Único
Era una noche tranquila, me encontraba sentado en el balcón de mi departamento, contemplando las luces titilantes de la enorme ciudad de Seúl mientras la lluvia caía suavemente. Sostenía entre mis manos una taza de café, un hábito que solía compartir con él, aunque ahora lo recordaba con pesar, pero él odiaba el café. Me invadió un torrente de recuerdos, como si el tiempo se hubiera detenido, recordando la forma en que su hermoso rostro iluminaba mis mañanas o cómo su sonrisa cuadrada llenaba mi corazón de alegría. Una sonrisa nostálgica se dibujó en mis labios mientras lágrimas saladas se deslizaban por mis mejillas.
Al alcanzar mi teléfono, que reposaba junto a mí en la mesa, observé la hora: "11:11", murmuré para mí mismo. Recordé con nitidez cómo él solía despertarse a esta hora todos los días para hacer un deseo, una costumbre que yo solía encontrar un tanto ridícula, pero que en él parecía tan encantadora. Decidí seguir su ejemplo y cerré los ojos con fuerza, formulando mi propio deseo en silencio:
"Mi mayor deseo es volver a ver esa sonrisa que un día la vida me arrebató."
Al abrir los ojos, me di cuenta de que mis mejillas estaban empapadas y frías, una sensación que se intensificaba aún más a esa hora de la noche, cuando el frío se apoderaba del ambiente. Con manos temblorosas, sequé mis lágrimas y, con un esfuerzo titánico, me puse de pie y entré en la casa. El interior parecía tan frío y desolado en comparación con el bullicio de la ciudad afuera. Me preguntaba cómo lograba acostumbrarme a estar tan solo.
Dejé mi teléfono sobre la mesita de noche, encendí la lámpara y contemplé mi mano, especialmente mi dedo anular, donde descansaba un pequeño anillo de compromiso. Una pequeña sonrisa melancólica se formó en mis labios al recordar el momento en que me lo entregó. Sin embargo, las lágrimas volvieron a empañar mis ojos. Otra noche más en la que no podía contenerme. Tomé la almohada que estaba a mi lado, enterré mi rostro en ella y dejé que las lágrimas fluyeran libremente.
Al inhalar profundamente, pude percibir el suave aroma de su perfume impregnado en la tela de la almohada, como si él estuviera presente a mi lado. Por un momento, me pareció que en cualquier momento entraría por la puerta de la habitación o saldría del baño, como solía hacer. Pero sabía que no sería así. Han pasado ya diez largos meses desde su partida. Con el mismo pensamiento que me acompañaba todas las noches, me dejé llevar por el cansancio y finalmente logré conciliar el sueño., me encontraba sentado en el balcón de mi departamento, contemplando las luces titilantes de la enorme ciudad de Seúl mientras la lluvia caía suavemente. Sostenía entre mis manos una taza de café, un hábito que solía compartir con él, aunque ahora lo recordaba con pesar, pero él odiaba el café. Me invadió un torrente de recuerdos, como si el tiempo se hubiera detenido, recordando la forma en que su hermoso rostro iluminaba mis mañanas o cómo su sonrisa cuadrada llenaba mi corazón de alegría. Una sonrisa nostálgica se dibujó en mis labios mientras lágrimas saladas se deslizaban por mis mejillas.
Al alcanzar mi teléfono, que reposaba junto a mí en la mesa, observé la hora: "11:11", murmuré para mí mismo. Recordé con nitidez cómo él solía despertarse a esta hora todos los días para hacer un deseo, una costumbre que yo solía encontrar un tanto ridícula, pero que en él parecía tan encantadora. Decidí seguir su ejemplo y cerré los ojos con fuerza, formulando mi propio deseo en silencio:
"Mi mayor deseo es volver a ver esa sonrisa que un día la vida me arrebató."
