ROBERTO Y EL MAR

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Una Historia de la vida real, perdida en el tiempo...

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Complete
Chapters
3
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n/a
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16+

Capítulo 1

ROBERTO Y EL MAR

HISTORIA EN TRES ACTOS

Por: Gustavo Mora

Basada en hechos reales.

Gabo, adolescente:


PRIMER ACTO

EL EXTRAÑO CASO DE GABO


Venezuela. Norte del Litoral Central, año 1970.

Yo (Voz en Off)

El mar es hermoso, inmenso y despiadado, puede darte la mejor fotografía, el mejor paisaje, el atardecer más bello y romántico que podrías imaginar, pero también puede arrancarte lo más preciado de tu vida en cuestión de segundos.

(Música Inquietante Comienza)

La casa de playa está sola, oscura y diáfana. La puerta se encuentra entre abierta y las paredes que aún se sostienen están húmedas por el salitre. Al final de un callejón con piso de tierra. Las paredes son de ladrillos sin frizar. Terminan en los restos de un puente de madera que da al mar. El lugar está invadido por conchas, moluscos y algas.

Inerte se alza un viejo y mohoso poste de madera, con una luz amarillenta y diáfana donde van a morir las polillas de la noche.

Los cangrejos caminan a sus anchas por las tablas mohosas del puente con dirección a la casa por la puerta entre abierta. Pasando al lado de una vieja silla mecedora de madera que por alguna razón está en movimiento con un crujido perturbador y se logra ver solo la mitad en su vaivén aterrador.

(Música Inquietante Disminuye)

Yo (Flashback)

Soy, un adolescente apasionado y curioso por la naturaleza, Me encuentro en la playa frente al mar. Mis ojos ansiosos y emocionados se pierden en la vastedad del horizonte, mientras mi corazón late al compás de las olas que rompen suavemente en la orilla. El sol está en lo alto del cielo, iluminando cada centímetro de arena blanca y fina que se extiende a lo largo de la costa. Su brillo resplandece sobre el agua azul cristalina, creando destellos iridiscentes que bailan en su superficie.

Estoy sentado en un banco de madera en el viejo y misterioso Puente de los Naufragios, con mi pluma en mano y mi bloc de notas listo para capturar cada instantánea de este escenario, observo fascinado cómo las gaviotas vuelan majestuosamente por el cielo, disfrutando del viento marino que acaricia sus alas. El sonido melodioso de sus graznidos me invitan a sumergirme en la atmósfera mágica que me rodea.

El aroma salado del océano impregna el aire, llenando mis pulmones con una sensación de frescura y libertad. La brisa acaricia mi rostro juvenil, rozando delicadamente mis mejillas mientras me susurra secretos del mar en mis oídos. Cada inhalación es como un bálsamo para mi alma inquieta y me regala un renovado sentido de vida y asombro.

Yo, admirado por la belleza indomable y a la vez caprichosa del mar, me acerco cautelosamente a la orilla. Mis pies descalzos sienten la caricia de la espuma, mientras mis dedos se hunden en la arena húmeda y tibia. La sensación de conexión con la naturaleza me embriaga, permitiéndome sumergirme en el presente sin preocuparme por el futuro o el pasado.

Con cada paso que doy, me adentro más en el agua, dejando que las olas acaricien mis piernas y me abracen con su calidez reconfortante. Cada movimiento es cauteloso, pero lleno de una emoción pura y viva. Sé que debo respetar y entender la fuerza abrumadora que posee el océano, pues puede cambiar drásticamente y convertirse en un monstruo impredecible.

Mientras observo con atención esta dualidad del mar, no puedo evitar reflexionar sobre la fragilidad de la vida misma. Esta belleza que me cautiva también es capaz de arrebatarme todo lo que yo considero valioso en una fracción de segundo. Eso me llena de un respeto profundo y una admiración temerosa hacia el poder inmenso y despiadado que el océano posee.

Guardo mi pluma y mi bloc de notas en la mochila, dejando que la experiencia sensorial me envuelva por completo. Sé que esta historia, la cual ha sido contada por mi amigo Roberto, merece ser capturada en cada una de sus facetas sin cambios ni alteraciones. Solo así podrá transmitir la majestuosidad y la temeridad del mar a aquellos que lean mis palabras.

