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Permíteme presentarte un lugar.
En las regiones más remotas e inexploradas del mundo, donde incluso los manuscritos más antiguos y sabios apenas mencionan su nombre con respetuosa veneración, se encuentra un pueblo conocido como La Alborada.
Este enclave trasciende la concepción de un simple asentamiento terrenal, ni siquiera puede catalogarse como un típico reino de fantasía.
Se erige, más bien, como un santuario donde la magia no se expresa a través de espectáculos teatrales con varitas y hechizos llamativos, sino que se manifiesta como una sutil sinfonía de la propia existencia: una comunión sagrada con la naturaleza que únicamente puede ser canalizada por aquellos de linaje real.
La existencia en ese pequeño refugio del mundo se despliega como un tejido, con mera sencillez.
Allí, la modernidad se siente como un extraño, un visitante sin lugar ni arraigo.
Las calles empedradas, marcadas y desgastadas por el paso de innumerables años, resuenan con el constante ritmo de las carrozas tiradas por caballos, que aún son el principal medio de transporte. Detalle que confiere a la rutina diaria un encanto único, una simplicidad que parece suspendida en el tiempo.
Pero si hasta ahora no has sentido la curiosidad despertar, entonces debes enfocarte en su rasgo más impresionante: su entorno natural vibrante y envolvente.
Al posar los pies descalzos sobre el pasto, se experimenta un silencioso abrazo, un despertar profundo de raíces dormidas que parecen brotar desde la piel misma.
Más nada puede igualar la majestuosidad de las jacarandas.
Cuando llega su temporada, el pueblo se cubre con un manto púrpura. Cada pétalo que cae es un suspiro del tiempo, una suave caricia con un aroma dulce y embriagador, casi mágico, que invita a detenerse y escuchar.
Pero su belleza no es solo un espectáculo para los ojos ni un deleite para el olfato.
En La Alborada, estas flores son mucho más: son el símbolo vivo de un amor que ha marcado a toda la comunidad, un tesoro que los habitantes guardan con cariño.
Es esa historia, tejida entre flores, ramas y susurros, la que da vida a esta historia, la que poco a poco comienza a desplegarse bajo el cielo púrpura de las jacarandas y algo más.
Durante los días estivales, cuando el pueblo brilla en todo su esplendor, bajo un sol radiante que inunda el cielo con su luz generosa, y acariciado por una brisa suave que transporta el dulce aroma de las jacarandas en plena floración, el ambiente se envuelve en serenidad.
Las jornadas transcurren con una temperatura agradable que evita cualquier sensación de agobio, mientras que las noches despliegan su frescura acompañadas de un firmamento estrellado, semejante a joyas brillantes.
La flora es un espectáculo fascinante de diversidad y matices cromáticos que va más allá de las omnipresentes jacarandas.
En ese escenario, se revela un cosmos de plantas, flores y hongos que enriquecen el paisaje del pueblo con sutileza.
Las higueras extienden su sombra acogedora, ofreciendo frutos dulces. Los sauces, con sus ramas largas y danzantes, rozan suavemente las orillas de los arroyos, como dedos que acarician el agua. En los campos, las margaritas silvestres brotan en un mar de blancura que se extiende con la llegada de la primavera.
Entre ellos, pequeñas flores de azucenas emergen tímidas, sus pétalos como susurros de seda, mientras que los lirios silvestres, con sus tonos violetas, parecen pinceladas de un artista invisible.
En rincones sombríos, los hongos despliegan su magia: las amanitas, con sus sombreros rojos salpicados de lunares blancos, son faroles para criaturas diminutas, y las pequeñas setas que brotan en grupos, semejan diminutas sombrillas que protegen habitantes secretos de la tierra.
No se puede dejar de lado el esplendor de su fauna.
Desde los elegantes venados que se deslizan con suavidad entre los bosques, hasta las aves de plumajes vibrantes que pintan el cielo con sus cantos.
En las copas de los árboles, las ardillas juguetean como pequeños bailarines de terciopelo, mientras que los ciervos de cola blanca parecen destellos fugaces que atraviesan el paisaje si te ganas su confianza.
El aire se llena del zumbido insaciable de las abejas, esas pequeñas arquitectas doradas que danzan entre las flores. Las libélulas, con sus alas translúcidas, atraviesan el espacio como destellos de cristal, mientras las mariposas, delicadas como pétalos al viento, añaden fragilidad al entorno.
Incluso los escarabajos, con sus armaduras relucientes y obstinadas, recorren el suelo como pequeños caballeros de la tierra, y las luciérnagas, diminutas estrellas errantes, iluminan la penumbra con su tenue resplandor.
Cuando cae la noche, el bosque se envuelve en serenidad, acompañado por el canto profundo y melódico de los búhos, guardianes nocturnos muy juzgadores.
El invierno llega como un sueño. Aunque las temperaturas descienden, nunca alcanzan un frío que incomode.
La nieve cae, cubriendo el pueblo y transformándolo en un escenario de cuento de hadas.
En esta época, el pueblo se llena de vida y calidez humana.
Los niños, con risas contagiosas, moldean muñecos de nieve en las plazas y jardines, adornándolos con bufandas y ramas, mientras sus voces se mezclan con el crujir de la nieve bajo sus pies. A la vez, los adultos preparan en sus hogares chocolate caliente y bizcochos caseros, que luego reparten generosamente entre vecinos y amigos, fortaleciendo los lazos comunitarios.
Las noches invernales poseen un encanto especial; el cielo despejado y las luces del pueblo reflejadas en la nieve crean una atmósfera inigualable.
En cada hogar, las ventanas se iluminan con velas y guirnaldas, y en las calles se escucha cantar libremente a los pobladores. Todos celebran la llegada de un nuevo año, que parece prometer frutos aún más abundantes que el anterior.
La primavera despierta con suavidad tras el letargo del invierno, inundando el mundo con energía.
Las jacarandas, vestidas con sus delicados racimos violetas, bailan al ritmo de una brisa cálida que acaricia cada hoja, como un himno de bienvenida a la estación.
Los prados se vuelven vibrante, donde margaritas, azaleas y tulipanes se entrelazan en un mosaico de colores.
En este renacer, los árboles despliegan sus hojas jóvenes, como manos verdes que abrazan el cielo, mientras los girasoles giran sus rostros dorados siguiendo el sol, faros de luz en un mar de vida. Las orquídeas y violetas asoman tímidas entre el follaje, perfumando el aire. Los campos se llenan de mariposas.
Los habitantes del bosque emergen de su sueño invernal: los pájaros entonan melodías que se entrelazan con el zumbido de abejas laboriosas, que polinizan las flores. Los conejos saltan y saltan entre la hierba fresca, y los ciervos se asoman curiosos entre los árboles.
