Capítulo 1
Con apenas veintidós años, Ismael Luna descubrió que estaba harto de la vida.
Se encontró pensando esto un martes, sentado con la espalda apoyada contra una pared a medio demoler de un viejo rancho sin techo, que se encontraba a poco más de 3 kilómetros del pueblo en que vivía.
Estaba en medio de un descanso de la laboriosa tarea de demoler paredes, y mientras se hurgaba con las uñas en un par de ampollas reventadas en la palma de su mano, miraba con apatía a su jefe, como lo había hecho desde el primer día en el que había comenzado a trabajar con él.
RecordabacomoMariano se había aparecido en su casa un día, enviado quien sabe por quién, a ofrecerle un empleo en su empresa de construcción. Así la había llamado él.
Ismael hacía tiempo que deseaba un empleo, sin embargo, no tenía idea de como conseguirlo.Sus limitaciones comenzaban con su juventud, su falta de carácter e iniciativa, y seguían hasta tocar la parte en la que había abandonado los estudios luego de terminar la primaria.
Aceptó aquel empleo sin dudarlo, con las mil y una ilusiones que solo pueden llegar a formarse en la mente de un adolescente. Ilusiones de aprender el oficio de constructor, de ser el mejor, ascender, llegar a ser capataz de obra y tal vez quien sabe un día, montar su propia empresa de construcción.
Aquellas ilusiones se esfumaron como una pila de excremento succionada por el inodoro.
Se presentó al trabajo puntual, el día acordado, y se encontró con una sorpresa: Mariano tenía una empresa compuesta por dos personas, él mismo e Ismael.
Ismael se había figurado un gran número de obreros, construyendo un edificio o algún acueducto o puente.
Incluso había practicado frente al espejo frases ingeniosas, para responder a las bromas habituales a las que someten “Al nuevo” de una empresa.
Pero allí no había un gran número de obreros, ni puentes, ni acueductos.
Había algunas herramientas viejas, una camioneta destartalada que no encendía si hacía mucho frío, un jefe que pagaba centavos con aire de estar ofreciendo el mejor salario del pueblo, y la promesa eterna de un aumento.
Los trabajos de construcción, como los llamaba Mariano, consistían la mayor parte de las veces en bajar bolsas de cemento o ladrillos de algún camión transportista, o demoler algún paredón.
En unaocasión habían pasado la tarde entera de un sábado limpiando y desmalezando un baldío plagado de cualquier tipo de basura y un pequeño ejército de comadrejas.
Ismael se juró a sí mismo que renunciaría a Mariano en cuanto encontrara algo mejor, pero el tiempo pasaba y nada aparecía en su horizonte.
A cada llamado de trabajo al que acudía lo recibían con la petición de un currículum que no poseía, un inexistente certificado de secundaria, y finalmente una frase que escuchaba con regularidad: “Gracias, pero por ahora tenemos todas las plazas cubiertas”
Lo que podía traducirse fácilmente en: “Me importa una mierda que necesites el empleo, vete de aquí antes de que llame a seguridad”.
Allí estaba, en el trabajo que odiaba, el cual consistía aquel día, en tirar las paredes de aquel viejo rancho, cuyo dueño quería reconstruir aprovechando los cimientos.
Ya llevaban doce días trabajando demoliendo paredes con sendos martillosde seis kilos, y fue cuando, en medio de un descanso, en Ismael despertó algo.
Algo que rugía y protestaba, algo que rumiaba hacía tiempo, y lo hacía encontrarse harto y hastiado de su al parecer constante mala suerte. Pero más que de su suerte estaba harto del mundo y de las personas en él.
Ismael no tenía novia y era virgen. Creyó que esto se debía a alguna falta de atractivo físico, así que se propuso comenzar a hacer ejercicio.
Comenzó buscando vídeos de entrenamiento en Internet. Pero su ánimo se le fue al piso cuando no descubrió ningún vídeo que se titulara “Musculoso en una semana”.
