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Asesinato, asesinato, asesinato.
Siempre estuvo en la mente de Jeongguk.
Encerrado en la cĂĄrcel con solo sus pensamientos por compañĂa, el asesinato fue como un viejo amigo. Un amigo que cuando pensabas en ellos, instantĂĄneamente te sentĂas mejor, mĂĄs ligero, mĂĄs feliz antes de darte cuenta de que habĂan arruinado tu vida.
265 dĂas desde la Ășltima vez que matĂł a alguien.
Sunmi, donante de caridad, y por lo que Jeongguk podĂa recordar, buena cafetera. HabĂa molido los granos mientras hablaban en la cocina, tema de conversaciĂłn: el encuentro traumĂĄtico de Jeongguk con un taxista. Para un hombre que sentĂa poca emociĂłn, sabĂa exactamente cĂłmo fingirlo. ForzĂł a temblar su voz mientras hablaba, se limpiĂł las lĂĄgrimas de los ojos y se disculpĂł una y otra vez por ser tan dĂ©bil. No era como Ă©l. DeberĂa haber sido capaz de manejarse solo, pero habĂa tenido miedo.
Su fachada débil y herida solo funcionó en algunos de ellos. No Min Jinhwa o Kang Mino.
No.
Cuando llevaron a Jeongguk a casa y hablaron sobre su terrible experiencia con el taxista, maldijeron, se enojaron y juraron venganza.
Con la testosterona burbujeante, Jinhwa incluso habĂa sugerido comprar un bate de bĂ©isbol y âjoder algunos taxisâ.
Luego habĂa estado Kim Yuna, sin mostrar preocupaciĂłn o compasiĂłn por la terrible experiencia por la que aparentemente habĂa pasado, ella solo querĂa a Jeongguk arriba en su habitaciĂłn, y Ă©l fue obligado.
Algo diferente sucediĂł con Sunmi, y Jeongguk no solo se referĂa al torpe abrazo. Ăl no tenĂa idea de que su juego con el monstruo en su cabeza estaba a punto de cambiar para siempre. Las pequeñas emociones que tenĂa comenzarĂan a crecer, a consumirlo, hasta que le diera la espalda a su mayor deseo.
QuerĂa algo mĂĄs que matar. QuerĂa a alguien para vivir.
âHey... Âżlisto para tu visita?
HabĂan pasado 212 dĂas desde que Jimin se ofreciĂł como la vĂctima final. Acostado sobre el colchĂłn en la vieja granja andrajosa, habĂa cerrado las manos de Jeongguk alrededor de su garganta y le pidiĂł, no, le âimplorĂłâ a Jeongguk que lo matara.
No pudo hacerlo.
FallĂł su cuenta regresiva y perdiĂł la oportunidad de liberarse de su deseo asesino, de satisfacer al monstruo en su cabeza de una vez por todas. En cambio, estaba encerrado, el deseo seguĂa tamborileando debajo de la superficie, pero no habĂa posibilidad de una salida. Era un infierno, nada menos de lo que un asesino a sangre frĂa como Ă©l se merecĂa.
Jeongguk se levantĂł de su cama, alcanzĂł el techo y luego extendiĂł los brazos para tocar ambos lados de su celda. El guardia inclinĂł la cabeza y lo vio pasar por su extraña rutina de estiramiento. Jeongguk incluso hizo efectos de sonido mientras lo hacĂa, como si fuera un viejo ĂĄrbol chirriante en el viento.
âDate la vuelta, pasa las manos.
Jeongguk suspirĂł, se dio la vuelta, luego retrocediĂł hacia los barrotes. MetiĂł las manos y esperĂł el chasquido frĂo del metal. Mientras esperaba, mirĂł a su trĂĄgica celda. Una sola litera, sin hacer. Pequeña estanterĂa con tĂtulos tan fascinantes como un manual, la Sagrada Biblia y el diccionario mĂ©dico A-Z. Un televisor antiguo con mala señal que solo tenĂa recepciĂłn para dos canales, un canal de noticias de veinticuatro horas y el otro era de dibujos animados de niño.
A Jimin le hubiera encantado, la idea lo hizo sonreĂr.
Su ropa consistĂa principalmente en el color naranja: monos, sudaderas. Pero tambiĂ©n habĂa algunos pares de calzoncillos y calcetines, afortunadamente no de color naranja. VeintitrĂ©s horas al dĂa en la pequeña jaula, y una hora afuera en una jaula un poco mĂĄs grande. Jeongguk estaba al borde de la locura, estaba al borde de volverse completamente loco de aburrimiento, de la rutina, de la desesperante frustraciĂłn, pero una persona podĂa sacarlo del borde, y lo hacĂa con frecuencia.