Cuando el otoño se presenta sobre el pueblo, la nostalgia se instala con delicadeza.
Los bosques se convierten en un océano de tonos rojizos, anaranjados y dorados, donde las hojas caen, danzando en el aire antes de posarse en la tierra. La luz del día se vuelve un abrazo dorado, como un suspiro de sol que acaricia cada rincón.
En esta estación, llega un merecido descanso: los árboles liberan sus hojas con elegancia, mientras los frutos maduros cuelgan para atraer a aves y pequeños mamíferos. Los animales, conscientes del cambio, almacenan provisiones y buscan refugios que los protejan del frío venidero, sus movimientos sigilosos entre la hojarasca parecen un ritual.
El clima se torna de contrastes suaves; las temperaturas descienden lentamente, y el aire se impregna del aroma fresco y húmedo del musgo y la tierra mojada.
Las lluvias otoñales, a menudo generosas, caen para despertar la vida oculta bajo el suelo. A veces, la lluvia se presenta en ráfagas, como un suspiro frustrado que limpia, mientras el viento, fresco y juguetón, mece las ramas y extiende nieblas que generan misterio.
La esencia de este lugar parece rozar la perfección, inspirando innumerables fábulas, mitos y relatos sobre secretos ocultos que aún esperan ser descubiertos.
Su reputación no siempre fue así; el esplendor actual es fruto del amor profundo que pronto será contado.
Aventureros de todos los rincones del mundo se lanzan hacia este destino, atraídos por el rumor de una eternidad que fluye como un río y una felicidad que se siente tan cercana como el latido del corazón.
La misma tierra susurra a sus hijos que solo aquellos que llevan la luz en su interior encontrarán cobijo bajo su cielo; los que caminan en sombras, en cambio, solo atraerán tormenta y oscuridad.
La Alborada es un jardín donde florecieron dos especies distintas, cuyas raíces se entrelazaron en un suelo compartido, aunque sus naturalezas parecían destinadas a crecer en mundos separados. Entre sus ramas, el viento les dio calma y tormenta, y en sus hojas se reflejaron tanto el brillo del amanecer como la penumbra del ocaso.
En ese espacio, las jacarandas emergieron silenciosas, sus flores púrpuras guardando la memoria de un encuentro que desafió ciclos.
Cada vez que sus pétalos caen sobre el camino, es como si el sol y la luna, en un breve paréntesis, se hubieran detenido para contemplar lo que pudo ser y lo que no llegó a ser del todo.
Así, La Alborada permanece, un legado donde la fragilidad y la fuerza coexisten.
𖤓͜͡
En el corazón del invierno, nuestro relato vio la luz, en un escenario donde el aire gélido presagiaba grandeza.
Los valles, vestidos como príncipes coronados de nieve, ofreciendo el marco ideal para el surgimiento de algo nuevo.
El frío abrazaba la tierra, mientras el silencio se posaba suavemente sobre los bosques dormidos.
En medio de esa quietud, brotó una chispa: un inicio.
Ni en sueños ni en la vigilia más clara podría la mente anticipar que, en medio de ese frío, nacería una llama, pequeña pero ardiente, capaz de derretir lo que parecía inalcanzable.
No era solo una llama, ni una chispa tímida en medio de la nieve; era un fuego que crecía con cada latido, un amor que se enredaba en el alma.
Un sentimiento tan intenso y vibrante que parecía capaz de hacer temblar incluso el mundo más desolado.
Tres pares de ojos se cruzaban con una complicidad silenciosa, cada uno urdiendo meticulosamente sus propias estrategias para acechar a sus rivales. Aquella contienda trascendía la mera confrontación; era un juego de astucia donde no solo se definían vencedores y derrotados, sino también la inteligencia y el temple de cada participante.
—Vayamos al grano —rompió finalmente el silencio denso que envolvía la habitación—. Señora, durante meses ha insistido con urgencia en reunirse con mi padre y conmigo. Dígame, ¿es cierto?
Ella bajó la mirada, como si el peso de esa pregunta la hiciera encorvarse un poco más.
—Sí... es cierto —respondió, sintiendo cómo las miradas se posaban en ella, haciendo que cada palabra le costara el doble
—¿Entonces por qué no dice nada? —sus dedos masajeaban con suavidad su ceño fruncido, consciente de que a su edad esas líneas podrían marcarse más de lo deseado—. ¿Entiende a lo que me refiero? ¿No le parece extraño que haya pedido este encuentro y que usted permanezca en silencio, como si el peso de sus palabras le pesara demasiado?
Ella levantó lentamente la mirada, sus ojos buscaron con admiración posarse en aquellos que le parecían tan cautivadores.
Con voz temblorosa, respondió:
—Perdone, príncipe Kim. Mi mente aún lucha por asimilar este instante. Temía que mi petición quedara en el olvido, y ahora, estando aquí frente a ustedes, todo parece irreal, como si estuviera atrapada en un sueño del que no quiero despertar.
—Supongo que dice la verdad —exhaló un suspiro que parecía arrastrar el peso de días agotadores. El roce frío de la taza de té entre sus manos no lograba calmar la fatiga que sentía; tratar con personas era, sin duda, lo que menos disfrutaba en la vida—. Pero, honestamente, todo esto me resulta extenuante. ¿Sabe cuántas tazas de té he consumido desde que usted llegó? Tres. Y usted, ¿cuántas palabras ha dedicado al supuesto asunto que, según dice, beneficiaría a su familia y a la mía? ¿Cero? ¿Eso estaría bien decir?
La mujer, visiblemente nerviosa, apenas podía sostener la mirada. Frente a ella estaba el hombre que había amado en silencio durante años, y cada palabra suya le acariciaba el alma.
A los ojos del rey, la señora parecía afectada por la dureza con la que su hijo hablaba, por lo que intervino, con la esperanza de que él mostrara al menos un poco de amabilidad.
—Hijo, respira hondo y tómalo con calma —posó su mano con suavidad sobre el hombro de su hijo—. Si la presionamos demasiado, solo conseguiremos que se cierre aún más. Además, sabes bien que este encuentro no será breve.
Taehyung dirigió su mirada hacia ella, una mujer envuelta en harapos raídos, cuyos ojos parecían esconder algo.
No era la imagen que uno esperaría de alguien con una historia profunda, pero él sabía, que la verdadera humildad no se mide por la apariencia. En su mente, ella era solo una pueblerina más, una sombra más entre el bullicio del pueblo, alguien que no merecía su atención.
No recordaba haberla visto antes, y si alguien le asegurara que se habían cruzado varias veces, probablemente lo negaría.
