Un vampiro en la ciudad
01. Un vampiro en la ciudad.
Por primera vez en su vida, Destan salió de su lugar de residencia, si así podía llamarse para él aquel edificio donde había estado viviendo. Ahora podía ver que El Centenario era mucho más grande de lo que se había imaginado al observar desde la terraza del último piso. El Centenario era el más grande de todos los edificios adoquinados colindantes, sus ventanales eran más altos, menos opacos, el cemento entre los ladrillos de la construcción estaban más limpios.
Había estado ahí toda su existencia y aún así, nada de eso le parecía familiar.
Sin embargo, tampoco se sentía del todo extraño.
La calle había dejado de ser un cuadro en la pared, dejándolo respirar, cosa que le resultó desconcertante ya que el doctor Phoenix le había asegurado que sus pulmones no tenían utilidad alguna, al igual que la mayoría de sus órganos internos y acciones como dormir o comer. Bueno, nada de comida tradicional en realidad.
Si bien lo pensaba, salir del edificio tampoco era una necesidad.
El doctor Phoenix era un sujeto extraño. Los títulos en las paredes y los centenares de libros decían que era un genio, pero para Destan era un sujeto extraño. Lo fue desde el momento en que dijo su veredicto por primera vez y lo continuó diciendo en adelante sin siquiera vacilar: Destan era un vampiro.
¿Tenía lógica alguna? No sabría decirlo, él no recordaba absolutamente nada excepto despertar en un pequeño cuarto con ventanas cubiertas por largos tablones de madera, amarrado a un pequeño catre con cuerdas que lo hacían sangrar. Se sentía hambriento y furioso, su estómago rugía, sus muñecas quemaban en el esfuerzo por liberarse y sus pensamientos hambrientos lo hacían sentir desquiciado.
Apenas y pudo discernir a la persona frente a él: un hombre de piel negra, complexión media, cabello blanco, ojos azules cubiertos por unos enormes lentes y cara arrugada. Esta persona, que más tarde reconocería como el doctor Phoenix lo obligó a beber una jarra de un líquido oscuro y espeso que olía extrañamente amargo, sabía a metal agridulce y que consiguió apagar todos los pensamientos terribles que antes revoloteaban en su cabeza.
Por un momento, se había planteado clavar los dientes en el cuello del hombre, desgarrar su piel y alimentarse. Una vez estuvo satisfecho, no consiguió asimilarlo. ¿De verdad se había planteado hacer eso? Hubiera resultado sencillo si las ataduras no hubieran existido. Sus entrañas se revolvieron al reconocer la certeza; en cualquier otro momento, lo habría hecho.
El anciano se sentó en una silla a los pies del catre y limpió sus gafas, que yacían empañadas a causa del breve forcejeo al obligar a Destan a beber.
Las palabras que brotaron de sus labios se sintieron rasposas, un cosquilleo que se extendía desde su garganta hasta su paladar. Como si nunca antes hubiera hablado.
—¿Qué era eso que bebí?
—Sangre de venado —le contestó el anciano, su voz era suave y cuidadosa, las palabras bailaban en su lengua con elegancia—. Con algunas proteínas que conseguí equilibrar para ti mientras dormías. Si se te revuelve el estómago o sientes arcadas, avísame.
Posteriormente se presentó como el doctor Phoenix y también dió su ridículo veredicto; Destan era un vampiro.
Las carcajadas salieron gruesas y le proporcionaron algo de tos. No recordaba nada, era un completo desconocido para sí mismo al grado de desconocer su nombre, su edad o el color de sus ojos, pero sabía de alguna manera que la palabra vampiro, le parecía estúpida y algo aterradora. Eso sí le revolvió el estómago.
El doctor Phoenix no compartió su risa. No era mentira.
—¿Qué conlleva ser... esto? —se arriesgó a preguntar al sentir el silencio asfixiándolo.
Aunque no podía resultar asfixiado, claro, no podía morir.
—Hay mitos, estudios, pero realmente no lo sé. Jamás había conocido a alguien con tu condición —confesó el doctor, hundiéndose de hombros.
Más tarde le contó sobre la colega que estuvo investigando aquella mansión abandonada donde Destan había sido encontrado. No sabían cuánto tiempo había estado ahí, encadenado en el sótano. Su ropa y la suciedad tenían mucho que decir, había detalles en la sangre seca de sus muñecas donde los grilletes lo sujetaban, su rostro era gris y la piel en general parecía podrida.
—No creo que te hubiera gustado verte así —comentó el anciano—. Lo primero que vieras debía ser un muchacho sano y limpio, por eso me tomé la atribución de limpiarte.