Seis dĂas, veintitrĂ©s horas y cuarenta y cinco minutos desde la Ășltima vez que vio a Jimin.
âAlĂ©jate de las barras.
Jeongguk se acercĂł a su litera. HabĂa clavado recuerdos de su juerga en su pared, sus portadas favoritas del Seoul Times, cortesĂa de Kim Dakho. EscribiĂł los artĂculos que el pĂșblico estaba desesperado por leer. Los que golpearon el miedo en sus corazones y revolvieron sus estĂłmagos, pero toda buena historia necesitaba un final feliz, y Dakho tambiĂ©n lo escribiĂł.
El bien triunfĂł sobre el mal. La policĂa salvĂł el dĂa. El asesino cayĂł en el Ășltimo obstĂĄculo, y Jimin fue etiquetado como âEl Uno que se escapĂłâ.
Era el titular favorito de Jeongguk acompañado de una imagen relajada de Jimin con su ropa de detective. Lo mantuvo junto a su almohada, se durmió con ella por la noche y cada mañana, sus ojos encontraron los de Jimin en su pared, y luego leyó las palabras.
El Uno que se escapĂł.
Cuando la policĂa irrumpiĂł, eso parecĂa, Jeongguk estaba en el medio de matar al nĂșmero uno, y Jimin fue rescatado justo a tiempo. Pero las apariencias pueden ser engañosas. Ăl, entre todas las personas, sabĂa eso, su hermoso exterior envuelto en algo mĂĄs oscuro, algo retorcido, algo mal.
âCamina por aquĂ.
HabĂa dos tipos que lo acompañaban a la sala de visitas. Siempre habĂa dos personas con Ă©l en caso de que lograra deslizar las esposas y estrangularlos. SabĂa que la Ășnica forma de eliminarlos era dislocĂĄndose y rompiĂ©ndose los huesos en las manos, pero si lo hacĂa, la parte estrangulada no serĂa muy agradable.
Uno de los guardias, Sungwo, hombre alto, bigote, pero sin pelo en la cabeza, hizo un gesto a Jeongguk para que saliera. Ăl se adelantĂł, la sonrisa estirando sus labios. Su sonrisa obtuvo una mueca de Sungwo, y murmurĂł algo por lo bajo.
El otro guardia, Kijung, de complexión enorme, obvio usuario de esteroides y fanåtico del pelo mullet , hizo un gesto hacia el corredor con su bastón, y Jeongguk caminó en la dirección que señaló. Pasó junto a las celdas de otros asesinos en serie, que lo abuchearon y aullaron, algunos incluso lanzaron besos y Jeongguk los devolvió. Era de la misma especie que ellos, pero una versión mås inteligente, mås encantadora y mås atractiva.
La mayorĂa de las veces Jeongguk ignorĂł a los otros reclusos y mirĂł hacia la puerta de alta seguridad, pero iba a ver a Jimin, y la emociĂłn y la anticipaciĂłn que burbujea en sus venas lo hicieron guiñar un ojo, besar y sonreĂr.
Se paró frente a la puerta, la cåmara giró y, después de unos segundos, escuchó un sonido. La puerta se abrió y Sungwo le dijo que siguiera moviéndose.
Otro corredor, otro grupo de reclusos, pero estos no eran del tipo amigable. Gritaron amenazas, atravesaron sus jaulas para alcanzarlo, las fosas nasales se dilataron y gruñeron entre dientes. Incluso en las cårceles de alta seguridad nacieron las rivalidades, cada corredor de internos despreciaba al siguiente corredor de internos.
Los guardias no detuvieron los brazos que lo alcanzaban. Era culpa de Jeongguk si se acercaba demasiado.
âVoy a aplastar esa cara bonita tuya.
Jeongguk se detuvo frente a la celda del recluso y levantĂł la ceja.
Jung Dongyo, boxeador semiprofesional que matĂł a su entrenador y a la novia de su entrenador, esta Ășltima, de un solo puñetazo.
Jeongguk no habĂa leĂdo sobre Ă©l ni habĂa visto su informe, pero los rumores de otros reclusos viajaban de celda en celda.
Si Dongyo balancea su puño, retrocede råpidamente.
âGracias por llamarme bonito, pero no eres mi tipo.
âUn dĂa te voy a follar la cara.
âComo dije, no eres mi tipo.
âJeongguk. âAdvirtiĂł Kijung. âSĂłlo sigue caminando.
