Capitulo 1
Raven White:
Me encontraba torturando está vez a uno de mis guardias.
Ya hace tiempo que había sacado de su mente la información que quería, pero debía ser castigado por su imprudencia y desfachatez...
En su turnó de anoche cayó dormido y le robaron el manojo de llaves. Al interrogarlo confesó que solo había sido un desliz de una cabezada, pero no era su primera vez...
-¡¡Por favor!! ¡¡Piedad mi Reina!! - No paraba de gritar ese insolente.
-La Reina Negra no conoce de piedad para los desobedientes y mentirosos como tú - respondió el encargado de sus 20 latigazos. Mientras a mí se me escapa una pequeña sonrisa de satisfacción.
Casspian, mi consejero, segundo al mando y… Mi primo, me miró con esa máscara de aburrimiento tan típica de él.
Pero yo entendía lo que me querían decir esos ojos verdes esmeralda...
Así que con una mueca de fastidio hablé:
-Cuando termines con su castigo Acrees, llévalo a una celda y dale de beber de la “Copa” - Mi sirviente me miró con desdicha por su labor asignada, pero proseguí ignorando sus negros ojos - Estoy segura de que él no volverá a cometer tal error - Mi voz fue baja y monótona, pero la sala estaba tan en silencio que se escucharon mis palabras perfectamente. Excepto por el sonido de la respiración agitada de ese insolente.
Bajo todo el sudor y la sangre, la cara descompuesta por el dolor de ese estúpido me miró con gratitud. Sus cabellos rubios le caían en mechones asquerosos sobre su rostro pálido.
Le devolví la mirada impasible.
-Así lo haré mi Reina... - Dijo Acrees mientras le soltaba las ataduras de los pies y las manos, ya que se encontraba atado frente a mí y mi trono...
-Ah… y Acrees - Mi siervo me miro con sus ojos ansiosos esperando la orden que ya sabría que yo daría - Que sus 90 días en la cárcel sean bien recibidos... ¡Cada día!
Él sabía de lo que yo hablaba y el incompetente también... todos los presentes conocían las reglas de la Corte. No pude controlar la pequeña risa que se me escapó al ver su rostro esperanzado segundos antes de que su cerebro comprendiera mis palabras... su cara se distorsionó en respuesta y empezó a pedir piedad a gritos mientras se lo llevaban.
No me gustaba mostrar piedad a nadie… porque nadie la mostró conmigo mientras yo crecía bajo el maltrató de Padre. Ese bastardo se pasó mi vida entera tratándome como una asquerosa criada tras la muerte de mi madre. Me obligaba al trabajo duró cuando yo solo era una niña y si no obedecía me castigaba con latigazos como a cualquier otro sirviente... me pasaba días sin poder quitarme el barro y la suciedad del cuerpo y comiendo solo migajas que conseguía robar de las sobras. Sí no moría de hambre. Y aunque por mi mente pasaba la idea de entregarme a las pacíficas sombras de la muerte. Siempre los cálidos recuerdos que resguardaba de mi madre me impedían hacerlo.
Cuando cumplí 14 aprendí a cazar viendo a los cazadores de mi padre hacerlo y así logré obtener otra fuente de alimentos para mí. Gracias a eso aprendí a poner trampas y defenderme, aprendí a utilizar el arco y las flechas, y poco después gracias a mi primo que a escondidas era quien robaba comida para mí de los banquetes, aprendí esgrima y montar a caballo...
Cuando cumplí los 18 y los poderes, que tanto mi padre temía que yo hubiera heredado de él y mi madre, y la razón por la que no le importaba si su trató hacia mí causaba mi muerte, aparecieron... los mantuve ocultos de él hasta que logré dominarlos del todo. Y con ellos lo maté.
Lo maté delante de toda su corte... la cual me observaba ahora en silencio y con temor. Me convertí en la reina... él no tenía más descendientes que yo y mi primo, al cual había adoptado tras la muerte de su hermana, pero yo era la heredera legitima y mi primo tampoco quiso aceptar la corona...
Cuando me convertí en la reina más temida de todos los otros reinos y mis poderes se volvieron un terror para todos, cuando mi nombre dejo de existir y los rumores de los aterrados comenzaron a llamarme la Reina Negra. Decidí que mi primo, la única persona que no me dio la espalda y se enfrentó a mi padre como tantas veces pudo hasta el final, y me protegió y ayudo en todo... lo nombre mi segundo al mando, y para él fue un honor
Ya hace 4 años de eso
-Ya sabéis cuales son las consecuencias para los que se dignan siquiera a mentirme - Mi voz era apenas más de un leve susurró indiferente, pero sabía que todos me oían perfectamente -evitad hacerlo... o lo sabré...
No era una amenaza, era una advertencia. Si se atrevían a desobedecer y a mentir enfrente de mí aun sabiendo que yo tenía poder para conocer la verdad. Sufrirían las consecuencias...
-Lo que paso ahora aquí queda con vosotros - Y con esas palabras sabían muy bien cuales eran sus órdenes. Debían retirarse
-Mi Reina... - Me susurraba Casspian, muy consciente de que aún nos oían algunos pocos - Creo que debería ir a descansar, tenemos una reunión más tarde con los ángeles de Deliciace y las preparaciones para la apertura de invierno ya están casi listas.