La primera vez que se vió las manos se dio cuenta que no existían cicatrices en sus muñecas. La primera vez que se vió un espejo se dió cuenta que sí tenía pequeñas cicatrices en el rostro, grandes y largas cicatrices en el torso.
—Probablemente son de otra vida —le dijo el anciano.
Haciendo un análisis más profundo de sí mismo, Destan se dió cuenta que era un sujeto pequeño de grandes ojos grises, como el metal, piel pálida y descolorida, labios oscurecidos, cabello negro y delgado, brazos delgados, hombros hundidos. Casi parecía un niño, aunque el doctor estimaba que estaba en sus veintes. Estaba en sus veintes cuando murió. La muerte le regaló una horrorosa sonrisa de dientes afilados y puntiagudos.
No era nada agradable para la vista.
Al principio estaba confundido por las consideraciones del hombre, pero este no tardó en explicar que buscaba usarlo como objeto de estudio y a cambio, Destan jamás sería un prisionero. No explícitamente. El doctor jamás habló sobre qué pasaría si buscaba irse. Nadie en su sano juicio lo dejaría ir, no sabiendo lo que era o pensaba cuando estaba hambriento.
Lo primero que realmente supo sobre sí mismo era que quería sobrevivir.
Gustosamente, se volvió su prisionero. Ridículamente, se sintió un poco más humano cuando se dieron cuenta que la luz del día solo era luz del día pues Destan no se iba a incinerar al ser descubierto por el sol y así pudo ver un poco el exterior, ver los días pasar interminablemente desde un punto cómodo y seguro, donde nadie podría hacerle daño y lo más importante; él no podría hacerle daño a nadie.
Jamás pidió salir, un montón de excusas rondaban en su cabeza todo el tiempo, convenciendo que estaba mejor en su pequeña jaula de oro y al doctor le resultó conveniente. No tenía mucho sentido que los objetos de estudio estuvieran vagando por la ciudad, los monstruos no tienden a salir de debajo de la cama.
El doctor hacía más sencilla su estancia. Le cedió una habitación más que decente, incluso estaba amueblada y los cajones llenos de ropa de su talla. Procuró alimentarlo con constancia con lo que sabía que era sangre de animal y proteínas que el doctor se pasaba equilibrando en su pequeño laboratorio casero como si de un hobbie se tratase. Invirtió horas en su educación además de su constante estudio, le regaló un nombre.
A menudo se preguntaba si el doctor Phoenix podría definirse como un padre y si existía la posibilidad de que existiera algo de cariño hasta que tocaba la hora de pasar días acostado en un catre metálico en el pequeño laboratorio del profesor siendo observado y entendía que solo era una rata de laboratorio con algunas comodidades.
Pasó meses, tal vez algunos años, sin noción, sin recuerdos.
No creció, ni llegó a envejecer. Con él, solo quedaba el aprendizaje que el doctor, cada vez más viejo, decidía compartir con él.
El doctor Phoenix era cada vez más arrugado y su columna se negaba a cooperar, lo obligaba a encorvarse, sus ojos azules parecían diluirse con agua y sus rodillas se ponían de lado de su columna, orillando al anciano caminar cada día menos. Eventualmente dejó de salir y Destan lo apoyó cortando su cabello pulcramente, buscando curiosidades entre cajas que pudieran reemplazar lo que se podía necesitar.
Sabía que un día el cuerpo del doctor dejaría de funcionar. Se preguntaba qué haría al respecto. ¿Saldría al exterior? ¿Se quedaría en el piso que el doctor había elegido compartir con él? ¿Qué pasaría con el hambre? ¿Podría encadenarse en el laboratorio por cuenta propia? No imaginaba un mundo sin el doctor Phoenix o un mundo en el que tuviera que salir y comer gente. Aunque suponía que lo había hecho antes.
A lo mejor podía seguir al anciano. ¿Podía morir dos veces?
Esa mañana se dio cuenta que podría perderlo en cualquier momento. Los días comenzaban con aseo personal, terminaban poco después de la cena, Destan pasaba horas leyendo en silencio mientras el doctor dormía. Luego del aseo, seguía el desayuno en la cocina puesto que el comedor era demasiado grande para dos personas y después seguía la educación de Destan, siempre siendo observado y analizado por el doctor hasta que llegaba la hora de la cena en la cual el doctor a veces se obligaba a salir a comprar la despensa, trayendo siempre pan consigo.
El doctor Phoenix no era de los que perdían el tiempo comiendo, no era aficionado a los dulces, pero siempre quería pan. Especialmente aquellas bolas espolvoreadas y rellenas con mantequilla o a veces mermelada que alguna vez trató de compartir con Destan y que le dejó un sabor nauseabundo y agrio en el paladar.
