Silk and shadows

Summary

Los hechiceros no podían permitirse estrechas relaciones con humanos comunes por razones diversas, algunos culpaban a la naturaleza de su trabajo y, otros, al poco tiempo libre. Sin embargo, claro que tenían necesidades, era algo que Gojō y Nanami comprendían a la perfección, y no estaban dispuestos a permitir que Yūji, su lindo estudiante, se mantuviera al margen de los placeres que la vida tenía para ofrecer.

Genre
Erotica
Author
Valdemirt
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo único

Gojō estaba harto de andar por el lugar con una mueca afable que ocultaba las intenciones de largarse de allí a la mínima oportunidad tan bien como la venda que le cubría los ojos. Se limitaba a responder saludos de las personas, sin relación al mundo de la hechicería, que se le acercaban con el pensamiento de que podría encontrarse en el rodaje de un drama; no era la primera vez que pensaba que se trataba de un actor por su apariencia.

No le desagradaba del todo, aunque tras una semana de exorcismos sin descanso resultaba tedioso lidiar con la gente y sus intenciones de sacarle el número de teléfono o provocar que él lo diera durante un arduo proceso de coqueteo, que solía finalizar con miradas de desprecio por parte de algunos y risas burlonas de él mismo.

Para nadie era un secreto que detestaba las reuniones de corte político entre la academia de hechicera de Tokio y el resto de individuos presentes; por suerte, aprovechaba esos eventos para mandar lejos el estrés de la mejor manera posible.

Caminó entre los pasillos hasta divisar una cabellera rosada que conocía muy bien.

—Gojō-sensei —saludó Yūji a la distancia, elevando un brazo al aire, por encima de la cabeza.

Con un par de dedos, Gojō tiró hacia abajo lo que obstruía su rango de visión. Más allá de parecer formal, creyó que era lindo el hecho de que el muchacho vistiera un traje de dos piezas, incluso si el corte slim fit acentuaba su buena musculatura; había algo en él que no daba ese aire «sofisticado» que sí emanaban otros, como Nanami.

Supo que el chico se había mentalizado a lo que estaba por venir, cuando aquellos curiosos ojos ambarinos intentaron colarse entre los pliegues de su ropa. Cualquier otro adulto adivinaría lo que tenía en mente si lo mostraba con tanta sinceridad. Por fortuna, no había nadie cerca. No obstante, lo mejor sería sacarlo de allí antes de que le entraran ganas de divertirse camino a la habitación.

Después de todo, Gojō podía parecer paciente, aunque a veces no lo fuera tanto.

Se acercó con una sonrisa provocadora que aligeró las facciones de su rostro.

—Te queda bien ese color. —No era usual ver camisas anaranjadas, mucho menos de una tonalidad tan intensa—. Por cierto, justo andaba recorriendo este horrible lugar en busca de Yūji. Ahora que lo he encontrado, me preguntaba si estás listo. Nanami ya tiene todo preparado.

La respuesta era evidente.

Con sólo escuchar esas palabras, un leve sonrojo cubrió las mejillas de Yūji. Intentó distraer la atención centrándose en los zapatos ajenos. A diferencia de cuando portaba el uniforme habitual, Gojō emanaba elegancia, quizá por su altura o su porte, o la corbata negra que mantenía quiero el cuello de una camisa azul marino en perfecta armonía con aquel mar de tela oscura y refinada; hacía que a su profesor le luciera la piel como de porcelana.

No tardó en aflorar el deseo de recorrer aquel cuerpo con las manos. Si hubiera mantenido el contacto visual con su profesor un segundo más, habría notado cómo lo devoraba con la mirada. Nada que no fuera a descubrir más tarde.

Yūji bebió los remanentes de la copa de vino tinto que sostenía en la mano y la dejó de lado. Sabía de antemano que alguien de su edad no debía consumir alcohol, pero no es como si no lo hubiera hecho antes y cuando el mesero le ofreció una, no lo rechazó.

—Se te nota el sonrojo —evidenció Gojō—. ¿Acaso estás nervioso?

—Es por el vino.

Gojō le puso una mano a media espalda y, con la otra señaló el camino.

—Por aquí. Sígueme.

Yūji no reparó en el lujo de las instalaciones durante la fiesta. ¿Para qué? Si lo habían llevado a rellenar el sitio junto al resto de estudiantes disponibles en la academia; sin embargo, tras cruzar el umbral de una habitación privada, incentivado por Gojō, por más que deseara fijarse en la persona al otro lado, advirtió la tenue iluminación que ocultaba de manera parcial una enorme cama cercana a una de las paredes.

Tal vez era su imaginación, porque la luz cálida no podía ser la causa de la resequedad en su garganta.

Gojō reparó en la forma en que las venas del chico se marcaban por encima del cuello de la camisa.

«¿Se habrá hartado de la corbata? Alguien de su edad no suele habituarse a ellas con facilidad», pensó. O se forzó a creer eso.

Un gesto risueño, tan ambiguo como cuestionable, pareció brindar mayor vitalidad a su rostro. Sabía de sobra que intentaba sofocar el nerviosismo. Con un par de dedos trazó una línea de entre los omóplatos hasta la cintura, arrebatando una sacudida.

—¿Sucede algo? —inquirió Nanami en el fondo, retirándose el saco para aflojar las mancuernas de la camisa con el propósito de subir las mangas a la altura de los codos.

No necesitó respuesta. La mirada atónita del chico lo decía todo.

A diferencia de Gojō, la sensualidad que Nanami emanaba era de un corte más maduro. La camisa café y la corbata amarilla hacían resaltar su piel ligeramente bronceada. El saco se hallaba doblado sobre el respaldo de una silla, dejando ver los tirantes que, con clip, se sujetaban al pantalón, el cual, caía de manera impecable sobre sus zapatos brillantes, dándole un aire de sofisticación sin esfuerzo.

Gojō juzgó en silencio la expresión del muchacho. Curvó los labios en una sutil, pero seductora, sonrisa.

—No seas así —le susurró al oído, la voz un tono más ronco—. Te estás apresurando a desnudarlo con la mirada. ¿Debo ofenderme porque no hiciste lo mismo conmigo en el pasillo?