Con un último vistazo hacia el horizonte infinito, me despido del mar momentáneamente, con la promesa de regresar y explorar más a fondo este paisaje lleno de magia y misterio. Saboreo el presente, sabiendo que el mar siempre estará allí, esperándome con sus historias sin fin y su poder eterno.

Roberto (Joven, año 1950)

Roberto, un joven de negocios exitoso y respetado, se encuentra en la cúspide de su carrera en la vibrante ciudad de Caracas. Su figura imponente y atemporal, vestido con un traje de fino corte, chaleco y una camisa impecablemente planchada, destila elegancia y refinamiento. Un sombrero cuidadosamente colocado, que enmarca su rostro enigmático, completa su impecable apariencia.

Como símbolo de su estatus y puntualidad, un elegante reloj de bolsillo cuelga con orgullo de su chaleco, sujetado por una cadena de plata que brilla con cada movimiento. Este accesorio exquisito no solo lo ayuda a mantenerse al tanto de sus compromisos, sino que también representa su meticulosa atención al detalle en todas las facetas de su vida. Roberto es conocido por ser un hombre de familia, y su amor por su esposa e hija se palpa en cada gesto delicado y cada palabra amorosa que profiere.

Juntos forman una hermosa imagen de unidad y felicidad, transmitiendo una sensación de calidez y conexión profunda. Su diligencia y capacidad empresarial han permitido a Roberto establecer un próspero comercio en la ciudad: una pulpería ubicada en la encantadora zona de la Pastora. Reconocida por su belleza única, esta área es famosa por dar a luz a las mujeres más hermosas de Caracas para la época. Las puertas de su automercado se abren cada día para dar la bienvenida a un flujo constante de clientes procurando productos de calidad y atención personalizada.

Dentro de su pulpería, el ambiente es acogedor. Los estantes están cuidadosamente organizados y abarrotados de alimentos y mercancías, que representan la diversidad y abundancia de la oferta. El aroma de especias exóticas y café recién molido infunde el aire, despertando los sentidos de todos los que entran.

Clientes habituales y nuevos rostros son recibidos con una sonrisa familiar y una amabilidad auténtica por parte de Roberto y su dedicado equipo. Cautivado por su carisma y su capacidad para recordar los gustos y preferencias individuales de cada persona, la clientela no duda en regresar una y otra vez, buscando la calidad y el trato personalizado que solo Roberto y su pulpería pueden ofrecer.

A medida que el día avanza, Roberto se mueve con gracia y diligencia, garantizando que cada cliente sea atendido con prontitud y con un servicio impecable. Su pasión por su trabajo se refleja en su enérgico andar y en su mirada llena de satisfacción, sabiendo que está contribuyendo a la felicidad de su comunidad al ofrecer productos de alta calidad y experiencias excepcionales.

La vida de Roberto es un testimonio de su dedicación y perseverancia. Su éxito empresarial, su hermosa familia y su habilidad para deleitar a sus clientes son el resultado de un trabajo arduo y una atención meticulosa a los detalles. Mientras se desplaza por la encantadora ciudad de Caracas, vestido con sus atuendos elegantes y radiando confianza, Roberto es una figura que encarna el espíritu de un hombre de negocios exitoso, un líder valioso y un individuo apreciado en su comunidad.

Lourdes Vellorín es su esposa, tiene 25 años cumplidos, excelente ama de casa y de modales muy refinados, con aires de europea, fue estudiante de artes en un colegio católico, de allí que da clases de piano e incluso los afina. Lourdes al verla por primera vez, es imposible no quedarse hipnotizado por su gracia e imponente presencia. A sus 25 años, lleva consigo una elegancia innata y una inconfundible aura de refinamiento, como si hubiera sido moldeada por los mismos dioses para habitar en otro tiempo y lugar.

Lourdes es una mujer de habilidades multifacéticas: es una excelente ama de casa y su devoción por mantener un hogar impecable es perceptible en cada rincón. Sus manos delicadas y su pasión por los detalles hacen que cada mueble, cada flor y cada objeto en su hogar emane el brillo de la perfección.

Pero Lourdes es mucho más que una hábil administradora del hogar. Su educación en un colegio católico le ha brindado la oportunidad de explorar su amor por las artes.

Fue en aquel sagrado recinto donde aprendió a tocar el piano con maestría y armonía. Aunque sus dotes como pianista son suficientes para encandilar a cualquier auditorio, Lourdes va más allá, ya que destaca también por su conocimiento y habilidad para afinar los instrumentos. Cada tecla que toca es interpretada con una pasión incendiaria y una precisión meticulosa.