Taehyung no era de los que se detenían a observar a los demás, ni de los que guardaban recuerdos de rostros comunes. Pero para ella, cada encuentro había sido un pequeño acto de valentía, una esperanza que se aferraba a la posibilidad de ser vista, de ser reconocida.
Ella había tejido en su corazón la ilusión de que, quizás, un día sus caminos se cruzarían de verdad, que él notaría su presencia y que entre ellos podría surgir algo más que simples miradas fugaces.
Con el paso de los años, esa esperanza se fue desvaneciendo, hasta que un día, cansada y dolida, decidió rendirse.
—No quería que mi presencia fuera un estorbo —susurró, desviando la mirada hacia el rey, aunque sus ojos no podían evitar buscar también los del príncipe—. No es mi intención hacerles perder el tiempo, pero venir hasta aquí y hablar de lo que guardo en el pecho puede costarme mucho más de lo que imagino. No quiero que me malinterpreten...
Taehyung la observó, sus cejas fruncidas denotaban impaciencia.
—Tiempo perdido tenemos de sobra, señora —respondió con firmeza—. Eso no es lo que me preocupa. Lo que me inquieta es que sigue sin revelarnos nada. La incertidumbre es un veneno que no soporto, no me gusta —sus manos subieron a su propio rostro, frotándolo con desesperación, como si intentara borrar la tensión—. Si no quiere que mi paciencia se agote y ordene que la saquen de inmediato, que le prohíban el paso, hable. No me importa si es malentendida; lo que quiero es la verdad, sin rodeos.
La mujer estaba tan inmersa en sus propios pensamientos que, sin querer, desvió su atención del asunto principal para enfocarse en las palabras del alfa, en aquello que había dicho que no le gustaba.
Un dato nuevo.
—Taehyung —su padre pronunció su nombre con ese tono cansado y repetitivo, cargado de la paciencia agotada de quien ha corregido demasiadas veces los mismos errores.
Un intento de enderezar a su hijo.
—Lo siento —su voz se quebró, vacilante.
No sabía qué decir, ni cómo detener el tiempo que avanzaba demasiado rápido para su gusto. Quería aferrarse a esos segundos, prolongarlos, para poder observar al príncipe con la calma que su corazón pedía.
Taehyung, por su parte, sentía cómo la paciencia se le escapaba entre los dedos. Cada instante que ella desperdiciaba le parecía una ofensa.
Si dependiera de él, esa mujer ya habría cruzado la puerta y desaparecido en la calle, lejos de su vista.
—¿No piensa cooperar, verdad? —se levantó de su asiento, visiblemente molesto. No tenía intención de echarla a la fuerza, pero quería dejarle claro que podía hacerlo si quisiera—. Está bien, entonces ya no tiene nada que hacer aquí.
Al escuchar esas palabras, un temblor recorrió a la mujer. Sus manos, nerviosas, se entrelazaban y deshacían sobre su regazo. En su pecho, un peso insoportable la oprimía: saber que él se alejaría de su vida una vez más.
Ya eran demasiadas despedidas, demasiados adioses, y sentía que su corazón, cansado y frágil, no resistiría otro golpe.
—¡Levántese! —ni por un instante se planteó tocarla; la sola idea de que la piel ajena mancillara sus manos le provocaba una repulsión visceral, un escalofrío que le erizaba la nuca. Su poder, su dominio, se anclaban en la inflexibilidad de cada sílaba— ¿Acaso no me escucha? ¡Levántese ahora mismo!
Ella, con la mirada clavada en un punto invisible, sintió como sus labios se le tensaron. Y entonces, lo dijo:
—Hagamos un intercambio... entre usted y yo.
Esas palabras lo golpearon como el viento. En todos los años que llevaba siendo príncipe, había escuchado ofertas, súplicas, amenazas... pero nunca algo así. ¿Un intercambio? La idea resonó en su mente como una piedra arrojada a un estanque silencioso.
Dirigió la mirada hacia su padre, buscando alguna señal, algún gesto que le diera una pista sobre cómo responder. Pero el anciano permanecía inmóvil, observando la escena en silencio.
—¿Qué tipo de intercambio? —la pregunta salió de sus labios antes de que pudiera reflexionar sobre ella. La curiosidad era un sentimiento que había aprendido a desconfiar, pero esa mujer... esa pueblerina como había pensado despectivamente segundos antes, había logrado despertar algo en él que no le resultaba del todo aburrido—. Espero que sea algo que valga la pena —añadió, aunque su tono había perdido la dureza inicial—, porque mi paciencia tiene límites.
—Le prometo que valdrá la pena; solo le ruego que me escuche hasta el final —sus manos se alzaron con un gesto suplicante.
El rey, maestro en el arte de fingir ignorancia, ocultaba tras su mirada serena un conocimiento absoluto de la situación.
Sabía cada detalle, cada riesgo, y aun así estaba dispuesto a apoyar a la mujer con toda su influencia, decidido a que su hijo aceptara el intercambio, sin importar las dificultades que eso implicara.
—Como quiera, ya hable —dijo con hastío.
Le irritaba verla darle vueltas una y otra vez a lo mismo; si no fuera porque gozaba de buena salud, el coraje ya lo habría consumido.
—Este pueblo no es para mí —confesó—. Sueño con vivir en un lugar donde la gente tenga poder, donde se disfruten los privilegios que aquí no existen. He pensado en el barrio Laurel; es un sitio donde la elegancia se siente en cada esquina. No tienen todos los lujos, pero llevan una vida digna y tranquila. Quiero un guardarropa nuevo que refleje quién soy, y deseo que mi esposo encuentre un trabajo que le exija muchas horas, pero que también le permita ganar lo suficiente.
—Ajá — sus ojos no dejaban de analizar cada palabra—. Supongo que usted espera que nosotros le brindemos esas comodidades, ¿no? Sueños vacíos, eso es lo que escucho en su voz; algo sin sustancia, nada que realmente me impresione. Pero dígame, si ese es su plan, ¿qué gano yo en todo esto? ¿Qué me ofrece realmente?
Ella lo miró, sin perder la compostura, consciente del peso que tenían sus planes.
—El rey ya tiene sesenta y dos años —dijo con calma calculada—. Aunque su salud parece intacta y su imagen bien cuidada, el tiempo no perdona. Es momento de que descanse y que el trono pase a manos del príncipe. Y para que eso suceda, tengo justo lo que usted necesita.
El alfa sintió confusión cruzar por su rostro, una mueca que, para ella, resultaba irresistiblemente atractiva.
—Le ofrezco a mi hijo —confesó, dejando caer la oferta como una pieza clave.