—¿Y cómo sabe que no lo hice antes? —rebatió Yūji, saliendo de su trance apenas con éxito. Se llevó una mano al rostro, el bochorno se intensificó—. Es decir, yo… Lucen bien. Ambos lucen bien.

Bajó la vista a sus propios zapatos. Él… ¿Siquiera se veía guapo? ¿Despertaba en ellos dos las mismas sensaciones eróticas, sazonadas con elegancia, que había en sí mismo en esos instantes?

Gojō aprovechó para bajar su boca hacia la piel expuesta del cuello, depositando besos suaves. Yūji ahogó un suspiro al levantar la mirada y notar a Nanami a escasos centímetros de sí. ¿En qué momento se había acercado?

No alcanzó a preguntar nada, sus labios fueron tomados por los contrarios y su palpitar acelerado comenzó a tomar control del resto de los sentidos.

Nanami dio un paso más, aprisionando el cuerpo del chico entre el de él y Gojō, sin obtener resistencia o miedo; habría cancelado el encuentro de ser así, pero nada más allá de la agitación característica de la inexperiencia. No le tomó de la cintura con el brazo porque imaginó las quejas que proferiría Gojō, ya que eso apartaría su parte inferior del más joven.

Yūji intentó profundizar, llevando la lengua sobre los labios contrarios. Por mucho que Nanami deseara arrancarle la respiración y ahogarlo en éxtasis, sabía que el placer sería mucho mayor si exploraban esas candentes y novedosas aguas con cuidado. Así lo hacía con Gojō para aliviar el estrés del trabajo y no harían menos con el muchacho.

—Todavía es muy pronto —indicó, rompiendo el beso, no así el contacto.

—Vamos a enseñarte a hacer muchas cosas con esa lengua —agregó Gojō en una tonalidad juguetona—. Nanami quiere dejar lo más fácil de enseñar para el final.

Yūji asintió con un decidido «uhm», como si se tratara de un entrenamiento cualquiera. Le preocupó mostrarse aventado o desesperado; le alivió que ese no fuera el caso.

Nanami avanzó en dirección a un sofá de tonalidad vino. A los ojos de Yūji, verle sentado resultaba en una mezcla armoniosa de lujo y serenidad. No lo diría en voz alta, pero moría por averiguar cómo sería él en la cama. ¿Tranquilo y analítico como siempre? ¿Una fiera descontrolada que libera sus instintos más reprimidos?

Como si de un efecto magnético se tratase, posó los ojos en el efecto de las piernas de Nanami al sentarse, llenando por completo el pantalón, haciendo que la tela se estirara un par de milímetros a la altura de los muslos; en la entrepierna, los pliegues de las ingles hacían evidente lo que había justo al medio.

Tragó saliva con dificultad. Gojō aprovechó la inercia del momento para llevar al chico a donde su compañero; sin embargo, él tomó asiento a un lado y con una suave caricia sobre las mangas del saco opuesto, incitó al muchacho a ponerse de rodillas frente a él.

Yūji no era tan inocente para fingir que no sabía lo que estaba a punto de ocurrir, por lo que se acomodó entre las piernas abiertas de su profesor, previo a desabotonar el saco para tener una mejor visión de la meticulosa hebilla plateada que pretendía desabrochar.

Al poner los dedos sobre el cinturón, notó que ese cuero oscuro era muy suave al tacto y, antes de cumplir su objetivo, le detuvieron las traviesas manos, por lo que volvió la vista en busca de una respuesta que no tardó en llegar.

—¡Lección sorpresa! —exclamó Gojō en un tono juguetón, agarrando al muchacho por la corbata para atraerlo—. Prometo que te servirá para el resto de la noche. Abre un poco la boca.

Yūji obedeció, atento a cómo el otro se agachaba para tomar sus labios. Los de Gojō se sentían tan suaves y humectados, que los propios parecerían ásperos en comparación.

La lengua opuesta se adentró a su boca, abarcando más de lo que imaginaba. Era evidente que Gojō era un hombre grande, pero no dimensionó la magnitud hasta ese momento. ¿Lo que había bajo su ropa interior sería igual de monumental?

Cerró los dedos, la mezclilla hubiera brindado algo de resistencia contra las uñas, mas la fina tela del conjunto hizo que se deslizaran con facilidad, sin fricción y por la temperatura bajo las manos bien podía pretender que se hallaba al desnudo.

Soltó un respingo cuando la lengua de su profesor comenzó a seducirlo con tersos círculos sobre la suya, succionando la punta y tragando saliva antes de repetir la acción, previo a profundizar hasta la garganta.

Cuando se separaron, una sutil mueca de regocijo encendió a Gojō. El chico carecía de reflejo nauseoso, por lo que asintió hacia Nanami. Sólo ellos sabían lo que eso significaba.

—Es tu turno, Yūji. Hora de poner esa lección en práctica. —Con la prisa suficiente para no parecer desesperado, extrajo su semierección, dejándola frente al chico—. Vas a imitar lo que hice justo en la punta, ¿vale?

Yūji asintió, relajándose sobre la palma que acariciaba su mejilla. Acercó el rostro.

Gojō cerró los ojos tan pronto percibió el aliento contrario chocando contra su piel y aquel húmedo músculo repasar con suavidad el glande.

El chico empujó la cabeza para cubrir lo que podía del pene con su cavidad. Lo sentía palpitar dentro. A cada segundo que pasaba, percibía la tensión que llevaba a ensancharse y ponerse más duro.

«¿Cuánto más va a crecer?» se dijo, pues no acostumbraba separar tanto la mandíbula e iba con la intención de ofrecer placer, no sólo de recibirlo.

Se sacó de la boca aquella virilidad. Pretendía tragar los fluidos acumulados, pero la saliva chorreó por el tronco y se apuró a chuparla antes de que empapara los testículos.

—Está bien, Yūji. Está bien —habló Gojō, extasiado de ver cómo su miembro descansaba sobre la cara del muchacho—. Entre más saliva, harás un mejor trabajo.