Al abrir los ojos, me di cuenta de que mis mejillas estaban empapadas y frías, una sensación que se intensificaba aún más a esa hora de la noche, cuando el frío se apoderaba del ambiente. Con manos temblorosas, sequé mis lágrimas y, con un esfuerzo titánico, me puse de pie y entré en la casa. El interior parecía tan frío y desolado en comparación con el bullicio de la ciudad afuera. Me preguntaba cómo lograba acostumbrarme a estar tan solo.
Dejé mi teléfono sobre la mesita de noche, encendí la lámpara y contemplé mi mano, especialmente mi dedo anular, donde descansaba un pequeño anillo de compromiso. Una pequeña sonrisa melancólica se formó en mis labios al recordar el momento en que me lo entregó. Sin embargo, las lágrimas volvieron a empañar mis ojos. Otra noche más en la que no podía contenerme. Tomé la almohada que estaba a mi lado, enterré mi rostro en ella y dejé que las lágrimas fluyeran libremente.
Al inhalar profundamente, pude percibir el suave aroma de su perfume impregnado en la tela de la almohada, como si él estuviera presente a mi lado. Por un momento, me pareció que en cualquier momento entraría por la puerta de la habitación o saldría del baño, como solía hacer. Pero sabía que no sería así. Han pasado ya diez largos meses desde su partida. Con el mismo pensamiento que me acompañaba todas las noches, me dejé llevar por el cansancio y finalmente logré conciliar el sueño.
Al despertar, el dulce aroma a panqueques recién hechos impregna el aire de la cocina, despertando mis sentidos. Sé que es uno de los chicos quien está cocinando, y ese pensamiento me saca una leve queja mientras mis pies descalzos tocan el frío suelo de la habitación. Con pasos lentos, me dirijo hacia el baño, donde el sonido del agua corriendo y el reflejo de la luz matutina me reciben con serenidad.
Con cuidado, lavo mi rostro, sintiendo el frescor del agua contra mi piel adormecida por el sueño. El cepillo de dientes raspa suavemente mientras repaso mis dientes, una tarea rutinaria que me ayuda a despertar por completo. Finalmente, salgo del baño y de la habitación, preparado para enfrentar el día que se avecina.
Al cruzar la puerta del comedor, mis ojos se encuentran con la cálida sonrisa de TaeHyung, quien está ocupado colocando los platos en la mesa. Mis pies se detienen de golpe, como si hubieran sido atrapados por una invisible fuerza, y una oleada de emociones me invade de repente. Las lágrimas amenazan con emerger una vez más, y mi corazón parece apretarse con fuerza en mi pecho.
Es como si el tiempo se detuviera por un instante, mientras mi mente lucha por comprender lo que mis ojos están viendo. ¿Es posible que él esté realmente aquí, de vuelta entre nosotros? Un nudo se forma en mi garganta y una mano instintivamente se eleva para cubrir mi boca, intentando contener el torrente de emociones que amenaza con escapar. Me quedo paralizado en mi lugar, tratando de procesar esta sorprendente escena, sin poder discernir cuánto tiempo ha transcurrido en ese estado de conmoción.
—Hey ¿JungKookie, estás bien?—preguntó caminando hacia mi y tomó mi mentón levantado mi cabeza haciendo que lo mirara a los ojos— ¿Qué pasa bebé? Porqué lloras.
La pregunta resonó en el aire, sacándome de mi estado de ensimismamiento. Con un gesto instintivo, me aparté ligeramente de su toque, sintiendo el roce de la tela de su camisa contra mi piel. Mis dedos temblorosos se apresuraron a secar las lágrimas que aún quedaban en mis mejillas, mientras una intensa opresión se apoderaba de mi pecho, como si un peso invisible me comprimiera desde adentro.
Casi un año había transcurrido desde la última vez que vi su rostro, y la idea de tenerlo frente a mí una vez más me inundaba de emociones contradictorias. Por un lado, el deseo urgente de aferrarme a este momento, de estudiar cada línea de su rostro, cada matiz de su mirada, como si quisiera grabarlo en mi memoria para siempre. Por otro lado, el miedo a abrir viejas heridas, a revivir dolorosas memorias que aún seguían latentes en lo más profundo de mi ser.
