Capítulo 1
ENFERMERA DE TURNO
UNA VISITA INESPERADA
Por: Gustavo Mora.
Una historia de la vida real...
Norte del Litoral Central frente al Mar Caribe. 29 de septiembre del año 2009. Día de San Miguel Arcángel.
No tienes idea de lo que se vive dentro de un hospital… Siempre hay un amigo…
Acostado estoy en una fría camilla de operación en el quirófano de un hospital de la costa del litoral central. Se prepara todo para la operación que me van a realizar, el doctor que es el mismo de cabecera de mi padre y amigo de la familia es negro como yo, muy profesional, metódico y calmado, tiene una particularidad que escucha música mientras opera. Las luces cegadoras como el sol de una lámpara fija y redonda encima de mí, me hacen imaginar:
Yo (En Off)
—Parece una sala de interrogatorios de película. Trato de no mirar la cantidad de herramientas que están cerca de la camilla, serrucho, taladro, martillo, tijeras, alicates, cinceles de varios tamaños, palancas, tornillos, todo de acero inoxidable, en este momento reflexiono.
Yo (En Off)
—¿Qué carajos hago yo aquí? ¿Esto es un taller de mecánica? ¿Qué es esto?
Los nervios se acercan a mí como las sombras inevitables de la noche. Todos los médicos y enfermarás están ocupados en sus preparativos como un ritual ceremonial de los ya extintos imperios antiguos, en este momento una aguda y agradable voz me manifiesta:
(Voz del Anestesiólogo)
—Por favor, cuenta regresivamente del diez al uno yo te acompaño. Diez, nueve, ocho, sie… ¡Zzzzzzz…!
Me despiertan los gritos aterradores y desesperados de la doctora Brenda, lo supe por el carnet que ha dejado en la mesita de los medicamentos, ella imploraba a Dios reza:
—Sr. Por favor devuélveme a Miguel te lo pido.
Y entre el sonido de cachetadas, gritos y sollozos voy abriendo los ojos lentamente y frente a mi camilla en la sala de recuperación está una doctora de mediana edad con cabellos marrones y algo rizados, lentes, bata blanca y un estetoscopio en el cuello llorando sin cesar mientras implora:
—Como me haces esto Miguel despierta por el amor de Dios.
Luego se arrodilla para rezar, implorar o vender su alma en el séptimo círculo del infierno para salvar la vida de Miguel.
Dra. Brenda (Oración a no sé Quién)
—Tú sabes que casi nunca te pido nada señor, pero si me ayudas esta vez si me portare bien, te lo juro.
Yo medio despierto le menciono:
—¿Sabe que las promesas hay que cumplirlas verdad?
Dra. Brenda (Sobresaltada y Gritando)
—Haaayyyyyyy, muchacho le vas a provocar un infarto a alguien, haz ruido antes de decir algo.
Yo (Sonriendo y Adolorido)
—Bueno solo digo.
El niño que esta frente a mí de algunos nueve o diez años que han operado en el pabellón de al lado aún sigue dormido. Imagínate el sentimiento de culpa si este niño no despierta.
Yo la miro entre dormido y despierto con mucha sed, un desagradable sabor en la boca a medicamento y un frío impresionante. Cuando la doctora termina de rezar no se a quien, se escucha la tos del niño con la cara roja como un tomate de todas las cachetadas que la doctora le dio tratando de reanimarlo. Ella saltó de la emoción entre llanto, risas, agradecimientos, etc.
Dra. (Entre Sollozos)
—Gracias Dios o quien sea. Todo un acontecimiento.
Llegan varios enfermeros y camilleros, allí nos separan cada uno a un ala de hospitalización. El camillero me lleva por un inmenso pasillo tenebroso de luces blancas y diáfanas en un techo colgante, al final del pasillo se ve una lámpara a medio encender e intermitente que le da al lugar el toque misterioso y de terror que uno no necesita dentro de un hospital, porque cuando tienes que pasar un par de noches allí, que te cuento. La realidad es otra hasta el más valiente se arrima a la luz.
La camilla sigue rodando entre unas paredes pintadas en dos tonos blanco y azul, entramos en un amplio ascensor hasta el cuarto piso, donde aparece una encrucijada y en el medio una capilla muy antigua de cuando el Dr. José María Vargas rezaba allí por sus pacientes e incluso hay una silla bien demarcada y antigua con un aviso de no tocar, allí se había sentado el mismo Dr. José Gregorio Hernández, hoy santo beatificado, es como un pedacito de iglesia dentro del hospital, con sus bancos largos de madera y un largo cojín morado para arrodillarse. Muchas fotos de antiguos difuntos, velas, flores, hay cuatro o cinco señoras sentadas en diferentes sitios con su rosario rezando por sus enfermos.