—En ese caso… —Dejó caer sobre el glande lo que no había tragado. Esparció los fluidos con la lengua y descubrió que el ligero regusto salado de la primera vez que se lo metió a la boca, se había desvanecido. ¿O se había acostumbrado a él?

Gimió cuando Gojō lo tomó por la base de la nuca y lo empujó para que tragara su pene hasta el fondo. Este último echó la cabeza hacia atrás, soltando un jadeo gustoso.

Yūji no era un experto en sexo oral, pero sabía por instinto que cualquier posible roce con los dientes resultaría incómodo, así que se esforzaba en evitar cualquier movimiento peligroso.

A Nanami le parecía excitante el modo en que el chico subía y bajaba la cabeza con un ritmo lento, pero constante. Se sacó su propia erección de los pantalones y Yūji miró de reojo cómo la frotaba con una mano.

Con las yemas de los dedos tanteó el borde del sofá aterciopelado hasta dar con la rodilla de Nanami, sin descuidar demasiado su trabajo oral.

La tela, tan lisa y sedosa que cubría el muslo, lo guio hasta encontrar los pliegues, donde los dedos escalaron ansiosos por encontrar la virilidad opuesta, hasta lograr rodear el falo con la mano, donde impuso un bombeo firme, nada apresurado, como cuando daba inicio a masturbarse en su recámara en días donde la temperatura le adormecía la parte racional del cerebro.

—Suficiente, Yūji. No queremos poner celoso a Nanami por sólo recibir atención de tu mano. ¿Por qué no vas a devorarlo a él también? Así podrá dar retroalimentación a mis técnicas de enseñanza.

Mientras hablaba, Yūji se despegó de su pene con un sonido similar a un pop. Avanzó a gatas hacia el otro hombre, ajustándose al espacio entre sus piernas. No tragó lo que se había juntado en sus mejillas para que la mamada iniciar resultara caliente y mojada.

Cuando separó los labios, la cantidad de saliva que empapó el pene de Nanami hizo que sus fosas nasales se ensancharan para recibir más oxígeno y asegurarse de no experimentar alguna clase de alucinación.

Un gruñido placentero emergió del interior de su pecho cuando el chico comenzó a masajear en círculos, justo como Gojō le había indicado. Con la mano libre, esparció la saliva por el tronco, haciendo que en la habitación se propagara un viscoso chapoteo.

Gojō tomó la extremidad libre de Yūji para hacer que rodeara su propia erección y, para que no perdiera concentración en lo que le hacía a su compañero, se apoyó de su propia mano para hacer que la del chico se moviera y le proporcionara el estímulo necesario.

Yūji elevó el rostro para dedicar una mirada provocativa, con las mejillas ahuecadas y los ojos vidriosos. A diferencia de su arrebato inicial, lamió despacio el glande y repartió una serie de besos cortos por el tronco hasta chocar con el vello púbico rubio, estéticamente recortado.

Inhaló con fuerza, embriagándose con la masculinidad ajena y exhaló despacio. Su caliente vaho erizó la piel de su profesor, lo supo por cómo tensó el abdomen, donde tenía recargada la frente.

Frotó de manera delicada la mejilla contra la camisa, como un cachorro buscando atención. Acto seguido, ocupó la boca con los testículos de su amante, y sus dedos buscaron hacer más espacio en la entrepierna, tirando del pantalón y los interiores, antes de ir a estimular el falo. La lengua buscó poco después el origen de la extensión y lamió hasta alcanzar el glande. Entonces, retomó su labor inicial, engullendo el pene hasta la base.

Tiró de su propia corbata para aflojar el nudo, pero no era eso lo que lo asfixiaba, sino lo bien que encajaba el miembro contrario en su garganta. A diferencia de Gojō, que lo tenía de un largo considerable, el de Nanami le competía en grosor.

—Es suficiente —dijo Nanami, la voz más grave a lo usual, mientras se pasaba una mano por los cabellos.

Si el muchacho no se hubiera apartado en el momento, habría necesitado empujarlo; por lo bien que conocía su propio cuerpo, un par de mamadas más lo hubieran dejado a la vuelta del clímax y claro que ansiaba venirse, pero no tan rápido. Recién comenzaban.

El constante bochorno obligó a Yūji a despojarse del saco, ignorando a la débil voz de la pulcritud que le reclamó dejarlo en el suelo.

Gojō se levantó y le tendió una mano al chico para ponerse en pie, a sabiendas de que le flaquearon las piernas,

—Cuidado. —Lo sostuvo pasando un brazo por la cintura opuesta.

La espalda de Yūji se encontraba en pleno contacto con el pecho de su profesor. Ignoró su propia respiración, pesada y sofocada, bajo un hechizo de lujuria que no dejaba de hacerle palpitar la entrepierna. Buscó tocarse por encima de la tela del pantalón para aliviar el dolor.

Como si Nanami fuera capaz de leer sus pensamientos, se colocó frente a él y agachó el rostro para susurrarle al oído.

—Sería una pena usar tan poco tiempo el traje, ¿no crees?

Yūji experimentó un fuego que se convirtió en lava, cuando Nanami colocó las manos a la altura de su pecho y, con los pulgares, emprendió un suave masaje alrededor de los pezones.

Hasta ese instante, Yūji desconocía en sí mismo esa zona erógena. No sólo era el cómo su profesor alternaba de ir en círculos, a frotar de arriba hacia abajo, también estaba en juego la camisa, que brindaba una textura única y diferente al contacto directo con la piel.

—Nana… —Mordió su labio inferior, frenando sus palabras, al enfocarse en cómo el hombre delante de sí le aflojaba los pantalones para introducir la mano y rozar las yemas de los dedos sobre su húmedo bóxer.

Recibía demasiados estímulos en cada rincón del cuerpo. No sabía en cuál reparar y atender primero. A ese paso, se volvería loco y ni siquiera habían pasado a la acción de verdad. Anheló lanzar lejos cada una de sus prendas de una buena vez, aunque sólo se le permitió deshacerse de la ropa que cubría de la cintura para abajo, exhalando de alivio en el momento en que su pene fue liberado de aquella molesta prisión de tela a la que, por primera vez, consideraba como tal.

