CAPITULO 1
En un lugar como este, de cuyo nombre es olvidado, estaba una gacela flaca y exhausta; llena de dolor a causa del esfuerzo realizado estos días a tras, -y por haberse esforzado tanto, de tal tamaño era, que se quedó con un gran asombro de lo dicho.
Esta, llena de aptitudes deportivas, sacudía febrilmente el rabo, para espantar a los chicos que al lado tenía,-peludo y de color gris-, se
asentaba en la parte trasera de éste, con lo cual impedía su movimiento trasero y lateral. Los deportes, aunque saludables y sanos pueden ser al menos algo arriesgados, en la consistencia de su desarrollo, y efímeros para quien no esta acostumbrado. Por ejemplo el de correr
instrumentalmente viene bien para huir del depredador, al que estamos acostumbrados, en tiempos difíciles, en nuestra coexistencia con otros, que también forman parte de nuestro capricho deportivo.
Como instrumento viene bien para la huida, pero esta actitud denota cobardía, esta que nos abruma e inunda. La velocidad es un parámetro
un poco confuso, ya que no se dispone de una métrica adecuada a cada concursante. Como una maratoniana carrera en la que no existe el inicio ni el fin, exprimiendo el esfuerzo a realizar para lograr una meta satisfactoria en su posible y afamado final.
Apearse al asfalto, y lanzarse a la aventura de correr, tras meses de preparación devota y ansiada para un fructífero resultado, acontecido en un día determinado para tal evento. Plausible y admirado por sus espectadores que allí concurren, alegres y contentos de su esfuerzo y
entrega, para deleite de todos.
Correr por senderos largos e infinitos, impetuosamente y sin acierto digno, promoviendo la vanagloria del interviniente en dicho movimiento. Aun así, con la ayuda de algún bastón y haciendo eslalon a
derecha e izquierda, impidiendo el choque con las rocas que por pulidas, se veían resbaladizas, acompañadas de hiervas autóctonas y
poco frecuentes en este lugar. Colmando de sudor nuestra piel y haciéndola más resbaladiza al tacto, secándose al calor del sol, en algún
que otro descanso, sentado y agobiado del esfuerzo realizado, bebiendo
de “la cantimplora”, quitándose así el reseco de nuestro cuerpo. Esausto de tan larga caminata.
Vorágine de esta situación tan desorbitada, y perdido en el abismo del destino, aun por definir. A tal cruel encuentro de abrazos y ternura en
nuestro bien parecer, vertebrándonos el esfuerzo, haciéndonos indemnes e invulnerables al desafío de nuestras aptitudes físicas.
Se me desmelenó la cobardía, y decidí irme a otro sitio, como era de esperar, debido a mi afición por las huidas, no denotando mi grata
atrevimiento, para tan respetuosa situación. Esta era de la más inquietante.
Con mentirijillas inadecuadas al momento, que no eran de mi talento. Sintiome yo dominado por tan agravante estado de sumisión al que me
veía sometido en lugares poco frecuentes y de alto rango. La fobia a lo desconocido perturbaba mi animo de conocimiento por las cosas
cotidianas.
Al llegar mediodía, el destino se nos vino encima, con el almuerzo en la mochila y la cantimplora formaban un conjunto errático en mi espalda. Desabrime de ella y me puse a comer, sentado en una loma, divisando
el horizonte que me invadía, para proseguir de nuevo el camino de esta desdicha, tan larga e infinita como las ideas en nuestra conciencia.
Aburrido de esperar, sobre la cama tendido, de pronto se me ocurrió salir, después de atravesar la puerta, la cerré con fuerza y fui por la calle
adelante, hasta dar con el tabique, -que me escondía-, detrás para que no me vieran. Asomando la mirada solamente, en un resquicio de mi rostro, me hice eco de todo lo que acontecía esa noche en la calle: “una
patrulla me perseguía y quería dar conmigo, buscando entre todos los entresijos del lugar”, pero no lo consiguieron, desviáronse su atención a otras posibles opciones de fuga. Una vez pasado el peligro, me volví a donde tenía mi lecho, para cuando fuera necesario salir de nuevo y no volver jamás. Así que cogí la mochila, llenándola de mis enseres
preferidos, y fui escapado de allí.
Pasaron días y días, sin refugio ni cama donde dormir, sólo con el silencio del desaliento perdido. Vagando por las calles de la gran
ciudad, en donde me veía inmerso. ¿Qué situación aquella?, que no me dejaba subsistir en un mundo tan hostil, como era el de pasear
incansablemente por ese lugar. Acosteme pronto esa noche, dispersado por el juego mi atención, no pudiendo impedir que me apresaran y llevándome a dependencias médicas para quitarme la ansiedad que tenía en mi. Con una inyección pletórica de tranquilizante,
impidiéndome el movimiento alguno hasta el día siguiente. Fué tal, la proyección de esa medicación, yo, un títere sin cabeza. Estando en la dependencia, y agraciado de mi simpatía hice amistad efímera con una bonita chica, que duró lo que dura un día cualquiera, sintiéndose ella
agraciada de tan poca locura.