—Tal vez es por que estoy muerto —sugirió Destan.
El doctor lo meditó, no lo contradijo pues en su momento había sido una hipótesis y si consiguió descartar o confirmar después, jamás dijo nada a Destan.
Esa mañana, el doctor estaba tan agotado que rompió la rutina y consiguió preocupar a Destan. Algo desagradablemente humano, si se lo preguntaban. A menudo se preguntaba si él tenía derecho a estar preocupado, siendo solo la rata de laboratorio, pero lo hacía, se preocupaba y mucho.
Asistió a los aposentos del doctor después de desayunar solo en la cocina. El anciano se encontraba acostado en su cama de dosel, observando a la nada con ojos casi traslúcidos que pronto terminaron posados en Destan y lo hicieron sentir como un niño pequeño parado en el umbral de la habitación a la que jamás se había atrevido a entrar por completo por lo personal que se sentía.
—Hoy no tengo mucha energía —confesó con una débil sonrisa.
Destan asintió en silencio.
Podría perderlo en cualquier momento. Los resfriados más incómodos y las fiebres más conflictivas jamás le habían impedido cumplir con su rutina día tras día. A veces cedía a sus rodillas adoloridas y no salía por la despensa o por su pan, pero siempre mantenía su enérgica mente maquinando, centrada en el aprendizaje y estudio de Destan.
—¿Podrías hacerme un favor, Destan? —preguntó el anciano, su voz se encontraba todavía más suave de lo usual.
Volvió a asentir, esta vez efusivamente, algo que no supo controlar. Solo sabía que quería apoyar al anciano, ser de utilidad.
—¿Podrías traer pan?
—¿Qué?
Parpadeó perplejo ante la petición.
Solo había un lugar seguro para Destan; los muros que el doctor Phoenix le prestó. Afuera no había nada, nadie que no pudiera sentirse aterrado por su sonrisa o su deslavada piel y no había nadie de quien él no estuviera aterrado también.
—No creo que sea seguro salir —murmuró avergonzado.
—No hay hombres con hogueras preparadas para ti allá afuera, Destan.
—No es eso lo que me preocupa...
—¿Qué es lo que te preocupa entonces?
—¿No le preocupa a usted dejar a un monstruo en las calles solo porque quiere pan?
Las carcajadas del doctor no eran suaves. Eran gruesas, siempre lo habían sido. No eran rasposas y él no tosía después de reír, cuando lo observó hacerlo esa mañana por primera vez la preocupación incrementó. Era frágil. No quería que fuera frágil, no él. Deseaba poder ser así de frágil.
No era lo suficientemente humano como para romperse.
—En este piso hay dos residentes, todo el mundo lo sabe —comentó el doctor—. Ambos son humanos. Con apariencias opuestas, humanos al fin.
—Usted sabe que no...
—La enfermedad no te convierte en animal.
No lo creía.
Era demasiado diferente para ser realmente un humano.
Lo único que sabía era que le daba demasiada vergüenza no cumplir con la única petición del doctor, la petición de un humano enfermo a un monstruo con complejo de hijo.
Se resignó. Pasó de ser un monstruo en cautiverio a un vampiro caminando en una pequeña ciudad de calles adoquinadas y altos edificios. Al final de la calle estaría un pequeño muro protegiendo un extenso parque de altos y enormes árboles, con arcos adintelados cada pocos metros. A su lado, debía estar la pequeña panadería.
Trató de ocultar su curiosidad por los transeúntes a su alrededor.
Ellos no mostraban la misma curiosidad por él, después de todo.
Para él, era imposible no mirar a las mujeres con sombrilla, las ancianas con bolsas con despensa o a los niños corriendo con las correas de sus cinturones medio desabrochados por la adrenalina de jugar en la calle adoquinada tan poco concurrida.
¿Él habría hecho lo mismo cuando era niño? ¿Su madre era una mujer con sombrilla y se convirtió en una anciana ocupada? No era tan malo no recordar, no sentía nostalgia, al menos no se identificaba con otra emoción ridículamente humana además de la curiosidad con la que observaba el mundo exterior y el mundo exterior lo ignoraba a él.
No, nadie miraba al vampiro en la ciudad.
Hasta que entró en la pequeña panadería y una pequeña campanita anunció su entrada. No tardó en obtener unos ojos oscuros encima de él y ser visto por primera vez por alguien que le regaló una bella y amigable sonrisa. Una sonrisa que Destan decidió atesorar al sentir extrañamente que había llegado al lugar correcto.
¿Cómo es que había pasado tanto tiempo recluso en aquel edificio?