante el movimiento del dedo, pero no como a mí me gusta, así que le doy algo más de brío para sufra un poco. Me gusta que chillen, que sean ruidosas para que mi ego ascienda hasta la estratosfera.
—Me tengo que ir, nena —le susurro en los labios, porque no habrá beso. Nosotros no besamos en la boca a cualquiera, y ella aún no es digna de ello. Sus ojos pardos me observan al mismo tiempo que su pecho sufre unos pequeños espasmos, y como venganza por ser una dormilona la dejo con un pequeño calentón en el coño tras apartar la mano. Ahora está molesta—. No me mires de ese modo, Serah. Soy un hombre ocupado, así que cuando yo hablo... tienes que responderme o sino no satisfaré tus orgasmos, ya sabes cómo trabajo en la cama, ¿verdad?.
Ella gruñe, un poco enfurruñada por lo que le acabo de hacer, y se da la vuelta para hacerse la ofendida. No me importa. Siempre vuelve, porque sabe lo que hay y yo nunca decepciono en un lío de sábanas; como muchos de mis hermanos. Todos los lobos somos distintos, con preferencias muy marcadas, aunque al fin de cuentas si los humanos vuelven... entonces es que tan mal no lo hacemos.
—Eres un capullo mandón.
—Pero este capullo tan sexy anoche hizo que te corrieras con solo usar la lengua —rezongo con orgullo y ella se le escapa una breve risa—. Así que por ser una conejita mala, mi lengua mágica hoy no jugará con tu madriguera.
—Gilipollas. —Vuelve a reírse, aunque en esta ocasión con menos efusividad que antes.
Salgo de la cama y me alejo hasta la silla, frente al tocador, para ponerme los pantalones. Mi camisa, la cual está colgando de la lámpara tiene una asquerosa mancha de pintalabios, y eso significa que este fin de semana no voy a pisar su cama. Ya sabe mis normas: Mi ropa no tiene que ser manchada con absolutamente nada que no venga de mí, sino ese será su castigo hasta la semana siguiente; las mujeres deben de tomar la anticonceptiva en el caso de que llegue El Celo conmigo al ser yo cien por cien fértil, porque no quiero mocosos que me llamen papi y me tiren del pelo mientras les da un puto berrinche; si la chica no me gusta, se lo digo a la cara para que no vuelva a mi terreno; y finalmente, si eres un conejito común entonces no te necesito. No quiero cositas blanditas y monas a la hora de follar.
Me despido con un breve gruñido cuando estoy vestido al completo, me arreglo el cabello con una cola de caballo y, cuando vibra mi móvil en el bolsillo, cojo mi maletín mientras lo ojeo. Es Jackson avisándome que está al caer. El segundo gruñido sale de nuevo a modo de despedida, pero Serah no responde; se ha vuelto a quedar frita en la cama.
En el momento que llego a la calle miro el cielo encapotado. Lloverá, como siempre pasa en Seattle, la tercera ciudad más lluviosa de Estados Unidos según la NLDAS (Sistema de Asimilación de Datos Terrestres de América del Norte). Simplemente me encojo de hombros, restándole importancia y rebusco en mi bolsillo hasta sacarme la cajetilla de tabaco, llevándome uno a mis labios. La primera calada la tomo suave, lanzando la pequeña pantalla de humo frente a mí y los locales que empiezan a abrir al público. Lo mejor de Seattle es que es una ciudad muy interesante, con un montón de lugares que visitar... si no lloviera casi todos los putos días durante varios meses seguidos.
A los pocos minutos llega Jackson con su coche y, por su cara, pienso que hoy tampoco ha tenido suerte con ningún humano. No me extraña. El lobo es raro de cojones, pero no es un mal tipo si lo llegas a conocer... con un poco de paciencia. Directamente tiro la mitad del cigarro porque odia que fume cerca de él, entro por la puerta del copiloto y automáticamente me pongo el cinturón.
—Humana incorrecta —murmura, observando la marca del pintalabios rosa pastel en la zona del cuello—. Odias que te manchen la ropa.
—Muy bien, Jackson, aprendes rápido. ¿Quieres un café cómo premio?