Gojō motivó al chico a subir a la cama, empujándolo boca abajo para subirse justo por detrás y mantenerlo inmovilizado. Agradeció con un gesto que Nanami le pasara una botella de lubricante; la colocó a un lado y no hubo reparo alguno en separar con malicia los perfectos y redondos glúteos, revelando un plug con diseño de rubí, que contrastaba de manera deliciosa con la piel expuesta.

Decidió tirar del objeto, obteniendo un pesado y prolongado jadeo como réplica.

—Vaya, vaya, ¿anduviste con esto metido durante toda la gala? Nuestro pequeño Yūji no era tan inocente como creíamos, Nanami.

—E-en Internet decía que ayudaría a mantener la dilatación —aclaró Yūji—, así que…

—Hmmm. —Con el índice y el medio repasó la oreja del chico, desde el interior hacia el exterior, al no obtener más palabras de su boca—. Y yo que planeaba sobreestimularte con mis dedos, pero si ya jugaste por aquí con los tuyos, parece que tendré que usar algo más grande.

En lugar de centrarse en su parte posterior, Yūji fijó la mirada en las acciones de Nanami, quien dejó caer el pantalón y lo hizo a un lado con los pies, dejando a la vista dos pares de ligueros ajustados sobre su nívea piel; los primeros sostenían los calcetines en su sitio; los segundos, tiraban de la camisa para mantenerla inmaculada, sin ninguna arruga, también empujaban la erección hacia abajo, por lo que el hombre aflojó los botones inferiores para permitir que se levantara sin mayores inconvenientes.

—Esto sí es algo inusual —agregó Gojō, llevando una mano hacia la barbilla del muchacho, para hacer que la elevara—, parece que Nanami planea premiarte por tomar esta clase de iniciativa, así que abre grande.

Nanami emitió un suspiro exhausto.

—Lo siento. Es así de parlanchín —explicó, sustituyendo el agarre de Gojō—, y cuanto más se excite, peor será.

—No me molesta. —Convivía mucho con él, por lo que podría decir que se hallaba acostumbrado. La verdadera incógnita que rondaba por su cabeza era: ¿cómo sabría que Nanami lo estaba pasando bien? Hasta ese momento había hablado poco.

—Nanami sólo gruñe —apresuró Gojō, se le antojó como reclamo—, así que no te alteres si de repente parece que lo estás haciendo con un animal.

Ahora Yūji ansiaba verlo en acción.

—Saca la lengua —pidió Nanami, cambiando la conversación.

Yūji obedeció, adivinando lo que estaba por ocurrir.

Nanami le metió el miembro en la boca, de una forma tan lenta y pausada, que se arrepintió de no tomar una mayor cantidad de oxígeno. El único quejido que logró emitir, hizo que la vibración estimulara su virilidad, al punto de resultar tortuosa la extracción que le arrebató el placer.

Por su parte, Gojō dejó caer un chorro de gel en el mismo sitio donde antes hubo un plug. Yūji se removió por el cambio de temperatura, no para sacárselo de encima.

Colocó el miembro entre las nalgas del chico y ejerció presión para apretar su hombría, misma que comenzó a frotar sin premura, disfrutando la suavidad de aquella piel virgen y exquisita que moría por marcar.

Creyó que iba a descontrolarse, inclusive pensó en penetrarlo con una fuerte estocada, pero se obligó a enfriar el pensamiento con el sudor que había comenzado a empapar la espalda alta de Yūji, y sabiendo que a éste le resultaría sofocante, se acomodó justo encima de él, haciendo el mayor contacto posible, sin dejar de mover la cadera.

Cuando la temperatura le tornó pesada y fogosa la respiración, hizo algo de espacio, sentándose sobre las rodillas. De nueva cuenta, esparció lubricante. Con una mano guio la punta del pene a la entrada del chico, dio un par de golpes por encima y decidió restregarse con algo de fuerza, bajo el amago de introducirse en cualquier segundo.

Nanami enredó una mano en los cabellos rosados del muchacho, tal vez con mayor fuerza a la necesaria, pues una queja estrangulada no tardó en hacerse notar.

—Sólo un poco… —indicó por lo bajo, empujando con brusquedad contra la garganta de su querido estudiante, donde alcanzó un delicioso primer orgasmo.

Yūji hizo lo posible por tragar en esa situación, pero una violenta tos lo sacudió cuando la virilidad de Nanami abandonó su cavidad y le dejó respirar.

Miró al susodicho, quien se limitaba a intentar acompasar la manera en que su pecho subía y bajaba con irregularidad mientras se aflojaba la corbata. La enrolló en una mano, como si fuera a golpear, por la costumbre de hacerlo durante una batalla. Cuando las neuronas le volvieron a funcionar, la tiró al piso y aflojó cada botón de la camisa para dejar respirar el torso.

Si a Yūji ya le parecía sexy el hecho de que el físico de Nanami parecía diseñado para lucir ropa formal, ver cómo el sudor empapaba áreas estratégicas, era un nuevo nivel de excitación.

Él se sentía igual de mojado que las prendas superiores que tenía en la mira, cuyo color amarillo mostaza se había vuelto más intenso en ciertas áreas; la más notoria era alrededor de las axilas.

—Parece que ahora es mi turno —canturreó Gojō, bajando de la cama para tomar la posición que Nanami ocupaba de pie. Este último subió para acomodarse a horcajadas en el torso de Yūji, quien decidió girar sobre su lugar, quedando boca arriba, con el cuello al borde del colchón.

La cabeza de Yūji colgaba más abajo que cuando dejó que Nanami follara su boca, aquello le hizo pensar que el ángulo volvería incómodo el acto.

—¿Debería reacomodarme? No quedo a la altura de su…

—Oh, no te preocupes por eso. El gran Gojō Satoru tiene siempre una solución para todo. ¿Por qué crees que no dejé que te quitaras la corbata?