—¿Perdón? —sus ojos se entrecerraron instintivamente, no por desconfianza, sino como un mecanismo de defensa ante lo que su corazón ya intuía. La propuesta de aquella mujer resonaba en su mente, y aunque cada fibra de su ser le gritaba que sospechara lo peor, se aferraba desesperadamente a la esperanza de estar equivocado—. Supongo que... supongo que lo que busca es una oportunidad laboral para su hijo, ¿cierto? —cada sílaba era una lucha contra su propia conciencia—. Mire, aunque no estamos contratando en este momento, podríamos considerar... podríamos darle una oportunidad. Jardinería, quizás. Es trabajo honesto, tranquilo. Ganaría lo suficiente para mantenerse, para construir algo propio. Y quien sabe, tal vez con el tiempo...
Se detuvo. No podía terminar la frase porque su garganta se había cerrado.
Los tres conocían la verdad, pero Taehyung se refugiaba en su propia negación, como un niño que cierra los ojos creyendo que así desaparecerá el monstruo.
La sola posibilidad de que una madre pudiera... No. Su mente se rebelaba contra esa idea. Era demasiado cruel, demasiado inhumana.
¿Cómo podía el amor maternal transformarse en algo tan retorcido?
—No, no es eso a lo que me refiero —respondió, negando lentamente con la cabeza, mientras una inesperada ternura teñía su voz—. Creí que lo entendería al instante, pero quizás no fui lo suficientemente clara ni directa. Lo que intento decir es que entrego a mi hijo en matrimonio con usted, para que el trono le pertenezca. Eso es lo que necesita para convertirse en el próximo rey.
Permaneció paralizado. Siempre había creído que su madre era una mujer cruel, pero al escuchar a esa señora ofrecer a su propio hijo por intereses materiales, sintió un nudo en el estómago.
¿Cómo podía una mente tan retorcida mirar con tanta indiferencia el sacrificio que le pedía?
—¿Esto... es una broma? —su mirada se clavó primero en su padre, y luego en la mujer frente a él. Una risa nerviosa, brotó de sus labios.
—¿Cree que estoy bromeando, príncipe? —nunca había estado tan segura de algo—. No pedí esta reunión para jugar. Lo que le digo, aunque suene sencillo, es la verdad que me trajo hasta aquí.
—No es sencillo; se equivoca al decir eso —susurró, girándose con lentitud para enfrentar a su padre, cuyos ojos fingían sorpresa—. Quiero entenderla, de verdad. Pero también necesito que me permita que usted me entienda a mí. ¿Podemos intentarlo?
Ella asintió, apenas. Tenerlo tan cerca, sentir su presencia, era un privilegio que la hacía temblar por dentro.
—Cuénteme, sobre su hijo —añadió, sin ocultar el interés por conocer más sobre aquel joven—. ¿No cree que debería tener al menos algo de información sobre él?
—Tiene razón, al fin y al cabo, es un completo desconocido para usted.
—Exactamente, entonces, adelante.
—Él es un omega que, sin exagerar, posee una belleza que trasciende cualquier descripción. Por esa razón, lo he protegido con sumo cuidado, consciente de que cualquier alfa desearía tenerlo a su lado, y eso es algo que no puedo permitir —sus palabras, aunque cuidadosamente ensayadas, mezclaban verdad y falsedad; se esforzaba por proyectar la imagen de una madre responsable—. Es un joven muy obediente, dócil y talentoso, a pesar de apenas tener veinte años...
—Un momento, un momento —la interrumpió bruscamente al escuchar la edad del joven—. ¿Me está diciendo que pretende unir en matrimonio a un muchacho de veinte años con un hombre de cuarenta? ¿En serio? Dígame, ¿de verdad le parece adecuado lo que quiere hacer? Es un joven que aún está en plena juventud, necesita vivir y experimentar todo lo que pueda, no asumir responsabilidades propias de un adulto.
—Él ya es un adulto, no un niño —replicó con fastidio—. ¿Por qué insiste tanto en la edad? Son solo números, nada más... Tal vez si viera a mi hijo en persona, entendería todo. Es joven, alguien que usted podría moldear a su manera.
—Eso es enfermizo —respondió, casi al borde de la incredulidad—. ¿Está escuchando lo que dice? Está hablando de su propio hijo. ¿Cómo espera que yo moldee a un adolescente? ¿Acaso voy a ser su padre? No, olvídelo. No habrá ningún trato.
Aunque esas palabras la ilusionaron, la realidad era mucho más amarga.
Ella había soñado con construir una vida junto al príncipe, con hijos; un sueño que guardaba en lo más profundo de su ser.
El príncipe jamás la vio realmente, ni le dedicó una mirada de interés o afecto. Esa indiferencia la hirió, obligándola a aceptar un destino distinto: se unió en matrimonio con otro hombre, con quien tuvo un hijo. Ahora, ese hijo era la última oportunidad para que el amor que ella nunca pudo alcanzar con el príncipe pudiera, al menos, vivir a través de él.
Por eso, con resignación, deseaba que su hijo se casara con aquel que había sido, y aún seguía siendo, el amor de su vida
La mujer y el rey se miraron con complicidad.
Esa no era la respuesta que esperaban. Necesitaban que Taehyung aceptara.
—Piénselo desde un lugar más íntimo —la mujer se levantó de su asiento—. Es joven, bonito y puro... Sería el primer hombre en su vida. Solo piénselo...
—¿Qué está diciendo? —su voz estalló, un grito—. Me está ofreciendo a su hijo, no a una prostituta. ¿Cómo puede una madre exponer así a su propio hijo? ¿Y qué clase de persona cree que soy para pensar que voy a aceptar su intercambio solo por eso? No estoy necesitando encuentros sexuales, si eso es lo que cree.
—Puede decir lo que quiera, pero al final, usted es un alfa, y sé que no podrá evitar caer rendido ante los encantos de un omega, sobre todo si es mi hijo. Mire, en este pueblo es casi un milagro encontrar omegas varones; ¿cuántos hay realmente? ¿Dos, tal vez? Mi hijo no es cualquier omega, es un ángel, alguien que no traerá problemas a su vida. Usted necesita a alguien que conserve esa pureza, esa inocencia que solo se encuentra en quienes aún son vírgenes en este pueblo, y a estas alturas, ¿quién más queda? ¿Acaso conoce a alguien que reúna esas cualidades? Mi hijo cumple con todo lo que se espera para un matrimonio.
—¿Y a mí qué me importa? —sus palabras salieron cargadas de cansancio—. Si él está listo para casarse, que lo haga con quien quiera, pero no conmigo. Este pueblo está lleno de alfas que, sin duda, aceptarán su oferta sin cuestionar. Pero yo... yo no puedo. No así.
—¿Cree que esos hombres le darán la vida que mi hijo merece? Soy una mujer humilde, como lo es mi esposo. Tememos que esos alfas, solo se aprovechen de su inocencia, que lo corrompan poco a poco. ¿Sabe? Una vez vino un hombre a pedir la mano de mi hijo. Me negué. Días después, supe la verdad: lo quería para explotarlo en un burdel. ¿Ahora entiende por qué prefiero que se quede con usted?