El pelinegro gruñe en señal de aprobación; obviamente tomarle el pelo con sutilezas no sirve casi nunca. Hay que ser directo, aunque por eso es tan divertido engañarlo un poco entre sarcasmos e ironías. Por supuesto, Jackson hace pocos años que se incluyó en la manada de Dalton, aunque llegó hecho un asco sin que supiéramos nada de él. A duras penas es sociable con los demás lobos y prefiere estar solo viendo a los cocineros hacer la comida; no para comerla sino para aprender a hacerla. Porque aunque sea todo un bruto, tengo que admitir que aprende rápido única y exclusivamente en ese campo; en todo lo demás es más lento que una cría de lobo de cinco años.
—Tenemos un largo viaje, lo veo bien.
—Por supuesto —asiento, bajando la ventanilla. Como siempre, tengo que hacerlo para que no me dé la turra con que apesto a feromonas y sexo—. ¿Algún mensaje de Dalton?
Empieza a conducir, negando con la cabeza.
—Está muy contento con tu trabajo, como siempre —sonríe a duras penas, porque sabe que un trabajo bien hecho significa que la manada es mejor que las demás y mi rango sigue estando alto por mi dedicación—. ¿Por qué no eliges compañera de una vez? Es importante tener una buena hembra para El Celo, o eso dicen todos los machos de la manada.
—Aun queda para mi Celo, Jackson —le informo, apoyando el codo en la parta de la ventana. Me permito apartar la vista para ver las luces difuminarse con la velocidad, sonando de fondo esa aburrida música country que le gusta oír a él. No sé ni para qué la pone, si es al único lobo de toda la manada que le gusta esa chorrada de los vaqueros—. ¿Te gustó Seattle? Aunque por tu cara diría que no has encontrado aún a nadie que te interese.
Jackson pone una mueca de fastidio y su sonrisa se borra. En todo este tiempo a duras penas ha podido encontrar a alguien que lo entienda y lo soporte, porque las dos chicas con las que estuvo apunto de pasar su Celo Principal, lo terminaron dejando en los últimos días. Pobre lobo. Es cierto que es un poco extraño y es raro que mantenga una conversación por mucho tiempo; es un macho de acción y gestualidades, pero no por ello es menos válido que cualquiera de nosotros. Supongo que a las chicas humanas les gustaría que fuera más suave y tierno, pero eso es culpa de la literatura y las series de la televisión; nuestra imagen está tan distorsionada que hasta nos creen conejitos.
—La ciudad es muy húmeda, todo apesta a mojado y visité Seattle Underground tour. Muy interesante, aunque claustrofóbico. Muchas humanos pegados.
—Oh, sí... Súper interesante ver un váter y un lavabo lleno de mierda, además de roto —suelto irónico, aunque en esta ocasión ha notado el tono a la perfección porque me mira mal por el borde de los ojos—. Seguro que tiene que ser muy excitante follarte a alguien ahí, con toda esa mierda y polvo pegándose a tu culo. —Lanzo un gemido exagerado—. Oh, sí, todo cerdo y pegajoso.
—Eso es asqueroso... —gruñe con desaprobación—. Y ahí no se folla, es un museo... Creo.
—Como si tú sólo follaras en la cama cuando tienes ocasión y no lo pusieras todo perdido... —Ahogo una risa ronca que le hace enfadar un poco, así que acoto—: Lo siento, Jackson. Ya sabes como soy cuando estoy con lobos; además, tú eres un buen compañero que sabe apreciar mi buen humor. De los pocos que valen la pena.
Jackson rezonga e hincha el pecho tanto que escucho el sonido del botón de su camisa, resistiendo para que no golpee el cristal. Le encanta que le digan esas cosas, sobre todo porque soy de los pocos en los que confía y quizás, por eso, Dalton me lo encasquetó desde el primer momento que empecé a estudiarlo cuando llegó. No tengo queja en realidad: Es leal, más simple que una piedra, raras veces tiene un capricho y aunque su paciencia no sea precisamente una de las mejores cualidades del lobo, al menos se le puede dar la vuelta a la situación sin que te pegue un puñetazo.