Al decir eso, agarró con firmeza el trozo de tela y haló en dirección opuesta, modificando la inclinación de la cabeza, quedando en perfecta alineación con el miembro de su profesor, quien no dio tiempo a la mentalización y se introdujo de lleno en la cavidad.

Percibir el calor húmedo de la lengua de Yūji le bastó para que sus rodillas le flaquearan, habría caído de no ser porque se apoyó en los pectorales del joven para evitarlo.

Se relamió los labios y tiró un poco más de la corbata a modo de que la penetración resultara más sencilla, pues durante breves segundos la exagerada inclinación hizo que su pene rozara con los dientes, resultando en una sensación extraña y desagradable. Era mil veces mejor entrar directo a la estrechez de la garganta.

Yūji gimió con fuerza, pese a que la obstrucción de su boca ahogó la agudeza del sonido. Una leve calidez se hizo presente en la parte baja de su abdomen. Nanami supo que en breve podría tomar también al muchacho, sólo debía ser paciente. Entonces, comenzó a mover una de sus manos hacia arriba, introduciéndose poco a poco bajo la camisa opuesta, deleitándose con la temperatura y con la tersura de su piel.

Yūji disfrutaba de cada segundo en ese tacto tan fogoso y pasional, sabía que se avecinaban caricias más intensas que requerían algo de concentración. Soltó un quejido que no disimuló nada lo mucho que necesitaba atención. Sin embargo, se juró no dejar escapar más sonidos como ese, no quería que los dos hombres pensaran que estaba siendo demandante pese a su inexperiencia en aquella situación.

No obstante, lo único que podía hacer era aferrarse con desesperación a los fuertes brazos de Nanami; eso y soltar varios jadeos que demostraban lo bien que se sentía.

Los testículos de Gojō chocando contra su nariz lo obligaban a inspirar aquella mezcla de testosterona y madurez que, hasta hacía poco, desconocía que pudiera ser tan estimulante, pero el espasmo más violento llegó cuando Nanami tomó su erección e impuso un bombeo apresurado, entregando a Yūji el alivio que deseaba con desesperación.

Los ojos se le tornaron vidriosos, no por el fiero vaivén con el que Gojō se introducía en su garganta, sino por estar a punto de venirse. Por desgracia, Nanami no le dejó llegar al clímax con facilidad. Estranguló la base del miembro con algo de fuerza cuando vio que las venas del falo se ensancharon, obteniendo gemidos tan ahogados como desesperados en respuesta.

—Miren nada más —agregó Gojō entre jadeos—, el que dijo que deberíamos ser suaves con Yūji no pudo contener a su sádico interior.

En definitiva, Nanami no era sádico. Tal vez ataba y amordazaba a Gojō de vez en vez cuando lo hacían, pero no era por fetiche, sino para mantenerlo tan callado y quieto como fuera posible. Con Yūji era diferente.

—Experimentará mayor placer si lo retiene un poco —explicó, habiendo vivido el evento por su propia mano un par de ocasiones.

—En ese caso… —Presionó su hombría tan profundo como pudo, induciendo una leve asfixia en el muchacho.

Los adultos intercambiaron miradas.

Gojō dejó libre la boca de Yūji, quien dio una bocanada como si acabara de salir del fondo del mar en busca de oxígeno. A la vez, un gemido poco masculino y ahorcado resonó dentro de esas cuatro paredes, al tiempo en que Nanami aflojó el agarre de sus dedos, permitiéndole eyacular con urgencia.

Una serie de jadeos penosos, casi vergonzosos, le siguieron. Para ser honesto, no sabía si lo había disfrutado, al punto de repetirlo, o si debía pedir evitarlo. Por sus piernas se deslizaban pequeños espasmos, que no supo cómo interpretar. ¿Sería la honestidad de su cuerpo a la que debía hacer caso? ¿O a los vagos pensamientos desorganizados que le daban vueltas como remolino?

—Tan lindo —mencionó Gojō, con esa curva sensual y juguetona en las comisuras, que la mayoría de las personas considerarían sexy; quienes lo conocían, la describían como peligrosa—. En fin, puesto que Nanami se dio el lujo de reclamar tu boca, creo que a mí me corresponde estrenar el otro lado, ¿no crees, Yūji?

El nombrado no reaccionó de inmediato, razón por la que recibió una serie de caricias en la mejilla, hasta que un pulgar le delineó los labios, previo a introducirse en su boca.

Emitió un sonido similar a un «mh hn», que sería interpretado como el asentimiento de una mente sumergida en el limbo.

—¡Fabuloso!

Acto seguido, Nanami se retiró, dispuesto a observar el espectáculo desde el sofá.

Gojō, por su parte, caminó hacia el lado contrario de la cama, tomando al chico por las caderas para arrastrarlo al borde y acomodarse entre sus piernas, al tiempo en que le permitía acostarse por completo sobre el colchón.

Yūji bajó la mirada justo en el momento exacto para analizar cómo su profesor llenaba el falo con lubricante, antes de posicionar la punta del pene contra su ano.

—Respira profundo, mi chico.

Pese a acatar la orden, no pudo evitar arquear la espalda cuando el miembro de Gojō se abrió paso dentro de su cuerpo.

No supo por qué se sobresaltó tanto. ¿Seguía sensible? ¿Fue por haberse venido escasos minutos atrás? ¿O ser tomado por un hombre generó un nuevo impacto?

Se estremeció y, como si se tratara de un instinto, mordió un poco su labio inferior. Su expresión era indescifrable, una mezcolanza entre deseo y perplejidad.

—Vaya, vaya, Yūji. ¿Tanto lo deseas? —agregó, usando un tono sugerente—. No te impacientes, te lo daré durante toda la noche.

Se mantuvo quieto unos instantes. Lo suficiente para que el joven pudiera acostumbrarse a la intromisión, pero era tan difícil contenerse. Tan malditamente difícil.

Se inclinó sobre el chico. Con lascivia, introdujo su lengua en la boca opuesta, acompañándolo con un ligero ruido satisfactorio que escapó de su garganta. Podría saborearlo por horas, además de que el sonido húmedo que producían le fascinaba.