Pero en medio de ese torbellino de sentimientos, una chispa de esperanza se encendió en mi interior. Tal vez este encuentro inesperado podría ser una oportunidad, una oportunidad para sanar, para cerrar ese capítulo doloroso de mi vida y seguir adelante. No le haría daño a nadie, me repetí una y otra vez, tratando de convencerme de que podía permitirme un momento de felicidad, de conexión, aunque fuera efímera.
—Estoy bien, creo —musité, sintiendo como si estuviera flotando en un sueño del que no quería despertar jamás. Lo miré de nuevo y su expresión me dejó claro que no creía ni una palabra de lo que acababa de decir. Sin pensarlo demasiado, actué por instinto y lo abracé con fuerza, un abrazo que no pretendía ocultar mi verdadero estado, sino que simplemente anhelaba aferrarme a él y nunca soltarlo.
—No creo que estés tan bien como dices, Kookie. Mírame —insistió, sacudiendo ligeramente la cabeza para enfatizar sus palabras. Cediendo a su demanda, levanté la mirada para encontrarme con la suya, y en ese momento supe que no podía ocultar nada frente a él.
—Me vas a decir qué pasa —declaró con un tono más firme, como si estuviera dispuesto a enfrentar cualquier verdad que yo pudiera revelar. Sacudí la cabeza en silenciosa negativa, sintiendo una mezcla de temor y vulnerabilidad.
—Bien, si no quieres contármelo, no te presionaré. ¿Fue otra pesadilla? —preguntó con suavidad, mostrando su comprensión y paciencia, como siempre hacía. Ese simple gesto de preocupación fue suficiente para desarmarme por completo, y supe que no podía mantener guardadas mis preocupaciones por más tiempo.
Asentí, aunque en realidad no era verdad. No podía decirle que había despertado y él estaba ahí, delante de mí, vivo, cuando se suponía que había muerto.
—TaeTae —llamé suavemente.
—¿Sí, bebé? —respondió con ternura.
—Te amo —confesé, mirándolo directamente a los ojos. Su sonrisa, la que tanto había extrañado, iluminó su rostro mientras me atrajo hacia él. Nuestros labios se encontraron en un beso lento y cargado de emociones. Sentirlo otra vez de esa manera era todo lo que necesitaba.
Mordió ligeramente mi labio inferior, y su suave lengua siguió el camino, incitándome a abrir un poco más la boca. Consciente de sus deseos, cedí, permitiendo que explorara mi interior con la suya. Fue un torrente de emociones, una danza de sensaciones transmitidas en un solo beso. Mis brazos se aferraron alrededor de su cuello, elevándome ligeramente sobre la punta de mis pies en un intento de profundizar aún más el contacto.
Respondiendo a mi señal, él pasó sus brazos alrededor de mi cintura, atrayéndome más cerca, como si fuera posible estar más unidos. Lamentablemente, la necesidad de aire nos obligó a separarnos, pero no sin antes dejar una pequeña mordida en mi labio inferior. Permanecimos abrazados por unos momentos más, sumidos en la calidez del momento.
—Vamos, el desayuno se va a enfriar —sugirió finalmente, rompiendo el hechizo del momento íntimo. Nos dirigimos hacia la mesa y disfrutamos del desayuno mientras conversábamos tranquilamente, como solíamos hacerlo.
—Tae, ¿qué día es hoy? —pregunté, tratando de ocultar mi ansiedad.
—Es 29 de agosto, solo faltan dos días para tu cumpleaños —respondió con entusiasmo. Su alegría era palpable, pero mi sonrisa se desvaneció al instante. Aunque él no me estaba mirando, me esforcé por disimular mi decepción lo mejor posible.
Después de desayunar, nos encargamos de lavar los platos juntos y luego compartimos una ducha reconfortante. Optamos por ropa cómoda, ya que habíamos decidido pasar el día en casa, simplemente relajándonos. Nos instalamos en el sofá para ver algunas películas, y yo me acomodé delante de él, apoyando mi espalda en su pecho mientras él me rodeaba con sus brazos desde atrás.