El resto del camino de la ruta 90 de Washington la pasamos hablando de todo un poco, haciendo las paradas justas en las gasolineras hasta que lleguemos a nuestro destino: Cashmere, en el condado de Chelan. La ciudad es enorme y lo bueno de que Dalton tenga tantos socios es porque la hermandad abarca varias zonas grandes de Estados Unidos; eso es lo que hace que la viabilidad sea tan segura. Claro que eso no nos exime de encontrarnos con un lonongra de manadas enemigas o neutras.
En el momento que llegamos, Jackson ya está buscando un maldito hotel para descansar durante la tarde-noche; y yo me opongo. ¿Una ciudad nueva para irnos a dormir como viejas? ¡Venga ya! Que tiene veintiséis años, no puede ser tan aburrido.
Le quito el teléfono y él me ruge en la cara, lanzándome su apestoso aliento a café con leche hasta que le miro de reojo y se calla. No está en posición de plantarme cara, porque soy la mano izquierda de Dalton y merezco un respeto. Mi rango es superior al suyo, y aunque no soy de esos lobos egocéntricos que se creen mejor que los demás por su rango, a veces tengo que echar mano de ahí para que no se comporte como un adolescente malhumorado y rancio.
—Iremos de fiesta —le informo, volviendo a mirar la pantalla del teléfono—. Ese cuerpo tuyo necesita follar de una puta vez, o a este paso se te cerrará el capullo de la polla.
—No follo con cualquiera.
—Yo tampoco, amigo mío, eso es lo que nos diferencia de los humanos: No tenemos que ir detrás de nadie porque los humanos vienen directos a nosotros, y cuando encuentres algo interesante... —Hago una pausa para mirarlo de reojo, esbozando una ligera sonrisa pícara—. Ya entiendes, ¿no?
—No.
—Cuando encuentres algo interesante, te lo llevas al baño y te lo follas para vaciarte las pelotas —concluyo, poniendo los ojos en blanco para empezar a leer referencias—. No te digo que elijas un pivón, pero tú eres un lobo muy guapetón, Jackson, seguro que habrá alguna desesperada que quiera que un lobo de tu tamaño le tapone el coño.
El halago funciona y su abultado pecho vuelve a hincharse, aprobando lo que digo pese a que la parte final prefiere ignorarla. A veces creo que Jackson es como un niño con una polla enorme, que lo tienes que guiar de la manita para que no tenga miedo de desmelenarse un poco. Somos lobos, estamos buenísimos, adoran nuestras pollas aunque puedan imponer un poco... ¿Pero y lo divertido qué es cuando follan con nosotros? Tiene que dejar de ser tan estirado.
—Sólo por esta vez te haré caso, Rowen. Eres un lobo listo.
—Siempre me haces caso —obvio, ya que no es la primera vez que tengo que presionarle un poco—. ¿O acaso alguna vez te he presionado para qué hicieras algo que no querías hacer?
—Pues...
—Jackson... —le advierto que no lo intente, porque no hallará nada. Me preocupo por mis compañeros y sé lo difícil que tiene que ser para él aventurarse siempre en un terreno nuevo. No suele viajar, opta por recorrer zonas que sabe desenvolverse, pero cuando algo nuevo lo alcanza se frustra—. Vas a pasar una buena noche, así que sigue mis consejos: Vamos a ir a un local nocturno para lobos, preguntaremos por si hay huecos en la zona de los solteros, charlaremos un poco entre machos y todo lo demás vendrá solo. ¿No querrías qué una humana reparara en ti?
Me gira la cara, pensativo, hasta que chista la lengua porque sabe que tengo razón. Soy de los pocos lobos que tienen la paciencia de un santo para que alguien como él, tan simple y extraño al mismo tiempo, lo lleve por una zona que puedo controlar desde cualquier ángulo. No sufrirá daño, sabe que tiene derecho a negarse y que si no quiere follar con nadie no le voy a obligar a ello.
—Puede que sí —murmura, guardándose la llave en su pantalón sin mirarme—. Será... divertido.
—¡Claro que sí! —le doy un suave golpe en el hombro para que espabile—. Además, ¿cuánto hace que no follas? Creo recordar que en diciembre fue tu Celo Principal y lo pasaste encerrado en el subterráneo de la manada.