Ya no podía soportarlo.
Cada palabra que escuchaba le calaba hondo. Al despertar esa mañana, jamás imaginó que su día sería tan abrupto. La información que había recibido le había dejado un sabor amargo en la boca.
Cuando por fin reunió fuerzas para hablar, la voz de su padre lo cortó en seco.
—Señora, su petición es muy arriesgada —trató de sonar calmado, aunque sus palabras tenían una mentira que no podía ocultar—. Estamos hablando de mi hijo y de su hijo, de alguien que lleva una vida completamente distinta a la nuestra. Sí, estoy cansado, y sueño con pasar mis últimos años de vida en tranquilidad, junto a mi esposa. Pero si él no está listo para casarse, no puedo obligarlo. Lo que realmente me preocupa es la seguridad de su hijo. No creo que esté a salvo en sus manos, señora. Los omegas hombres son muy codiciados, y aquí, con nosotros, al menos estaría protegido. Pero la decisión debe ser de mi hijo. Yo no puedo ni debo decidir por él, ni forzarlo a nada.
Una sensación de pequeñez lo invadió, como si estuviera atrapado en un tira y afloja entre lo que quería y lo que creía que debía hacer.
Las palabras de su padre, tan estratégicamente dichas, lograron manipular su mente; por primera vez sintió que estaba de su lado, que no lo estaba forzando.
Ese aparente apoyo le generó una deuda, un peso que lo llevó a convencerse a sí mismo de que quizá aceptar ese matrimonio no sería tan terrible.
Con un nudo en la garganta, cuestionó:
—¿Su hijo está de acuerdo en casarse conmigo, señora? —dudó de su propio juicio—. Lo digo porque, así como esta petición me cuesta aceptar a mí, para él también puede ser difícil. Y si llegara a aceptar esta unión, no quisiera que surgieran conflictos entre nosotros.
—No sabe nada de todo esto —murmuró, desviando la mirada con una sonrisa apenas contenida, esa que delataba la felicidad que se esforzaba por ocultar—. ¿Para qué ilusionarlo diciéndole que tal vez podría casarse, si usted iba a negarse desde un principio? Quizá no me crea, pero es un joven muy dócil, y él aceptará la decisión. La educación que le he brindado ha moldeado ese carácter. No habrá ningún drama, si eso es lo que le preocupa.
Por un instante, vaciló.
—¿A qué se dedica su hijo? —preguntó, sin entender del todo por qué le importaba tanto—. Me preocupa que un cambio tan grande en su vida pueda alterar su rutina y afectarle.
—Su rutina es sencilla: permanece en casa durante todo el día. El pueblo representa un peligro para él, por lo que solo sale conmigo cuando vamos al mercado a vender. Además, es un excelente cocinero, y quiero dejar claro que eso no fue algo que yo le haya impuesto; desde niño siempre mostró un interés genuino por aprender a cocinar.
—No tenía muchas opciones, de todas formas —dijo, rascándose la nuca con cierta indecisión—. Estar encerrado sin contacto social hace que uno busque alguna distracción... —hizo una pausa, mirando hacia otro lado—. Bueno, yo ya he tomado mi decisión.
—Y aun así, me hizo creer, aunque fuera por un instante, que tal vez aceptaría mi oferta. Es como si me hubiera tendido una trampa. Lo mejor será que me retire....
Sus manos, se crisparon con fuerza a sus costados.
—Si me dejara hablar, sin interrumpir con suposiciones, entendería. No puedo prometer nada, ni siquiera quiero decir que sí. Pero... —hizo una pausa—, porque me importa el futuro de su hijo, aceptaré su propuesta. Pero esto es irreversible. No hay marcha atrás. Lo que me pidió se le concederá, y nada más. No habrá más exigencias. ¿Lo entiende?
Se llevó ambas manos a la boca. Después de tantos años de rechazo, por fin él la había aceptado, aunque sus palabras no fueran directas ni dirigidas hacia ella, ese era su triunfo.
—Príncipe, no encuentro palabras para agradecerle... De verdad, no se arrepentirá.
—Supongo.
Su padre se acercó a él, ofreciéndole un abrazo que, aunque cálido en apariencia, resultaba frío y distante.
—Taehyung, has hecho lo correcto. Elegiste seguir lo que dicta tu corazón, ¿no es así? Jamás imaginé que aceptarías algo así, pero si esa es tu decisión, cuentas con mi apoyo. No te preocupes, me encargaré de todo lo que necesites para tu boda.
Permaneció en silencio, incapaz de pronunciar palabra alguna.
—Para nosotros no es necesaria una celebración ostentosa. Solo necesitamos que firmen el papeleo correspondiente; con eso bastará. Podríamos hacerlo el viernes, si están de acuerdo.
Alzó la mirada, con el ceño fruncido.
—¿Cuál es la urgencia, señora? Apenas he aceptado, y ya está fijando una fecha para un matrimonio que ni siquiera es suyo.
El rey tosió, buscando captar la atención de ambos.
—Mira, hijo, creo que ella tiene razón. Al final, esto no es más que un acuerdo, nada complicado ni especial. El viernes me parece un buen día. De hecho, mañana podríamos ir a su casa, así conocemos al joven y el resto de su familia nos ve como lo que seremos: una familia. ¿Qué te parece, Taehyung?
—Está bien. Mientras antes terminemos, mejor.
—Entonces mañana los esperamos en nuestra casa, en la Cerrada Magnolia, cerca de la biblioteca. Es una casa sencilla, con un buzón en el jardín.
Se despidieron con una reverencia, pero en cuanto la mujer desapareció de su vista, subiendo las escaleras, él se quedó quieto.
—Hijo... ¿Estás bien? Te noto apagado. ¿Crees que podrás cumplir con ese compromiso que aceptaste?
—No, no estoy bien. Lo acepté, aunque no es lo que quiero. Pero mi padre necesita un descanso, y ese joven... él merece un lugar seguro. ¿Quién más si no yo? A veces siento que soy el único capaz de cargar con los problemas de los demás. Pero lo haré, no te preocupes.
A medida que ascendía por las escaleras, su silueta se desvanecía de la vista.
Aunque invadido por el arrepentimiento, comprendía que lo único que le quedaba era asumir la responsabilidad de sus actos y decisiones.
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Un grito de felicidad escapó de sus labios, mezclado con risas, mientras giraba sin control, como si quisiera atrapar el aire que la rodeaba.
Durante años, había dirigido sus súplicas a la luna, rogándole una oportunidad, un instante para cruzar palabras con el príncipe que siempre había habitado sus sueños. Y ahora, por fin, se había materializado.