Se veía por la senda, oculta entre las ramas de un pobre árbol, una entrada a una especie de cueva, la abertura casi era impenetrable,
angosta y deficiente, debido al transcurrir del tiempo, penetrando en ella y evadiéndome de los desprendimientos acontecidos tras su paso.
Entré y pude observar aquel espacioso lugar, lleno de estalactitas que la poblaban. Sentándome en un resquicio de tierra, admiré tal maravilla, que no pude por menos de susurrar algunas palabras sobre lo que veía.
Y sin perder de vista la entrada, me entraba algo de pánico tan semejante lugar, la luz se hacía tenue y el respirar entrecortado, y no viendo nada más que ver, me puse en la obligación de salir de allí, tapando con ramitas el habitáculo por el que había entrado. Corriendo apresuradamente por el camino donde habíaestado antes, haciendo acopio de mi mochila, donde tenía también el saco de dormir, buscando una explanada firme y tranquila, abrí el saco y lo extendí, para meterme en él, durmiendo plenamente toda la noche: “Corría y corría, delante de aquel monstruo de la mitología, para zafarme lo más pronto e irme a
comer un flan de huevo, que me había hecho yo mismo ese día, el cual estaba delicioso, de la manera que no pudo comérselo, aquella misteriosa, mitológica criatura”. Y al despertar, el flaquear del tiempo me hizo retomar el largo camino. Con el movimiento pendular de la
mochila de cuero y adosada a mi espalda, me percate de que aún llevaba dentro el cofre conseguido en la caverna; era como una cajita de madera de unos treinta y cinco centímetros cúbicos, tenía en sus caras externas unas incrustaciones pedreas y brillantes. En su interior permanecían intactas aún: tres monedas de oro y un pergamino ya algo maltratado por el tiempo. Así que, me lo saqué y lo abrí, con las
bisagras intactas, pero algo chirriantes, cogí el preciado papel, estudiándolo con ahínco, en el que pude descubrir una especie de dibujo, con un punto señalado,-parecía ser un mapa-, ¿podría ser el hallazgo de un posible tesoro?. Por si acaso, lo volví a guardar todo en
la bolsa de cuero; prosiguiendo el afanado sendero, que me llevaría al sitio fijado con dicha cruz en el mapa.
Una vez en el destino, y tapado por un montículo y una señal de madera poco labrada, pero si hacía su cometido; señalaba el lugar exacto que ponía en el pergamino. Entonces cogí un palo, -utilizándolo de herramienta-, para destapar tan deseado misterio, que se albergaba en
su interior. Y como un castor, empece a escarbar hasta dar con el preciado tesoro: era una saca de tela, ya corroída por el tiempo, que tenía unas cien monedas más de oro. Y entonces sin otro delirio, metí el preciado valor en la mochila, escapando de ese lugar a tientas y a locas,
lo mas rápido posible.
Después de una hora de caminata, me entregue al sosiego y tranquilidad de la cabaña que había allí, una caseta de madera de pocos metros
cuadrados, y una techumbre en decadencia, me sirvieron de refugio esa noche. Entré y me senté en una silla bastante confortante, reflexionando
sobre el que hacer al día siguiente…
En la espesa llanura, solitaria y abandonada, solo un árbol tenía presente, tras el cual me escondí para divisar aquel extraño objeto, que
se mantenía a unos doscientos metros de mi, era de grandes dimensiones y forma ovalada, con algunas entradas, pareciendo unas ventanas; y lo que parecía en la parte inferior a unas escaleras con una barandilla, dando paso a su interior; desprendía una energía luminosa
en su coraza, como un escudo protector, ¿qué diablos erra aquello?,-me pregunté-. Sería, eso que llaman un “ovni”, pues parecía de otro planeta y totalmente desconocido para nosotros.
Estando detrás del árbol, mis sentidos fueron acongojándose un poco, no sabía que decisión tomar: si acercarme a esa nave, o salir huyendo de allí. Pero la intriga se hizo mi pasión y procuré acercarme hasta su compuerta principal, la cual estaba herméticamente cerrada, y al apretar unos botones de color verde, la puerta se entreabrió unos instantes, suficientes para observar, algunas partes interiores del dichoso aparato volador. Era como una capsula copilotada y ausente, de lo quepareciame imaginar unos hombrecillos
extraterrestres, que aún no estaban junto al cuadro de mandos. Uno de ellos debía servir para elevar el aparato y algunos otros para indicar la presión a la que estaba sometida la carcasa. Decidí salir de aquella
máquina monstruosa, con aires de elocuencia por lo que había visto, y dejando el árbol atrás proseguí mi camino. De pronto un estruendo me
alteró, y mirando hacia mi espalda, vi aquella cosa elevarse y fulgir de esplendor, alejándose fulminantemente entre las nubes, en aquel cielo
azul intenso, que presagiaba algo más.