El camillero me deja mientras pasa la historia y hacen el papeleo, un silencio sepulcral es interrumpido por un grito desgarrador de dolor funerario que hace eco en los cuatro pasillos de la encrucijada.
(Grito Funerario y Espeluznante)
—Aaaaaaaahhhyyyyyyy, no por Dioooossss...
Con los pelos de punta y sin sangre en mis venas pienso a mis adentros.
Yo (En Off)
—¿Coño y esto que vaina es?
Estamos hablando aproximadamente de las 10:00 am de un día caluroso y brillante normal en el caribe, pero dentro de las paredes del hospital siempre es de noche, todas las luces están encendidas y la sensación de terror es la misma. ¡Solo, acostado en esta camilla en medio de la encrucijada y frente a la capilla espeluznante, una escena de terror! Ha fallecido alguien y los familiares con su dolor y pena van camino a la morgue ¡Qué triste medite yo!
El día sigue su curso, el dolor de la herida es intenso y desgarrador, me sedan para poder dormir, todo transcurre normal hasta que se hace de noche jamás podre olvidar este suceso, Luego de despedirme de mis familiares y acostarme, escucho los quejidos y lamentos de los otros pacientes que compartimos con al menos doce camas todas juntas en la misma habitación enorme y todos a la vez solos con nuestra soledad y dolor.
Es aterrador sentarse en la cama y escuchar todos los lamentos, llantos de dolor y la sombra inclemente de la soledad, que es el enemigo más fuerte en estos momentos donde te encuentras a ti mismo. La soledad siempre fue parte de mí, así que lo llevo muy bien, pero los otros pacientes están aterrados, no por creer o no en fantasmas, es la sombra inclemente de la soledad la que los aterra, Hay que estar bien centrado para no caer en depresión.
No puedo dormir sé que son las doce de la media noche ya pasadas porque las enfermeras tienen cambio de guardia y estaban colocando los tratamientos, estoy muy consiente porque con mi condición de alérgico no me pueden colocar ningún tratamiento sin orden del doctor Larry Camacho, al pasar todo aquel alboroto de inyecciones, píldoras y jarabes apagan las luces exceptuando la de la puerta principal, yo no puedo pegar un ojo en medio de esta oscura y terrorífica habitación entre llantos de soledad y dolor de los otros pacientes, es sumamente tenebroso e incómodo, solo la luz de la puerta está encendida que a su vez da con el baño que está iluminado en su totalidad.
Sin darme cuenta entra una enfermera joven con su uniforme blanco, impecable con un gorrito blanco y una cruz roja, sabes en este momento no lo note, pero… Sus palabras Son.
Enfermera de Turno (Muy Amable)
—¿Hola, amigo te acuerdas de mí? Yo me sentaba detrás de ti en la clase de ingles del profesor Alejandro Acevedo.
—¿Te acuerdas en el liceo José María Vargas?
Yo (Tratando de Entender)
—¿Pero bueno y esto que es? Ese fue mi profesor de ingles en el liceo de verdad.
Ella continúa hablándome:
Enfermera de Turno (Entusiasta)
—¿Recuerdas a fulano, a fulana, te acuerdas de esto de aquello?
Me habla con una descripción tan perfecta que me impresiona, debo mencionar esto, el dolor de la operación se me olvido y estuvimos conversando sin parar durante toda la noche, admito que ella estaba parada en un lugar específico, ya que su uniforme relucía, pero su rostro está diáfano y más bien oscuro, sin embargo sabe tanto de mí que en ningún momento desconfió de ella.
Es muy agradable y confieso que perdí el estado de alerta que provoca estar en un hospital, sus dulces palabras me hacen olvidar el tenebroso paisaje desolador de oscuros e interminables pasillos por donde a esta hora no camina ni Dios. Y los gritos aterradores de dolor funerario que son interminables en un hospital.
Cuando canta el primer gallo ella se dispone a partir y me anuncia:
Enfermera de Turno (Con Dulzura)
—¡Me encanto volver a verte! ¿Sabes que estuve perdida hasta que te encontré de nuevo? ¡Nos vemos!
Salió por el pasillo de la encrucijada y por un momento dudé y salí tras ella para preguntarle su nombre y una cantidad de cosas, imagínate somos amigos ¡Uf…! Cuantas interrogantes ruedan por mi mente al abrir la puerta para dirigirme hacia las terroríficas paredes del patíbulo, ya están afuera todos los médicos en el cambio de guardia, las enfermeras con los carritos de medicinas y tratamientos todo un corre y corre yo en medio de este atareado, lindo, iluminado y caluroso pasillo lleno de personas alborotadas por el inicio del trabajo es un gran e inesperado cambio para mí.
La Doctora encargada me agarra por el brazo y expresa su enojo.
Dra. Encargada (Molesta)
—¿Qué hace usted aquí? No sabe que el doctor Larry Camacho le indico que no se levante de la cama, vamos que van a pasar revista.