A medida que avanzaba la película, me dejé llevar por la trama y la atmósfera acogedora del momento. Sin darme cuenta, mi cabeza encontró reposo en su hombro, sintiendo la calidez de su cercanía y la seguridad de su abrazo. Mis sentidos se agudizaron y, en medio del silencio, pude percibir el ritmo constante de su corazón, un sonido que me llenaba de paz y nostalgia.
Sin embargo, a pesar de la tranquilidad del momento, no podía evitar recordar que ese corazón, que latía con tanta calidez y amor, se había detenido para siempre el 31 de agosto a las 11:45, apenas unos minutos antes de mi cumpleaños. A pesar del dolor que esa verdad me causaba, me permití sumergirme en el consuelo momentáneo de su presencia, entregándome al sueño mientras me aferraba a la ilusión de que él seguía a mi lado.
Pasé unos días maravillosos junto a TaeHyung, aunque la mayor parte del tiempo nos quedamos en casa, aún así fue reconfortante.
Sin embargo, hoy me desperté con una angustia que me pesaba en el pecho. Era el 31 de agosto, el fatídico día en que Tae falleció, y la fecha resonaba en mi mente como un eco desgarrador de un dolor pasado. Mis pensamientos se vieron invadidos por la urgencia de protegerlo, como si pudiera evitar el inevitable destino si tan solo lo mantuviera a salvo bajo mi cuidado.
Cuando Tae anunció que iba a la tienda que quedaba a tres cuadras de distancia, un nudo se formó en mi estómago. Traté de ocultar mi preocupación, pero mis palabras temblaban ligeramente al expresar mi deseo de que postergara su salida.
—Tae, ya es tarde. ¿No podrías ir mañana? —pregunté, luchando por encontrar una excusa convincente para retenerlo en casa un poco más.
—Tranquilo, solo serán unos minutos. No pasará nada —me aseguró con un beso tierno en la frente antes de salir de casa. A pesar de sus palabras reconfortantes, el miedo persistía en mi interior, como una sombra acechante que amenazaba con consumirme.
Los minutos transcurrían con agonizante lentitud mientras mi inquietud crecía con cada tic-tac del reloj. Observé el reloj en la pared y la hora marcada, "10:30", me llenó de una sensación de desesperación. Maldije en silencio, consciente de que nos acercábamos peligrosamente a la hora del fatídico accidente, y TaeHyung aún no había regresado.
La ansiedad me carcomía por dentro, una inquietud que se intensificaba con cada segundo que pasaba. Mis manos temblaban mientras luchaba por controlar mi respiración agitada. Sabía que no podía quedarme quieto, que tenía que hacer algo para asegurarme de que TaeHyung estuviera a salvo.
Sin pensarlo dos veces, me lancé hacia el perchero y agarré frenéticamente uno de los abrigos que colgaban allí. El aire frío de la noche me golpeó al salir corriendo de la casa, pero apenas lo noté. Mi única preocupación era alcanzar a TaeHyung antes de que fuera demasiado tarde.
Mis pies golpeaban el pavimento con determinación mientras corría por las calles, mi corazón latía con fuerza en mi pecho. Cada respiración era un esfuerzo, cada paso me acercaba un poco más a mi objetivo. No podía permitir que nada le sucediera a TaeHyung, no después de haberlo perdido una vez.
Finalmente, lo vi a lo lejos, caminando de regreso hacia la casa. Pero estaba distraído, perdido en sus pensamientos y ajeno al peligro que se cernía sobre él. Un grito de advertencia se formó en mi garganta, pero fue sofocado por el sonido de neumáticos chirriantes.
Un coche surgió de la nada, avanzando velozmente hacia TaeHyung. Sin pensarlo, redoblé mis esfuerzos, corriendo más rápido de lo que creí posible. Mis músculos ardían, mi respiración era un jadeo entrecortado. Pero no me detuve.
