Capítulo 1
Hay un conejo blanco en el corral. Mi padre lo alimenta con hierba cortada. La hoz de mi padre tiene la forma de una cicatriz en mi cuerpo. Mi padre corta la hierba en la mañana y la recoge en un costal. Me dijo que los conejos prefieren las hierbas redondas, de un verde más oscuro que se encuentran junto a los ríos o a los estanques. Mi padre carga el costal de hierba fresca y lo echa, de un puñado, en el corral del conejo. El conejo tiene los ojos rojos. Cuando le tomo una foto, salen aún más rojos en mi cámara. La blancura del conejo acapara las cosas a su alrededor y las vuelve más claras, como si su color absorbiera todos los colores. Cuando mi padre le arroja el puñado de hierba, el conejo se queda en una esquina y espera a que nos hayamos ido para acercarse. Cuando cree que no hay nadie, come de a poquito el llano verde, se demora y yo, escondida detrás del corral, veo cómo se le mueve la nariz rosada.
La vecina ha tenido un hijo albino, blanco como el conejo y con los ojos descoloridos, como si les hubieran echado leche. Mi papá dice que el hijo de la vecina tampoco sale bien en las fotos y que siempre está fruncido porque le duele el sol. Los vecinos no se le acercan porque dicen que nació con el mal de la luna llena y cuando fuimos a conocerlo, alguien dijo que tenía rabo de puerco. Mi papá me contó que la última vez que le vio, la vecina le había pintado el pelo y las pestañas con carbón para que los vecinos dejen de verle feo cuando van a hacer la compra. El marido de la vecina se fue cuando vio a su hijo más blanco que una coliflor, diciendo que no era suyo. Cuando voy a la tienda a comprar un paquete de galletas María para tomar con agua de panela a veces la oigo llorar y espero. Espero hasta que se calle para golpear la reja y pedir un paquete de galletas y decirle que ojalá que su hijo se recupere.
Mi padre tiene las manos duras, yo las aplasto entre las mías pero sus dedos no suenan. Me gustaría ponerle un nombre a su dedo gordo «se llama Héctor» le digo pero no me dice nada y me sirve un plato de sopa. Está enojado porque hace dos días me desmayé en la escuela. A mi padre no le gusta que esté muy flaca, ni que mi madre no me haya enseñado a cortarme las uñas. Dice que tengo bichos que se alimentan de todo lo que hay en mi panza y que un día me va a salir un gusano por el rabo. Quisiera decirle que, esa noche, en la que yo tenía cuatro años y él me jaló los pies, no lloraba de miedo, sino de rabia. Yo tengo el rostro blanco como la piel de ese conejo que alimenta. Mi padre tiene el rostro oscuro.
A mi padre le gusta tomar el aguardiente y cuando toma el aguardiente se olvida de mí a veces. Se olvida también de limpiar las cuyeras, de dar de comer a los patos y de sacar al chancho que se desespera y empieza a darse cabezazos contra la puerta de madera de la chanchera hasta que se queda sin voz y se cansa. El conejo blanco está solo. Antes había dos pero la coneja murió en una helada. Cuando entré al corral y la tomé entre mis manos, le toqué la panza y sentí varios conejitos dentro. El conejo blanco solo me miró desde su esquina. Mi papá me vio llorar y cavó con un pico un hueco al lado del corral del conejo. Le pusimos una cruz que yo hice con hojas de choclo. «se llama Mariana, como la abuela» dije, «se llamaba» dijo mi padre y se fue a recoger los huevos de las gallinas. Yo no sé por qué pero seguí llorando suavito y me sequé los cachetes con la manga de la chompa.
Le construí una casa de cartón con las cajas de los huevos al conejo blanco y le pinté de rojo. También le puse un techo y una cama de algodón con una cobija del oso Yogi para que no le mate la helada, pero no quiere entrar, sigue en su esquina y lo único que espera es que mi papá le arroje un puñado de hierba en las mañanas. Le dije a mi papá que he pensado un nombre para el conejo pero no se me ha ocurrido ninguno. El hijo de la vecina se llama Antonio, pero no se parece en nada al conejo porque ahora ya está con el pelo más negro que el lodo del charco de patos y además es feo. Le digo a mi papá que deberíamos conseguirle una novia al conejo y él me sirve un agua de panela. Salgo en la noche a ver si el conejo se ha metido en la casa que le hice pero le encuentro en el mismo rincón, parece que ni siquiera se ha movido. Parece también que, con sus ojos rojos bien abiertos, mira las estrellas.