Sin embargo, encontró uno que aseguraba cambios en treinta días, aquello ya era algo. Era una rutina que explicaba un ruso que por alguna razón hacía sus vídeos en español, con un marcado acento.
Aquella se construía a base de diversos y extenuantes ejercicios en los que Ismael dejó sangre, sudor, y más lágrimas de las que admitiría jamas.
La rutina se distribuía en tres días a la semana, pero no completó la primera, la segunda la olvidó, y ala tercera borraba ya de su historial de búsquedas todo lo relacionado con ejercicio.
Luego de fracasar en su intento de ponerse musculoso, probó con las artes marciales.
Alguien le había dicho alguna vez que a las chicas les gustaban los hombres que peleaban como Jason Bourne, aunque Ismael calculaba que probablemente lo que les gustaba era Matt Damon y punto.
No obstante, decidió intentarlo. Sabía de un club donde daban clases y decidió inscribirse en el, la cuota no era cara y el club no estaba lejos.
Pero pasó un mes, luego tres, y dudaba seriamente que pudiese salir airoso de un mano a mano con un anciano de ochenta años.
El lugar estaba lleno de pseudo “Maestros” de artes marciales, que, evidentemente, habían sacado sus cinturones negros y certificado de profesores del culo de un hipopótamo. Infinidad de veces se preguntó si era el único que veía aquello.
Al parecer si, ya que todos acudían felices y se hacían fotos enseñando su puño cerrado y poniendo caras rudas. También participaban en algunos concursos locales, donde habían más fotos y poses de carteles de película.
Notó sin embargo un día que no era el único que se daba cuenta de que allí no existía un aprendizaje real.
Un muchacho, unos cinco años mayor que él, asistió a una clase un día. Era un forastero que venía de una gran ciudad, donde al parecer si había verdaderas academias de artes marciales, o al menos los maestros sabían diferenciar un Jab de un Gancho.
Aquel chico observó los entrenamientos y se quejó y corrigió a muchos, hasta que uno de los “profesores” le dijo que se detuviera, el chico no dijo nada, tomó sus cosas en silencio y se marchó. Nunca volvió.
Ismael estuvo tentado en secundarlo. Las clases eran tediosas y patéticas, le costaban dinero mensual y una hora dos veces por semana.
Pero decidió mantener su membrecía por una chica, una morena esbelta, no muy alta y con un buen trasero. Se habían intercambiado algunas miradas y sonrisas cómplices durante varias clases, en algunas hasta hablaron.
Ella tenía su misma edad entonces, dieciocho años, y asistía a las clases con su hermana, una chica de catorce, que a pesar de los cuatro años de diferencia, eran asombrosamente parecidas.
Compartían la estatura, el cabello negro y rizado e incluso ese trasero firme y respingón.
Ismael habría apostado una buena suma a que la madre de las chicas debía de ser algo así como las milf de las películas porno.
Fueron más de una las veces en que se masturbó pensando en un trío con ambas hermans.
Una noche decidió invitarla a salir.
Para tomar coraje suplantó el agua de su botella por un vodka barato que encontró en oferta, y se pasó la clase entera bebiendo de esa botella.
A la salida se retrasó con el propósito de esperar al la chica, aquella había entrado en los vestuarios con su hermana.
Ismael dio cuenta del Vodka un par de veces más, y, como la chica no salía, decidió, envalentonado por el alcohol, entrar a buscarla. Se metió enel vestidor de mujeres casi vacío, eludió a una chica que se cambiaba de espaldas a él y finalmente vio a su doncella en el pasillo.
Estaba de espaldas, medio agachada, amarrando sus agujetas, con la melena risada cayendo despreocupadamente a un lado.
Aquel maravilloso trasero respingón quedó alzado hacia cielo como una invitación, enfundado en una calza tan apretada que se notaba los elásticos de su ropa interior.