—Yo... Hace mucho. —Si yo hubiera sido un lobo cualquiera, no me habría dado esa respuesta. Pero soy yo, un compañero que siempre le ha tratado bien sin rechazarlo aunque le pegara un brote de enfado. Lo he visto borracho hasta vomitar la última papilla de cuando sería un cachorro, le he animado cuando una humana le ha rechazado, le he ayudado a ponerle las cadenas cuando su Celo se le adelanta unos pocos días antes de lo normal, y también hemos viajado un par de veces juntos. El compañerismo es importante, sin él seríamos lobos solitarios y débiles—. ¿Crees qué... encontraré a alguien... válido?
Le deshago el pelo con la mano y me gruñe, porque sé cuánto odia que lo trate como a un lobezno, aunque a mí me arranca una pequeña sonrisa pilla para que sepa que no lo hago con malicia. Es demasiado blanco y negro, demasiado correcto, demasiado estirado. Un lobo no puede estar las veinticuatro horas pensando en las normas, en los pros y los contras, en las dudas propias de un lobo inseguro que ha crecido —posiblemente— durante mucho tiempo en soledad y esas tonterías.
—¿Qué somos, Jackson?
—Lobos —responde como obviedad y yo asiento.
—¿Y qué es lo mejor de ser un lobo como nosotros?
—Que somos deseables, grandes y fuertes; valientes. Tenemos poder —sonríe con un deje bobo.
—Ese es mi chico grandote, muy bien, Jackson —le guiño el ojo y él alza la cabeza, engreído porque ha dicho lo correcto—. Nunca olvides lo que te enseñamos cuando te uniste a la manada: Hacemos lo que nos da la gana, con quien queramos y cómo nos salga de nuestra preciosa polla. Pero, ante todo, los lobos siempre deben de ir en equipo en el caso de haber problemas de cualquier clase. —Él asiente aún contento y yo también lo hago—. Ahora que parece que tienes más confianza, vamos a tomarnos un buen almuerzo y terminemos la otra parte del trabajo; por la noche llega la parte divertida, junto a la tormenta que se avecina.
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Tras terminar de almorzar, dejando a la gente boquiabierta por toda la cantidad que ingerimos como si nada, pasamos un buen par de horas buscando a nuestro objetivo: Se trata de una mujer entre los treinta y los cuarenta años, la cual se la considera una soplona y permitió que un compañero de una manada vecina —la de esta ciudad precisamente— acabara muerto en su propia guarida. Los humanos así no necesitan respirar, y parte de nuestro trabajo es eliminar todo aquello que complica la vida de los lobos. Claro que eso es a un módico precio, ya que nada es gratis.
Es complicado encontrar a alguien con un perfil tan común en apariencia en una zona tan grande, aunque finalmente Jackson fue el afortunado que consiguió dar con la humana gracias a un rumor que circulaba entre algunos grupos de lobos jóvenes. No sólo es una charlatana, sino que además se aprovecha de los lobatos que a duras penas pueden saciar su apetito sexual en antros para licántropos. Es normal: Hasta los veinticinco años no te dejan ocupar ningún hueco en la zona de los machos solteros, así que tus únicas opciones son matarte a pajas como un mono o follar en la calle; claro que esto último puede ser un problema si te pillan.
Las normas humanas son una mierda...
El caso es que todo acabó saliendo a pedir de boca gracias al gigantón de Jackson. Él mismo echó la puerta abajo de su apartamento, pillándola con un lobato apunto de follársela. Ni siquiera tuve que hacer nada: Él apartó al crío de un tirón y le reventó la cabeza a la mujer a puñetazos mientras gruñía furioso. Era un espectáculo verlo en persona y por supuesto la sangre nunca puede faltar; aunque había demasiada para mi gusto y el cachorrito se quedó un poco en shock al no entender una mierda.
—Dile a Pascal que Dalton ha cumplido —le digo al joven cuando parece reparar en mí y mi calma.
—¡Qué te follen! —grita enfadado—. ¡Esa zorra era mía, perro hijo de puta! —Sale furioso hacia mí, como es obvio, y cuando lo tengo de frente intenta agarrarme del pelo aunque yo soy quien se adelanta. Le agarro del cuello con fuerza, la suficiente para que vea que no soy un debilucho. Además, soy más alto y mi rango es superior al suyo por lejos.
