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Maestro Del Abismo (KAISOO)

Summary

Hace dos años, cuando Kim JongIn le quitó el collar a su esclava, esta se suicidó. Con un profundo sentimiento de culpa, decidió no comprometerse con nadie por más de una sola noche, dedicando toda su energía a su refugio de montaña que aloja entre otros a un grupo de BDSM. Después de rescatar a un chico de una pelea de bar, JongIn se sorprende de que su horrible ropa escondiera a un chico cálido y sensible. Un chico sumiso. Do KyungSoo es aguerrido. Habiendo sido un niño despreciado por su familia, trabajó duro para convertirse en un gran guía de montaña. Está orgulloso de ser quien es, y le duele que JongIn frunza el ceño cada vez que lo ve. Cuando su trabajo como guía lo lleva a una noche de BDSM. JongIn le muestra su mundo de dolor y placer con la advertencia: sólo una noche. Mientras tanto, en el pueblo, alguien vigila a los amantes corrompidos, y a decidido su veredicto: Do KyungSoo era pecador. Su sentencia: la muerte. Adaptación del libro con el mismo nombre.

Status
Complete
Chapters
46
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo Uno

El sonido de una risa melódica agregaba un toque dulce a la música que sonaba en todo el bar. Con una leve sonrisa, Kim JongIn inclinó su silla hacia atrás contra la rugosa pared de troncos y echó un vistazo a las personas situadas en una mesa del fondo. SunHee, YangMi, Yon… todas altas, curvilíneas, femeninas. Hermosas mujeres. En los últimos dos años había salido con las tres. Pero no encontró lo que buscaba en ninguna de ellas, llevándolo a tener muchos amantes. Después de todo, la bisexualidad le había dado cierta variedad para escoger. Tal vez cuando había tenido sólo veinte años podría haberse enorgullecido de eso, ¿pero ahora? Sin pareja. Sin planes de tener pronto nada de eso. Es lamentable, Kim.



Un chico se sentó en la mesa de sus antiguas amantes, Do Kyung, y él le dirigió una mirada especulativa. Do había sido el mejor amigo de su hermano JunMyeon desde los catorce años, nunca le prestó mucha atención al crecido chico. Sin embargo, si el alojamiento se asociaba con los Do-Guías, como él y SeHun estaban considerando, Kyung sería una de las personas con las que deberían tratar. Pensándolo bien, era muy extraño no conocer bien al chico, JunMyeon se había mudado con el chico y sus primos hace varios años, ya que no aceptaba el estilo de vida que él y SeHun tenían y un oficial debía mantener cierta reputación.



En marcado contraste con los demás hombres del lugar, Kyung tenía el cabello negro como la noche, ojos grandes y unos hermosos labios en forma de corazón. Llevaba una camisa de franela roja que ocultaba por completo su pequeño cuerpo, holgados jeans y unas botas demasiado utilizadas. Vestimenta forzada, pensó.



Sacudió la cabeza. Definitivamente todos deben ser respetados, pero ¿por qué diablos el chico intenta ser alguien que no es? SunHee había mencionado una vez que Kyung se comportaba de forma tan masculina en la escuela secundaria, que hasta parecía actuado. Lo evaluó silenciosamente; tenía tal vez veintitrés o veinticuatro años… y parecía un niño llevando la ropa de su padre.



Mientras observaba, Kyung daba brincos agitando las manos, relatando una historia que ocasionaba a quienes lo rodeaban algún que otro ataque de risa nerviosa. JongIn sonrió. La mayoría de las agudas risitas de las mujeres le recordaba a burbujas de champán, ¿pero la risa ronca de Kyung? Coca-Cola. Sí… una burbuja de Coca-Cola es agradable cuando está en reposo, pero si se bate puede derramar su espuma… e incluso roer la corrosión de una batería.



—¡JongIn!—YangMi abandonó su mesa y avanzó por la habitación acercándose a él, quien se puso de pie.



—YangMi, ¿qué puedo hacer por ti?



—Cumplo veinticinco hoy, y quiero un beso de cumpleaños — al decir eso, apartó su ondulado cabello rubio por encima del hombro y coqueteó con él a través de sus largas pestañas.