Otra parada de cĂĄmara, otro grupo de cerraduras de alta resistencia. El siguiente corredor no tenĂa celdas, era largo, pintado de blanco, de aspecto casi clĂnico. Jeongguk se dirigĂa hacia la puerta del fondo, la que conducĂa a la sala de visitas.
Solo podĂa ver a Jimin a travĂ©s de una gruesa lĂĄmina de plĂĄstico.
La voz de Jimin siempre sonaba distorsionada, amortiguada cuando llegaba por los altavoces. No podĂa oler a Jimin, ni alcanzarlo y tocarlo, pero era mejor que no verlo.
Jeongguk sabĂa que Jimin podĂa detenerse en cualquier momento, eso era lo que sus colegas querĂan que Ă©l hiciera, sus amigos, su terapeuta, pero tenĂan una conexiĂłn innegable, un apego mutuo y eso lo mantenĂa llegando a la prisiĂłn y, joder, Jeongguk necesitaba eso.
Se sentĂł en la silla y observĂł la puerta al otro lado de la barrera de plĂĄstico. Este era el momento por el que estaba mĂĄs emocionado. Solo durĂł una fracciĂłn de segundo, pero cada vez que Jimin abrĂa la puerta, Jeongguk lo atrapaba. La mirada en el rostro de Jimin. La misma emociĂłn, anticipaciĂłn y felicidad que sintiĂł, pero expresada por la gran sonrisa de Jimin y sus brillantes ojos.
Jimin querĂa verlo, un monstruo. De hecho, lo esperaba con ansias, tanto como Jeongguk esperaba ver a su urraca.
Le dolĂan los brazos por estar esposado a la espalda, los hombros sobresalĂan hacia adelante y las manos le parecĂan frĂas, como si las esposas estuvieran demasiado apretadas, y su circulaciĂłn sanguĂnea se estaba cerrando, pero no le importĂł.
Este era el momento que habĂa estado esperando toda la semana, y allĂ estaba. La puerta se abriĂł. Jeongguk se inclinĂł expectante.
La boca de Jimin se torciĂł, como si estuviera tratando muy duro de contener una sonrisa alegre. Sus ojos rasgados, sus mejillas sonrojadas, y finalmente su suave risa. Jeongguk tambiĂ©n se rio, un sonido de aliento de alivio, felicidad, no tenĂa idea de lo que era, pero cuando se vieron, ambos se pusieron nerviosos, ambos se pusieron rojos en la cara y se rieron.
Fue completamente estĂșpido.
âQuĂ© casualidad verte por aquĂ. âDijo Jimin.
âQuĂ© gracioso de tu parte.
âLo estoy intentando.
âLo sĂ©, por eso es tan trĂĄgico.
Jimin sacudiĂł la cabeza y se sentĂł. LanzĂł una mirada a Sungwo y Kijung, pero no les dijo nada. Jeongguk apuntĂł su barbilla hacia Jimin.
âMe gusta el cabello.
Jimin se echĂł a reĂr y se pasĂł la mano por los mechones reciĂ©n recortados.
âGracias.
âÂżLo hiciste tĂș mismo?
Jimin entrecerrĂł los ojos.
âNo.
âOhâŠ
âEres un imbĂ©cil.
âDije que se veĂa bien, Âżno?
âEl tuyo se ve salvaje.
âTengo que hacerlo yo mismo hoy en dĂa.
Jimin tragĂł saliva y se dio la vuelta.
âÂżTienes un periĂłdico?
âNo vendrĂa sin uno.
Jimin lo dejĂł sobre la mesa. HojeĂł hasta encontrar la pĂĄgina del rompecabezas, luego deslizĂł el crucigrama lo mĂĄs cerca posible de la barrera de plĂĄstico.
âOh, hay uno travieso hoy... âdijo Jeongguk. Se sentĂa juguetĂłn.
Jimin frunciĂł el ceño y estudiĂł las pistas. Ninguno de ellos era considerado travieso, pero nunca completaron el crucigrama como se suponĂa que debĂa hacerse de todos modos.
âNo veoâŠ
âÂżQuĂ© pasa con este? âDijo Jeongguk. âMĂĄs de lo que quiero, cinco letras...
âAnhelo...
Jeongguk sonriĂł.
âCinco letras... ÂżHas olvidado cĂłmo funcionan los crucigramas? Solo ha pasado una semana.
Jimin entrecerrĂł sus ojos marrones y la piel se apretĂł en la parte superior de su nariz.
âDeseo. âDijo Jimin.