—Escúchame, cachorrito —le digo en un tono frío y distante, ya que con los adolescentes no puedes ser amable o te toman por gilipollas—. Dile a Pascal que los chicos de Dalton han hecho su puto trabajo, o sino te arrancaré esos tontos pelos que te habrán salido en los huevos para que aprendas a saber tu lugar.
Lo tiro al suelo, viendo como comienza a toser colocándose la mano en su garganta junto a la marca amoratada. Odio a los críos. Son maleducados, respondones, asquerosos, salidos, destructivos... Pero hay que entenderlos, a esa edad todos los lobos somos unos completos imbéciles y nuestro cerebro sólo piensa en follar, comer, irse de fiesta, pelearse para creerse el mejor y soltar las primeras idioteces que se nos cruzan entre neurona y neurona. A veces creo que somos demasiado permisivos con ellos cuando se comportan como los subnormales que son.
—¡Subnormal!
—Los niños tienen que cerrar la boca y obedecer a sus mayores —reprocha Jackson, acercándose hacia nosotros con todo el cuerpo cubierto con la sangre de la mujer. Intimida mucho más de lo normal, sobre todo porque su cara es la típica de un mafioso que en cualquier momento te meterá una bala en el cráneo. Es por ello que el crío cierra la boca—. Manda el mensaje a tu Alfa. Es importante. Los compañeros siempre son más importantes que follar.
El lobato se pone de pie, y le hace a Jackson un corte de mangas que no va a entender. Después gruñe, señalando con un movimiento de cabeza que lo hará pero que está cabreado porque le hemos jodido un polvo fácil.
Qué ingrato. Si esa zorra hubiera seguido viva, lo más probable es que él iba a ser uno de los siguientes lobos en palmarla si ella se iba de la lengua. Claro que con los humanos nunca se sabe si te tocará un cabrón o alguien que realmente no tiene malas intenciones contigo; por eso es importante camuflarse, guardando las apariencias y no mostrando nada que nos identifique. Tenemos que dejar que la gente se invente lo que quiera y nunca hallar la verdad.
Cuando Jackson se termina de lavar y yo de volver con ropa de repuesto en su coche, decidimos salir del edificio como si nada. No nos han visto ni oído. A esta hora la gente si no está durmiendo la siesta, está trabajando. A veces el tiempo es lo que marca la diferencia entre hacer un buen trabajo o una cagada de principiante, y yo ni siquiera me he tenido que ensuciar las manos porque... Bueno, mi compañero es de los que cree que lo obvio es aplastar al enemigo y terminar rápido el trabajo. No voy a quejarme.
Respirar aire fresco al estar en el exterior es uno de los pequeños placeres cuando siempre acabas constantemente en lugares que apestan a sudor, feromonas o perfumes químicos que atrofian el olfato. Enciendo el cigarro que saco de mi cajetilla y Jackson pone una mueca de asco al instante, lo que me hace sonreírle un poco. No es necesario decirle demasiado, pero al final le señalo el antro al que vamos a ir en la pantalla de mi móvil.
—Tiene nombre de puticlub —resuelve, y a mí se me escapa una carcajada antes de apartarme de la pared y comenzar a andar—. ¿Qué clase de nombre es ese?
—Dog and Pony brewing es un nombre muy normal, Jackson.
—Pensé que íbamos a ir a Outpost Saloon, ya que sirven también comida —resopla decepcionado, ya que en teoría íbamos a ir a ese si no fuera porque nos pillaba bastante lejos.
—No pienso irme a la otra punta de la ciudad, cruzando además el río Wenatchee, para meterme a un antro al que no he descubierto si tienen hueco o no —objeto y giro la esquina, caminando directamente hasta su coche que está a cinco calles más adelante.
¿Para qué voy a mentir? Cuando un lobo folla tiene un hambre atroz y de alguna manera tenemos que sobrellevarlo, claro que es un asco cuando eres soltero y tienes que hacerlo todo tú solo. En la zona de la manada, específicamente en la guarida del Alfa, no tienes mucho de lo que preocuparte porque ya hay humanos que nos dan comida. Sin embargo, cuando quieres ser todo un adulto, un lobo macho independiente, te tienes que buscar la vida en ese aspecto: Creas una guarida, eliges a un humano para que tus Celos no sean una mierda, lo educas para que sea alguien que valga la pena conservar y si realmente la cosa cuaja y va yendo bien... entonces lo marcas. Claro que para eso tienes que meditarlo muy bien y no hacerlo a lo loco. Tendrías que ser un desesperado o un completo gilipollas si marcas a alguien en menos tiempo del necesario.