Su amor por la música no solo se limita a tocar el piano. Lourdes tiene un oído entrenado para captar cada matiz, cada melodía que flota en el aire. Es capaz de detectar alguna nota discordante en una orquesta y, con una sutil inclinación de su cabeza, logra que los músicos corrijan cualquier desviación en su afinación, llevando así el arte a su máxima expresión.

Aunque su vida gira en torno a la música y su hogar, Lourdes posee un alma bohemia y aventurera que se refleja en sus sueños y pasiones. Sueña con recorrer las calles empedradas de París y deleitarse con la majestuosidad del arte europeo. Cada conversación con ella se torna en una travesía literaria donde se evocan los grandes maestros y las emociones que las obras de arte despiertan.

Lourdes, con su encanto natural y sus modales exquisitos, es una mujer fuera de su tiempo. Su belleza, tanto interna como externa y cautivadora. Su pasión por la música y su dedicación a su hogar son solo un atisbo de la grandeza que lleva dentro. Como un lienzo en blanco, Lourdes pinta su vida con detalles meticulosos y colores vivos, convirtiendo cada día en una obra maestra en tiempo presente.

La pequeña Carmencita la única hija y heredera de la pulpería, tiene 10 años cumplidos linda, graciosa, morena como su padre y de modales muy refinados como su madre, cabello negro azabache, su traje favorito es vestido color blanco, lacitos para el cabello del mismo color y zapatitos de charol.

La pequeña Carmencita, una niña de que irradia una belleza natural y un encanto irresistible. Como única hija y heredera de la pulpería.

El rostro de Carmencita es una perfecta mezcla de dulzura y travesura, con grandes ojos color avellana que destellan curiosidad y una sonrisa traviesa que ilumina su rostro moreno, heredado de su amado padre. Su cabello negro azabache cae en cascada sobre sus hombros, añadiendo un toque de misterio a su figura pequeña y angelical.

Sus modales, sin duda alguna, hablaban del refinamiento que ha aprendido de su madre. Con cada gesto elegante y al caminar con delicadeza por las calles empedradas del pueblo, demuestra una educación impecable. Su aspecto deslumbrante es digno de admiración, vistiendo su traje favorito:

Un vestido blanco que realza su piel morena, decorado con encajes y bordados que resaltan su inocencia y encanto juvenil. Sus lacitos para el cabello, del mismo color que su vestido, le dan un toque de coquetería y delicadeza, proporcionando un marco perfecto para su rostro angelical.

Los zapatitos de charol que calza, relucientes como espejos, son el complemento perfecto para su apariencia impecable. En cada paso que da, se desliza con gracia y elegancia, como si llevara el mundo a sus pies. Carmencita es un verdadero diamante, rodeada de las joyas más preciadas que su familia ha adquirido durante generaciones.

A pesar de su corta edad, Carmencita no es solo una niña hermosa y refinada, también es una pequeña emprendedora y una observadora meticulosa de cada detalle. Acompaña a su padre en la pulpería, observando cómo este comercia y atiende a los habitantes de la ciudad con una destreza admirable. Toma notas mentalmente de cada conversación y se deleita al escuchar las historias y chismes que circulan entre los clientes.

La vida de la pequeña Carmencita continua su curso en medio de aventuras y juegos infantiles, donde cada día descubre nuevas alegrías y sorpresas en su pequeño mundo. Su hogar, la pulpería, se convierte en su santuario de aprendizaje y felicidad, donde disfruta del amor y apoyo inquebrantable de su familia.

En resumen, la vida de Carmencita es un verdadero cuento de hadas, donde la belleza, la elegancia y la curiosidad se unen en una sola niña. Su herencia cultural y sus atributos físicos la convierten en una figura imponente en el corazón de la pintoresca ciudad, y su afán por aprender y su carácter encantador la llevan a secuestrar el corazón de todos los clientes que tenían la suerte de conocerla.

Conocí a mi amigo Roberto, una tarde soleada de verano a principios de los años setenta, cuando veraneamos en un pueblito al norte del litoral central donde el tiempo se ha olvidado de pasar, en una casa de playa frente a una pequeña bahía hermosa de arenas blancas y que según la marea aparecen una cantidad de piedras planas de todos los colores es todo un espectáculo.

Soy una de las pocas personas que aún lo recuerdan.