Jeongguk asintió, lamiéndose los labios.
âAsĂ es.
âEstĂĄ bien... ÂżquĂ© tal esto? Fuerte afecto, seis letras.
âNo es amor entonces.
Las mejillas de Jimin estallaron con pigmento rojo, y él fingió estudiar las pistas de crucigramas, las inexistentes.
âPasiĂłn. âDijo Jeongguk.
Jeongguk vio la inclinaciĂłn de la sonrisa de Jimin. EscribiĂł las letras en algunos cuadros al azar, luego asintiĂł.
âSĂ, eso es.
âAquĂ hay una buena. El acto de sofocaciĂłn al restringir el flujo de aire, a algunos les parece placentero, siete letras.
âAsfixia...
Jeongguk mirĂł el cuello de Jimin y moviĂł los dedos. RecordĂł haber apretado su mano alrededor de la garganta de Jimin, sus ojos se habĂan vuelto hacia atrĂĄs, su cuerpo relajado, todo excepto el agujero caliente en el que Jeongguk estaba metiĂ©ndose. Y se apretĂł cuando el orgasmo de Jimin golpeĂł, estrujando su orgasmo de su polla en pulsos. Se estaba poniendo caliente y duro pensando en eso, y por cierto Jimin estaba inquieto al otro lado de la barrera, Ă©l tambiĂ©n.
211 dĂas desde la Ășltima vez que tuvo sexo.
Pero con horas para matar en su celda, a veces la mejor manera de gastarlo era recordando a Jimin y a Ă©l mismo en la granja. La Ășltima semana, apenas se mantuvieron alejados el uno del otro.
HabĂa sido un caso de comer, dormir, tener sexo y repetir, pero el monstruo en su cabeza habĂa estado al acecho, impaciente.
âÂżQuĂ© tipo de crucigrama es este? âKijung preguntĂł. Jeongguk parpadeĂł fuera de su bruma lujuriosa y mirĂł a Kijung.
âEs la... la ediciĂłn de San ValentĂnâ. Jimin dijo.
âÂżDĂa de San ValentĂn? Eso fue hace una semana.
âSĂ, obtuve esto de la papelera en el trabajo.
Jeongguk levantĂł las cejas.
âOh, muchas gracias, ni siquiera valgo una copia reciente.
âLa asfixia no es placenteraâ. Dijo Kijung. Jeongguk se dio la vuelta.
âÂżLo has probado?
âEs enfermo y retorcido.
âNo, âdijo Jeongguk, âLo estĂĄs haciendo todo mal si te estĂĄs retorciendo.
âEres un animal, Jeongguk.
âPrefiero monstruo.
âÂżCrees que esto es divertido?
Jeongguk podĂa decir por el movimiento de los ojos de Jimin que Kijung estaba hablando con Jimin, no con Ă©l.
âBromeando sobre la asfixia, asĂ es como los matĂł, Âżverdad? Los estrangulĂł, incluso viste a las vĂctimas despuĂ©s de que terminĂł con ellos, y ahora te estĂĄs riendo de eso.
âNo me estoy riendo de eso.
âEso parece. El hecho de que vengas aquĂ parece que crees que su crimen fue una broma, no grave, no devastador para las personas directamente involucradas y para todo el paĂs que estuvieron aterrorizados durante meses.
Jimin apretĂł y relajĂł su mano sobre la mesa. El gesto no era amenazante, sino relacionado con el estrĂ©s. Cada vez que Jimin se sentĂa incĂłmodo, comenzaba la extraña rutina, poniĂ©ndose a tierra, controlando sus emociones. Jeongguk se preguntĂł si era algo que su terapeuta le habĂa enseñado, o si simplemente comenzĂł a hacerlo solo. De cualquier manera, hizo los extraños movimientos con la mano mientras sus ojos se volvĂan cada vez mĂĄs distantes.
âEstoy aquĂ para ver a Jeongguk, no al Asesino de la Cuenta Regresiva.
âSon la misma persona de mierda.
âSuficiente. âDijo Sungwo.
âPeroâŠ
âSĂ, escucha a tu superiorâ. Jeongguk murmurĂł.
âĂl no es mi superior.
âEn inteligencia lo es. No estĂĄs realmente enojado con Jimin, solo te estĂĄs desquitando con Ă©l. SĂ© por quĂ© estĂĄs enojado...
âÂżDe quĂ© diablos estĂĄs hablando?
âMetro sesenta, cabello rubio, usa tacones altos y lĂĄpiz labial.
âNo traigas a Aring a esto.