Producto probablemente del alcohol y de la erección que explotaba en sus pantalones, creyó que sería una buena idea tomar aquellas nalgas redondas y frotar su pene contra ellas, y así lo hizo.
La chica se incorporó alarmada y se volteó, y para su sorpresa, se encontró con el rostro de la hermana.
Acababa de frotar su pene en el trasero de una menor de edad, una que armó tal gritería que, de un segundo a otro, Ismael se volvió un degenerado que entraba en los vestidores de mujeres a frotar su pene en cuanto trasero se cruzaba en su camino.
Recibió un bofetón de la chica que le gustaba y otro de la hermana, la expulsión del club, y dos noches más tarde, un tipo de unos cincuenta años junto con un muchacho joven, lo acorralaron en una calle oscura.
Se presentaron como el padre y el hermano de la menor a la que había manoseado, y procedieron a darle una paliza de la que dudaba que el propio Jason Bourne hubiese salido airoso.
Ya le había extrañado que la familia de la chica no hubiera hecho una denuncia a la policía, ahora lo comprendía, por lo visto la familia resolvía sus problemas por cuenta propia.
Se recuperó luego de un mes y medio cojeando, con un brazo en cabestrillo y cincodientes menos. Su nariz quedo muy ligeramente chueca, y a veces silbaba cuando exhalaba.
Aquel mes y medio su jefe Mariano le pagó la mitad de cada día, para luego descontárselo cuando volviese, asegurando que nunca encontraría otro jefe que hiciese eso por él.
Vaya escándalo, pensó Ismael en su momento.
Nadie le permitió explicarse y dudaba que le hubiesen creído.
Sin embargo, nadie había hecho tal escándalo por él cuando tenía quince años y trabajaba regando y podando el jardín de un jubilado de apellido Hernández.
Aquel que lo había tomado por detrás e intentado introducirle su dedo corazón en el ano, mientras le hablaba sucio cerca de la oreja.
Se quejó y presentó una denuncia, pero él viejo montó un teatro muy convincente y salió libre de cualquier culpa. Además, hizo una muestra de su magnificencia al no denunciar a Ismael por difamación, asegurando que el muchacho tal vez estuviese bebido o drogado y que merecía una segunda oportunidad.
Luego del incidente del vestidor y ya recuperado de la paliza, Ismael seguía con intenciones de tener una novia.
Le encantaba la idea de la compañía femenina, y, por otra parte, estaba harto de masturbarse tres o cuatro veces por noche, mientras veía a otros fornicar con violencia en los vídeos pornográficos que había descargado en su celular, y que superaban entre todos las tres horas y media.
Llegó un día a la conclusión de que lo que necesitaba era un vehículo.
Un auto no, cualquiera costaba más de lo que él podía pagar.
Pero pudo, luego de algunos meses de ahorrar, e incluso pedirle a sus abuelos, comprar una motocicleta, una de cilindrada media, usada y con algunos detalles que se repararían con el tiempo.
Tuvo la motocicleta durante aproximadamente dieciocho horas, hasta que los frenos fallaron en medio de un cruce en una carretera.
Venía rápido, más de lo permitido, era la primera vez que conducía una motocicleta propia y se dejó llevar por la velocidad del bólido.
Planeaba cruzar mucho antes que el camión trailer que venía por la derecha.
Lo haría en el momento justo, como en esa película cuyo nombre no recordaba, en donde dos tipos cruzaban las vías del tren con sendos autos modificados para correr.
No era un auto modificado lo que conducía, ni era un tren lo que desafiaba, pero la adrenalina era la misma y aumentó cuando se arrepintió.
El camión estaba más cerca de lo que parecía e intento frenar, pero el freno trasero no respondió, y el delantero, era uno de esos “Detalles que se arreglarían con el tiempo”.
Ismael, presa del pánico, dobló el manillar en un intento de enfilar la carretera y ponerse a la par con el camión, pero la motocicleta derrapó y se cayó.