Pasó ambas manos al trasero de Yūji, apretándolo un poco antes de decidir echar hacia atrás la cadera, previo a empujar todo su peso hacia el frente.

Por supuesto que Yūji gimió, desesperado y ansioso a la vez. Apretó las rodillas, removiendo la camisa de Gojō, al causar fricción entre ésta y su cuerpo.

—Haciendo esos sonidos… ¿Acaso quieres jugar sucio? —su voz era casi un ronroneo lujurioso, uno que se incorporaba a la perfección en el ambiente.

No reparó en llevar las manos a explorar la forma de las piernas, poniendo especial atención a los muslos, presionando con curiosidad y permitiendo delinear los músculos a su paso.

Los dedos de los pies de Yūji, cubiertos por los calcetines oscuros, se flexionaron; su cuerpo se sentía, en verdad, extraño. Era similar a tener fiebre; sin embargo, no resultaba desagradable.

¿En qué momento lograría acostumbrarse a su hombría? Sentía que palpitaba, pero no podía discernir si se trataba del miembro de Gojō o de sus propias contracciones irregulares.

La fricción producida dejó al pene de Gojō todavía más hambriento. Moría de ganas por mover las caderas, pero no lo hizo, hasta que Yūji logró acostumbrarse a la intromisión, a esa nueva y, a la vez, embriagadora sensación.

Gojō emprendió un vaivén suave y constante, deleitándose a cada momento con el exquisito calor que cubría su miembro. Acto seguido, decidió salir despacio del cuerpo del chico, para embestir con fuerza justo después, repitiendo un par de veces el proceso.

Los gemidos de Yūji se tornaron más profundos y pausados, acompasados al placer que Gojō le ofrecía, por lo que no hubo queja cuando se volvió fiero, ni cuando los dedos que le sostenían las piernas comenzaron a dejar marcas rojizas por la fuerza que imprimían sobre la piel. Era evidente que su profesor lo disfrutaba.

No pasó mucho tiempo para que Gojō liberara su semen en el interior del muchacho.

—Uff, Yūji… Maldición…

Sabía que habría durado más si no hubiese jugado con su boca antes, en esa ridícula competencia autoimpuesta al imitar las acciones de Nanami.

—¿Cómo te sientes? —inquirió al abandonar la exquisita calidez de su interior. Casi sintió tristeza por ello.

Yūji asintió. Se encontraba lúcido, inquieto por la forma en que sus paredes internas no cesaban de contraerse a un ritmo irregular, pese a no estar siendo penetrado. Había leído en foros dudosos de Internet que su primera vez por detrás podría resultar dolorosa, quizá fue gracias al plug anal, porque, exceptuando la incomodidad inicial, no se había sentido mal.

Gojō miró de reojo a Nanami, sentado en el sofá.

—Por cierto, Yūji —añadió, la respiración más controlada, mientras se aflojaba por completo la corbata—, creo que a Nanami le gustó el espectáculo. —Con los ojos, señaló la creciente erección del susodicho, que era acariciada con movimientos sutiles, algo descarados.

Yūji se puso en pie con lentitud y avanzó a paso lento, casi cansado, hacia donde se encontraba el otro profesor, sin levantar la vista de los ligeros en los muslos. No dejaba de parecer algo malditamente sexy y masculino. Deseaba pasar los dedos por debajo de ellos, estirarlos y deleitarse con el sonido que harían al chocar contra la piel; no obstante, era pronto para él hacer ese tipo de cosas sin pudor alguno.

Nanami le tendió una mano que Yūji no dudó en aceptar. El solo roce le hacía hervir la sangre, ya no pensaba con claridad.

Dio la vuelta, permitiendo a Nanami masajear su trasero con descaro en movimientos circulares, presionando cada tanto.

—¿Crees que sea suficiente? Sigue bastante húmedo —dijo con voz ronca, algo impaciente, mientras introducía dos dedos en el ano del chico.

Por alguna razón, a Yūji le tembló una rodilla. No esperaba eso, mas le ayudó a darse cuenta de que mantenía la lubricación necesaria. Gojō se había excedido al verter el gel.

—S-sí… Sí —repitió con mayor seguridad y, para no dejar lugar a dudas, se acomodó encima de Nanami, posicionando el pene entre sus glúteos, justo frente a su entrada y se penetró, sentándose de golpe sobre éste.

Su interior se contrajo. No era doloroso como tal, tan sólo la posición no le brindaba comodidad; sin embargo, lo último que pretendía era detenerse. Deseaba sentir más. Disfrutar más. Y correrse de nuevo.

Soltó un gemido ahogado mientras Nanami le brindaba las manos como apoyo; primero, para que Yūji se sostuviera de sus antebrazos y pudiera moverse mejor; sin duda, le costaba, lo sabía por la manera irregular en que se contraía sobre su erección.

A sabiendas de que podría terminar lastimado, lo tomó por la cintura, usando su propia fuerza para elevarlo un par de centímetros antes de hacerlo bajar con brusquedad. Acto seguido, lo obligó a girar el rostro, lo suficiente para poder tomar sus labios con los propios.

Yūji gimió, en una forma fina y pausada, casi aguda, pero cualquier clase de sonido se ahogaba contra una boca ajena, una que lo reclamaba con sed y hambre, sin perder la intensidad, similar a lo que él mismo hacía.

Aquella lengua se enredaba con la propia; también hacía que olvidara, no solo a sus sentidos, al resto del mundo que lo rodeaba. Lo consumía en un deseo que no sabía que anhelaba, aunque, de alguna manera, había necesitado desde mucho, mucho antes.

Un violento escalofrío le recorrió la columna, recordando que las manos que lo sostenían estremecían cada célula en su cuerpo.

«Nanami…». Un nombre que necesitaba jadear a cada sentón que daba, pero cuya tarea le resultaba imposible debido a la pérdida del aliento. Se separaron unos instantes. Esas milésimas de segundo le bastaron para pasar la saliva que se había acumulado en su cavidad.

Si de algo estaba seguro Nanami, era que jamás se había sentido tan hambriento en toda su vida.