Esa felicidad no pasó inadvertida.
Desde la cocina, donde su esposo y su hijo compartían una cena sencilla —un trozo de pan y leche tibia—, la escucharon.
Sus miradas se alzaron, cargadas de sorpresa.
Su esposo, que la conocía como la palma de su mano, percibió de inmediato que algo había alterado su calma habitual, y su mente se llenó de preguntas. Algo no estaba bien.
Su hijo, por otro lado, intentó ocultarse tras la indiferencia, consciente de que cualquier mínima señal de desagrado en su madre podía desencadenar consecuencias difíciles de soportar.
Para él, ella no era solo su madre, sino su verdugo.
—No van a creerlo —susurró, con una sonrisa que iluminaba su rostro como un faro. Su esposo la observó, desconcertado, preguntándose cuándo había sido la última vez que la vio reír con tanta sinceridad—. Acabo de salvar nuestras vidas. Todo cambiará a partir de ahora, y es gracias a mí.
Él la miró fijamente, sintiendo cómo esa locura que la representaba era también parte de su encanto irrepetible. Con una sonrisa ladeada, tomó un bocado de su pan, sin apartar los ojos de ella.
—Cuéntame, ¿qué hiciste?
—He estado haciendo tantas cosas al mismo tiempo que, sorprendentemente, he conseguido bastante —se sentó junto a ellos, quitándo con brusquedad el trozo de pan que era de su hijo para empezar a comer—. Quiero que sepan algo: esta casa ya no será nuestra. Muy pronto, nos mudaremos a una de esas casas lujosas en el barrio Laurel.
Hizo una pausa, mirando a cada uno.
—¿Recuerdan ese viejo y desgastado guardarropa mío? Esa ropa que ya no me representa, que me recuerda a tiempos que quiero dejar atrás. Pues bien, también me encargué de renovarlo. Muy pronto, vestiré ropa que refleje la clase y el lugar al que pertenezco.
—T-todo eso... —titubeó, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. No sabía si debía preguntar cuánto les había costado todo eso, porque... bueno, no esperaba que viniera sin precio—. ¿Una casa nueva y ropa? No suena mal, pero... —se quedó en silencio.
—Y no creas que eso es todo. También te he conseguido un trabajo con un sueldo excelente. No te diré de qué se trata aún, pero confía en mí: esto nos permitirá dejar atrás esa miserable vida de salir a vender mermeladas en las calles —sus ojos se clavaron en su hijo con desprecio—. En cuanto a ti... también te conseguí algo. No porque lo merezcas, sino porque seré yo quien disfrute de todo lo que está por venir, y tú, no.
El joven tragó saliva, sintiendo cómo el miedo le atenazaba el pecho. Sabía bien que su madre era una mujer que sacrificaría hasta su propia alma por alcanzar el lujo y la apariencia.
—¿De qué se trata…?
—Te vas a casar —pronunció con ironía—. Logré que un alfa aceptara atar su vida a la tuya, pero no es un alfa cualquiera... Créeme, cuando sepas quién es, sentirás que el mundo se te viene encima. ¿Quieres saberlo?
—¿Casarme? —preguntó, sin poder ocultar el miedo—. ¿Con quién?
—Nada más y nada menos que con el príncipe Taehyung —se llevó una mano al pecho, donde su corazón latía desbocado—. Pasé horas... horas rogándoles, humillándome ante ellos hasta que finalmente... —hizo una pausa, respirando hondo— aceptaron mi propuesta.
Miró directamente a su hijo, y por un momento, algo se quebró en su expresión.
—Tú te casarás con él y serás parte de su familia, mientras yo finalmente tendré la vida que merezco. Después de todo lo que he sacrificado por ti, maldito mocoso.
—Si crees que voy a permitir que destruyas la vida de nuestro hijo por tu ambición, estás muy equivocada. No entiendo cómo lograste convencer al príncipe y al rey... es sorprendente, lo admito. Pero si Jungkook no quiere casarse con el príncipe, no lo hará. Punto.
Sus ojos se posaron en su hijo.
—Duérmelo —ordenó.
Se puso de pie y caminó hacia el perchero junto a la puerta, otorgándole el tiempo justo para que obedeciera.
Sabía exactamente lo que sucedería, esa inevitable cadena de consecuencias que no podía evitar.
Negarse solo habría empeorado todo. Levantó la mirada hacia su padre, cuyos ojos reflejaban confusión. Con un gesto casi mecánico, posó su mano sobre los párpados cansados del anciano. En ese instante, su padre se hundió en un sueño profundo.
Antes de que la cabeza del hombre cayera pesadamente sobre la mesa, la atrapó, sosteniéndola, la depositó suavemente sobre la superficie.
La mujer arrancó el cinturón del perchero, doblándolo con fuerza mientras se giraba, fija en el rostro pálido y aterrorizado de su hijo.
—¿Y bien? ¿Qué vas a decidir? ¿Le harás caso a tu padre y te negarás, o me obedecerás a mí y te casarás con el príncipe? —sus pasos eran lentos, calculados, conscientes del agarre desesperado de Jungkook en su asiento.
El cinturón pendía de su mano, una advertencia.
—Haré lo que me pides, madre —respondió con rapidez—. Me casaré con el príncipe.
—¿Ah, sí? —replicó con suspicacia—. ¿Debería creer que solo dijiste que sí para evitar un castigo? —Al fin junto a su hijo, que aún permanecía sentado, llevó su mano a su cabello y lo acarició suavemente—. Dime la verdad, hijo… ¿Me estás mintiendo solo para hacerme feliz?
—Jamás te mentiría —susurró con voz quebrada.
De pronto, sintió como los dedos de su madre sujetaron un mechón de su cabello. Un tirón violento que lo desestabilizó por completo. Antes de poder reaccionar, su rostro chocó contra la mesa con un estruendo sordo. El dolor se disparó en su mejilla, un ardor punzante que le robó el aliento y le cerró la garganta. Quiso gritar, pero no pudo.
—¿Me crees estúpida? Sé que mientes —continuó, sin soltar su cabello, apretando con fuerza como si quisiera arrancarlo de raíz.
De un tirón, lo obligó a ponerse de pie, su cuerpo temblaba, apenas podía sostenerse. Y sin aviso, lo lanzó al suelo con toda su fuerza.
El impacto resonó en sus huesos, un golpe seco que lo dejó sin aliento. Esta vez, el grito sí escapó de sus labios, un sonido desesperado que fue silenciado de inmediato cuando el cinturón de su madre se estrelló contra su boca, dejando un sabor amargo y un dolor punzante que lo hizo cerrar los ojos, derrotado.