—Creo que soy muy capaz de cumplir tu deseo —la atrajo hacia él, abrazó a la perfumada y bella mujer, y la besó lo suficientemente a conciencia como para tener a la mayoría de los hombres del bar ovacionándoles. Cuando ella misma se aplastó contra su cuerpo, su polla dio sólo unas pocas sacudidas con simbólico interés.



Nada nuevo… y no era su culpa. Ella era exactamente el tipo de amante que le gustaba: suave, dulce y exuberante. Pero en estos días un buen libro le resultaba más atractivo que un buen polvo. Cuando se inclinó hacia atrás para soltarse, ella se aferró aún más, así que suavemente le aflojó los brazos que tenía alrededor de su cuello, y luego le apretó el hombro.



—Feliz cumpleaños, cariño.



Ella vaciló, obviamente esperando más, pero JongIn volvió a sentarse mientras YangMi hacía un pequeño mohín, contrariada.



—Bien —murmuró y volvió a su mesa meciendo las caderas, lo cual ocasionó que cada hombre del lugar la observara atentamente.



JongIn inclinó la silla hacia atrás contra la pared y bebió un poco más de cerveza. El reloj por encima de la barra marcaba las nueve. Casi la hora de ir a encontrarse con su hermano calle abajo.



Mientras tanto, él había disfrutado del entretenimiento. Chicos y chicas bonitos, buena música, y… ah, tal vez un poco de acción. En el centro de la sala, algún turista idiota estaba burlándose de Barney, un leñador de contextura bastante parecida al dinosaurio púrpura que llevaba el mismo nombre. ¿El turista tenía un inconsciente deseo de morir?



Y allí estaba el efecto dominó: Barney se puso de pie y lanzó un sólido derechazo. El turista se estrelló sobre una mesa llena de leñadores. Dos jarras de cerveza repletas descargaron su contenido sobre los hombres. Uno de ellos arrojó su silla hacia Barney. La silla rebotó y golpeó a un ciclista. Éste se puso en pie.



Y entonces todo el bar estalló.



JongIn se echó a reír y dejó caer las patas de la silla al suelo. No había estado en una pelea en un año o dos… SeHun decía que se había convertido en un viejo.



Mientras iba rumbo hacia el sálvese-quien-pueda, unos chillidos llamaron su atención hacia el rincón de la mesa de sus ex-amantes. Al no ser posible para ellas escapar por la puerta, SunHee, YangMi y Yon se habían atrincherado debajo de la mesa. Kyung resistía en el frente, un desaliñado chico con un par de desgastadas botas bien plantadas en el suelo, protegiendo el territorio. Parecía más bien como duendecillo tratando de defender a un grupo de Barbies de todos los recién llegados.



El chico era más tonto que…



JongIn parpadeó con estupor cuando el pequeño duendecillo eludió a un borracho y luego lo empujó con tanta fuerza como para que su trayectoria no perturbara a las mujeres de la mesa. El hombre golpeó contra la pared con un desagradable crunch. Kyung rió y saltó celebrando esa pequeña victoria. Tras ello, le pegó un empujón a otro tipo en el estómago y lo esquivó mientras él aterrizaba sobre sus manos y rodillas. JongIn sonrió. No estaba mal. No estaba nada mal. Sin embargo, una pelea de bar no era lugar para alguien pequeño como Kyung.



Miró hacia el corro principal de luchadores, donde los ciclistas rodeaban a Barney demasiado cerca de la puerta principal. Mientras JongIn observaba, Barney arrojó a un hombre a través de la habitación… directamente hacia el área en el que estaban las mujeres. Habiendo girado para observar a sus amigas, Kyung no tuvo oportunidad alguna de defenderse. El motociclista se estrelló contra su culo, aplanándolo como un panqueque en el suelo lleno de tierra.



Oh, maldición. Con la mandíbula tensa, JongIn se abrió paso más allá de dos luchadores y le dio una patada a otro que estaba en su camino para poder llegar a él. Levantó al ciclista y se lo arrojó a Barney antes de caer sobre una rodilla para comprobar el estado de Kyung. Tan pequeño. Flácido. No se movía.