Entrecortada mi habla y algo exhausto, decidí descansar sentándome en una roca prominente, la cual hacía las veces de asiento confortable y
efímero. Sacando de la mochila un bocadillo, compuesto por unas lonchas de jamón con queso semicurado, y una botella de agua de medio litro, me dispuse a merendar tranquilamente y con un hambre infernal. El avituallamiento se me hizo placentero, durante un par de horas hasta que la noche se me vino encima, para volver a dormir en el saco que traía. Durmiendo y tapado en mi coraza de plástico, sin apenas moverme, cerré los ojos y el sueño entró en mi mente: “corría y corría
incansablemente delante de un ser de otro planeta, con ojos grandes como platos de cerámica, y nunca me llegaba a alcanzar, era una carrera interminable, aunque ese bicho me intentara cazar, con ademanes impulsivos llenos de ansiedad”.
Salía el sol por el horizonte y mis parpados empezaban a abrirse con la primera luz de la mañana, una mañana templada de primavera, donde los almendros estaban en flor.
La fugaz mirada de una araña, me asombró, sus ocho patas, su pelo recorría todo su cuerpo, y una delicadeza en sus movimientos, daban
sensación de control de la situación y sin molestarla me limité a observarla detenidamente: parecía estar entretenida maniobrando los hilos de tela en los que estaba expuesta, a fin de atrapar alguna presa o
insecto para devorarlo; los envolvía en su ovillo para después comérsela; descuartizando cada uno de sus miembros con sus mandíbulas, como pinzas de cortar cuero. Y sin apenas alterarla, proseguí mi senda por esta larga caminata.
El calor del Sol desquiciaba mi mente y la sed se hacía más patente; necesitaba agua con urgencia, así que cogí la botella y me bebí la
mitad; quedando el resto para otro momento. El andar se hacía cada vez más pesado y tranquilo, pero el sólo hecho de pensar en mi destino me
alteró el ánimo, y un febril deseo amaneció en mi conciencia de peregrino.
Seguía desgastando las botas que llevaba puestas desde el inicio de esta singladura, por su uso y utilidad que me daba; perfectas se ajustaban como un guante, el cansancio se hacía menos relevante.
El motivo de esta gran ausencia del hogar, no fue otro que, la desgraciada perdida de mi mujer en un accidente de aviación; allá por
las montañas en un viaje aterrador por la cordillera, casi no hubo supervivientes, y los que salieron adelante, pudieron contarlo: “el motor
se incendió en unos instantes, y el aparato perdió altura; nos tuvimos que poner las mascarillas de oxígeno; pero aún así la catástrofe se vino
encima, sólo nos pudimos salvar unos pocos, entre aquel entramado de hierros y chapas que formaban el avión”. Mi mujer, una docente de
universidad, a la que le gustaba mucho hablar en público.
Esta pérdida, me produjo un gran desanimo y depresión, en la que me veo envuelto desde hace algún tiempo.
El cansancio me atormentaba de tan largo paseo, era menester pasar el rato sobre aquella superficie de césped, que parecía casi artificial,
extendiendo la manta y recostándome sobre su lecho, me puse a imaginar cual sería mi destino al final. Sería algo inesperado o un
futuro no muy lejano.
El destino se me presentó ante mis ojos, ávidos
éstos de aventura y enriquecimiento personal, por las maravillas que aún debían de devenir, en aquella huida interminable. Me puse de
nuevo en pie y seguí mi ruta hacia lodesconocido y deseado. Y con mochila en mano me alargue un tramo más, sin descanso ni fobias que alteraran el ánimo.
Ya en lo alto de la loma, se podía vislumbrar, en lo bajo del trayecto, la ciudad asomaba resplandeciente y monótona, con maravillas
audiovisuales por doquier; para entretener y dar rienda suelta a la imaginación, que por poca, no parecía menos interesante. Sus gentes de
diversas tonalidades y costumbres, llenaban los barrios del lugar, acompasados con vestimentas típicas de cada originalidad, para no
menospreciar a los lugareños que por allí habitaban. En edificios de gran escala, donde en sus calles angostas perduraba el tiempo. Éstos,
eran de perfiles pulidos y resplandecientes, altos y desgarbados, con una funcionalidad optima para sus bienes, capaces de alterar cualquier
eventual vulnerabilidad que pudieran padecer. La ciudad parecía llena de personas, una gran metrópoli, donde se podía “navegar”, bajo las
influencias de sus entrañas.
Y, ¿si éste fuera el destino final?. Un lugar apacible donde convivir, sin violencia ni diferencias, en un mundo único.