Sus manos temblaban mientras iban a su boca, apretando con fuerza, intentando sofocar el dolor que ardía en su piel.
El sabor metálico de la sangre se mezclaba con su saliva.
—Te guste o no, te vas a casar con ese hombre. Quiero que desaparezcas de mi vida. Estoy harta de ti. Te odio.
Sin pensarlo, se lanzó sobre él, su cuerpo lo aplastó. Con una mano, atrapó su rostro, sus uñas arañaban la piel suave de sus mejillas, dejando marcas rojas que ardían como brasas.
Luego vino el primer puñetazo.
El rostro de su hijo se sacudió, su piel se hundió y el dolor explotó en cada nervio.
El rostro del omega se tornaba rojo, la sangre comenzaba a manar de sus labios partidos.
Pero no fue suficiente.
Golpe tras golpe, sus puños se estrellaron contra su rostro: cinco veces más, cada uno más brutal que el anterior. Su cuerpo se cansaba, pero su ira no daba tregua.
Hasta que sus ojos se posaron en el cuerpo inerte de su hijo, no hubo pausa en sus movimientos.
Se incorporó lentamente, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Exhaló un suspiro cargado de agotamiento físico.
No había arrepentimiento en su pecho; nunca lo había habido.
Con fuerza, tomó a Jungkook por las piernas y lo arrastró hacia una de las pocas ventanas que su hogar ofrecía, justo donde la luz plateada de la luna comenzaba a colarse tímidamente.
En ese instante, cuando la piel de Jungkook tocó la luz lunar, algo mágico sucedió: la luz fue absorbida por su cuerpo, reconociendo la necesidad de sanar. Cada rayo parecía infiltrarse en sus heridas, cosiendo lentamente tanto las marcas visibles como las que no podían verse.
Sabía que para el amanecer, su hijo estaría como nuevo, como si la noche hubiera borrado toda la violencia que lo acosaban día tras día. Solo el dolor físico, ese que ni la luz podía disipar quedaba como testigo. Aun así, al menos su cuerpo no mostraría las huellas de su sufrimiento.
—Yo debería haber sido tú. Yo merecía tener esos poderes. Si fuera así... sería yo la que estaría casada con el príncipe... Te odio tanto.
Sus lágrimas surcaron sus mejillas.
𖤓͜͡
Caminaba inquieto de un lado a otro, de aquí para allá y viceversa. Mientras lo hacía, mordía nerviosamente la uña diminuta de su pulgar, un hábito nervioso que intentaba calmar la ansiedad que le carcomía el pecho.
Odiaba esa sensación de impotencia, ese nudo en la garganta que le impedía respirar con calma. Si tan solo hubiera sido más fuerte, pensaba, no tendría que enfrentar la idea de un matrimonio.
Un punzante dolor comenzó a martillar en su cabeza, señal inequívoca de lo que estaba por venir.
Taehyung era como una moneda con dos caras: una amable y otra oscura.
No sabía cómo había surgido esa dualidad, solo recordaba que un día comprendió que en su cuerpo no habitaba solo él, sino también otro ser con pensamientos opuestos.
Cuando uno decía azul, el otro respondía rojo, y así se desataba el conflicto. No siempre era así; había momentos en que solo él tenía el control absoluto, pero cuando su otro yo emergía, el mando se volvía incierto.
En el mejor de los casos, Taehyung lograba sostener una conversación consigo mismo, intentando entender esa presencia que lo habitaba.
Pero había momentos en que su cuerpo se rebelaba, y la figura que todos reconocían se desvanecía, oscureciéndose hasta convertirse en una sombra que avanzaba con paso lento y firme por las calles desiertas. En esas ocasiones, si necesitaba desplazarse, simplemente se fundía con las sombras, desapareciendo sin dejar rastro.
Lo que más le aterraba no era solo esa transformación física, sino la naturaleza despiadada de ese otro yo.
Era un ser cruel, que no dudaba en remover a cualquiera que se atreviera a interponerse en su camino.
—¿Así que nos casamos? —su voz proyectaba ironía y reproche—. Le pusiste las cosas demasiado fáciles a esa señora... Lástima que estaba tan entretenido que olvidé que podía ayudarte.
—Eso no importa. Estoy seguro de que si seguía negandome, la culpa me haría ceder. Al final, mi padre terminaría obligándome. Pero... no entiendo. Me suplicaron en innumerables ocasiones que me casara, y sin embargo, jamás me propusieron a alguien para que fuera mi omega. Que ahora lo hayan hecho con este chico me parece muy extraño.
—A mí, en cambio, no —respondió con un bostezo, no por aburrimiento, sino porque su otro yo así lo decidía—. Al contrario, me parece bastante interesante. ¿Crees que debería asustarlo?
—No, no hagas eso. Espera hasta mañana; así tendremos tiempo de conocerlo, sin prisas.
—¿De verdad quieres esperar hasta mañana? —preguntó con voz atrevida—. ¿No te gustaría verlo, aunque sea un poco, ahora mismo?
Una de las pocas diferencias que los distinguía era que Taehyung solía analizar minuciosamente cada detalle, mientras que su otro yo se comportaba de forma impulsiva, impaciente y ligeramente huraña.
Según cuál de las dos personalidades estuviera al frente, sus acciones y el tono de su voz variaban de manera notable.
En realidad, resultaba sencillo diferenciarlos, aunque nadie tenía conocimiento.
—No quiero verlo —susurró, con cansancio—. Hoy ya fue demasiado. Más que eso... necesito distraerme, hacer algo que me saque de esta cabeza.
—¿Algo como qué? —preguntó, arqueando una ceja, esa expresión que siempre lo hacía parecer divertido y a la vez inquisitivo.
—Mañana vamos a la casa de ese chico —dijo, mordiéndose el labio—. ¿Crees que sería correcto llegar con las manos vacías? No, claro que no. Tengo que pensar en algo... algo que le guste a los omegas.
—Solo escúchate —soltó una risa que le hizo doler el estómago—. Te pasas negando la idea del matrimonio, pero aquí estás, preocupado por causar una buena impresión a un chico que ni siquiera conoces. Deja de engañarte, lo que realmente quieres es casarte. Y lo que te emociona, aunque no lo admitas, es la incertidumbre, ese misterio de no saber cómo es.
En el fondo sabía que no podía negarlo.
—Tal vez tengas razón —admitió—, pero hablo en serio cuando digo que quiero llegar con un detalle. No uno cualquiera, sino uno que me ayude a descubrir de verdad qué clase de persona es, más allá de las apariencias.
—Ya veo —respondió con una sonrisa ladeada—. Quieres ponerlo a prueba. Entonces, intenta esto: lleva una joya, la más grande y brillante que encuentres, y también una flor. Preséntale ambos regalos al mismo tiempo y observa cuál elige primero. Esa elección te dirá todo lo que necesitas saber.