Alcanzándolo justo a tiempo, empujé con todas mis fuerzas, lanzándolo fuera del camino del vehículo. Sus ojos reflejaban pánico en un breve instante de contacto visual, antes de que el impacto del coche se estrellara contra mí.
El mundo pareció detenerse por un momento, suspendido en un silencio abrumador. Luego, el dolor llegó, agudo y punzante, como cuchillas cortando a través de mi cuerpo. Pero antes de que pudiera procesar lo que estaba sucediendo, la oscuridad me envolvió, y todo se desvaneció en la nada.
Desperté de golpe, con el sudor perlado en mi frente y el corazón galopando desbocado en mi pecho. Mis manos buscaron instintivamente mi celular, y al mirar la fecha en la pantalla, la cruda realidad se me reveló: solo había sido un sueño, un maldito sueño que me arrastró de vuelta a mi peor pesadilla.
Con un suspiro pesado, me levanté de la cama y encendí una pequeña luz en la mesa junto a mi cama. Me senté con determinación, agarré un bolígrafo y un papel, y decidí escribirles una nota a los chicos. Era el momento.
Abrí la puerta con delicadeza, procurando no hacer ruido, y la cerré suavemente detrás de mí. La brisa fría acariciaba mi rostro mientras caminaba por la azotea del edificio. Al mirar hacia arriba, contemplé la Luna en su plenitud, radiante y solitaria en el vasto cielo nocturno.
Avancé hasta el borde, observando la ciudad iluminada a pesar de la hora tardía. Mis pensamientos se perdieron en los recuerdos de los momentos hermosos que había compartido con Tae y los chicos. Nunca habría imaginado que todo terminaría de esta manera, pero en la vida, pocas veces las cosas salen como esperamos. A pesar del peso en mi corazón, me sentía incapaz de derramar más lágrimas. Las preguntas sin respuesta inundaban mi mente, dejándome con un vacío abrumador.
Dejé caer mi abrigo al suelo y me acerqué al borde de la azotea, tratando de mantener el equilibrio en el filo. El edificio se alzaba por encima de los veinte pisos, imponente y desafiante.
Me volví, dando la espalda a la ciudad, y cerré los ojos. En mi mente, dirigí mis palabras hacia él, hacia Tae, con la certeza de que pronto volveríamos a estar juntos.
«Tae, al fin volveremos a estar juntos», murmuré en silencio.
Extendí los brazos y me dejé caer hacia atrás, sintiendo el viento cortar mi piel mientras me precipitaba hacia el vacío. Por fin, encontraría la paz que tanto anhelaba, y lo más importante, estaría junto al amor de mi vida una vez más.
Sé que puede parecer una decisión imprudente y quizás estúpida, pero para mí era la única salida. Tal vez si hubiera seguido el consejo de YoonGi y hubiera buscado ayuda profesional, esta carta nunca habría llegado a sus manos. Pero preferí tomar el camino más fácil, el que creí que me llevaría de vuelta a él.
La muerte de Tae nos ha afectado a todos de maneras que no puedo expresar con palabras. No ha sido fácil sobrellevar estos días sin él, y esa noche en particular, ese sueño que me sumergió en la agonía de su pérdida, me hizo comprender que ya no podía continuar así. Sé que puede no haber sido la mejor decisión, pero en ese momento, fue la única que pude ver.
Quiero que sepan que no deseo que lloren por mí. Estoy tomando este paso con la esperanza de reunirme con TaeHyung, de encontrar la felicidad que tanto anhelamos juntos. Lo más importante para mí es que ustedes también encuentren la felicidad en sus vidas. Lo siento, chicos, por el dolor que esta decisión les causará, pero espero que comprendan que lo hago con la convicción de que es lo mejor para mí en este momento.
Si hay alguna forma de reencarnación o una próxima vida, espero de corazón tener la oportunidad de volver a encontrarnos. Hasta entonces, recuerden los buenos momentos que compartimos y mantengan viva la alegría que siempre nos unió.
—JungKook