Tal vez un descanso no me haría mal, los gritos de ese idiota me dejaron un leve dolor de cabeza.
-Mmm… es probable que tengas razón como siempre Casspian... - Este me hizo un asentimiento de cabeza y me observó mientras yo me iba hacia mis aposentos - Encárgate mientras no estoy y dile a Celia que hoy me apetece pavo.
-Oí que ya había preparado un delicioso guiso.
-Oh, bueno, no importa, cenaremos pavo mañana entonces - Le dije con una sonrisita a lo que él me correspondió con una leve risa mientras asentía.
Los ángeles traerán noticias.
Pensó Casspian mientras yo caminaba, consciente de que yo estaría escuchando.
-Nos vemos en la reunión hermanito.
Y con un asentamiento, nos entendimos.
***
Unas horas más tarde me preparaba para recibir a mis vecinos del cielo con el objetivo de asegurar una alianza ante la futura guerra.
Alice, mi sirvienta personal, se encontraba peinando mi cabello en forma de diadema, trenzándolo por detrás de mis orejas y dejando una porción de mi pelo sin recoger. Colocó sutilmente mi corona de oro y rubíes con formas en obsidiana, la cual a los lados caía con eslabones de oro sobre mi cabellera resaltando aún más mis betas rojizas en el café de mi pelo.
-Gracias Alice - Dije en cuanto terminó de acomodarla.
-Siempre ha sido un placer servirla Majestad - Me respondió con una pequeña sonrisita en los labios
A la que correspondí al girarme y mirarla a los ojos
Tenía unos ojos muy hermosos… diminutos y muy abiertos, siempre curiosos y vivaces, su azul eléctrico chispeaba en todas direcciones. Su cuerpo delgado y esbelto con una piel tan blanca como la nieve que hacía un bello contraste con su largo pelo negro. Era muy pequeña de estatura lo que provocaba que su aspecto se asemejara más a las hadas que a un longevo. Pero no sería extraño si por su sangre corría sangres de estas, es conocido que algunos sirvientes caen enamorados de sus cantos o viajeros de las Tierras Perdidas acaban entre sus garras. Tal vez alguna mujer de su familia cayó en las trampas de las hadas y una de estas criaturas la dejó embarazada.
No lo sabía y tampoco deseaba aclarar aquella duda, aunque solo me costara una diminuta parte de mi poder atravesar su mente. A veces una no debe saberlo todo...
Me limité a responder a su sonrisa y pedirle que se retirara para así yo tener un momento de pensar antes de encontrarme con los ángeles.
Mi vestido rojo como la sangre de mis venas, tenía delicados pliegues que sobresalían desde la cintura, la espalda abierta solo era cubierta por una fina capa de color obsidiana que hacía juego con los pliegues del vestido y con la pequeña joya del mismo color que se encontraba en el inicio de mi escote. Arrastrar ese deslumbrante vestido por todo el gran salón hasta el trono, fue más fácil de lo que imaginé.
Casspian con esos ojos de esmeralda me observaron y juzgaron en silencio mientras yo solo le sonreía con diversión.
Él solo llevaba una camisa blanca con sus gemelos de esmeralda y oro y unos pantalones negros formales. Su espada descansaba sobre su lado izquierdo mientras que un fajo de cuchillos envolvía su cintura. Como siempre, sus rizos rubios caían revueltos a los costados de su cabeza y su rostro lo ocupaba esa máscara de aburrimiento que siempre utilizaba en la corte.
-Tan deslumbrante como siempre Raven - Dijo secamente mientras me miraba.
-Tan guapo como siempre hermanito - Le respondí en una sonrisa juguetona. Yo le llama mi hermanito a veces y él nunca se quejaba, ya que a pesar de todo para mí eso es lo que es... mi hermano
Vienen entrando. Traen a alguien, pero no logró sentir con precisión "que" o "quien" es.
Casspian se comunicaba conmigo a través de su propia mente, él sabía que yo era capaz de escuchar los pensamientos de los demás a menos que estos tuvieran un entrenamiento escrupuloso contra ese poder y él no era uno de eso
Como yo, él también tenía su propio don especial, era capaz de sentir la presencia de aquello que el deseaba encontrar, estuviera donde estuviera él lo sentiría y lo encontraría. Era un empático.
Su poder consistía en los sentimientos y emociones, si su objetivo estaba sintiendo cualquier tipo de emoción fuerte él sabría dónde está y lo encontraría.
Teníamos poderes diferentes porque pertenecíamos a Reinos diferentes, aunque su Reino entero quedó destruido y el pueblo y sus padres desaparecidos, los poderes de Casspian prevalecieron, convirtiéndolo en el último de los Conquisitor... y ya que los poderes de los Reinos solo son transmitidos por la sangre real... yo también era la última de los Soñadores...
No nos va a gustar nada la sorpresita que traen de invitado. Es lo único que logró sentir por parte de uno de ellos.
Ante esas palabras mi máscara de indiferencia se movió solo un poco de su lugar antes de recuperar mi compostura y controlarme.
Un leve asentimiento con la cabeza, casi imperceptible…