Quedo inquieto y con ganas de que este alboroto termine rápidamente para dirigirme hacia el cubículo de las enfermeras y preguntar por mi amiga. No supe lo que me dijo el doctor porque mis pensamientos están en esta mágica y extraña noche que me hizo sentir tan bien.
Al pasar todo este bullicio y mientras los pacientes ya tranquilos con la luz del día esperando la visita de sus familiares y amigos se les nota más tranquilos. Transcurre todo el chequeo y el desayuno, yo salgo a toda prisa (bueno, prisa de recién operado) al inmenso, alegre y radiante pasillo, le pregunto a la Doctora que me tomo del brazo.
Yo (Curioso)
—¿Buenos días, Doctora?
Ella levanta la mirada y me responde.
Dra. Encargada (Tranquila)
—¡Buen día! ¿Dígame mijo?
Me responde una voz fuerte, pero tranquila. Es una Doctorará de unos cuarenta y cinco años aproximadamente con sus lentes en la punta de la nariz y revisando los papeles de la noche.
—¿Qué se le ofrece?
Yo (Con Voz Diligente)
—¿Cómo le va? Quisiera saber a qué hora se marchan las enfermeras de la noche.
Dra. Encargada (Curiosa)
—Entre las ocho y nueve depende de sus diligencias. ¿Por?
Yo (Contento)
—¡Ah…! Ok. Y ¿Dónde se encuentran ahora las enfermeras de la noche? No me dejo terminar la frase. Ella responde:
Dra. Encargada (Extrañada)
—Somos nosotras. La doctora y tres enfermeras casi de la misma edad y con el rostro cansado por las vigilias nocturnas y el mal dormir. ¡Me asombro porque no vi a mi amiga!
Yo (Asombrado y Curioso)
—No, no señora, la joven que me atendió anoche, me imagino que por el uniforme es la supervisora.
—¿Qué uniforme? ¡Pregunta la Dra. Encargada!
—Ese todo blanco de gorrito, con una cruz roja y una bandeja de acero inoxidable con inyectadoras de vidrio y metal sabe.
¿Todas las enfermeras se miran al unísono y voltean hacia mí?
Dra. Encargada (Sorprendida)
—¿Usted está seguro de lo que está diciendo?
—Pues claro mi doña, si acaba de salir hace rato estuvo acompañándome toda la noche, me dijo que había estudiado conmigo, ¡me dijo! ¡La Dra. Encargada de los lentes me mira y me aconseja!
—Cálmese mijo que le va a dar algo, tranquilo.
—¡Pero! ¡Yo!
—Tranquilo mijo. ¿Es ella? Mostrándome una fotografía antigua en blanco y negro que deja ver su uniforme blanco y su gorro con la cruz roja, pero con el rostro diáfano, parece que le hubiera caído una gota de agua en la fotografía.
—Si, si es ella digo yo con voz preocupada y diligente. Como olvidarla pasamos una noche genial. ¡La llama por favor, gracias! Las tres vuelven a mirarse y la Dra. Encargada me dice:
Dra. Encargada (Muy Tranquila)
—Joven acompáñeme por favor.
Imagínense yo voy con toda la curiosidad del mundo sin saber qué decirle. ¿Cuál es tu nombre, como me reconociste después de tantos años? Etc.…
Darle las gracias sabes, estoy exaltado con tantas preguntas que corren por mi mente cuando la Dra. Para justamente en la capilla de la encrucijada ya no se ve tan aterradora por la luz del día, ella me dice:
Dra. Encargada (Suavemente)
—Por favor, pasa.
Yo, con el dolor de la operación trato de correr porque en el primer asiento del banco de madera hay una enfermera sentada, yo con mucha prisa y el corazón exaltado por la emoción de encontrarme con una buena amiga de la infancia le toco el hombro y le expreso mi agradecimiento.
—¡Hola, muchas gracias…! No tengo palabras para decirte lo mucho que…
Para mi sorpresa. ¡No es ella! Se trata de una monja que da la misa matutina, el uniforme es idéntico y la Dra. De lentes me llama y señala con la punta de su dedo indice terminado en una uña bien linda y cuidada:
Dra. Encargada (Señalando una Fotografía)
—¿Mírala es ella?
¡Quedé petrificado, mis labios perdieron hasta la última gota de sangre y sentí en ese momento algo inexplicable! En el diccionario se llama (Terror).
Al ver la fotografía de la agradable enfermera colgada entre los fallecidos con velas y flores que estaban en el altar y la de ella tenía una inscripción:
¡En memoria de quien perdió la vida en la tragedia de Vargas, cumpliendo con su deber…!
En agradecimiento a todas las enfermeras que dedican su tiempo a cuidar a los enfermos en los Hospitales…
Fin.