—Eso no tiene lógica, no guarda relación alguna. Yo elegiría la joya porque me atraen las cosas brillantes, y eso no me convierte en una peor persona.
—No es solo una cuestión de gusto —respondió con calma—. Escoger la joya habla de alguien que se ve a sí mismo con confianza, que busca en el brillo un reflejo de su propia fuerza y seguridad. Rodearse de ese resplandor es una forma de afirmarse, de decir “así soy”. Pero elegir la flor… eso es otra historia. Es un acto de sensibilidad, de reconocer y valorar la belleza que muchos ignoran.
—Si tú lo dices —rodó los ojos—. Pero ya puedo apostar cuál será su elección, y te aseguro que no será la flor. Si la madre es tan materialista, no quiero imaginar cómo será su hijo; seguro igual o peor.
—Sí, sí, como quieras —dejó pasar el comentario sin darle importancia—. Mañana es tu gran día, el momento en que conocerás a tu prometido. Voy a intentar dar una buena impresión, aunque no sé si eso importe mucho.
—Olvídalo, no hagas que pase algo que pueda arruinarlo todo.
—Tendrá que aceptarte a ti, y también a mí. Más temprano que tarde, tendrá la oportunidad de conocerme. Y si no puede hacerlo, entonces simplemente lo dejamos atrás. No es tan complicado.
—Por eso siempre he evitado tener pareja... Porque sé que nadie aceptará a los dos juntos. Seguro que apenas te conozca, saldrá corriendo. Pero no tiene que ser ahora mismo; primero, intentemos descubrir más sobre él.
—¿Y si corre apenas se entere de nuestra edad? Aunque, si lo pienso bien, no estamos tan mal... Nuestra sangre es un regalo, ¿no? Nos mantiene con la piel y el cuerpo como en los mejores años de nuestra vida. Pero esas pequeñas canas en las patillas... esas pequeñas señales...
—¿Por qué tuviste que sacar a relucir la edad? Cada vez que lo pienso, siento que soy un monstruo... Que le daré asco. Y no solo a él, a mí mismo... Ya me doy asco —sus manos se aferraron a su cabeza con desesperación—. ¿Cómo se supone que debo aceptar esto? —pausó—. Pero tienes razón... aún no parezco un anciano. Tal vez no se asuste al principio... o tal vez sí.
—Deja de comportarte así. Usa tu edad como una ventaja, no como un obstáculo. Demuéstrale que sabes de muchas cosas, que tienes ideas propias. Él es un chico que apenas sale de su casa, que vive encerrado. ¿No crees que escuchar a alguien que habla con seguridad y conocimiento le resultará atractivo?
—¿Pero no sería aprovecharme de él? —preguntó—. Sé que tienes razón, y tal vez funcione… pero siento que, en vez de hacer que confíe en mí, terminará sintiéndose usado.
—Siente y piensa lo que quieras —susurró resignado—, pero si te lo digo es porque así es. No importa cómo lo veas, ahora ve a dormir. Necesitas descansar, ordenar ese caos de ideas que no solo te afectan a ti, sino también a mí.
—No harás nada extraño mientras duermo, ¿verdad?
Sabía que cuando caía la noche, su otro yo se liberaba con mayor facilidad.
A veces, incluso sin usar su cuerpo, su sombra se desprendía, y entonces cada uno tomaba el control de una parte de sí mismo.
—No, hoy no —respondió con indiferencia.
A veces ni él mismo recordaba cuándo era verdad o solo un acto. Con él, la certeza era un lujo que rara vez se permitía.
Se dejó caer sobre la cama, ese refugio que hasta ahora había estado vacío, un espacio que solo él habitaba con tranquilidad.
Su soledad estaba a punto de romperse, y no sabía si esa idea le acariciaba el alma o la atenazaba.
Sus párpados comenzaron a pesarle, lentamente se dejó llevar por la bruma del sueño. Y, finalmente, se entregó al descanso.
𖤓͜͡
El frío mordía su piel y el silencio cubría las calles.
Para él, ese era el momento perfecto. Se deslizaba de rincón en rincón, fundiéndose con las sombras que eran sus cómplices.
No solo conocía el pueblo, sino que lo sentía; cada callejón, cada esquina, cada atajo le hablaba en un lenguaje que solo el entendía. Era dueño de esa oscuridad, y ella le permitía moverse con libertad.
Sus ojos brillaban con una luz propia, mientras finalmente se detenía frente a aquella casa.
La observó con atención.
La luna, parecía posar su luz solo para esa vivienda, filtrándose con delicadeza a través de las grietas y ventanas. Ese resplandor le despertó curiosidad, un deseo de descubrir lo que se escondía tras esas paredes.
Sabía que las casas del pueblo no tenían velas ni luces para guiar el camino, y eso jugaba a su favor.
Con cuidado, bajo la puerta, tan estrecha que apenas podría pasar una hormiga diminuta se coló sin hacer ruido, dejando que sus ojos vieran cada detalle: la evidente pobreza, el desgaste de los muebles, la sencillez.
Nada captaba su atención hasta que divisó diminutas partículas plateadas suspendidas en el aire, formando un sendero que flotaba ante él. Al desplazarse e interactuar con aquella sustancia, notó cómo ésta se desvanecía.
Siguiendo el camino, arribó a donde la luz era tan intensa que le impedía aproximarse como hubiera deseado.
Eso no le impidió distinguir la figura de un joven tendido en el suelo, sumido en un sueño profundo, inconsciente del polvillo que danzaba a su alrededor. La piel del joven brillaba tanto que lo dejó completamente fascinado.
Extendió su mano, consciente de la debilidad que este acto le provocaría, tomó la del joven dormido.
Al instante, una descarga eléctrica recorrió su brazo hasta alcanzar su corazón. La sensación fue tan inesperada que retrocedió sobresaltado.
No lograba comprender cómo él, que siempre había rehuido del contacto físico, se había atrevido a tocarlo. Más desconcertante era que la experiencia, aunque electrizante, había resultado placentera.
La suavidad de aquella piel y el aroma indescifrable que emanaba de su cuerpo lo intrigaron.
Pensó que quizás al día siguiente, bajo la luz del sol y recuperado su estado normal, podría confirmar si aquella sensación al tacto era realmente tan agradable como recordaba, y tal vez identificar con mayor precisión aquel perfume.
Abandonó la residencia por el mismo lugar por donde había ingresado, deslizándose entre las sombras hasta llegar a su morada.
El encuentro entre ellos fue inesperadamente rápido.
Aunque la mente consciente de Taehyung no guardaría memoria de ese momento, su esencia jamás lo olvidaría ni permitiría que pasara desapercibido.