La caída le produjo raspones y cortadas múltiples en varias zonas del cuerpo.
Era un día de verano e Ismael no llevaba por prendas más que unas bermudas pescadoras y una camiseta.
Más tarde le darían en total 38 puntos en diferentes partes del cuerpo, más unos cuantos vendajes y otra cojera.
La motocicleta, por otra parte, se arrastró sobre el asfalto con un chirrido metálico y acabó en medio de la carretera, donde el camión terminó la faena al pasarla por encima.
Ahora descansaba, semejante a un tapete de metal, en un baldío, cubriéndose de óxido y malas hiervas.
De nuevo en el presente, Ismael vio a su jefe ponerse de pie y tomar el martillo para comenzar a trabajar de nuevo.
Nunca necesitaba decir nada, si Mariano descansaba él también, cuando este decidía que el descanso concluía y retomaba el trabajo, Ismael lo secundaba.
Pero aquella vez, sin embargo, Ismael no se puso de pie, no tenía ganas de hacerlo.
Además sentía un leve retortijón en las tripas, y estaba harto, indignado y asqueado, pero aquello no importaba, nada cambiaría.
Pero debía cambiar, era necesario que cambiara.
Un chisporroteo quemó algún circuito en su cerebro, alguno que lo retenía y le impedía liberarse.
Cambiar... era necesario, cambiar, absolutamente necesario, y de pronto Ismael lo supo, de pronto era libre.
Mariano trabajó de espaldas a él durante un par de minutos hasta que notó que no escuchaba el sonido del otro martillo, se volteó y se encontró con Ismael aun sentado. Al ver la mirada de su jefe, Ismael comenzó a ponerse de pie con parsimonia.
Mariano, satisfecho del efecto provocado con su sola mirada, se volteó y volvió al trabajo.
Ismael se puso de pie aferrando el martillo en sus manos. Caminó hacia su jefe mirando su espalda con atención.
Llevaba una camiseta gris empapada de sudor y movía el martillo con destreza.
Ismael levantó el suyo, y, en cuanto Mariano volvió a notar que no escuchaba el sonido del otro martillo, aquel comenzaba a efectuar un movimiento descendente hasta que sintió los seis kilos de hierro macizo sobre su espalda.
Mariano tosió y escupió un borbotón de sangre que salpicó el piso y la pared.
Se desplomó como un muñeco de trapo, pues el martillo había destrozado su columna vertebral.
Cayó boca abajo y allí permaneció inerte, Ismael lo volteo y lo dejó boca arriba.
—Así que una empresa de construcción, ¿Eh Marianito?—dijo al tiempo que alzaba el martillo por segunda vez, para luego descargarlo con furia sobre su rostro.
La cara de cretino de Mariano desapareció bajo un crujido de huesos rotos y dientes quebrados, junto con un sonido jugoso y el inolvidable espectáculo de uno de sus ojos saltando de su cuenca.
Ismael respiró aliviado, se sacó las salpicaduras de sangre del rostro y le acometió un nuevo retortijón.
—Solo me falta cagarme encima... —murmuró.
Descubrió que aquello no le importaba, tenía tanto por hacer ahora, que realmente no importaba, “Los bebés se cagan todo el tiempo y tan mansos”, se dijo a sí mismo.
Revisó el bolsillo del cuerpo de su fenecido jefe y tomó las llaves de la camioneta.
Su padre le había enseñado a conducir en un viejo Ford, que a pesar de que se caía a pedazos con cada kilómetro, insistía en mandar a revisar cada fin de mes.
Subió a la camioneta y, luego de cinco intentos fallidos de encenderla, el motor cobró vida con una sacudida y una bocanada de humo negro, expulsada por el caño de escape.
Enfiló hacia el pueblo, luego de una leve pelea con la palanca de cambios al querer hacer entrar la primera, que siempre se atascaba. Un nuevo retortijón atacó su vientre bajo.