âY ahĂ estĂĄ, la raĂz de toda ira y frustraciĂłn.
Jimin frunció el ceño.
âÂżTodavĂa estĂĄs viendo a Aring?
Jeongguk hablĂł sobre su hombro.
âSĂ, ella sigue retrasando la fecha de publicaciĂłn. Parece que no puede alejarse de mĂ.
Sonrió cuando escuchó pasos detrås de él, Kijung se apresuró hacia adelante solo para ser detenido por Sungwo.
âKijung cĂĄlmateâ. Sungwo se aclarĂł la garganta y luego hablĂł con Jeongguk. âEso es suficiente ahora. ContinĂșa con tu visita.
Jimin pareció darse cuenta de que estaba moviendo las manos y las dejó sobre el periódico. Miró hacia abajo señalando el crucigrama.
âÂżDebemos?
âSĂ, debemos.
Ăl tarareĂł, estudiando las pistas de verdad.
âPersona perezosa, cuatro letras.
âAh, sĂ... Kijung es definitivamente uno de esos...
Jimin no hizo ningĂșn comentario, tambiĂ©n habĂa descubierto la pista y escribiĂł vago en los cuadros correctos.
Jeongguk se inclinĂł lo mĂĄs cerca que pudo de la barrera.
âEspera. En realidad. EstĂșpido y torpe, siete letras... eso es lo que es Kijung.
âTe lo advierto Jeonggukâ. Kijung gruñó.
âZoquete. âJimin dijo, llenĂĄndolo.
âEspera, espera. Kijung es... âJeongguk empez, con una sonrisa.
Kijung se acercĂł.
âCierra tu maldita boca, Jeongguk.
Sungwo se interpuso antes de que pudiera llegar a él.
Jeongguk mirĂł por encima del hombro y vio a Kijung desinflarse. Ăl sonriĂł, pero Jimin le dirigiĂł una mirada muy poco impresionada.
âÂżQuĂ©?
âVoy a guardar el crucigrama para que no termines en problemas.
âAguafiestas.
Jimin sonriĂł.
âTĂș eres terrible.
Jeongguk levantĂł las cejas y mirĂł a Jimin. La mirada que decĂa: â Lo sĂ©, pero de todos modos me amas, ây la respuesta fue que Jimin se sonrojĂł y le dirigiĂł una sonrisa tĂmida. Estaba flexionando su mano sobre la mesa, mĂĄs rĂĄpido que antes.
A veces Jeongguk querĂa desentrañar la cabeza de Jimin por completo, ver quĂ© estaba pasando allĂ, analizar el daño que habĂa hecho. SabĂa cĂłmo provocarlo, sacarlo a la superficie, y lo hizo cuando murmurĂł las promesas de sobre su escape.
âSolo espera hasta que salga de aquĂ...
Sus palabras nunca fallaron en obtener una reacciĂłn. No verbal ni fĂsica, a menos que estuvieras enfocado en Jimin con intensidad lĂĄser. Sus emociones se desarrollaron en sus ojos. La leve emociĂłn, las brasas de esperanza en sus ojos marrones antes de que se enfriaran, y la firme determinaciĂłn se hizo cargo.
Jimin fue reemplazado por el detective.
HabĂa cuatro de ellos en su relaciĂłn desordenada. El monstruo, el detective, Jimin y Jeongguk, y los cuatro cambiaban constantemente e interactuaron.
Jimin, el detective, finalmente susurrĂł:
âTĂș perteneces aquĂ.
Jeongguk sonriĂł.
Jugar con la moral raĂda de Jimin era fascinante de ver.
[â]
Cuando regresĂł a su celda, la cuenta regresiva en su cabeza se reiniciĂł. Otros siete dĂas hasta que volviĂł a ver a Jimin. Siete dĂas dolorosamente lentos de acostarse en su cama, atrapado en el pasado.
Se hizo cargo de su mente. Pensó en su vida familiar, su educación, sus padres. Recuerdos al azar surgieron cuando menos lo esperaba, y se quedaron en él.
Cuando el presente inevitable interrumpiĂł sus pensamientos, lo odiĂł. El presente era veneno, lleno del deseo inalcanzable de escapar, pero aĂșn peor que eso era dormir.
Las pesadillas.
Jeongguk mirĂł alrededor de su celda, luego se desplomĂł sin gracia sobre la cama. 211 dĂas desde que las esposas se habĂan cerrado en sus muñecas por primera vez, y desde entonces habĂa estado pensando en escapar, pero parecĂa imposible en la prisiĂłn de mĂĄxima seguridad.