Se le removió el estómago cuando el recuerdo de un cuerpo diferente, el cuerpo de Jennie, se deslizó dentro de su cerebro como un cuchillo de hielo, y el sudor frío cubrió las palmas de sus manos.



—¿Kyung? —Le tocó la mejilla. No estés muerto. Maldita sea.



Cuando Kyung inhaló con un sonido áspero, el alivio le hizo girar la cabeza. Concéntrate, Kim.



El duendecillo ya estaba moviéndose… sólo se había quedado sin aire. De hecho, estaba muy vivo y usando palabras que harían palidecer a su madre.



—Jodido hijo de puta —gruñó Kyung. ¿Quién lo había golpeado? Estaba tumbado boca abajo en el condenado piso de la taberna. Levantándose lentamente, se limpió la tierra de la cara y se atragantó con el hedor a cerveza rancia. Quien me haya golpeado va a morir.



Con un gruñido consiguió sentarse, y por un segundo habría jurado que los ángeles estaban cantando alrededor de su cabeza. Luego, a su pesar, la celestial música desapareció hasta quedar únicamente el ruido de los hombres gritando y cursando maldiciones cuando el dueño trató de sacar la pelea al exterior. Respiró hondo y esperó a que el mundo dejara de girar. Todavía mataría a quien sea que lo haya golpeado… pero tal vez más tarde.



—Déjame ver los daños, hermoso —dijo una voz profunda y retumbante. Duras manos se cerraron alrededor de sus brazos, estabilizándolo.



Levantó la vista hacia un delgado rostro. Fuerte mandíbula. Espeso cabello castaño. Ojos negros. Kim JongIn. Oh maravilloso… de todas las personas del planeta, él era quien tenía que verlo así. Kyung trató de apartarse. Su agarre se apretó.



—No te muevas.



—Déjame ir.



Ignorándolo, pasó las manos por sus hombros y brazos mientras mantenía sus ojos fijos en su cara, su toque era amable.



—Te golpeaste bastante fuerte el hombro.



—Estoy bien —el conocimiento de que tenía a Kim JongIn examinándolo le hizo querer volver a hundirse en el suelo de vergüenza. Intentó alejarle las manos con tanto éxito como si hubiese intentado mover una roca de granito—. No necesito ninguna ayuda, ¿entendido?



—¿Te duele algo?



La mirada de él pasó por encima de su cuerpo y Kyung se ruborizó, muy consciente de su estilo. Con cicatriz en la cara o sin ella, ese hombre podría haber tenido a cualquier persona, de hecho, había salido con la mayoría de los más hermosos hombres y mujeres del pueblo. Definitivamente, Kyung no era uno de ellos.



—No, no me duele nada —murmuró.



—Tu mandíbula está magullada —JongIn ahuecó su mejilla con una gran mano e inclinó su rostro hacia la luz—. ¿Te golpeaste la cabeza? Déjame ver tus ojos.



—Dije que estoy bien —desviando sus ojos de su intensa mirada, trató de alejar su mano de nuevo. Sin éxito.



Esta vez, su voz fue más áspera cuando habló.



—Mírame, Kyung.



El tono bajo e imponente sacudió sus huesos y Kyung se estremeció. Su mirada destelló hacia arriba involuntariamente.



JongIn entrecerró los ojos fijándose cada vez más en él, hasta que Kyung se sintió como un ciervo atrapado por un puma. Tragó saliva.



Una sonrisa apareció en anguloso rostro de JongIn.



—Bueno —murmuró—. Las apariencias pueden ser engañosas, ¿no? ¿Quién iba a suponer que eres más fuerte que otros hombres de por aquí? —Su mano aún suave sobre su mejilla, rozó un dedo sobre sus labios, enviando un temblor a través de Kyung, seguido por una ola de calor.



Cobarde. Sus músculos se habían convertido en agua, pero Kyung se las arregló para aferrarle la muñeca, tratando de no fijarse demasiado en los huesos gruesos y los tendones de acero que la formaban. Reafirmó su voz y aún así salió con un sonido demasiado débil... Y femenino.



—No.