Su boca no dudó en reclamar la de Yūji con una necesidad tormentosa, como si el simple hecho de despegarse de ella conllevara la muerte. Se dio el lujo de saborear con detalle esos labios que se encontraban rojos a causa de las innumerables veces que se apropió de ellos. Sabía que Gojō miraba de cerca y pretendía volverlo envidioso de lo que no era partícipe.

De vez en cuando se apartaba por unos segundos para ofrecer a sus pulmones algo de oxígeno, pero tan pronto como oía aquel «Nanami» irrumpir el silencio chispeante, se veía en la necesidad de saciar los deseos impuros que rondaban su mente.

Pero no era suficiente.

Mientras conseguía arrancar jadeos a Yūji por medio de una penetración demandante, sus manos hacían de las suyas al tantear ese cuerpo más delgado que el propio.

La necesidad imperiosa por conocer pronto se volvió la prioridad de Nanami, quien palpó con lujuria la piel tersa y sudorosa del chico por debajo de la camisa, a la cual, le arrancó botones para exponer el pecho, al tiempo que generaba ideas de cómo reclamaría cada parte de él hasta saciarse.

Teniendo en cuenta lo hambriento que se encontraba, era muy probable que nada de lo conseguido esa jornada fuese suficiente para saciar sus más bajos instintos. A ese paso, podría volverse adicto.

—Itadori... —no le sorprendió que su voz sonara áspera luego de tantos besos—. Yūji —repitió con la certeza de que, a esas alturas, su mente había perdido todo rastro de cordura.

Sus besos bajaron al cuello del chico, y los dedos, mismos que habían colado hacia la entrepierna ajena sin aguardar siquiera a que éste le otorgara permiso, se aferraron a su pene con un bombeo apresurado.

—Cielos, Itadori... —No dudó en dejar marcas que permitieran al muchacho revivir esos momentos en el interior de su mente—, eres increíble. —No lo decía solo por el desempeño que había tenido hasta ese momento, también se refería al sabor tan adictivo de su boca, a la textura perfecta de su cuerpo, a ese aroma que lo estaba volviendo loco.

Su entrepierna estaba clamando por una mayor atención de una forma muy dolorosa e incómoda, quizá por la posición, pues, aunque sí era una que no había probado con Gojō por el peso que representaba aquel hombre, sí era una que deseaba experimentar. Ahora sabía que no era la más satisfactoria para sí mismo, lo mejor sería volver a la cama. Quería continuar explorando, descubriendo, marcando.

Yūji tuvo que separarse, más de fuerza que de ganas. Casi se sofoca a sí mismo por la falta de aire. Fue entonces que su cuerpo no pudo aguantar más. Un gemido excitado, pronunciando el nombre de Nanami, hizo eco dentro de esas cuatro paredes, desbordándolas de lujuria, mientras su semen quedaba esparcido encima del saco a los pies de ambos.

Una sonrisa lasciva apareció sobre la boca de Gojō tan pronto como escuchó aquel gemido. Él ya estaba listo para una segunda ronda y Nanami aún no se había corrido, aunque tampoco le parecía prudente alargar más esa sesión, en especial porque se trataba del primer trío del chico; aprovecharse de él nunca fue parte del plan, así que una última vuelta en la cama debería ser suficiente.

Se apresuró hacia aquel par, tomando a Yūji por debajo de las axilas, para levantarlo de su cómodo y erótico asiento.

—Podríamos intentarlo.

—Ni hablar. Sería demasiado —negó Nanami.

—¿Estás seguro? Tú mismo acabas de sentir lo suave y deseoso que está aquí atrás. —Con caricias lentas y sensuales, bajó por el centro de la espalda de Yūji hasta su curvatura, y no dudó en introducirse entre las nalgas, delineando con círculos en sitio que hasta hace poco devoraba el miembro de Nanami—. No está tenso y sigue muy flexible.

Nanami cruzó los brazos. Llevó una mano a sostenerse el mentón mientras observaba cómo los largos y finos dedos de Gojō no dejaban de masajear aquel anillo de deliciosa carne dentro del que deseaba soltar su esperma.

—Yūji —prosiguió Gojō, casi con dulzura—, ¿qué piensas de tenernos a Nanami y a mí dentro?

—Esto…

—Se sentirá genial. No sabrás qué nombre gritar.

En lugar de responder, las salvajes fantasías que el chico había visto sólo en páginas para adultos, tomaron control de su mente. Se le hizo agua la boca al imaginar a los dos hombres reclamando su cuerpo. Pese a acabar de eyacular, sentía el palpitar de su virilidad, como si esta rogara por endurecerse una vez más hasta alcanzar el clímax.

—¿Lo ves? —habló Nanami, juzgando con antelación el silencio opuesto—. No es una buena id…

—¡Sí! ¡Sí quiero! —exclamó, interrumpiendo al otro—. Puedo hacerlo. —Giró sobre sus talones, esperando convencer a su profesor con una mirada brillante, extasiada, determinada—. Puedo tenerlos a los dos dentro.

—¿Lo ves? ¿Acaso no es asombroso? —A modo de felicitación, Gojō dio unas cuantas palmaditas al lindo trasero que moría por profanar.

Nanami soltó un suspiro resignado. Eran dos contra uno y él respetaba la democracia.

Al poco rato, cuando la espalda de Nanami tocó las sábanas tras guiar al joven de forma sutil a ese lugar, lo invitó a subir a horcajadas. Situó las manos a los costados con la finalidad de presionarlo sobre su entrepierna y favorecer el frote de sus erecciones.

A esas alturas, ya tenía muy claro que se lo devoraría de todas las formas posibles, y tan pronto como obtuvo contacto con ciertos ojos azules y brillantes, supo que su compañero pretendía hacer lo mismo.

Sobre las facciones de Gojō se trazó una sonrisa depredadora que auguraba el destino de esa presa tan deliciosa.

Se posicionó también sobre Nanami, detrás de Yūji y antes de empezar, dejó caer una buena cantidad de lubricante en el falo de Nanami, el propio no se hallaba erecto del todo, pero eso ayudaría a Yūji a habituarse lentamente, por lo que no hizo uso de las manos para estimularse de lleno.

