Capítulo 1
Últimamente me siento sola y cuando me siento sola me gusta hornear pasteles. Tal vez porque no se me ocurre qué más hacer con mi tiempo y prefiero hacer cualquier cosa para dejar de pensar. A veces limpio el baño pero nunca queda bien. A veces barro el pelo del gato con la escoba y una funda negra. Compré unos moldes para hacer postres en forma de conejo en una tienda china. Moldes de silicona más flexibles que los moldes de plástico o metal. Hace algún tiempo comí un mousse en forma de conejo en un restaurante japonés que me gustó mucho y pensé que podía hacerlo igual. Eran seis conejos por molde, en total doce conejos blancos.
Primero probé con la receta de un mousse de fresa que tenía leche evaporada y gelatina. Compré una libra de fresas y la gelatina más grande que encontré por si no salía bien en el primer intento. Nunca he hecho nada parecido a un mousse. Compré dos latas de leche evaporada en otro supermercado más grande porque normalmente no venden leche evaporada en la tienda de barrio. Fui a casa, calenté el agua para la gelatina pero no estaba segura de las cantidades. Batí la leche evaporada y, cuando me di cuenta que no hacía crema, pensé que el tutorial estaba mal porque la leche evaporada no hace crema como la crema de leche. Ya era muy tarde, había juntado la mezcla y la había puesto en los moldes de conejo. Fui a la tienda al frente de mi casa a comprar crema de leche.
Volví a hacer la gelatina y batí la crema de leche hasta que tuvo la consistencia de la crema que ponen encima de los conos de helado en las heladerías. Vertí la gelatina pero perdió la consistencia y quedó aguada; se va a arreglar cuando se congele, pensé, y vertí la mezcla en los moldes. Los puse en la refrigeradora por dos horas. Cuando intenté sacarlos, fue como sacar una crema congelada de un hueco. Todo se desparramó y nunca salió con la forma de un conejo sino como bolas de un rosa pálido como de leche batida. Boté todo. Tiene que ser gelatina, ahí va a salir como debe, pensé.
Lavé los moldes y volví a hacer la gelatina desde cero. Puse más polvo de gelatina porque vi que así quedaría más espeso, esperé que enfriara, engrasé los moldes de conejo con aceite de coco y vertí la mezcla, una vez más. Los metí al refrigerador y esperé dos horas. Cuando estuvieron cuajados intenté sacarlos pero salían destrozados a pesar de la grasa que puse para que no se pegaran. Metí un cuchillo en los bordes, los puse en agua caliente pero nada funcionó. El que mejor salió parecía una rata de una sola oreja. Quise botar todo y largarme.
Quería mandar una foto de un conejo bien hecho, decorado con fresas cortadas y arándanos, quería demostrar que podía hacer un postre lindo. Me senté frente a las gelatinas rojas sin forma y empecé a comerlas una por una, enteras, mientras sentía unas ganas de llorar pero me contuve. Me comí doce bolas de gelatina cada una con una forma distinta, todas horribles. Ninguna parecía un animal.
Después de tragar la gelatina casi sin masticarla, lancé todo al lavadero, los moldes, los bowls en los que hice la mezcla, las tablas que usé para sostener los moldes, las cucharas llenas de polvo de gelatina y aceite de coco, los cuchillos, las ollas en las que calenté el agua, los trapos con lo que limpié lo que se regó de la mezcla y dejé ahí, todo amontonado. Abrí el agua para que se inundara porque, en ese momento, realmente ya nada me importaba.