Subimos al coche y le señalo la tienda de ropa que quiero que vaya, a lo que pone los ojos en blanco aunque no objeta nada. No conozco bien la clase de antro al que vamos a ir esta noche, y mucho menos me apetece ir tres días seguidos con las mismas prendas. Con la ropa deportiva o las sudaderas no importa en absoluto, pero cuando tengo que hacerlo con las camisas mi respuesta es un absoluto no.
Llegamos a la tienda y sólo salgo yo, mientras Jackson aprovecha para hacer unas llamadas. Coqueteo con la dependienta, una chiquilla de unos veintipocos seguramente que se ha puesto un poco nerviosa al ver a un tipo como yo; grande y con una preciosa melena rubia; y le pregunto por ropa que podría recomendarme. Entre unas cosas y otras, me demoro no más de quince minutos y le dejo un billete extra junto a un guiño por su buen trato al cliente.
Fue una trampa y cayó como una tonta: No es válida.
No me interesan los humanos codiciosos, hay demasiados, y tengo claro que mi compañero —sea un chico o una chica, poco me importa en realidad— no tiene que creer que soy un monedero andante. Si sólo te gustamos por nuestras pollas, entonces no aspires a ser algo más que un placer esporádico; si sólo te gustamos por nuestro dinero, entonces ningún lobo se fijará en ti y te mandará a la mierda; si te gustamos sólo porque quieres fardar con tus amiguitos, el chollo te durará muy poco.
—Humana no válida. —Es lo primero que me dice Jackson cuando entro por la puerta del copiloto, después de dejar las bolsas en el maletero y ver que arruga la nariz. El perfume de la chica fue demasiado fuerte, por ello mantuve las distancias después.
—Nunca lo son, Jackson —le respondo, haciéndome un moño desenfadado para arreglarme bien el cuello de la camisa—. Recuerda que el mundo está lleno de conejitos, y a mí me gustan los que son atípicos.
—No entiendo porqué no tienes compañera todavía, Rowen. —Usa la llave para prender el coche y conduce en dirección al hotel, ya que tenemos que prepararnos para esta noche—. Eres un lobo inteligente, muy importante en manada de Dalton, grande y fuerte. Tu cabello es bonito.
—No ligues conmigo, Jackson, no me gusta follar con lobos por miedo a que me partan el culo en dos —arrojo burlón y él, como es de esperarse, gruñe con desagrado hasta conseguir arrancarme una alegre carcajada—. Gracias por tus palabras, amigo, pero soy exigente con lo que verdaderamente quiero en mi vida y no me importa esperar el tiempo que sea si con ello consigo lo mejor entre lo mejor.
Él murmura algo, aprobando lo que digo y noto que se pone un poco nervioso. A veces le pasa algo así, como si necesitara siempre que su cerebro estuviera ocupado con algo para así no pensar en lo nuevo o desconocido. Aún hay cosas que no sabemos de él y arrancarle la información es difícil; a cuentagotas me toca hacerlo, siendo la única medida efectiva antes de que se cierre en banda y te rechace directamente.
—Mereces una buena hembra, Rowen —alza el mentón con orgullo para añadir—: Y yo también, porque ambos somos buenos machos. Muy atractivos, con rangos importantes.
Le miro de reojo, pareciéndome raro que hoy se muestre tan charlatán y de buen humor.
—Si necesitas que encuentre una hembra para ti, una válida, sólo tienes que pedírmelo, ¿de acuerdo?
Él niega, cree que elegirá a alguna chica que le guste por algo más que su físico; pero tanto él como sabemos dos cosas: Jackson es demasiado torpe para ligar verbalmente, y que cuando toca iniciar un cortejo físico de normal las candidatas se sienten intimidadas porque es demasiado bruto.
Será una noche interesante. Lo sé, porque mi intuición como lobo nunca falla.