Vertió el resto del gel sobre su entrepierna, vaciando la botella, que dejó un curioso sonido de chapoteo para relajar el ambiente. Tomó el borde de la camisa anaranjada y la recorrió hacia arriba, dejando al aire y en evidencia, el lindo trasero de su estudiante. Se le escapó una débil risilla maliciosa.

—Respira profundo —indicó, juntando su pene con el de Nanami.

A diferencia de cuando cada quien tomó al muchacho por separado, se introdujeron lentamente, dejando al otro experimentar centímetro a centímetro cómo su cuerpo era llenado por dos hombres.

Pese a que los pensamientos de Yūji le hacían sufrir un corto circuito, la sorpresa iluminó sus grandes ojos cuando soltó un grito ahogado. Un violento estremecimiento no era la forma correcta de describir lo que sentía. Ni él mismo lograba generar esa clase de excitación cuando buscaba aliviarse en la comodidad de su habitación cierto tiempo.

Resultaba increíble. Su cordura menguaba, el calor lo hacía jadear de maneras impropias, sin mencionar que sus dedos no dejaban de apretar y tirar de la camisa mostaza con lascivia, incitando al otro a aventurarse hacia sus labios de la misma manera en que había hecho en el sofá.

Tomó el rostro de Nanami entre sus manos. Lamió sus labios de forma tan lenta, que fue desesperante hasta para sí mismo, antes de morder con suavidad el inferior.

Gimió sin que pudiera iniciar un nuevo beso, Gojō había tirado con brusquedad de la camisa anaranjada, logrando exponer el cuello, para imprimir una fiera mordida, digna de la bestia que representaba.

No presionó tanto tiempo como para que el chico lo apartara de dolor, pero sí como para que un moretón (nada bonito) fuera a llamar la atención luego de unas horas. Debía hacerle saber, a ambos, que él también estaba allí.

Varios y sutiles quejidos se ahogaron contra la boca del Nanami. Ese húmero eco le encantaba. Gojō, por su parte, ya podía alegar que las caderas de Yūji se habían amoldado a sus grandes manos, pues él se encargó de imponer con estas el vaivén con el que el otro era penetrado.

Para el par de adultos resultó exquisita la nueva presión a la que sus hombrías eran sometidas. Gracias al gel se frotaban entre ellos, dentro de aquel delicioso agujero que los apretaba con la animosidad de guiarlos al borde de la locura.

Yūji no supo en qué momento se recostó por completo sobre el torso ajeno, pero reunió sus últimas fuerzas en las rodillas, para tomar una mejor posición, que permitiera a los otros disfrutar más.

A diferencia de las rondas anteriores, no podía contener sus gemidos ni los decibeles que alcanzaban. Alguno de los dos comenzó a presionar un punto en su interior que le haría soltar palabras impropias en caso de poder coordinar más de una para hablar. Ni siquiera lograba coordinar lo suficiente para mantener la saliva en el interior de la boca.

Gojō decidió recorrer con besos aquella piel, algo bronceada, desde la base de la nuca hasta lo que podía de los hombros, repasando de vez en cuando la marca que dejó en la curvatura del cuello.

Las reacciones de Yūji valían la pena por completo. Percibir el temblor de sus piernas como consecuencia del contacto con un área tan íntima, sus jadeos, las palabras que brotaban entrecortadas... Todo como una mezcla homogénea que conseguía crear en su mente los deseos y pensamientos más sucios que podría concebir.

—Ya no… no puedo… —emitió Yūji en un jadeo pesado, entrecortado, casi sofocado.

Recibir tales oleadas de placer sin tener una erección lo estaba volviendo loco, pues anhelaba venirse de nuevo, pero una extraña presión en su entrepierna le indicaba que eso no era posible.

—Aguanta un poco más, chico. No falta mucho —comentó Gojō.

Nanami estuvo de acuerdo con eso, emitiendo un gruñido de complacencia y, más temprano que tarde, cuando Gojō apresuró los movimientos de cadera del muchacho, aferró los dedos a la camisa de éste y dejó que su esperma llenara el interior ajeno.

Para Gojō fue algo similar, ejerció mayor fuerza en los brazos para hacer a Yūji a su voluntad, le encantaba venirse con acciones más fieras y rápidas, y al igual que su compañero, dejó salir su semen, ansioso de observar cómo lucía el trasero de Yūji en cuando terminaran de profanarlo.

Se mantuvieron quietos en lo que la respiración de alguno de ellos retomaba un compás más calmado. Quien se encontraba más lejos de aquello era Yūji, que incluso continuó jadeando cuando Gojō, el primero en recuperar la cordura, abandonó su interior.

Nanami hizo lo mismo justo después, ayudando a su estudiante a acomodarse boca arriba en la cama, sacándole así la corbata y abriendo del todo la camisa, con el fin de que se relajara. Yūji lo agradeció para sus adentros. Su cabeza todavía daba vueltas, se hallaba sensible luego de haber eyaculado y carecía de la energía suficiente para hacerse a un lado.

Gojō elaboró un mohín de disgusto. Por culpa del cuerpo de Nanami se perdió el hermoso paisaje que el culo de Yūji le proporcionaría, aunque se convenció mentalmente de que podía ofrecerse a limpiarlo más tarde en la ducha.

—¿Y bien?

—¿Cómo te sentiste? —preguntó Nanami cuando el joven lucía menos agitado.

—Vaya forma de sacarse el estrés —respondió, colocando el dorso de la mano sobre los ojos—. ¿Es una práctica común entre hechiceros?

—Cada quien tiene sus acuerdos. Nanami y yo no solemos estar con nadie más.

—Por asuntos de higiene —complementó Nanami.

—Pero —en tono juguetón, Gojō alargó la palabra tanto como pudo—, si Yūji está dispuesto, podríamos divertirnos más seguido entre los tres.

—Sí. Eso suena bien. —No sólo porque ellos eran las personas con quienes más tiempo pasaba, sin contar a Megumi y Nobara, sino porque había sido una experiencia increíble que, sin duda alguna, buscaría repetir más adelante.