—¿No qué?—le preguntó en voz baja. Y lo miró de forma… diferente... de una manera que chisporroteaba directamente en el centro de su cuerpo.



—No me mires así —murmuró KyungSoo y le empujó la mano.



Sus ojos se iluminaron con diversión, y una esquina de la boca se inclinó hacia arriba, arrugándole la mejilla con esa sonrisa ladeada.



—Por extraño que parezca, creo que me gusta mirarte.



—Oh, seguro que sí. ¿Así que tú eres el que me golpeó?



—Yo no golpeo chicos —gruñó... y luego arqueó sus labios hacia arriba—. Yo castigo a los chicos descarados.



Ante la evaluativa mirada que él le dio, Kyung sintió como su rostro enrojecía.



—Ese es un color que te queda muy bien, hermoso —murmuró y lo agarró por la parte superior de los brazos, levantándolo sobre sus pies como si no pesara más que un muñeco. Al realizar ese movimiento, la sala pareció girar como un rápido carrusel y Kyung se desplomó.



JongIn puso un duro brazo de hierro alrededor de su cintura para mantenerlo en posición vertical. Había soñado muchas veces que él lo abrazaba, pero de alguna manera nunca había incluido ser derribado en una pelea de bar primero.



—Hey, Kyung —Barney asomó la cabeza por la entrada, provocando una corriente de maldiciones suecas del tipo canoso que era dueño de la taberna—. Lo siento. Lo arrojé hacia la puerta, no hacia ti.



—¿Me golpeaste con una persona? —Cuando había jugado al béisbol en la escuela secundaria, la puntería de Barney había sido notoriamente mala, era obvio que no había mejorado en nada. Después de un segundo, se echó a reír y sacudió la cabeza, fue un buen movimiento—. De acuerdo, estoy bien.



Dándole una abierta sonrisa desdentada, Barney desapareció por la puerta y su rugido de júbilo por la batalla flotó en el aire de la noche.



—Eres muy amable por haberlo perdonado —dijo JongIn mientras lo guiaba hasta una silla. Cuando él se alejó, la calidez de sus manos aún persistía en su cintura.



—Es demasiado grande para matarlo fácilmente.



La risa de JongIn envió escalofríos a través de su piel. Cuando sus amigas lo rodearon y sus perfumes ahogaron su aroma limpio y masculino, Kyung se sintió aliviado en su mayor parte.



—Chico, no puedo creer que estés bien. Aterrizaste de forma muy fea —Yon fingió golpearse de frente con sus manos aparatosamente sobre el suelo, imitando a Kyung en su caída.



Genial. Apostaría a que JongIn encontraba esto muy divertido. La sonrisa de él confirmó sus pensamientos, luego le deslizó un dedo por su mejilla.



—Ya sabes, los pequeños duendecillos no deberían luchar.



De cualquier otra persona en el mundo, podría haber encontrado el comentario divertido. De JongIn, después de haberlo deseado durante tanto tiempo, simplemente dolía. Tratando de ignorar la forma en que su piel hormigueaba sobre la invisible estela que dejaba su toque, le dirigió una gélida mirada.



—No soy pequeño y no soy un duende. Gracias por la ayuda, ahora desaparece.



—No hay de qué, duendecillo — miró su reloj, hizo una mueca y lanzó una severa mirada a sus amigas—. Alguna de ustedes debe llevarlo a casa —antes de que nadie pudiera responder a esa contundente petición, él se alejó.



Cuando JongIn salió del bar, YangMi sorbió por la nariz.



—Es demasiado malo que el autoritarismo se vea tan bien en él —ella acarició el hombro de Kyung—. Déjame buscar mi bolso, y te llevaré a casa. Tú realmente...



—Realmente necesito una botella de SoJu—la interrumpió Kyung—. No, tres botellas. Y una hamburguesa con patatas fritas. Acabo de regresar de una semana en el campo, y no voy a ir corriendo a casa porque alguna persona... —bastardo—. autoritaria… —magnífico—. Piensa que debería hacerlo.



Había visto a sus amigas volverse todas almibaradas cuando Kim JongIn las tocaba. Ahora él había hecho lo mismo… y eso no le gustaba en absoluto.

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